Domingo XIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: 1 Re 19,16b. 19-21: Eliseo marchó tras Elías.

Otra de las florecillas del ciclo de Elías. Trae consigo la frescura ingenua de lo popular y el sabor de relato antiguo. Vocación de Eliseo. La imposición del manto puede significa la transmisión de poderes del dueño. Así parece interpretarlo Eliseo: dedicación al profetismo en el mismo espíritu y al estilo de Elías. (Moisés, nos cuenta Dt 34,9, impuso las manos a Josué, constituyéndolo jefe del pueblo).

Una dedicación así significa un adiós total al género de vida llevado hasta ahora. De hecho destruye, de forma drástica, lo que podía impedirle seguir a Elías. Eliseo quemó valientemente las naves, como solemos decir. Ni siquiera, al parecer, se despidió de sus padres. Aquí comienza su historia religiosa y profética. No volvió atrás. Marchó tras Elías y se puso a sus órdenes. Es curioso notar el fin que tuvieron los aperos y la yunta de bueyes. ¿Hubo sacrificio a Dios? No sería muy aventurado decir que sí. La carne la repartió entre los jornaleros. Nos recuerda al joven rico del Evangelio. También a él se le exigió el seguimiento total: venderlo todo y darlo a los pobres. La renuncia tiene, de forma secundaria, una aplicación caritativa. Un hermoso ejemplo de seguimiento radical.

Salmo Responsorial: Sal 15: El Señor es el lote de mi heredad

Podríamos colocarlo entre los salmos de confianza. Los afectos de confianza impregnan el alma del salmista y superan en densidad y peso la súplica propiamente dicha.

La vida está en manos de Dios. Dios es bueno. Dios no dejará a su siervo ver la corrupción. El salmista ha hecho una elección afortunada: El Señor es mi lote y mi heredad. Dios, Vida, protege la vida. Dios, Luz, ilumina y enseña. Dios, fuerza, sostiene y levanta. Dios, Bien, es fuente de gozo y alegría. Dios garantiza la vida a todo aquel que se le acerca y permanece con él. Es una intuición auténtica. La visión es certera. Quizás no ha apreciado el salmista el alcance supremo que tienen sus palabras. Pero ahí están, expresando una verdad profunda. El Dios y con Dios la vida. El que está unido a él no puede perecer.

La venida de Cristo pondrá al descubierto esta consoladora realidad. Dios no permitió que su Amado viera la corrupción. Ni tampoco permitirá que los que creen en él la vean. El es nuestro lote y nuestra heredad en el sentid más pleno de la palabra Podemos y debemos cantarlo, ejercitando así el amor, el deseo y la esperanza. Nuestra voz es la voz de Cristo resucitado.

Segunda Lectura: Ga 5,1.13-18: Vuestra vocación es la libertad.

La obra de Cristo, una y múltiple en sí, recibe muchos nombres. Uno de ellos es la «liberación». Se acentúa con él, naturalmente un aspecto. Todos podemos entender fundamentalmente la imagen. Aunque con diversa coloración el hombre de todos los tiempos, habla de «libertad», de «liberación», de «rescate».

Cristo nos ha «liberado». Cristo es nuestro «libertador». Cristo nos ha liberado del pecado, de la muerte, de la Ley. Cristo nos ha liberado de la «ira de Dios». El régimen de la ley era régimen de esclavitud,. La Ley venía a ser el «carcelero» y el «pedagogo» al estilo antiguo. La Ley procuraba mantenernos a raya, sujetos, dentro del cuadro de prescripciones que expresaban la voluntad de Dios. Su función era buena, pero deficiente. Jesús nos ha liberado de ese régimen. (los judaizantes intentaban imponer su yugo a las jóvenes cristiandades de Galacia). Pablo lo proclama autoritariamente.

