Domingo XI del tiempo ordinario

Primera lectura: Ex 19, 2-6a.

Contexto: Nos movemos en el contexto del Pacto. Baste recordar, para ambientarse, los elementos más característicos y esenciales del Pacto: Prólogo histórico, estipulaciones, bendiciones, etc. Son de notar en este pasaje las palabras de Dios mandadas transmitir a Moisés al pueblo.

a) El versillo cuarto es, en resumen, lo que en la teología del Pacto se viene llamando Prólogo Histórico. Dios enumera aquí, muy elementalmente, los beneficios que ha hecho al pueblo de Israel, la serie de intervenciones en favor de este pueblo. Recuérdese el relato de la salida de Egipto: las plagas, el paso del mar Rojo, la agilidad con que sortearon todas las dificultades. Y no intervino Dios en favor del pueblo movido por los merecimientos de este, pues no eran respetables por el número, ni temidos por la fuerza, ni recomendables por su docilidad, como comentará el autor del Deuteronomio, sino que Dios hizo todo esto movido por misericordia, por puro amor, por la fidelidad a la promesa hecha a sus padres. De Dios partió la iniciativa, no del pueblo. Dios lo eligió y lo llamó a vivir con Él en amistad: los llevó a Él. Conviene ponderar este detalle, pues da sentido cumplido a la historia de la salvación

El hombre se encuentra alejado de Dios. El capítulo tercero del Génesis nos relata, lleno de colorido y viveza, el origen y la magnitud de la enemistad que separa al hombre de Dios. Ante las puertas del Paraíso está el Querub prohibiendo la entrada al hombre. No puede el género humano volver por sí mismo a la amistad con Dios. Dios le tiende la mano. Toda la actividad de Dios se dirige ahora a restablecer la amistad perdida, a llevarlo hacia Sí. Esta ida a Dios es una vuelta, al mismo tiempo, a sí mismo. El pecado no solamente lo separó de Dios; lo desgarró a él mismo y lo enfrentó con los demás. La amistad con Dios, que Dios le ofrece, lo retorna a su Creador, lo vuelve a sí mismo (es imagen de Dios), y lo integra en una sociedad santa. De este retorno por Cristo al estado primitivo, pero superado, habla largamente San Pablo en su Carta a los Romanos.

b) Condición indispensable para el retorno: oír su voz y seguir los mandamientos. San Pablo nos habla de la Desobediencia de Adán, como causa de nuestra ruina, y de la Obediencia de Cristo, como causa de salvación. Adán no se fió de Dios; en cambio, hizo caso de la Serpiente. Ello motivó su ruina. Abraham señala el camino del retorno: dejarse llevar de Dios. Y eso es precisamente lo que quieren indicar las palabras de Dios: oír y cumplir. No es otra cosa que dejarse llevar de Dios; creer en Él y seguir su voluntad.

La amistad con Dios, conviene ponerlo de relieve, eleva de rango al hombre.(Verdadero Humanismo). El hombre -el pueblo- es propiedad personal de Dios. Todo es de Dios, pues todo lo ha creado Él. En este sentido también lo es el hombre. Pero, si el hombre acepta su condición y sigue a Dios Creador y Elevador, el hombre será propiedad de Dios de una forma especial. Ante Dios el pueblo elegido ocupa un lugar eminente. Sobre él despliega Dios una providencia especial. Esta pertenencia hace al pueblo santo. Es algo santo; está consagrado a Dios; está destinado a Dios, a darle culto: es un pueblo de sacerdotes, un pueblo santo. Este es el fin específico del pueblo: dar culto a Dios a través de toda la vida: oyendo su voz y cumpliendo sus preceptos.

Segunda lectura: Rm 5, 6-11.

Contexto. Después de haber hablado largamente San Pablo de la fe -fe de Abraham, fe que salva, justificación por la fe- habla en el 5, 1-5 de la esperanza. La fe nos acerca a Dios Salvador: por la fe hemos conseguido la paz y la gracia, 1-2. La salvación llega a nosotros por la fe. La salvación, no obstante, es objeto de la esperanza. Aunque realmente la salvación ya está en nosotros, sin embargo, no la poseemos definitiva y completamente. Es objeto de la esperanza, la esperamos. Saliendo al paso de un posible desánimo del oyente -¿Quién me asegura que la voluntad salvífica de Dios es constante?- San Pablo habla de la firmeza de la esperanza en su aspecto objetivo. La esperanza se apoya en base sólida: …la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado 5, 5. Los versillos 6-11 desempeñan la función de desarrollar este tema: el fundamento objetivo de la esperanza cristiana.

