Domingo X del tiempo ordinario

Primera Lectura: Gn 3, 9-15: Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer.

Libro del Génesis. El primer libro de la Biblia. El libro de los orígenes: origen del mundo, origen de la vida, origen del hombre, origen del mal… Au­tor javista. Estilo propio. Lenguaje popular, figurado, lleno de colorido, lleno de metáforas, lleno de antropomorfismos. A dios parece tocársele con la mano. ¿No es esto ya una revelación formidable? Verdades religiosas fun­damentales. profundamente religioso. fina sicología. El relato corre suelto, emotivo y, dentro de su sencillez, deleitoso.

Diálogo de Dios con el hombre. Dios habla, Dios apela, Dios requiere, Dios quiere al hombre. Lo ha creado «responsable» y como tal lo interpela. El hombre debe responder de sus actos ante aquél que lo creó. ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? es la pregunta. Dios teme haberlo perdido, y lo busca.

El hombre, imagen y amigo de Dios, ha desertado, se ha manchado la cara de barro y, avergonzado, se ha escondido. Ha pecado. No aceptó el con­sejo bueno del que le amaba; se apartó de la mano amiga que lo guiaba. Dudó de la bondad de su Señor y lo consideró malo. Volvió los ojos al envi­dioso y le hizo caso. Con ello cambió su suerte. Quiso él cubrirse de la gloria de su Señor y ser él mismo norma de sus propias acciones. Quedó desnudo y aplastado. Olvidó que era imagen y, al desechar al modelo que lo había for­mado, enturbió su mente. Buscó para sí el trono divino, se sintió fuerte, in­dependiente, seguro, y ahora, arrastrado, impotente, corre a ocultarse, tiembla y retrocede. Quiso ser sabio y acabó engañado. Situación dramá­tica, trágica.

La eterna tentación del hombre: ser como Dios. Más que tentación es su destino. En realidad para ello ha sido creado. Pero erró el camino. Sólo Dios puede hacer al hombre «divino». Con Dios alcanzará la meta. Sin él se hun­dirá en el abismo. Al lado de Dios será «señor», creador, él mismo. Lejos de él, sierva, esclavo corrompido. Dios es amor y el amor es creativo. El hom­bre se apartó de él y se hizo destructivo. Dejó al Padre e hizo del odio su amigo. Y todo quedó en peligro: su persona, la familia, la sociedad… ¿Podrá con todo el maligno?.

Pero el Señor sigue siendo bueno. El amor vence al odio, el bien al mal. Dios le tiende la mano. El hombre sigue siendo responsable, con capacidad de amar y crear. Dios promete el retorno al estado original. Habrá un re­dentor que aplastará la cabeza del asqueroso dragón que embaucó al hom­bre: Cristo. Será la estrella que consuele al hombre en su caminar por el mundo. El sudor cubrirá su rostro y el dolor será su compañero inseparable. pero la Salvación está anunciada. Dios lo ha dicho. Queda en pie la oferta: «Seréis como dioses». De la mano de Dios volverá el hombre a encontrarse a si mismo en todas direcciones: persona, familia, sociedad… ¡Hay una espe­ranza, hay un Cristo! Es maravilloso el obrar de Dios. La Iglesia ha visto en la mujer a María. Es necesario recordarlo.

Salmo responsorial: Sal 129, 1-8: Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Salmo de súplica. La Iglesia lo ha colocado entre los salmos penitenciales. Invita a la penitencia.

El hombre puede negar su culpabilidad o afirmar su inocencia ante los demás. Pero de lo más profundo del alma surge, si es sincero, una voz que lo señala: has pecado. Eso es. Somos pecadores, pecamos y repetimos, de al­guna forma, la escena del Génesis. Hemos abandonado a Dios y nos hemos pasado al enemigo. Esa es nuestra tragedia. Y en el fondo suena la voz que pregunta: ¿Qué has hecho?. No cabe esconderse. No hay mejor postura que reconocerlo abiertamente. Sabemos que el Señor es misericordioso, que con­cede siempre el perdón al que, contrito, se lo pide. El es toda nuestra espe­ranza. Su mano poderosa es capaz de levantar el peso ( ¿Quién no lo ha sen­tido? ) agobiante de nuestros delitos. Como individuos y como comunidad, como Iglesia. Es saludable.