El hombre necesitaba de un «carcelero». El hombre no sabía ni podía andar solo, sin desviarse ni hacer alguna fechoría. Era un «malvado», un «enfermo». llevaba dentro de sí el «pecado», que aflorará constantemente ante cualquier ordenación -buena- que se le ofrecía. El pecado se expresaba de forma radical, en el egoísmo innato por el que el hombre tiende a construirse centro y fin de todo lo que le rodea. Era la «enemistad» con Dios. Sería el «pecado original». Y esto, naturalmente, era un desorden que ponía en peligro el orden moral y físico, personal y social. Las transgresiones de la ley, -los pecados en nuestra forma de hablar- lo estaban evidenciando. En el hombre había algo «malo» que había que ordenar, algo «enfermo» que había que curar, algo «perturbador» que había que extirpar. La Ley no podía hacerlo. No hacía más que señalarlo. Era su función.

Jesús nos ha «liberado» de ese régimen; no porque haya desvencijado la cárcel sin más. Jesús ha cambiad al hombre por dentro. Le ha dado la posibilidad y capacidad de dominarse, de contenerse, de ver con cierta claridad las cosas divinas. de amar a Dios más que a sí mismo, y al prójimo como un hermano, era de esperar más de lo que el hombre por sí mismo puede alcanzar. Jesús nos ha dado el Espíritu Santo. Es la Nueva Ley. Habita en nosotros, y penetra como un «ungüento», todo nuestro ser, hasta formarlo todo por completo. Somos, así, capaces de ver como Dios ve, y amar como Dios ama; pues Dios está en nosotros. El antiguo régimen, no podía hacer cosa semejante. El Espíritu nos inclina y capacita para amar debidamente. Y esto nos hace «libres», nos da «libertad». Libertad de hacer el bien por el bien y evitar el mal por el mal.

El que practica el mal, ese no goza todavía de «libertad». Es esclavo de sus pasiones. Se encuentra atado a sí mismo, no puede volar. Es un error entender la «libertad cristiana» como facultad de hacer cada uno lo que le apetezca. Sólo será «cristiana» es libertad, si ese «apetecer» es el «apetecer» de Dios. Para poder «apetecer» así, Dios nos ha «ungido» con el Espíritu santo. En tanto no lleguemos a esa meta, estaremos, al menos en parte, sometidos a nuestras pasiones y esclavos de nuestro egoísmo. No seremos «libres» en Cristo; no habremos sido aún completamente liberados por Cristo. Tenemos, pues, los cristianos, un sentido muy fino y propio de libertad. No queremos andar según la «carne» sino según el «Espíritu». Esa es nuestra libertad. la «libertad de los hijos de Dios», la «libertad» que nos ha alcanzado Cristo.

La «libertad» exige esfuerzo. El desorden que nos aqueja debe ser rectificado. Esto implica lucha, ascesis, oración, trabajo. Toda persona se ve comprometida en ello. Ha de esperarse y trascenderse a sí misma con la ayuda de Dios. Es una transformación que toca lo divino. Las obras han de señalarlo. Libre como Dios libre; Santo como Dios Santo; capaces de amar como Dios ama, sin barreras de lugar y de tiempo. No nos podemos dejar devorar por la muerte y el pecado. Hemos de vencer. Tenemos la mejor arma en nuestras manos: el don del Espíritu. Dejémonos guiar por él.

Tercera Lectura: Lc 9,51-62: Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré a dondequiera que vayas.

Jesús ha comenzado, según Lucas, el largo viaje a Jerusalén. Es un viaje importante. Es el viaje. Jesús tiene una meta, un fin, una misión. Y estos son Jerusalén, donde tendrán lugar los acontecimientos salvíficos que Lucas se ha propuesto narrar. (Vd. prólogo).Su mirada y sus pasos se orientan resueltos hacia Jerusalén. Jesús sabe quién es, sabe lo que quiere, conoce lo que le espera. Es Consciente de su misión y se entrega completamente a ella. Se estaba acercando los días de su ascensión: alusión global a los acontecimientos de Jerusalén. (Incluyendo, claro está, el misterio de su divina ascensión).

