Domingo XII del tiempo ordinario.

Primera Lectura: Za 12, 10-11: Mirarán al que traspasaron.

Palabras misteriosas las del profeta. En primer término, una bendición sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén. Dios no olvida ni abandona la dinastía de David A pesar de las catástrofes que ha amontonado la historia sobre la casa de David y sobre Jerusalén, Dios continúa mirando con complacencia aquello que va a constituir el centro de los tiempos: el Mesías y los tiempos mesiánicos. Cierto aire mesiánico, marcado carácter escatológico.

Las palabras siguientes son sumamente oscuras. ¿De quién habla el profeta? ¿A qué acontecimiento se refiere? ¿Se extiende hasta aquí la misteriosa figura del Siervo de Yahé de Isaías? El pensamiento de la frase se acoplaría muy bien con la misión de éste. ¿O se trata de algún personaje y acontecimiento, de momento totalmente desconocido para nosotros? No lo sabemos. De todos modos ahí han quedado las palabras con su misterio; y con las palabras el mensaje; y el mensaje mirando al futuro. Así es la palabra de Dios; muchas veces arrancada de su contexto histórico, convertida en «piedra miliaria» en espera de un cumplimiento mejor.

La muerte de un ser caro, como de hijo único, motivada injustamente va a ser llorada con amargo llanto, como se llora al primogénito. Día de gran luto para Jerusalén, desgracia para todo el pueblo.

La comparación seguida nos lleva al mundo pagano. El luto alborotado, el plañir estridente de las gentes en los cultos de la fertilidad, a la muerte del dios Hadad-Rimón.

Juan recuerda el texto (19,37) con motivo de la muerte de Jesús. El texto bíblico recibe así su sentido más pleno. Leido el mensaje a la cruz de Cristo, encuentran ambas frases sorprendente coherencia: El Mesías, el tiempo mesiánico, misión del Mesías…

Salmo Responsorial: Sal 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Tal cual se presenta en la liturgia de este domingo -sin los versillos de súplica y alusión a los enemigos-, el salmo desgrana los afectos y sentimientos del salmista en torno a la experiencia -frecuentemente repetida- de la presencia de su gloria. Cada una de las frases merece un comentario; por lo menos, una serena reflexión. Son expresivas las imágenes de la tierra reseca -desértica- para significar el ansia casi fisiológica; la del cobijo de las alas, para la seguridad jubilosa de una protección indefectible… La experiencia guarda relación con el culto. En el fervor del culto ha experimentado el salmista la presencia envolvente y saturante de Dios. El favor de Dios vale más que la vida. Es la experiencia central.

El cristiano se apropia, en Cristo, los sentimientos del salmo, ya como experiencia que arrebata a la alabanza y a la confianza, ya como invitación a gustar la gracia y la plenitud de dios. El culto es el mejor momento señalado por el salmo.

Segunda Lectura: Ga 3,26-29: Los que habéis sido bautizados, os habéis revestido de Cristo.

Cuatro hermosos versillos de la fogosa cata a los Gálatas. Breves y lapidarias, dogmáticas. Sentencias bien cortadas, densas y firmes. El Evangelio de Jesús anuncia verdades claras, bien definidas y definitivas. Verdades que trastornan el mundo en bloque. Son las realidades que constituyen la nueva civilización en Cristo.

Somos Hijos. Hijos de Dios. Hijos verdaderos del verdadero Dios. y lo somos todos. Y todos significa todos. No tan sólo los sabios, los listos, los fuertes; los hebreos, los griegos, los romanos; los maduros, los varones, los… Todos, sea cual sea su procedencia, su edad, su condición, su estado o sexo. Todos los que creen en Jesús. Y a creer en Jesús son llamados todos y en todos los tiempos. La fe en Jesús -es la buena nueva- opera la maravilla. De otra forma, Jesús confiere a los suyos su propia condición de Hijo. Porque la adhesión a Jesús no es una adhesión cualquiera. Es una participación de su vida: incorporación y revestimiento de Cristo hasta llegar (lectura del domingo pasado) a no vivir nosotros, sino Cristo en nosotros. El bautismo realiza misteriosamente el portento (morir, ser sepultados, resucitar con). Realidad transformadora es que todos somos Cristo. No hay diferencia mundana que nos separe de la condición de hijos. Somos hermanos, y como tales, herederos de la Promesa, el don del Espíritu que lo transforma todo. El nos transforma desde dentro. El nos hace sentirnos hijos, y sentirnos hermanos. Eso somos y eso debemos ser. Es la civilización cristiana, con frecuencia descuidada. Nuestras obras egoístas, anti-Espíritu y anti-hermandad, pueden empañar el bruñido espejo de las palabras de Pablo. Las pasiones humanas pueden retorcer y tergiversar su sentido diáfano. El 12,13 de 1 Co. ofrece el mismo pensamiento.

