Domingo XII del tiempo ordinario

Primera lectura: Jr 20, 10-13.

Nos encontramos dentro de una de las llamadas confesiones de Jeremías (11, 18ss; 15, 10ss; 17, 14ss; 18, 18ss). La presente corre del versillo 7 al 18. Es un pasaje que ha llamado siempre la atención de los lectores. Los primeros versillos nos recuerdan las palabras de Jb 3, 1-10. Es un trozo de los más auténticos de confesión personal del Antiguo Testamento. Pasaje altamente lírico. El profeta se lamenta amargamente ante Dios. Ante Él abre su corazón dolorido. Por todas partes le rodean peligros de muerte, y tan abatido está su espíritu que llega a maldecir el día de su nacimiento y a dejar a un lado la misión que Dios le ha encomendado. Efectivamente, Dios lo ha elegido para cumplir una misión verdaderamente difícil. Por una parte, Jeremías debe anunciar la destrucción del pueblo. Por otra, sus predicciones y oráculos, observa el profeta, no sólo no mueven a los oyentes a penitencia y a reflexión, sino que producen el efecto contrario: se ríen, se mofan de él y, por si fuera poco, le maltratan. Avasalladora surge en su espíritu una grave y terrible crisis vocacional: reniega de sí mismo y de su misión. ¿No es él un enviado de Dios? ¿Dónde está la fuerza de su palabra, que a nadie convence? ¿Dónde la justicia de Dios, que salga en su defensa? Todo el mundo se ríe de él. Es un auténtico fracaso. Los versillos 10-13 están tomados de este contexto. El versillo 10 nos recuerda la persecución y la mofa. El versillo 11 nos manifiesta, a pesar de la crisis del profeta, su confianza firme en el Señor. El 12 es una petición de auxilio, una apelación a la justicia divina. El 13 es un pequeño himno de alabanza, que nos recuerda los salmos de acción de gracias (Vogt opina que estos versillos son un auténtico canto de acción de gracias).

Segunda lectura: Rm 5, 12-15.

Este pasaje, tomado de la carta a los Romanos, continúa el pensamiento de las lecturas propuestas en los domingos anteriores. El tema, la obra de la salvación llevada a cabo por Cristo, se centra ahora en la antítesis Adán-Cristo. Se nos recuerda en primer lugar el estado actual del hombre, estado de pecado y de muerte, debido a la transgresión de Adán. La muerte abarca la muerte corporal directamente y la muerte espiritual o enemistad con Dios con su equivalente de muerte eterna en segundo plano, que poco a poco va conquistando el primer plano en el pensamiento del apóstol.

Convendría notar: El pecado de Adán consistió en una gran desobediencia a Dios. Nació del deseo -orgullo y soberbia- de dirigirse contra Dios, afirmándose totalmente independiente de Él, como otro dios. Rompió con Él, como Tutor y creador, olvidando así su condición de creatura. Nos trajo las graves consecuencias del pecado y de la muerte. El hombre no fue creado, como actualmente aparece, mísero y enemigo de Dios. Hubo una gran rebelión.

Cristo, en cambio, trata de recomponer la obra primitiva, destrozada por la transgresión de Adán. El primer paso ha sido la obediencia. Obediencia hasta la muerte. So la desobediencia de uno nos trajo la muerte, la obediencia de otro hasta la muerte nos trajo la vida. No es, sin embargo, exacto el paralelismo. La gracia que Cristo nos otorga es muy superior al vacío creado por el pecado de Adán. Es superior a toda medida e idea humana.

Tercera lectura: Mt 10, 26-33.

Nos encontramos, de nuevo, dentro del discurso apostólico. Recordemos lo dicho el domingo pasado. El contexto inmediato es, en este caso, el anuncio que Cristo hace a los suyos de las persecuciones que han de experimentar a lo largo del cumplimiento de su misión. El Apóstol, se decía al comienzo del capítulo, le acompañarán signos y milagros. Ahora se añade persecuciones. No deben imaginarse, en el ejercicio de su misión, un camino sembrado de rosas o un acompañamiento de aplausos. Ni siquiera el éxito les va a ser seguro compañero. Todo lo contrario: los van a perseguir, y puede que encarnizadamente, hasta el punto de que tengan que dar la vida por la fe. No deben, sin embargo, temer. Dios está con ellos.Éste es el ambiente que envuelve las palabras del Señor.

