Domingo XIII del tiempo ordinario

Primera lectura: 2 R 4, 8-11.14.

La división en dos del reino de David había acarreado al pueblo hebreo graves molestias y serios peligros. Política y religiosamente no había sido la división un avance, sino un retroceso. En especial, bajo el aspecto religioso sobre todo, para el reino del Norte. El alzamiento de Jeroboam había cortado las relaciones con Jerusalén. La religiosidad del nuevo estado de Israel se centraba en torno a los santuarios de Betel y Dan. Aunque en realidad los nuevos santuarios no carecían de solera y tradición, no obstante la religiosidad que allí se desenvolvía no ofrecía garantías suficientes. Pronto declinó el pueblo a la idolatría. Las relaciones políticas, por otra parte, se encargaron de empeorar la situación.

En efecto, la nueva política de tratados y alianzas con pueblos extraños, con la Fenicia por ejemplo, llenó el país de gentes paganas y de cultos francamente opuestos a la religión tradicional de Israel. Pronto se levantaron por doquier altares a divinidades extrañas y surgieron, aun dentro de los santuarios estatales, cultos abominables. El Jahvismo perdía sensiblemente terreno y corría el peligro de desaparecer. La situación se hizo crítica e insoportable en tiempos de Jezabel. El Jahvismo fue perseguido y sus defensores arrinconados, por no decir suprimidos. La inmoralidad más profunda, las injusticias más descaradas, los cultos más extraños habían dejado al país en el caos más horrendo. No se podía aguantar más.

Dos hombres providenciales saltan decididos a la arena y miden, brazo a brazo, sus fuerzas con el poder estatal reinante. Son Elías y Eliseo. Hombre de fuego el primero, discípulo y continuador el segundo. Ambos se enfrentaron valerosamente al desorden y lograron mantener viva todavía por algún tiempo la fe en Yahvé, Dios de los Padres. Su figura y su vida quedó grabada tenazmente en la memoria de aquella gente. Fueron luz en la tenebrosa noche. Los círculos proféticos que vivían a su sombra conservaron las tradiciones cuidadosamente. Habían sido dos grandes carismáticos. En estilo sencillo, con ribetes dorados por la más elemental fantasía popular, han quedado guardadas, en los anales del reino, la vida y las obras de estos dos grandes hombres, verdaderos luchadores por la causa de Dios: ciclo de Elías y ciclo de Eliseo.

Al ciclo de éste último pertenecen los versillos leídos. Eliseo, como Elías, siempre en camino, guiado por el Espíritu de Dios. En Sunem ha encontrado una familia amiga que lo hospeda amablemente. El hombre de Dios no pasa desapercibido. Su carisma deja huella. La bendición cae sobre aquella familia: un hijo. No podía esperar mejor don aquella buena mujer. Dios no deja sin recompensa cualquier favor que se haga a uno de sus enviados. Quizás sea eso lo más interesante del relato.

Salmo Responsorial: Sal 88.

Los versillos están tomados del extenso y un tanto complicado salmo 88. Esta pieza poética presenta tres elementos bien diferenciados: himno (2-19); oráculo referente a la elección de David (y de su descendencia) como rey (20-38); una lamentación con motivo de una derrota, al parecer, injustificada (39-52). Las tres partes guardan relación entre sí: un canto preliminar a la misericordia y a la fidelidad de Dios (elección del pueblo) prepara el reconocimiento de la misericordia con David y de la promesa para con su dinastía (elección real) por una parte, y da justificado motivo a la queja en una derrota por otra. El rey con el pueblo ha sufrido una dura derrota: ¿Dónde está la doble fidelidad de Jahvé para con el rey y para con su pueblo? Dios es fiel ciertamente, pero sus caminos son extraños.

Los versillos leídos pertenecen a la primera parte. Los envuelve en su totalidad el aire de himno. Es una alabanza: Cantaré… El himno arranca de la secular experiencia de Israel. Dios es misericordioso, Dios es fiel; Dios es el verdadero Rey. Bajo su protección no hay que temer peligro alguno. Invitación al canto.