Para ir a Jerusalén hay que pasar por Samaría. (El camino por el valle del Jordán era menos seguro) Samaría no ve con buenos ojos las peregrinaciones a Jerusalén. Es un insulto a sus traiciones y creencias. Por otra parte, tampoco los peregrinos parecen estimarlos mucho. La actitud hacia ellos rayaba en la abominación y el desprecio. Jesús es otra cosa, al parecer pide alojamiento. Los samaritanos de la niegan. La indignación de los discípulos, Santiago y Juan es violenta: ¡Fuego para estos sucios samaritanos! Al aborrecimiento congénito por estas gentes han añadido el celo por su maestro. Jesús los reprende; y al parecer, de forma áspera. No conocen el Espíritu que anima a Jesús.

Jesús sigue de camino. Es algo que lo caracteriza : sin casa sin familia, entregado en cuerpo y alma al anuncio del Reino. Con él sus discípulos. Le acompañan a todas partes, y en parte colaboran con él a la predicación del Evangelio. Lucas coloca aquí el tema del Seguimiento. Son tres casos, tres ejemplos; tres solicitudes, tres excusas, tres respuestas del Señor.

El primero se ofrece a seguir a Jesús dondequiera que vaya. Parece un seguimiento incondicional. Jesús, con todo, no acepta a cualquiera en su compañía. No basta el entusiasmo primero. Jesús exige unas condiciones. Y las condiciones son drásticas y radicales. Hay que abandonarlo todo: sin casa, sin familia, sin haberes, sin donde reclinar la cabeza. Condición de entera libertad e independencia, con una total entrega y un completo servicio al Reino. Quien quiera seguir a Jesús como discípulo debe sentir como él siente y vivir como él vive.

En el segundo caso la iniciativa parte del maestro. El «Sígueme» es una oferta cordial y gratuita en forma imperativa. Jesús lo quiere para sí, para su Reino. El interpelado desea retardar la invitación a un tiempo posterior a la desaparición de sus padres. Es una condición que toca de cerca a la piedad filial. Jesús es tajante. Que los muertos entierren a sus muertos. En tanto haya quien pueda mirar por ellos y haya quien pueda darles «sepultura», El discípulo, ante el apremio del Señor debe considerar tales muestras de piedad como secundarias. Es mucho más importante dedicarse al Reino. El «seguimiento de Jesús está por encima de todo eso». En este caso, al parecer, está en la linea del mandamiento.

El caso tercero se parece al primero. La condición, sin embargo,, recuerda al segundo. La excusa parece más trivial y más fácil de consentir. Jesús vuelve a ser tan tajante como en los casos anteriores. Jesús responde con una frase, proverbial quizás, que ilustra, por una parte, el radicalismo de la renuncia, y por otra, la seriedad del discipulado. Debe dejar, el discípulo, familia, casa, patria, empleo, ocupación, y dedicarse de lleno, en el «seguimiento» de Jesús, al Reino de los Cielos. ¿Está, al fondo, el recuerdo de Elías?

Se trata, pues, de quienes, se ofrecen, o son «invitados», a seguir de cerca a Jesús como discípulos vivir como él, entregarse como él al servicio del Reino. Este seguimiento, según Lucas, no va para todos, aunque sea presentado a todos. Hay que distinguir en el evangelio de Lucas: entre Apóstoles (los Doce), discípulos (que le siguen a todas partes) y pueblo, (que escucha la palabra y la cumple). Este último continuará en el tiempo de la Iglesia como «pueblo fiel»; Los segundos vendrán, con más o menos precisión, representados por los que se entregan con plena dedicación al Reino; Los primeros conservarán de forma especial sus prerrogativas singulares. Para más claridad véase Lc 14,25-35.

Consideraciones:

Podemos enumerar dos temas principales.