Como ya quedó dicho en la lectura del domingo anterior, ha reunido Mateo en un solo capítulo las normas de la misión. Basta leer los lugares paralelos de Lucas o Marcos, para comprobar que alguna de dichas normas fue pronunciada por Cristo en otro contexto. Los versillos 26-27, por ejemplo, los encontramos en Lucas enlazados con el tema de la hipocresía, contexto totalmente diverso del que presenta Mateo. Los versillos 26-33, sin embargo, guardan todavía en Mateo unidad y coherencia. La frase No temáis sirve de punto de unión a todo el texto. Es la nota dominante. Sirve al mismo tiempo de contrapunto a los versillos anteriores, en los que Cristo anunciaba la gravedad y certeza de las persecuciones.

a) No hay que temer. Deben proclamar con franqueza y soltura la Buena Nueva. Las enseñanzas recibidas en la intimidad -Cristo los adoctrinó privadamente para ello- deben ser proclamadas abiertamente, a los cuatro vientos. No hay por qué temer. Hay que tener buen ánimo.

b) No hay que temer a las persecuciones. Hay que contar con la Providencia divina. Dios tiene cuidado de vosotros, les dice el Señor. Dios sabe de vosotros. So de las más pequeñas e insignificantes criaturas -cabellos de la cabeza, pajarillos del campo- tiene Dios cuidado, ¿cuánto más de vosotros, hombres y enviados de Dios? No hay por qué temer. En todo caso, deben pensar que Dios, cuyo mandato obedecen anunciando el Evangelio, no sólo es providente, es también Señor poderoso, que exigirá cuenta de la valentía de sus enviados. ¡Teman, pues, a Dios, que puede castigar con la muerte eterna! No teman a los hombres, que sólo pueden quitar la vida natural. Dios puede condenar. ¡El santo temor de Dios!

c) Hay todavía una razón más para no temer a los hombres. Piensen en la actitud que Cristo adoptará ante el Padre.Él no va a dar testimonio de nosotros, si nosotros no nos hemos confesado dignamente sus discípulos. Es más de temer la negativa de Cristo, que todo el mal que puedan inferirnos aquí los hombres. No temáis a éstos. Temedle a Él.

Consideraciones:

Partiendo de Jeremías, podríamos proponer como primera consideración:

a) La persecución del enviado de Dios. Es trágica la situación del profeta. No nos engañemos. Hasta ahí puede llegar la cosa: persecución violenta, mofa hiriente, abandono, fracaso total. Hasta tal punto, que uno se vea tentado, fuertemente, de retroceder.(Que pase de mí este cáliz, pidió Cristo en la Agonía). Esto no obstante, siempre está Dios allí, dando seguridad -no digo gusto- y fortaleza a su enviado. No les temáis. Palabras que leemos en los profetas, Isaías, Ezequiel, etc. Enlazado con esta actitud surge el tema de la

b) Providencia Divina. Dios tiene cuidado de todas las cosas, por muy pequeñas que éstas sean. Dios las dirige cuidadosamente a su fin. Fin, que no siempre puede aparecer claro a nuestros ojos. Dios probó a Job, a Tobías, a Abraham, a Jeremías, etc. Job y Tobías vieron en vida el resultado de su fe en Dios, experimentaron la bendición de Dios en este mundo. Menos lo vieron Jeremías y Abraham. De ningún modo el justo de que habla el Libro de la Sabiduría en sus primeros capítulos. Los perseguidores reconocen su error, pero ya se trata, al parecer, de la otra vida. Cristo no vio el éxito de sus esfuerzos durante su vida. Murió en el fracaso. Lo mismo hay que decir de los mártires. Dios no acudió a salvarlos de los tormentos. Murieron. El éxito de su fe en Dios no lo percibió el mundo. Dios conduce con éxito las cosas a su fin, pero el éxito no siempre es palpable. Dios fue providente con su Hijo, con los mártires. Dios, sin embargo, no acudió a descender a Cristo de la cruz ni a librar a los mártires de los suplicios. Dios, sin embargo, los condujo a su fin. Esta actitud de Dios puede provocar una crisis en la Providencia divina, debido a nuestra forma errónea de entenderla.

c) El santo temor de Dios. Es una actitud cristiana. Puede que el hombre no se mueva por el amor a las cosas que no ve, y sí por el temor de los males que barrunta. El hombre es complejo y defectuoso. El temor puede que lo mueva con eficacia. Dios se comporta, algunas veces, así con el hombre.

d) Conviene pensar, como complemento al apartado a) en la lectura a los Romanos. La obediencia, la sumisión trajo la vida.Éste es el resultado. La desobediencia, la negativa a cumplir la misión encomendada por Dios, trajo la ruina. No se puede uno sustraer al querer de Dios sin acarrearse un mal para sí. Las persecuciones pasan, no así la bendición o maldición de Dios.