Domingo XI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Ez 17, 22-24: Seca los árboles lozanos y hace flore­cer los árboles secos.

Ezequiel, profeta de Dios en el exilio. Allí marchó con su pueblo y allí mu­rió. Su mensaje va dirigido, pues, al pueblo que acaba de ser deportado. No olvida, con todo, su tierra de Judea.

La ira de Dios pesa dolorosamente sobre su pueblo. Su gente desterrada, su tierra en manos extranjeras, el culto abolido, la monarquía trucada. La monarquía se ha mostrado infiel, el pueblo ha prevaricado. El castigo ha sido irremediable. ¿Ha abandonado Dios a su pueblo? Dios se mantiene FIEL a sus promesas. Dios no olvida a su pueblo. El destino de las naciones está en sus manos. Puede truncar los cedros más robustos y los abetos más altos y levantar hasta el cielo las plantas más humildes. Dios es el Señor de la historia. Y así lo hará.

Vuelven a revivir las esperanzas mesiánicas. La ramita verde -símbolo de la esperanza- se convertirá en árbol frondoso y elevado. Acudirán a él aves de todo género. Buscarán su cobijo desde los cuatro vientos. Todos los pueblos van a ser la maravilla. La rama -vástago, brote, en Isaías- nos re­cuerda al Mesías y a su pueblo. De una ramita verde, de un tronco que pa­recía seco, de una planta humilde -situación actual del pueblo y su monar­quía- va a surgir todo un cedro noble. Dios lo ha determinado. Maravillosa la acción de Dios.

Salmo responsorial: Sal 91, 2-3.13-16: Es bueno dar gracias al Se­ñor.

Salmo de acción de gracias. La experiencia múltiple y secular de pueblo de Israel rompe en alabanza. Dios se ha mostrado bueno, Dios ha prodigado sus bondades. Esa misma experiencia abre camino a una «sabiduría» espe­cial. Obliga a pensar y a seguir un comportamiento determinado.

Las obras del Señor, sus bondades, nos invitan a alabarlo y a estudiarlo. Alabanza y reflexión sapiencial. La obra de Dios revela «fidelidad». Su «fidelidad» opera maravillas y es una constante bendición para sus fieles. Sugestivas la imagen de la palmera y la del cedro. El justo -en los atrios del Señor, bajo su sombra- crecerá y se multiplicará. El fruto será abundante aun en el tiempo inesperado. Alabanza a Dios, invitación a servirle. Serás como la palmera.

Segunda Lectura: 2 Co 5, 6-10: En destierro o en patria nos esforza­mos en agradar al Señor.

Ezequiel, profeta de Dios en el exilio. Allí marchó con su pueblo y allí mu­rió. Su mensaje va dirigido, pues, al pueblo que acaba de ser deportado. Su gente desterrada, su tierra en manos extranjeras, el culto abolido, la mo­narquía trucada. La monarquía se ha mostrado infiel, el pueblo ha prevari­cado. El castigo ha sido irremediable. ¿Ha abandonado Dios a su pueblo? Dios se mantiene FIEL a sus promesas. Dios no olvida a su pueblo. El des­tino de las naciones está en sus manos. Puede truncar los cedros más robus­tos y los abetos más altos y levantar hasta el cielo las plantas más humil­des. Dios es el Señor de la historia. Y así lo hará.

Vuelven a revivir las esperanzas mesiánicas. La ramita verde - símbolo de la esperanza - se convertirá en árbol frondoso y elevado. Acudirán a el aves de todo género. Buscarán su cobijo desde los cuatro vientos. Todos los pueblos van a ver la maravilla. La rama - vástago, brote, en Isaías - nos re­cuerda al Mesías y a su pueblo. De una ramita verde, de un tronco que pa­recía seco, de una planta humilde - situación actual del pueblo y su monar­quía - va a surgir todo un cedro noble. Dios lo ha determinado. Maravillosa la acción de Dios.

Tercera Lectura: Mc 4. 26-34: Es la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas.

Dos parábolas y una breve conclusión.

El Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural que irrumpe en la vida del hombre y lo arrastra a éste a esferas desconocidas y divinas. Jesús compendia es sí esa realidad misteriosa. Urge escucharle.

