Domingo X del tiempo ordinario.

Primera Lectura: 1 Re 17,17-24: Tu hijo está vivo.

El libro de los Reyes está sembrado como un campo de margaritas, de as anécdotas prodigiosas de Elías y Eliseo. Es un placer leerlas. Rompen la monotonía estridente de la historia escrita con sangre. Huelen a sencillez y a pueblo. Las envuelve un halo de beatitud y bondad. Las gentes sencillas las han dejado correr de boca en boca. Alguien las ha llamado Florecillas. Me parece sugerente. La lectura de hoy nos hace una hermosa. Conviene no zarandearlas mucho para no quitarles su frescura.

Una mujer. Una mujer madre. Una madre viuda. Viuda con un solo hijo. Hijo todavía pequeño. Es todo lo que tiene. Aquel niño está en las últimas; aquel niño se muere. Es como si a aquella mujer le arrancaran el corazón, le desgarraran las entrañas. Sin aquel niño carece de sentido su vida, de aliento, de ilusión. ¿Qué le queda si aquel niño de sus entrañas muere? Dolor de madre, desamparo de viuda. Una auténtica tragedia.

El dolor hace las frases cortantes y agresivas. Suenan a acusación tanto en boca de la mujer como en la oración del profeta. El Señor escuchó la súplica. El Dios de Elías, Yahé, tiene oídos y oye, es bueno. Lo definen sus obras. La mujer lo bendice agradecida. Ha visto el signo de su presencia. El Dios de Elías en un dios vivo, el Dios Vivo. Elías es acreditado como profeta y siervo: Dios ha escuchado su oración. La maravilla lo acredita como enviado del Dios del Cielo. Profeta auténtico, Dios vivo y bondadoso, mujer agradecida.

Salmo Responsorial: Sal 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Salmo de ación de gracias. Gracias por un beneficio recientemente recibido. Beneficio de haber sido librado de la muerte: Sacaste mi vida del abismo. Sea por el acoso de los enemigos, sea por la enfermedad (más probable), El salmista estaba a punto de bajar a la fosa. La mano amiga de Dios lo alzó a la vida y lo alegró con cantares y danzas. Es justo proclamarlo y cantarlo: Dios es bueno. Una vida a Dios gracias se convierte en una acción de gracias por toda la vida: Te daré gracias por siempre. El Señor libera de la muerte, el Señor da la vida. Pensemos en la vida eterna, eterna liberación de la muerte.

Segunda Lectura: Ga 1,11-19: Se dignó liberar a su Hijo en mí, para que Yo lo anunciara a los gentiles.

Continúa la lectura del domingo anterior. Pablo insiste en que su evangelio, su mensaje no son de origen humano. Ni se le ha ocurrido a él, ni lo ha recibido de hombre alguno; ni de Pedro, ni de Juan, ni de nadie. Tan sólo por revelación de Jesucristo. Pueden estar completamente seguros de que no es cosa suya, a poco que recuerden su vida en el judaísmo. Lejos de simpatizar con el nuevo movimiento, se convirtió en su más acérrimo perseguidor. No ha sido, pues, en virtud de una decisión meramente personal; tampoco lo ha recibido, de forma inmediata, de los apóstoles, a quienes no vio sino mucho tiempo más tarde, después de su conversión. El verdadero origen de su Evangelio y de su misión, arranca del encuentro personal con Cristo en el camino de Damasco. Cristo se le ha revelado en poder y en gloria y lo ha enviado a predicar el evangelio a los gentiles. Pablo evoca en sus palabra la vocación de los grandes profetas (Jeremías). Es consiente de encontrarse en la misma línea. al principio de todo, su misión está en Dios está en Cristo. Pablo predica el evangelio de Dios en Cristo.

Tercera Lectura: Lc 7,11-17: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

Pasaje propio de Lucas. Se adivina su mano graciosa y pronta a relatar el dolor humano y la misericordia divina. No en vano se le tiene por el evangelista de la misericordia. A Cristo se le ve sufrir y gozar. También la conclusión suena a Lucas. El relato corre sencillo y claro.