Cuando Cristo murió éramos impíos, nos encontrábamos enemistados con Dios. No obstante, Cristo murió por nosotros. Puede que alguno dé la vida por una persona buena, por un justo. Difícil es, pero posible. Lo que ya rebasa toda probabilidad es que uno dé la vida por un malvado, por un enemigo. Enemigos éramos de Dios, y éste dio su Hijo por nosotros. Mostró así un amor incondicional, no motivado por nuestra justicia, pues éramos injustos. Si, pues, Dios nos amó siendo injustos, siendo enemigos ¿qué no hará siendo amigos, estando ya justificados por la sangre de Cristo, que clama más eficazmente que la de Abel? Pero hay otra razón. Cristo nos reconcilió con Dios en su muerte ¿qué no hará viviendo? Cristo vive, Cristo tiene toda potestad, está sentado a la derecha del Padre. So muriendo -que supone un gran esfuerzo, que parece que termina su actividad- nos libró de la cólera ¿qué no hará ahora vivo, junto al Padre? So su amor se manifestó estable aun en la muerte ¿qué duda tendremos de tal amor, cuando ahora no exige tal esfuerzo? Cristo intercede por nosotros. Ahí radica la firmeza de nuestra esperanza: amor de Dios sin límite y a toda prueba. ¿Quién nos separará del amor de Dios? De esto nos gloriamos.

Tercera lectura: Mt 9, 36 - 10, 8.

Contexto. Los últimos versillos del capítulo noveno nos introducen en el discurso de Cristo dirigido a los Apóstoles. Son cinco los grandes discursos de Mateo. Vienen a ser como los pilares sobre los que se asienta el edificio de su Evangelio: 5-7; 10; 13; 18; 24ss. En ellos ha recopilado Mateo las enseñanzas de Cristo respecto a temas diversos. Todos ellos manifiestan, todavía en el estado actual, el trabajo redaccional de Mateo. Este discurso apostólico está compuesto por una serie de normas tocantes a la obra de evangelización y a la persona del apóstol.

a) Versillos 35-38. Conviene poner de relieve la misericordia de Cristo. Cristo siente piedad, compasión por los hombres. Su obra de anunciador del evangelio no obedece a un provecho propio -no es negocio-; obedece a compasión. Cristo se conmueve profundamente ante la necesidad de los hombres. Andan como ovejas sin pastor. No son el hambre o la sed materiales los que conmueven a Cristo, tanto como la falta de dirección hacia Dios. Cristo se conmovió viendo a los hombres que le seguían, y multiplicó los panes. Cristo, sin embargo, no vino a eso. Su misión era revelar al Padre.

Nótese la magnitud de la obra: es mucha la mies y los operarios muy pocos. Colaboración humana. Dios no salva a los hombres sin los hombres. Rogad al Señor…

b) Versillos 1-4. Son los Enviados cualificados para esta misión. Los Apóstoles son enviados para evangelizar. Esa es su razón de ser (versillo 7): proclamar la buena nueva. Como tales, tienen poder omnímodo; y, como tales, Cristo los reviste de toda autoridad -son el fundamento de la Iglesia- y de poderes taumatúrgicos -carismas de curaciones, etc.-.

c) Los versillos siguientes nos recuerdan el momento histórico en que fueron promulgadas tales normas. Cristo no sobrepasó los límites de Palestina. La evangelización va dirigida en primer lugar a los hijos de Israel, en virtud de las promesas hechas por Dios en la antigüedad. Es interesante la segunda parte del versillo octavo. Gratis han recibido los dones. Gratis deben conferirse. Han sido dados para la edificación de la Iglesia; con este fin deben emplearse.

Cabría pensar en la necesidad de la evangelización, como primerísima; en la disposición del apóstol, como total; en el cumplimiento de la misión: gratis et amore, como Cristo.