El Reino de los Cielos tiene su dinámica propia, sus misterios. El hombre no puede adentrarse en él, si Dios no le abre la puerta. La Puerta es Jesús. Jesús habla de esa realidad, y cada una de sus exposiciones toca un punto o aspecto de ese Misterio. Jesús ofrece con frecuencia el misterio de la vida (agricultura) como punto de comparación. Quizás así pueda el hombre abrirse camino a la inteligencia de esa realidad sublime. Al fin y al cabo se trata de algo vital, aunque transcendente. En literatura se llaman parábo­las. Las hermosas. Revelan un finísimo espíritu de observación y de acomo­dación. Jesús conoce a la perfección la vida humana y la divina. Todas ellas son significativas. Jesús condesciende a hablar a los hombres del gran Mis­terio, del Reino de los Cielos, en términos al alcance de todos.

«Cuando el grano está apunto, se mete la hoz, porque el ha llegado la siega». Así termina la primera de las comparaciones. No porque el hombre madrugue o trasnoche, amanece antes, apunta más rápida la espiga o se adelanta la siega. Hay una maduración natural con un ritmo vital miste­rioso, sorprendente, que se pone en movimiento al margen del hombre. Al hombre no le toca más que admirarlo y esperar. Ya vendrá la siega. Así su­cede con el Reino de los Cielos. El Reino tiene un período de maduración, una hora de la siega: el juicio definitivo. No le toca al hombre adelantarlo. Hay que esperar con paciencia. Ya llegará. En algunos círculos judíos de enton­ces no se pensaba así. Se esperaba y deseaba una intervención definitiva de Dios, un juicio inmediato y severo. Todo iba a quedar en orden, muy humano por otra parte, de modo fulminante: salvación del pueblo, ruina de las gen­tes. Tenían prisa. Así parece pensaban los zelotes y la mayor parte del pue­blo. Jesús no se comporta a la altura de estas esperanzas. Y advierte que esto es un misterio del Reino de los Cielos, como lo es el de la vida. Y Sería improcedente escandalizarse en Cristo.

No va muy distanciado el sentido del segundo parangón. Parece dirigido también a corregir el error de algunos. El Reino de los Cielos tiene comienzos humildes, insignificantes. Como un grano de mostaza. (Esto podría servir de tropiezo. Recordemos la descripción que había hecho el Bautista: el «juicio» de Dios está encima). Llegará a ser un árbol frondoso. Allí irán a cobijarse las aves del campo. La imagen es transparente. Esa figura del árbol simbo­lizando un reino, el Reino de Dios, tiene raíces bíblicas. Es, al comienzo, una insignificancia en sí, pero crecerá, se expandirá y sus ramas cubrirán la tie­rra. Será la admiración de las gentes. Dios es admirable en sus obras. Así también el Reino de los Cielos. La contemplación de estos misterios puede que nos sugieran pensamientos provechosos. La idea de la universalidad está latente.

La conclusión es interesante. Jesús habla en parábolas, acomodándose al entender de las gentes. Algo dicen las parábolas. Pero no lo dicen todo. El Misterio del Reino queda misterio. Solamente los allegados reciben una in­formación mayor. Son aquellos que tienen fe en él, aquellos que le siguen, aquellos que le aman. Jesús se comunica a ellos, porque ellos se han abierto a él. Es también natural. Yo no comunico mis intimidades - pensamientos, afectos, deseos - a cualquiera. Ha de ser muy allegado, muy amigo, muy ín­timo. Algo así como otro yo. Alguien que se ha ganado mi confianza. Confío que me ha de entender y comprender, que me ha de apreciar y que ha de hacer mi vida parte de la suya. ha de sentir conmigo. De no ser así sería pe­ligroso y perjudicial. Jesús se abre, todavía en el misterio, a aquellos que han hecho causa común con él. Ellos pueden apreciar y entender algo de su persona, de su obra, del Reino de Dios. Ellos le han aceptado. Le han confe­sado Mesías. A ellos se confía Jesús. (Ama para entender y entiende para amar).