Un muerto, un muerto conducido a enterrar. joven, hijo único de una viuda Sostén y alegría de su madre. Madre sumida ahora en la tristeza y desconsuelo. Situación especialmente dolorosa. El público muestra su condolencia acompañando el cortejo fúnebre. Silenciosos y apenados caminan hacia el lugar del sepelio. Al Señor ¡al Señor! le da lástima. Su corazón, sensible al dolor, se conmueve, y por propio impulso, con voz de mando, arranca de la muerte aquella vida joven. Con un gesto delicado y atento se lo devuelve vivo a su madre. La voz del Señor es poderosa: nadie se le resiste, ni siquiera la muerte.

El espanto, primero, y la alabanza después, surgen espontáneos de aquellos pechos sencillos. La maravilla presenciada les abre los ojos. Allí está Dios. Allí un gran profeta. Jesús de Nazaret es un hombre de Dios. Dios se ha acordado de su pueblo. La presencia del profeta trasluce la presencia de Dios. Temor santo y cordial alabanza: Dios ha visitado a su pueblo en Jesús, profeta con poder y autoridad.

La maravilla declara la presencia de Dios. La admiración, un acercamiento del hombre a Dios. Jesús, -Salvador, Dios con nosotros- evidencia la presencia salvadora de Dios. En su persona toca el hombre a Dios. La gloria de su nombre, y la convicción de que dios ha visitado en aquel hombre a su pueblo son el efecto saludable de la resurrección del muchacho. Eso es lo importante. Las obras de Dios no se presentan caprichosas ni extravagantes. Las obras de Dios son obras de amor y misericordia. El Dios que hace acto de presencia en el profeta Jesús es un Dios de amor y compasión. Jesús, su enviado, participa de los mismos sentimientos. La obra de Jesús es una obra salvadora de amor.

Consideraciones.

Jesús resucita a un muerto. Jesús muestra así tener poder sobre la muerte y ser Señor de la vida. El Señor que actúa lleno de misericordia es el Señor resucitado. Así lo entiende el cristiano que escucha este evangelio. Así también nosotros. Jesús nos resucitará. Esa es nuestra esperanza firme. Esa su gran obra de misericordia. Esa la gran gloria de dios. ese nuestro canto constante. Es el sentido profundo del salmo. La resurrección que vendrá después viene anunciada en forma de sino en la resurrección del muchacho.

Todo es obra de la misericordia y bondad del Señor, como lo nota Lucas. Nadie le pidió el milagro, pero sus entrañas se conmovieron ante aquella tragedia.

Jesús ha muerto y ha resucitado. Jesús ha sufrido el terror de la muerte y ha sido devuelto a la vida en honor y gloria. Jesús ha sido exaltado a la derecha de Dios y ha sido constituido Señor y Dador de vida. Jesús se compadece de la tragedia del hombre alejado de Dios y en estado de muerte. Jesús nos levanta del féretro. Jesús nos devuelve a la vida.

La Iglesia se alegra y glorifica a Dios. Jesús nos resucitará en el último día. La eucaristía celebra el misterio. Jesús tiene un corazón sensible, un corazón que vibra al dolor humano. Pero no es la muerte física el dolor supremo del hombre. Es su muerte eterna. De ella nos libra Jesús.

La maravilla revela a Jesús como profeta. Profeta de Dios que ama y da la vida. Jesús no puede menos de amar, conservar y dar la vida. Es el signo de su autenticidad. Nosotros, cristianos, continuadores de la obra de Cristo, hablamos de un Dios que ama y da la vida; un dios que nos resucitará. ¿Hasta qué punto somos signo de ello? Nuestro profetismo ha de verse confirmado por nuestras obras; a la palabra ha de acompañar la acción. Cuando la gente sencilla vea en nosotros a un Heraldo de Dios, entonces habremos alcanzado algo en este sentido. Nuestras obras buenas, de amor, de misericordia, de perdón, han de evidenciar ante los sencillos la presencia de un dios que ama y que salva. Ese es nuestro Evangelio, esa nuestra misión. Pablo nos lo recuerda. Un evangelio que viene de Dios y conduce a Dios. Un evangelio predica a Cristo salvador y salva en un Liberador. El cristiano está siempre en favor de la vida, cueste lo que cueste.