Tercera Lectura: Lc 9, 18-24: Tu eres el Mesías de Dios. El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho.

Es el comentario evangélico del Domingo XXIV del ciclo B. Es un texto paralelo. El mismo evangelio en otro evangelista:

La «confesión» de Pedro constituye la parte céntrica del Evangelio de Marcos. Hasta ese momento flota en el aire el «misterio» ¿quién es éste que obra y habla con autoridad y poder? Nadie ha dado todavía una respuesta acertada. Juan Bautista, aseguran unos; Elías, proponen otros; los más, algún otro profeta. Nadie ha visto con claridad. Solamente los demonios han adivinado algo de la grandeza que se esconde detrás de aquella extraña persona: El hijo de Dios. Ha venido a destruirlos. Lo han palpado. Y no se engañan. El público, en cambio, no ha visto nada.

Pero ha llegado el momento cumbre, el momento de declararlo. Están solos sus discípulos. ¿Quién soy yo? les espeta Jesús. «Tú ERES EL MESíAS» responde Pedro. Se ha descorrido el velo, se ha revelado el «secreto». Jesús de Nazaret no es un «cualquier» profeta; ni siquiera Elías o el gran Juan vuelto a la vida. Jesús de Nazaret es el MESíAS. Esta declaración señala un cambio de dirección en el evangelio. Los discípulos «saben» el misterio de su persona. Ya no le siguen como a un profeta; le siguen como a Mesías, enviado por Dios para la restauración de Israel. Ya «saben»quién es. Pero ignoran «cómo» es, qué tipo de Mesías es. Queda por conocer el «misterio» de su misión. Jesús, el Mesías, es ¡el Hijo del Hombre! Este misterio constituye el tema de la segunda parte.

Jesús comienza a instruirles. El Hijo del Hombre será entregado a manos de los gentiles, por obra de los dirigentes de Israel. Será condenado a muerte; pero resucitará al tercer día. Y es su voluntad, firme y decidida, de abrazar la pasión y la muerte porque tal es la voluntad de Dios. Jesús tiene conciencia de su misión y la confía a sus amigos. Es un misterio, y como misterio debe permanecer oculto, en secreto. Es el famoso «secreto mesiánico» de Marcos. Terrible situación la de Jesús. Sus obras, por una parte están gritando que, tras la mano que las realiza, se encuentre el Mesías. Por otra, Jesús es consciente de que su obrar lo llevará a la muerte. Y no por un acaso, sino por voluntad divina. Y Jesús quiere «cumplir» de todo corazón esa misión encomendada.

Los hombres no pueden comprenderlo. Tan lejos están los pensamientos humanos de los de Dios, que corren peligro de cerrarse por completo. Pedro es el mejor exponente. Pedro trata de estorbarlo. El Mesías no puede acabar Así. Es atentar contra Dios. Pero Pedro se equivoca. Su postura sí es una oposición a Dios. Sus pensamientos no son acertados. No pasan de ser humanos. Y lo humano, opuesto a Dios, se convierten en malignos y endiablados. «Quítate de mi vista, Satanás» es la respuesta indignada de Jesús. Pedro, ignorando, pretende retraer a Jesús del cumplimiento de la voluntad del Padre. ¿Hay algo más horrible? Una obra verdaderamente satánica. ¡Hasta Pedro puede hacer el oficio de Diablo sin saberlo! La voluntad de Dios, sea cual sea, es santa, y el intento de desacatarla ha de ser, sea cual sea la causa, satánica. Los discípulos lo entenderán más tarde.

Las condiciones que propone Jesús para seguirlo están en consonancia con su propio destino. La «misión» de Jesús se alarga a sus discípulos; el «misterio» de Jesús se hace destino y misterio cristiano. He aquí las condiciones: negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle. El discípulo no ha de tener otra voluntad que la voluntad de Dios. Ha de ser su único alimento. Ha de tomar su cruz. Y tomar la cruz significa ser despreciado, perseguido; ser condenado a muerte como malhechor; ser tenido como escoria de la sociedad por el nombre de Cristo. La imagen del condenado que portaba su cruz camino del suplicio decía mucho a aquellas gentes. Hay que seguirle. Ultima condición en el orden, primera en la importancia. De nada sirve negarse, de nada sirve sufrir, si no es «en el seguimiento» de Jesús. Es la típica exigencia de Jesús en los evangelios. La voluntad del Padre es seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es obedecerle e imitarle. Y la imitación consiste en negarse a sí mismo y cargar con su cruz. Está en juego la vida. Y quien no esté dispuesto a dar la vida- temporal- en obediencia a Dios, al evangelio, éste, por cuidar de su vida, la perderá -la auténtica. Quien, por el contrario, la entregue por amor a Cristo, al evangelio, cumpliendo así la voluntad del Padre, ese la alcanzará; como Cristo que resucitó de entre los muertos. El destino del discípulo es el destino de Cristo: muerte y resurrección. Ese es el «misterio» cristiano que todos y todos los días debemos recordar. La celebración litúrgica, «recuerdo» de la muerte y resurrección del Señor, el mejor momento.