Pensemos en Cristo, Misericordia y Fidelidad de Dios. En él se han hecho reales las promesas divinas de salvación.Él es el triunfador de la muerte, tras una aparente derrota; él es el Rey bajo cuyo gobierno todos andamos seguros. Cantemos y demos gracias; confiemos y pidamos; él la Misericordia, él la Fidelidad.

Segunda lectura: Rm 6, 3-4.8.

Por un hombre, acaba de afirmar Pablo, entró la muerte en el mundo; por otro nos vino la vida. Todos fuimos constituidos pecadores en el primero; en el segundo todos serán constituidos justos. No hay más que un medio para pasar de la muerte a la vida, un solo punto donde el pecado deja paso a la justificación, una sola persona que nos haga de enemigos amigos e hijos. Ese medio, ese punto, esa persona es Cristo. En Cristo Jesús dice textualmente Pablo. La Ley no es un medio adecuado; la Ley no salva. Sólo Cristo puede salvarnos. Con ese pensamiento acaba el capítulo quinto. El capítulo séptimo tratará de nuevo el tema: Cristo nos ha liberado de la Ley.

El pecado ha muerto para el cristiano, o más exactamente, repitiendo las palabras de Pablo, el cristiano ha muerto al pecado. El bautismo nos une a Cristo, vinculándonos así a la salvación eterna. En Cristo comienza a existir un hombre nuevo con una vida nueva. El rito del bautismo simboliza y efectúa ese gran misterio.

No es el caso de exponer ahora la teología bautismal en su más amplio y completo alcance. Bástenos anotar los puntos más salientes que traen a nuestra memoria las palabras de Pablo.

El bautismo nos une misteriosamente a Cristo; en él nos beneficiamos de los méritos de su obra redentora. Por el bautismo vivimos una vida nueva. El bautismo cristiano recibe su virtud del Cristo muerto y resucitado. La muerte de Cristo y su resurrección gloriosa son la razón de nuestra justificación. El bautismo nos recuerda, por tanto, la muerte de Cristo (a una vida natural humana) y su resurrección (transformación) a una vida nueva. Así en él, así en nosotros. En el bautismo morimos al pecado (a una vida al margen de Dios) y vivimos para Dios con el principio, ya dentro, de una completa transformación, como en Cristo. El bautismo efectúa lo que significa y recuerda.

El cristiano -no puede remediarlo- lleva consigo, por una parte, la impronta de la muerte y, por otra, el principio de la Vida. El cristiano es alguien que muere a algo: a la desobediencia, al pecado, a todo aquello que disgusta a Dios. El cristiano ha muerto en Cristo. El cristiano es alguien que vive y vive para algo, vive la vida de Dios. El cristiano ha resucitado en Cristo y vive en adelante para gloria de Dios. El cristiano ha muerto al pecado y a la muerte y se ha alzado de las aguas bautismales a la posesión de una vida que lo llevará a la resurrección. El bautismo, pues, nos vincula a Cristo: viviremos con él, ya que hemos muerto con él.

¿Piensa San Pablo en estas líneas en el Cristo místico? ¿Nos sumergimos en el Cristo, cuando nos bautizamos? De hecho el bautismo nos incorpora a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

El bautismo exige una conducta de muerte al pecado y de vida para Dios.

Tercera lectura: Mt 10, 37-42.

Capítulo 10 de Mateo. Discurso apostólico. Consignas de la misión.Últimos versillos.

Jesús ha elegido doce varones, los ha constituido en fuerza y poder para lanzar espíritus y curar enfermos, y los ha enviado a predicar la Buena Nueva. La obra es única; los medios son únicos; únicas las consignas.

Mateo ha reunido en este capítulo diversos dichos de Jesús que guardan cierta semejanza en el tema. La ligazón se manifiesta, con frecuencia, floja. Es la técnica del evangelista. Con todo tenemos aquí un precioso material referente a la misión. Mateo procede por paralelismo. Distingamos dos series: una, de las exigencias; otra, de la dignidad.