La esperanza llega más allá del perdón. Esperamos ser redimidos de todo aquello que nos separa de algún modo de Dios. Se perfila en el horizonte la venida de Cristo. Dios ha prometido; y está ya en curso, la salvación com­pleta. ¡Espere, pues, Israel!

Segunda Lectura: 2 Co 4,13-5,1: Aunque se desmorone la morada te­rrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna.

Pablo ha dicho en el versillo 7: «Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que esa fuerza extraordinaria sea de Dios y no de los hombres». Aludía con ello a su ministerio apostólico (su autoridad se había puesto en tela de juicio en ciertos círculos de Corinto). El pensamiento continúa ade­lante en varias direcciones.

El ministerio apostólico, cosa de Dios enteramente, configura a Pablo con Cristo. Sobre él apóstol, llueven las calamidades. Pablo las llama sus «flaquezas». Lleva en su carne la pasión de Cristo. Con todo, y precisamente en ello, se muestra la gran fuerza de Dios. Dios que salva, Dios que trans­forma. Pablo, creatura humana, débil vasija de barro, tiene que hablar, y hablar en nombre de Dios. ¿Quién no temblará? ¿Quién se atreverá a ello? La fragilidad de la vasija no ha de ser obstáculo en modo alguno a la «contención» del tesoro. Ha sido elección divina. Por otra parte, el tesoro -la fuerza de Dios- ha de acabar por transformar a la vasija. El Dios que resu­citó a Jesús de entre los muertos nos resucitará también a nosotros. La transformación ha de ser completa, configurados con Cristo. Con las miras puestas en este fin, toda labor, todo trabajo, toda calamidad, toda «flaqueza» en Cristo ha de parecer muy llevadero. Todo está bien empleado. Lo delez­nable se va acabando; lo exterior, lo humano, acabando. Lo interior, lo invi­sible en nosotros, la presencia inefable de Dios, no pasa. Dios ha dispuesto para nosotros una morada eterna.

El cristiano «cree» y habla: he ahí su misión de profeta. Ha de hablar con la vida. Un testimonio, un auténtico testimonio vital. Una vida en «Cristo». Una participación de su «Misterio» y de su obra. El cristiano ha de llevar en sí, hechas carne la «flaquezas» de su Señor. La muerte a todo aquello que se opone a Dios, lo caracteriza como ser destinado a un mundo mejor. Ha de ir muriendo en él lo deleznable, lo transitorio, lo «carnal». ¿Podrá realizarlo, siendo débil? La fragilidad humana tiene un maravilloso contrafuerte: la fuerza de Dios que resucita a los muertos. Estamos configurados con Cristo en su resurrección. Hacia ahí caminamos. El binomio muerte-vida, fragili­dad-fuerza, humano-divino, expresa la misteriosa paradoja del cristiano. El que «cree» no puede impedir gritarlo con su vida. Más aún, es un encargado de predicar. Es un apóstol.

Tercera Lectura: Mc 3, 20-35: Todo se les podrá perdonar a los hom­bres, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás.

Podemos dividir la perícopa en tres partes. Una ligazón más o menos há­bil puede presentarlas como una unidad. En realidad han tenido existencia independiente, Marcos, sin embargo, las presenta así.

La primera unidad la componen los versillos 20-21. Jesús se ha dado de lleno al ministerio de la evangelización. Ni siquiera para comer tiene tiempo. Su dedicación absoluta a la Buena Nueva es incomprensible, fuera de lo normal. Los suyos temen por él. «Decían que no estaba en sus cabales». ¿Quién es el sujeto de «decían»? ¿Los «suyos»,sus familiares? ¿Es un imper­sonal: Decían, se decía? ¿Los fariseos que aparecen a continuación? En rea­lidad no importa mucho. Lo que en verdad importa es la conducta de Jesús que motiva ese «juicio» de valor acerca de su persona. «Loco» en la predica­ción del evangelio. Los hombres no llegan a comprender tal dedicación. Su conducta es «extraordinaria». Así es Jesús un misterio. En Juan se dirá que «el celo de la Casa de Dios lo devorará». Y más adelante (Jn 4, 32) afirmará él mismo que su alimento es hacer la voluntad del Padre. Es un detalle que se nos escapa con suma frecuencia: la conducta de Cristo no es tan «normal». ¿Quién se atreverá a decir que en lo «humano» es un hom­bre «como los de­más»? Jesús es un verdadero «Loco» de Dios. Un continuo escándalo hasta para sus más allegados. Los «suyos» no le comprenden. De decir que está fuera de sí a decir que tiene un demonio va un paso. Nótese a propósito del Bautista (Mt 11, 18): no come ni bebe, tiene un demonio, está loco. De Jesús: sus largas noches en oración, sus andanzas, su celo ardiente y su entrega constante al evangelio, parecen superar las fuerzas humanas. Algunos lo ca­lificarán: tiene un demonio (Jn 7, 20; 8, 48…) Puede que sea esto el punto de unión con la segunda parte.