Consideraciones

Los misterios del Reino de Dios. El evangelio nos invita a reflexiones so­bre ello. La naturaleza del Reino de Dios es asombrosa. La imagen de la mostaza nos habla de la extrema sencillez e insignificancia de los comienzos y de la extrema grandeza del desarrollo alcanzado. Dios es así. Así sucede con el Evangelio. Piénsese en Jesús, en los apóstoles, en los medios humanos con que contaron. Todo hacía presagiar una ruina. Pues no. El árbol se ex­tendió a todo el mundo y a todas las esferas de la sociedad. Todos los pueblos pueden cobijarse en él. Hay lugar para todos. Todos encuentran en él se«nido». ¿No es para alabar y dar gracias a Dios? (Salmo y primera lec­tura). Maravillosos los caminos del Señor: en los insensato de este mundo confunde a los sabios y en lo débil doblega a los poderosos. Es su fuerza, su poder, su sabiduría. ¿No es algo consolador? El salmo nos invita a meditarlo y a alabarlo.

 La imagen del crecimiento paulatino, pero seguro, apunta en la misma dirección. Pero añade algo más: La «siega». Habrá una siega, un fin. Sin es­fuerzo nos viene a la memoria la parábola de la cizaña. La lectura segunda abunda en el mismo tema: hemos de dar cuenta a Dios de lo bueno y de lo malo que hayamos hecho. Habrá un JUICIO. Y Jesús ha de ser el JUEZ. ¿Ya pensamos en ello?

Sentimientos de admiración a alabanza por el proceder de Dios. Con­fianza en su fidelidad. Descansamos en su Palabra y en su fuerza. Es el Dios de la historia. Y la historia camina hacia él. Nosotros caminamos con él. Nos hemos cobijado en su Hijo. Caminamos obrando el bien. El fin llegará. El pensamiento de las postrimerías es siempre beneficioso: Dios bendice al fiel y maldice al perverso.

El evangelio tiene un pensamiento más: la conducta de Jesús. Los miste­rios son encomendados a los fieles. ¿No es esto para dar gracia, confidentes de Dios? ¿Cultivamos su amistad y su trato? ¿Cómo esperamos recibir confi­dencias? ¿Nos damos cuenta del tesoro que llevamos entre manos? Las con­fidencias de Dios de capital son importancia. Ellas nos revelan el misterio y lo transparentan. Convendría pensarlo.

Domingo XI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Ez 17, 22-24: Seca los árboles lozanos y hace flore­cer los árboles secos.

Ezequiel, profeta de Dios en el exilio. Allí marchó con su pueblo y allí mu­rió. Su mensaje va dirigido, pues, al pueblo que acaba de ser deportado. No olvida, con todo, su tierra de Judea.

La ira de Dios pesa dolorosamente sobre su pueblo. Su gente desterrada, su tierra en manos extranjeras, el culto abolido, la monarquía trucada. La monarquía se ha mostrado infiel, el pueblo ha prevaricado. El castigo ha sido irremediable. ¿Ha abandonado Dios a su pueblo? Dios se mantiene FIEL a sus promesas. Dios no olvida a su pueblo. El destino de las naciones está en sus manos. Puede truncar los cedros más robustos y los abetos más altos y levantar hasta el cielo las plantas más humildes. Dios es el Señor de la historia. Y así lo hará.

Vuelven a revivir las esperanzas mesiánicas. La ramita verde -símbolo de la esperanza- se convertirá en árbol frondoso y elevado. Acudirán a él aves de todo género. Buscarán su cobijo desde los cuatro vientos. Todos los pueblos van a ser la maravilla. La rama -vástago, brote, en Isaías- nos re­cuerda al Mesías y a su pueblo. De una ramita verde, de un tronco que pa­recía seco, de una planta humilde -situación actual del pueblo y su monar­quía- va a surgir todo un cedro noble. Dios lo ha determinado. Maravillosa la acción de Dios.

Salmo responsorial: Sal 91, 2-3.13-16: Es bueno dar gracias al Se­ñor.

Salmo de acción de gracias. La experiencia múltiple y secular de pueblo de Israel rompe en alabanza. Dios se ha mostrado bueno, Dios ha prodigado sus bondades. Esa misma experiencia abre camino a una «sabiduría» espe­cial. Obliga a pensar y a seguir un comportamiento determinado.