A) Exigencias.- Distingamos tres pasos sucesivos ascendentes:

1) Cristo exige la renuncia a todo vínculo familiar. Sean los padres, sean los hijos, sea la esposa (Lucas) deben quedar atrás, si el maestro lo pide. Nadie, ni los más íntimos, deben impedir el seguimiento al llamamiento de Dios. La exigencia es brava. Con todo es comprensible: Dios está sobre todas las cosas. Lo sorprendente, en este caso, es que la renuncia se exige en nombre de Cristo. Jamás se le hubiera ocurrido decir esto a un rabino. Mateo suaviza el vocabulario de Lucas odiar que transparenta un original arameo.

2) Tomar la cruz. Estamos tan acostumbrados a oír hablar de la cruz, que casi no nos impresiona ya. La cruz tiene para nosotros un sentido menos realista que el que tenía para los oyentes de Jesús. Cruz para nosotros es cualquier molestia, cualquier incomodidad. Para los del tiempo de Cristo la cruz significaba algo más horrendo. Morir en la cruz era la ignominia suma, el tormento sumo, la desgracia suma, el castigo sumo. El seguimiento de Cristo debe llegar hasta ahí: sufrir los más horrendos sufrimientos, aguantar los más degradantes insultos, ser el oprobio de todo el mundo por amor al Maestro. También el propio cuerpo y la propia vida hay que posponerlos. El mártir así lo hace.

3) La vida, el propio yo. Quien quiera encontrar su vida al margen de Cristo, la perderá. Cristo piensa aquí sin duda alguna en el Mártir. El seguidor de Cristo debe estar dispuesto a todo por Cristo. El todo es radical, sin concesiones, absoluto. La vida se encuentra en Cristo. Quien la busca en otra parte perece, y quien la da por él la encuentra. La exigencia de Jesús es tajante. No es, sin embargo, sin ton ni son. En el fondo existe un juicio de valor: todo se encuentra en Cristo, todo se pierde fuera de él. Cristo es más que la familia, más que la propia felicidad, más que la propia vida. Y es que Cristo es la familia, la felicidad y la vida. Hay que estar dispuesto a perderlo todo, para encontrarlo todo en Cristo.

B) Dignidad. El enviado goza de la dignidad de su señor. El que acoge al profeta, el que atiende al enviado, el que recibe al justo, el que socorre al más pequeño de los discípulos, acoge, atiende, recibe, socorre al mismo Señor. Cristo asegura que tal acción no quedará sin recompensa.

El Cristo que pide es el Cristo que da; el Cristo que exige es el Cristo que otorga; el Cristo que lleva a la muerte es el Cristo que lleva a la Vida. Todo lo que se haga en su nombre será bien recompensado. Su nombre, no obstante, puede exigir renuncias importantes.

Consideraciones:

En el bautismo hemos contraído con Dios un serio compromiso. Ya no nos pertenecemos. Hemos muerto al pecado y hemos comenzado a vivir para Dios. La adhesión a Cristo por el bautismo es una renuncia definitiva a las obras muertas y al seguimiento del mundo. Así piensa Pablo. Todo lo que sea pecado, todo lo que sea vivir u operar al margen de Dios, todo ello es obra muerta y, por tanto, en entredicho y condena a la destrucción. Hemos muerto al pecado y vivimos para gloria de Dios.

Esta condición fundamental del cristiano de morir y de vivir en Cristo para la gloria de Dios lo abre y dispone al cumplimiento más exacto de la voluntad de su Señor. La voz de Dios suena en Cristo y Cristo es la misma voz de Dios.

El evangelio pone muy en claro las exigencias de nuestra vocación. Somos de él y a él debemos atender. Ni la familia -sea cual fuere el grado de parentesco- ni el oprobio ni el sufrimiento, ni la propia vida deben ser obstáculo al seguimiento de Cristo. La llamada de Dios es imperiosa, radical y absoluta. Cristo, que a la verdad se muestra tan exigente, no quiere otra cosa que nuestro bien. La vida está en él, no en nosotros. Por eso el seguimiento ha de ser radical, para que la consecución de la vida sea segura y definitiva. El bautismo nos obliga a tener esa disposición.

Cristo no exige sin ton ni son. Hay un premio y una resurrección. Hasta el más pequeño favor realizado en su nombre ha de ser ricamente premiado. Es una promesa divina. El episodio de Eliseo lo confirma debidamente. Respetemos al enviado.