La segunda unidad va del 22 al 30.- Jesús expulsa los demonios. Jesús muestra tener un poder «misterioso». Los espíritus impuros le obedecen. No es una ostentación de poder sin más ni más, una exhibición de habilidad o práctica de magia ¡El Reino de Dios ha llegado! La expulsión de los demonios lo grita a voces. Ellos lo han percibido (Mc 3, 11 - 12) inmediatamente, y tiemblan. Los hombres no llegan a percibir el signo. Más aún, un grupo de ellos, los fariseos, atribuyen el poder extraordinario de Jesús a una posesión diabólica. Tiene un demonio, dicen. Jesús le ofrece la pista, con las dos seme­janzas que propone, para que vean en sus obras el dedo de Dios, la presen­cia del más «fuerte», la implantación del Reino. Era de sobra sabido que en los tiempos mesiánicos Dios iba a destrozar el reino de Satán. Las obras de Jesús evidencian esa realidad. Son signo del Reino. Jesús vencedor del dia­blo declara con sus obras la calidad y naturaleza del Reino: destrozar la obra de Satán en todas direcciones.

Los fariseos no quieren verlo. La envidia los ciega. Se cierran a la luz. Es un error imperdonable. La luz brilla con toda su fuerza y ellos se tapan los ojos. Son inexcusables. Es el pecado contra el Espíritu Santo. Jesús lanza los demonios y ven en él un demonio. Jesús trae la salvación - sus obras lo están gritando - y dicen ser obra del diablo. ¿qué hacer son esta generación?

La tercera unidad abarca los versillos 31-35. Parecen no tener nada en común con los anteriores. La alusión a la familia de Jesús, al comienzo de la perícopa y ahora en estos versillos, puede que sea el débil lazo que las una.

 Los familiares quieren interferirse, con buena intención sin duda, en la vida de Jesús. Jesús rechaza radicalmente toda relación que se base exclu­sivamente en el parentesco de sangre. El Reino de Dios que él personaliza no tiene nada que ver con eso. La sentencia de Jesús es de gran valor kerigmá­tico. Tenemos aquí una hermosa revelación. La primitiva comunidad las conservó con gran cuidado. Jesús declara con autoridad quiénes son sus allegados, sus parientes, los «suyos»: Los que cumplen la voluntad de Dios. Y no de cualquier manera, sino como Dios quiere. La voluntad de Dios, como también su Reino, se centran en Cristo. Hacer la voluntad de Dios es creer en Jesús, seguirle y obedecerle. Ese es hermano y madre de Jesús. El al­cance de esta novedad es inmenso. Una novedad capaz de cambiar radical­mente la historia del hombre: ¡Hermanos de Cristo! No hay fronteras de nin­gún tipo, ni culturales, ni raciales ni históricas, que puedan contener la fuerza arrolladora de esta disposición divina. ¡Todos hermanos en CRISTO! Sólo el que se ciega y odia rompe esa unidad. Es el Nuevo Mundo en este mundo. Sólo en Cristo vuelve la humanidad a encontrarse «una». Magnífica perspectiva, glorioso destino. No dirán otra cosa los libros del Nuevo Testa­mento.