A) El Discipulado. El tema lo ofrece el Evangelio. Conviene subrayar el radicalismo de las condiciones, Jesús es exigente y drástico. el «seguimiento» descrito no es para todos, aunque en raíz es extensión a todos. El que sea llamado o se sienta llamado a él debe contar con tales exigencias. El «discípulo» acompaña a Jesús dondequiera que vaya; el «discípulo» vive como Jesús vive; el «discípulo» debe abrazarse en el mismo fuego que Jesús se abraza. Las exigencias de Jesús denotan la conciencia que él tiene de sí mismo y de su misión; la singularidad de su propia persona y la singularidad de su obra. Son cosa «única». Jesús encarna la voluntad del Padre: es su Palabra eterna. Como palabra de Dios ordena y crea. A quien llama le concede el poder de realizar su obra (pescadores de hombres). El discípulo ha de renunciar a todo aquello que dificulta la realización de misión tan elevada. La obra suprema, única: la salvación de los hombres, la difusión del Reino. Jesús ha venido a eso. Y a eso responde toda su conducta y compostura. El discípulo se asocia a la obra, y encuentra en Jesús su más perfecto ejemplo. Así fue su vida. Una vez desaparecido Jesús de la escena del mundo, esas condiciones quedan como «ideal» practicable del que se siente llamado a participar con él en la obra de Reino. La Iglesia necesita «discípulos» La Iglesia tendrá «discípulos». La Iglesia tiene necesidad de hombres -y mujeres- a quienes devore el fuego del celo de Dios. Para ellos estas condiciones. La Iglesia lanza al pueblo cristiano la voz del Evangelio y espera que del grupo fiel, den, decididos, unos cuantos un paso adelante y se ofrezcan a «seguirle» a dondequiera que vaya. Ahí están las condiciones.

Uno mira de reojo la vida religiosa y sacerdotal. Pero no exclusivamente. El elemento «seglar» puede sentirse llamado a esta obra de forma especial. Las exigencias de Jesús constituyen el ideal. La Iglesia sigue llamando, y Dios da su gracia. Dios sostiene, Dios anima y Dios consuela (salmo). El seguimiento y la unión con Dios está sobre todo bien garantizada.

B) La libertad Cristiana: Es el tema de la segunda lectura. La liberación de Jesús es la liberación del pecado y de la muerte a él vinculada. Y pecado es todo aquello que nos separa de Dios: todo acto contra Dios, contra nosotros mismos como imagen de Dios, y contra el prójimo, llamado a la filiación divina. La libertad cristiana se expresa en la agilidad -en la realización práctica- de hacer el bien. cuanto más ágil sea uno en obrar el bien -hablamos principalmente de la voluntad- más libre se sentirá y más libre será. La suma libertad, la presencia de Dios, que obra por amor. Cristo es el gran Hombre Libre, y el cristiano en él, «el hombre libre».

En nuestra incorporación a Cristo -bautismo y fe…- hemos recibido el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos trabaja por dentro hasta formar en nosotros la imagen perfecta de Cristo. Pero la inclinación a construirnos en eje del mundo, las pasiones, las debilidades humanas no han muerto todavía del todo. Están ahí; oponen resistencia. La vocación cristiana a la libertad exige un esfuerzo, un trabajo, una lucha continua. La liberación que Dios ofrece en Cristo la trabajamos también nosotros. El trabajo por ella es ya ejercicio de libertad. Esa es nuestra grandeza. Dejémonos guiar por el Espíritu; no por los deseos de la carne, por los deseos meramente humanos, al margen de Dios.

El hombre llegará a ser «hombre», es decir, «imagen de Dios», libre como Dios libre, cuando actúe en consonancia con el Espíritu de Dios. Esa es nuestra «libertad» cristiana, nuestra «cultura» cristiana. El hombre que puede y sabe amar como Dios ama; sin mezquindades, sin pequeñeces, sin barreras ni fronteras, ese es el hombre «libre». A ello estamos llamados. A ello no exhorta el Apóstol. A ello todo nuestro esfuerzo y todo nuestro trabajo.