Las obras del Señor, sus bondades, nos invitan a alabarlo y a estudiarlo. Alabanza y reflexión sapiencial. La obra de Dios revela «fidelidad». Su «fidelidad» opera maravillas y es una constante bendición para sus fieles. Sugestivas la imagen de la palmera y la del cedro. El justo -en los atrios del Señor, bajo su sombra- crecerá y se multiplicará. El fruto será abundante aun en el tiempo inesperado. Alabanza a Dios, invitación a servirle. Serás como la palmera.

Segunda Lectura: 2 Co 5, 6-10: En destierro o en patria nos esforza­mos en agradar al Señor.

Ezequiel, profeta de Dios en el exilio. Allí marchó con su pueblo y allí mu­rió. Su mensaje va dirigido, pues, al pueblo que acaba de ser deportado. Su gente desterrada, su tierra en manos extranjeras, el culto abolido, la mo­narquía trucada. La monarquía se ha mostrado infiel, el pueblo ha prevari­cado. El castigo ha sido irremediable. ¿Ha abandonado Dios a su pueblo? Dios se mantiene FIEL a sus promesas. Dios no olvida a su pueblo. El des­tino de las naciones está en sus manos. Puede truncar los cedros más robus­tos y los abetos más altos y levantar hasta el cielo las plantas más humil­des. Dios es el Señor de la historia. Y así lo hará.

Vuelven a revivir las esperanzas mesiánicas. La ramita verde - símbolo de la esperanza - se convertirá en árbol frondoso y elevado. Acudirán a el aves de todo género. Buscarán su cobijo desde los cuatro vientos. Todos los pueblos van a ver la maravilla. La rama - vástago, brote, en Isaías - nos re­cuerda al Mesías y a su pueblo. De una ramita verde, de un tronco que pa­recía seco, de una planta humilde - situación actual del pueblo y su monar­quía - va a surgir todo un cedro noble. Dios lo ha determinado. Maravillosa la acción de Dios.

Tercera Lectura: Mc 4. 26-34: Es la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas.

Dos parábolas y una breve conclusión.

El Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural que irrumpe en la vida del hombre y lo arrastra a éste a esferas desconocidas y divinas. Jesús compendia es sí esa realidad misteriosa. Urge escucharle.

El Reino de los Cielos tiene su dinámica propia, sus misterios. El hombre no puede adentrarse en él, si Dios no le abre la puerta. La Puerta es Jesús. Jesús habla de esa realidad, y cada una de sus exposiciones toca un punto o aspecto de ese Misterio. Jesús ofrece con frecuencia el misterio de la vida (agricultura) como punto de comparación. Quizás así pueda el hombre abrirse camino a la inteligencia de esa realidad sublime. Al fin y al cabo se trata de algo vital, aunque transcendente. En literatura se llaman parábo­las. Las hermosas. Revelan un finísimo espíritu de observación y de acomo­dación. Jesús conoce a la perfección la vida humana y la divina. Todas ellas son significativas. Jesús condesciende a hablar a los hombres del gran Mis­terio, del Reino de los Cielos, en términos al alcance de todos.

«Cuando el grano está apunto, se mete la hoz, porque el ha llegado la siega». Así termina la primera de las comparaciones. No porque el hombre madrugue o trasnoche, amanece antes, apunta más rápida la espiga o se adelanta la siega. Hay una maduración natural con un ritmo vital miste­rioso, sorprendente, que se pone en movimiento al margen del hombre. Al hombre no le toca más que admirarlo y esperar. Ya vendrá la siega. Así su­cede con el Reino de los Cielos. El Reino tiene un período de maduración, una hora de la siega: el juicio definitivo. No le toca al hombre adelantarlo. Hay que esperar con paciencia. Ya llegará. En algunos círculos judíos de enton­ces no se pensaba así. Se esperaba y deseaba una intervención definitiva de Dios, un juicio inmediato y severo. Todo iba a quedar en orden, muy humano por otra parte, de modo fulminante: salvación del pueblo, ruina de las gen­tes. Tenían prisa. Así parece pensaban los zelotes y la mayor parte del pue­blo. Jesús no se comporta a la altura de estas esperanzas. Y advierte que esto es un misterio del Reino de los Cielos, como lo es el de la vida. Y Sería improcedente escandalizarse en Cristo.