Consideraciones

Sírvanos de introducción aquel texto de la carta a los Hebreos: «… Dios habló a nuestros padres por los profetas… ahora, en los últimos tiempos nos ha hablado en el Hijo». El «Misterio» de Dios se revela en Cristo. Cristo es el centro y el resumen, el Verbum abreviatum, la palabra de Dios. los últimos tiempos ya han comenzado. sea, pues, Cristo nuestro primer pensamiento.

CRISTO «Extraordinario». Cristo «el más fuerte», el fuerte. Cristo instau­rador del Reino de Dios. Cristo vencedor y aplastador del diablo y de su reino. Cristo Salvador.

Cristo extraordinario en su conducta. Entregado totalmente a la voluntad del Padre. Es su comida, es su alimento. Un loco de Dios. El hombre no lo comprende, el hombre lo rechaza, el hombre lo persigue. La «pasión de Cristo».

La conducta de Cristo manifiesta la existencia, e implantación, de una realidad suprema. Frente a ella pierden todo su valor las humanas. La se­gunda lectura nos lo recuerda. Hay algo que pasa y algo que no pasa.

El Reino de Dios, señalado por la victoria de Cristo sobre el Diablo, es el cumplimiento de la promesa divina (primera lectura) de restituir al hombre a su primera amistad con Dios. Es la implantación de una nueva forma de ser en la que las relaciones puramente humanas no cuentan. Los límites im­puestos por el tiempo, por el espacio, por la cultura, por la sangre, estallan al forcejeo del «más fuerte». No hay judío ni gentil, ni amo ni esclavo, ni… Todos hermanos en Cristo. La fraternidad universal. El hombre, hijo de Dios. El reino del Diablo es separación, división, odio. La obra de Dios es amor, hermandad, unidad. El hombre vuelve a encontrarse a sí mismo como persona, como familia, como sociedad. Dios le perdona y lo arrastra hacia sí en Cristo Jesús. Jesús proclama todo esto con su conducta.

La segunda lectura nos recuerda algo de esto. El apóstol, el cristiano, es otro Cristo. Se le ha encomendado un «tesoro». Debe vivirlo y gritarlo con su vida. Las «flaquezas» -enfrentamiento con ese mundo del mal- le recuerdan la «pasión» de Cristo. En ellas, con Cristo, vence al Diablo, y es así la expresión concreta del Reino de Dios. Somos su Reino. La entrega de Cristo a la predi­cación del Reino es un ejemplo para nosotros. ¿Hasta qué punto vivimos la «locura» del Reino? La vida del cristiano es amor, fraternidad, unidad. Todos los ataques del Diablo han de venir por ahí: contra el amor, contra la her­mandad, contra la unidad. El germen lo llevamos dentro. He ahí nuestro drama.

La escena del Génesis nos lo recuerda. La tentación sigue en pie: querer ser como Dios. No hay otro camino que volver a Dios en Cristo Camino. El hombre rechaza con frecuencia la mano amiga y se aleja. El pecado. El mis­terio del pecado. Ahí está. Pero el pecado es tiranía, esclavitud, engaño, ruina y muerte. La vida y la libertad están en Dios. El hombre sucumbe con frecuencia. El pecado pesa. El salmo lo reza.

El cristiano debe guardar cierto temor. La oración del día nos invita a pedir: «… Concédenos… pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda». somos conscientes de nuestra debilidad. Más claro la oración última: «Padre de misericordia, que tu acción medicinal cure…» El temor no elimina la espe­ranza. Todo lo contrario, la aprecia en su justo valor. Caminamos en la es­peranza hacia la casa eterna (segunda lectura). La victoria de Cristo contra el Diablo garantiza el cumplimiento perfecto de la promesa divina (primera lectura). Eucaristía: Jesús Salvador, Comunión, fraternidad etc.


Domingo X del tiempo ordinario

Primera Lectura: Gn 3, 9-15: Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer.

Libro del Génesis. El primer libro de la Biblia. El libro de los orígenes: origen del mundo, origen de la vida, origen del hombre, origen del mal… Au­tor javista. Estilo propio. Lenguaje popular, figurado, lleno de colorido, lleno de metáforas, lleno de antropomorfismos. A dios parece tocársele con la mano. ¿No es esto ya una revelación formidable? Verdades religiosas fun­damentales. profundamente religioso. fina sicología. El relato corre suelto, emotivo y, dentro de su sencillez, deleitoso.