Consideraciones.

Cinco veces aparece el nombre de Cristo en las palabras de Pablo. Comencemos por él. Es la clave de los siglos. Sin este nombre no entenderemos nada. En él todo el plan de Dios.

Jesús enviado del Padre. Jesús, el Cristo. Jesús, el Mesías de Dios. Así el Evangelio. No es Juan ni Elías. No es Jesús un profeta cualquiera; ni siquiera, un profeta cualificado como fuera Juan y Elías en su tiempo. Jesús es El Profeta. Aquellos, Juan en especial, no tuvieron otra misión que preparar un pueblo digno para la venida de Jesús el gran acontecimiento de Dios. Algo los une: son profetas. Mucho los separa, él es el Mesías. Y el mesías es el heredero de los siglos, tiene carácter real, es el Ungido. Es el Rey, el Señor.

Pero Jesús es el Señor, no como lo esperaban los de su tiempo. Jesús es el Rey, el profeta, el Hijo del Hombre , ¡el siervo paciente de Yahé! Jesús es un mesías misterioso, lleno del Espíritu de Dios. Un Mesías, que tiene que padecer, morir y resucitar. (Orden de los acontecimientos y orden a cumplir). Un mesías que lleva la cruz a sus espaldas y que muere en ella, y que a través de ella es constituido Señor del universo, Salvador del mundo. Maravilla de Dios. Fuerza y sabiduría divinas.

El Evangelio señala su carácter misterioso: el misterio de la muerte de Cristo, Primogénito e hijo único de Dios(como lo anunciaba la primera lectura). No todos lo entienden, ni todos lo aceptan. Nosotros lo celebramos reverentemente en el sacrificio de la Misa. Ante él, un profundo respeto y un devoto silencio.

La obra de Mesías es llevarnos al Padre, reconciliarnos con él. Jesús nos hace Hijos de Dios, sus predilectos, sus amigos y confidentes. Es necesaria la fe, seguirle y llevar la cruz con él. Y esto, todos los días. Porque la adhesión a Cristo, su seguimiento, compromete al cristiano en todo tiempo y en todo lugar y en toda acción. Nos hemos incorporado a él y somos con él una sola cosa. Nos hemos revestido de él y llevamos su imagen gravada en nuestra vida. El bautismo nos ha caracterizado para siempre. Hemos muerto con él, hemos sido sepultados con él y hemos resucitado en él a una nueva vida. Somos una creatura nueva, La Sión Celestial, y portadores, ya aquí, de una civilización nueva. Hemos sido ungidos por el espíritu y somos el mesías de Dios en este mundo.

Formamos un solo pueblo, una familia unida. Superamos las barreras del tiempo y del espacio; trascendemos un tanto la historia, tenemos algo del Cristo glorioso. Estamos sobre el color y la raza; sobre la edad y el sexo; sin destruirlos, sin aplastarlos. Somos hermanos, y lo somos los coetáneos y son hermanos nuestros los que ya durmieron en el Señor.

Hemos heredado la promesa, el Espíritu Santo. El don de lo alto que nos transforma, que nos hermana, que nos trasciende sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Somos la bendición del mundo. ¿Lo somos en realidad? ¿Somos conscientes de nuestra misión? ¿conscientes de ser mesías, dadores de la paz y de la vida, y dispuestos a ser sacrificados en aras del amor? ¿Cuidamos de mantener nuestra identidad de hijos de Dios y de hermanos celosos? ¿Nos percatamos de que, estando en el mundo no somos del mundo? ¿de que nuestra vocación vale más que la vida? ¿de que… ? Hay que acentuar hoy día este elemento de fraternidad en Cristo. La Iglesia es nuestra casa y nuestra patria, no el rincón perdido que nos vio nacer. Hemos nacido a otra vida. Debemos mostrarlo. Somos, en este aspecto, más que Juan y más que Elías.

El carácter personal y colectivo se refleja en el salmo: La sed de Dios satisfecha, la unión con él alcanzada, la gracia de su presencia saboreada en la convivencia en paz y amor entre hermanos, en especial en el culto. Allí el recuerdo eficaz del Mesías de dios muerto y resucitado por nosotros. Otro elemento necesario de resaltar en nuestros días" El Culto como fuerza y expresión de la vida cristiana Hay que insistir en ello. El salmo nos da un sinfín de afectos. Conviene gustarlos. Es una palmaria invitación.