No va muy distanciado el sentido del segundo parangón. Parece dirigido también a corregir el error de algunos. El Reino de los Cielos tiene comienzos humildes, insignificantes. Como un grano de mostaza. (Esto podría servir de tropiezo. Recordemos la descripción que había hecho el Bautista: el «juicio» de Dios está encima). Llegará a ser un árbol frondoso. Allí irán a cobijarse las aves del campo. La imagen es transparente. Esa figura del árbol simbo­lizando un reino, el Reino de Dios, tiene raíces bíblicas. Es, al comienzo, una insignificancia en sí, pero crecerá, se expandirá y sus ramas cubrirán la tie­rra. Será la admiración de las gentes. Dios es admirable en sus obras. Así también el Reino de los Cielos. La contemplación de estos misterios puede que nos sugieran pensamientos provechosos. La idea de la universalidad está latente.

La conclusión es interesante. Jesús habla en parábolas, acomodándose al entender de las gentes. Algo dicen las parábolas. Pero no lo dicen todo. El Misterio del Reino queda misterio. Solamente los allegados reciben una in­formación mayor. Son aquellos que tienen fe en él, aquellos que le siguen, aquellos que le aman. Jesús se comunica a ellos, porque ellos se han abierto a él. Es también natural. Yo no comunico mis intimidades - pensamientos, afectos, deseos - a cualquiera. Ha de ser muy allegado, muy amigo, muy ín­timo. Algo así como otro yo. Alguien que se ha ganado mi confianza. Confío que me ha de entender y comprender, que me ha de apreciar y que ha de hacer mi vida parte de la suya. ha de sentir conmigo. De no ser así sería pe­ligroso y perjudicial. Jesús se abre, todavía en el misterio, a aquellos que han hecho causa común con él. Ellos pueden apreciar y entender algo de su persona, de su obra, del Reino de Dios. Ellos le han aceptado. Le han confe­sado Mesías. A ellos se confía Jesús. (Ama para entender y entiende para amar).

Consideraciones

Los misterios del Reino de Dios. El evangelio nos invita a reflexiones so­bre ello. La naturaleza del Reino de Dios es asombrosa. La imagen de la mostaza nos habla de la extrema sencillez e insignificancia de los comienzos y de la extrema grandeza del desarrollo alcanzado. Dios es así. Así sucede con el Evangelio. Piénsese en Jesús, en los apóstoles, en los medios humanos con que contaron. Todo hacía presagiar una ruina. Pues no. El árbol se ex­tendió a todo el mundo y a todas las esferas de la sociedad. Todos los pueblos pueden cobijarse en él. Hay lugar para todos. Todos encuentran en él se«nido». ¿No es para alabar y dar gracias a Dios? (Salmo y primera lec­tura). Maravillosos los caminos del Señor: en los insensato de este mundo confunde a los sabios y en lo débil doblega a los poderosos. Es su fuerza, su poder, su sabiduría. ¿No es algo consolador? El salmo nos invita a meditarlo y a alabarlo.

 La imagen del crecimiento paulatino, pero seguro, apunta en la misma dirección. Pero añade algo más: La «siega». Habrá una siega, un fin. Sin es­fuerzo nos viene a la memoria la parábola de la cizaña. La lectura segunda abunda en el mismo tema: hemos de dar cuenta a Dios de lo bueno y de lo malo que hayamos hecho. Habrá un JUICIO. Y Jesús ha de ser el JUEZ. ¿Ya pensamos en ello?

Sentimientos de admiración a alabanza por el proceder de Dios. Con­fianza en su fidelidad. Descansamos en su Palabra y en su fuerza. Es el Dios de la historia. Y la historia camina hacia él. Nosotros caminamos con él. Nos hemos cobijado en su Hijo. Caminamos obrando el bien. El fin llegará. El pensamiento de las postrimerías es siempre beneficioso: Dios bendice al fiel y maldice al perverso.

El evangelio tiene un pensamiento más: la conducta de Jesús. Los miste­rios son encomendados a los fieles. ¿No es esto para dar gracia, confidentes de Dios? ¿Cultivamos su amistad y su trato? ¿Cómo esperamos recibir confi­dencias? ¿Nos damos cuenta del tesoro que llevamos entre manos? Las con­fidencias de Dios de capital son importancia. Ellas nos revelan el misterio y lo transparentan. Convendría pensarlo.