Diálogo de Dios con el hombre. Dios habla, Dios apela, Dios requiere, Dios quiere al hombre. Lo ha creado «responsable» y como tal lo interpela. El hombre debe responder de sus actos ante aquél que lo creó. ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? es la pregunta. Dios teme haberlo perdido, y lo busca.

El hombre, imagen y amigo de Dios, ha desertado, se ha manchado la cara de barro y, avergonzado, se ha escondido. Ha pecado. No aceptó el con­sejo bueno del que le amaba; se apartó de la mano amiga que lo guiaba. Dudó de la bondad de su Señor y lo consideró malo. Volvió los ojos al envi­dioso y le hizo caso. Con ello cambió su suerte. Quiso él cubrirse de la gloria de su Señor y ser él mismo norma de sus propias acciones. Quedó desnudo y aplastado. Olvidó que era imagen y, al desechar al modelo que lo había for­mado, enturbió su mente. Buscó para sí el trono divino, se sintió fuerte, in­dependiente, seguro, y ahora, arrastrado, impotente, corre a ocultarse, tiembla y retrocede. Quiso ser sabio y acabó engañado. Situación dramá­tica, trágica.

La eterna tentación del hombre: ser como Dios. Más que tentación es su destino. En realidad para ello ha sido creado. Pero erró el camino. Sólo Dios puede hacer al hombre «divino». Con Dios alcanzará la meta. Sin él se hun­dirá en el abismo. Al lado de Dios será «señor», creador, él mismo. Lejos de él, sierva, esclavo corrompido. Dios es amor y el amor es creativo. El hom­bre se apartó de él y se hizo destructivo. Dejó al Padre e hizo del odio su amigo. Y todo quedó en peligro: su persona, la familia, la sociedad… ¿Podrá con todo el maligno?.

Pero el Señor sigue siendo bueno. El amor vence al odio, el bien al mal. Dios le tiende la mano. El hombre sigue siendo responsable, con capacidad de amar y crear. Dios promete el retorno al estado original. Habrá un re­dentor que aplastará la cabeza del asqueroso dragón que embaucó al hom­bre: Cristo. Será la estrella que consuele al hombre en su caminar por el mundo. El sudor cubrirá su rostro y el dolor será su compañero inseparable. pero la Salvación está anunciada. Dios lo ha dicho. Queda en pie la oferta: «Seréis como dioses». De la mano de Dios volverá el hombre a encontrarse a si mismo en todas direcciones: persona, familia, sociedad… ¡Hay una espe­ranza, hay un Cristo! Es maravilloso el obrar de Dios. La Iglesia ha visto en la mujer a María. Es necesario recordarlo.

Salmo responsorial: Sal 129, 1-8: Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Salmo de súplica. La Iglesia lo ha colocado entre los salmos penitenciales. Invita a la penitencia.

El hombre puede negar su culpabilidad o afirmar su inocencia ante los demás. Pero de lo más profundo del alma surge, si es sincero, una voz que lo señala: has pecado. Eso es. Somos pecadores, pecamos y repetimos, de al­guna forma, la escena del Génesis. Hemos abandonado a Dios y nos hemos pasado al enemigo. Esa es nuestra tragedia. Y en el fondo suena la voz que pregunta: ¿Qué has hecho?. No cabe esconderse. No hay mejor postura que reconocerlo abiertamente. Sabemos que el Señor es misericordioso, que con­cede siempre el perdón al que, contrito, se lo pide. El es toda nuestra espe­ranza. Su mano poderosa es capaz de levantar el peso ( ¿Quién no lo ha sen­tido? ) agobiante de nuestros delitos. Como individuos y como comunidad, como Iglesia. Es saludable.

La esperanza llega más allá del perdón. Esperamos ser redimidos de todo aquello que nos separa de algún modo de Dios. Se perfila en el horizonte la venida de Cristo. Dios ha prometido; y está ya en curso, la salvación com­pleta. ¡Espere, pues, Israel!

Segunda Lectura: 2 Co 4,13-5,1: Aunque se desmorone la morada te­rrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna.

Pablo ha dicho en el versillo 7: «Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro para que esa fuerza extraordinaria sea de Dios y no de los hombres». Aludía con ello a su ministerio apostólico (su autoridad se había puesto en tela de juicio en ciertos círculos de Corinto). El pensamiento continúa ade­lante en varias direcciones.

El ministerio apostólico, cosa de Dios enteramente, configura a Pablo con Cristo. Sobre él apóstol, llueven las calamidades. Pablo las llama sus «flaquezas». Lleva en su carne la pasión de Cristo. Con todo, y precisamente en ello, se muestra la gran fuerza de Dios. Dios que salva, Dios que trans­forma. Pablo, creatura humana, débil vasija de barro, tiene que hablar, y hablar en nombre de Dios. ¿Quién no temblará? ¿Quién se atreverá a ello? La fragilidad de la vasija no ha de ser obstáculo en modo alguno a la «contención» del tesoro. Ha sido elección divina. Por otra parte, el tesoro -la fuerza de Dios- ha de acabar por transformar a la vasija. El Dios que resu­citó a Jesús de entre los muertos nos resucitará también a nosotros. La transformación ha de ser completa, configurados con Cristo. Con las miras puestas en este fin, toda labor, todo trabajo, toda calamidad, toda «flaqueza» en Cristo ha de parecer muy llevadero. Todo está bien empleado. Lo delez­nable se va acabando; lo exterior, lo humano, acabando. Lo interior, lo invi­sible en nosotros, la presencia inefable de Dios, no pasa. Dios ha dispuesto para nosotros una morada eterna.

El cristiano «cree» y habla: he ahí su misión de profeta. Ha de hablar con la vida. Un testimonio, un auténtico testimonio vital. Una vida en «Cristo». Una participación de su «Misterio» y de su obra. El cristiano ha de llevar en sí, hechas carne la «flaquezas» de su Señor. La muerte a todo aquello que se opone a Dios, lo caracteriza como ser destinado a un mundo mejor. Ha de ir muriendo en él lo deleznable, lo transitorio, lo «carnal». ¿Podrá realizarlo, siendo débil? La fragilidad humana tiene un maravilloso contrafuerte: la fuerza de Dios que resucita a los muertos. Estamos configurados con Cristo en su resurrección. Hacia ahí caminamos. El binomio muerte-vida, fragili­dad-fuerza, humano-divino, expresa la misteriosa paradoja del cristiano. El que «cree» no puede impedir gritarlo con su vida. Más aún, es un encargado de predicar. Es un apóstol.

Tercera Lectura: Mc 3, 20-35: Todo se les podrá perdonar a los hom­bres, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás.

Podemos dividir la perícopa en tres partes. Una ligazón más o menos há­bil puede presentarlas como una unidad. En realidad han tenido existencia independiente, Marcos, sin embargo, las presenta así.

La primera unidad la componen los versillos 20-21. Jesús se ha dado de lleno al ministerio de la evangelización. Ni siquiera para comer tiene tiempo. Su dedicación absoluta a la Buena Nueva es incomprensible, fuera de lo normal. Los suyos temen por él. «Decían que no estaba en sus cabales». ¿Quién es el sujeto de «decían»? ¿Los «suyos»,sus familiares? ¿Es un imper­sonal: Decían, se decía? ¿Los fariseos que aparecen a continuación? En rea­lidad no importa mucho. Lo que en verdad importa es la conducta de Jesús que motiva ese «juicio» de valor acerca de su persona. «Loco» en la predica­ción del evangelio. Los hombres no llegan a comprender tal dedicación. Su conducta es «extraordinaria». Así es Jesús un misterio. En Juan se dirá que «el celo de la Casa de Dios lo devorará». Y más adelante (Jn 4, 32) afirmará él mismo que su alimento es hacer la voluntad del Padre. Es un detalle que se nos escapa con suma frecuencia: la conducta de Cristo no es tan «normal». ¿Quién se atreverá a decir que en lo «humano» es un hom­bre «como los de­más»? Jesús es un verdadero «Loco» de Dios. Un continuo escándalo hasta para sus más allegados. Los «suyos» no le comprenden. De decir que está fuera de sí a decir que tiene un demonio va un paso. Nótese a propósito del Bautista (Mt 11, 18): no come ni bebe, tiene un demonio, está loco. De Jesús: sus largas noches en oración, sus andanzas, su celo ardiente y su entrega constante al evangelio, parecen superar las fuerzas humanas. Algunos lo ca­lificarán: tiene un demonio (Jn 7, 20; 8, 48…) Puede que sea esto el punto de unión con la segunda parte.

La segunda unidad va del 22 al 30.- Jesús expulsa los demonios. Jesús muestra tener un poder «misterioso». Los espíritus impuros le obedecen. No es una ostentación de poder sin más ni más, una exhibición de habilidad o práctica de magia ¡El Reino de Dios ha llegado! La expulsión de los demonios lo grita a voces. Ellos lo han percibido (Mc 3, 11 - 12) inmediatamente, y tiemblan. Los hombres no llegan a percibir el signo. Más aún, un grupo de ellos, los fariseos, atribuyen el poder extraordinario de Jesús a una posesión diabólica. Tiene un demonio, dicen. Jesús le ofrece la pista, con las dos seme­janzas que propone, para que vean en sus obras el dedo de Dios, la presen­cia del más «fuerte», la implantación del Reino. Era de sobra sabido que en los tiempos mesiánicos Dios iba a destrozar el reino de Satán. Las obras de Jesús evidencian esa realidad. Son signo del Reino. Jesús vencedor del dia­blo declara con sus obras la calidad y naturaleza del Reino: destrozar la obra de Satán en todas direcciones.

Los fariseos no quieren verlo. La envidia los ciega. Se cierran a la luz. Es un error imperdonable. La luz brilla con toda su fuerza y ellos se tapan los ojos. Son inexcusables. Es el pecado contra el Espíritu Santo. Jesús lanza los demonios y ven en él un demonio. Jesús trae la salvación - sus obras lo están gritando - y dicen ser obra del diablo. ¿qué hacer son esta generación?

La tercera unidad abarca los versillos 31-35. Parecen no tener nada en común con los anteriores. La alusión a la familia de Jesús, al comienzo de la perícopa y ahora en estos versillos, puede que sea el débil lazo que las una.

 Los familiares quieren interferirse, con buena intención sin duda, en la vida de Jesús. Jesús rechaza radicalmente toda relación que se base exclu­sivamente en el parentesco de sangre. El Reino de Dios que él personaliza no tiene nada que ver con eso. La sentencia de Jesús es de gran valor kerigmá­tico. Tenemos aquí una hermosa revelación. La primitiva comunidad las conservó con gran cuidado. Jesús declara con autoridad quiénes son sus allegados, sus parientes, los «suyos»: Los que cumplen la voluntad de Dios. Y no de cualquier manera, sino como Dios quiere. La voluntad de Dios, como también su Reino, se centran en Cristo. Hacer la voluntad de Dios es creer en Jesús, seguirle y obedecerle. Ese es hermano y madre de Jesús. El al­cance de esta novedad es inmenso. Una novedad capaz de cambiar radical­mente la historia del hombre: ¡Hermanos de Cristo! No hay fronteras de nin­gún tipo, ni culturales, ni raciales ni históricas, que puedan contener la fuerza arrolladora de esta disposición divina. ¡Todos hermanos en CRISTO! Sólo el que se ciega y odia rompe esa unidad. Es el Nuevo Mundo en este mundo. Sólo en Cristo vuelve la humanidad a encontrarse «una». Magnífica perspectiva, glorioso destino. No dirán otra cosa los libros del Nuevo Testa­mento.

Consideraciones

Sírvanos de introducción aquel texto de la carta a los Hebreos: «… Dios habló a nuestros padres por los profetas… ahora, en los últimos tiempos nos ha hablado en el Hijo». El «Misterio» de Dios se revela en Cristo. Cristo es el centro y el resumen, el Verbum abreviatum, la palabra de Dios. los últimos tiempos ya han comenzado. sea, pues, Cristo nuestro primer pensamiento.

CRISTO «Extraordinario». Cristo «el más fuerte», el fuerte. Cristo instau­rador del Reino de Dios. Cristo vencedor y aplastador del diablo y de su reino. Cristo Salvador.

Cristo extraordinario en su conducta. Entregado totalmente a la voluntad del Padre. Es su comida, es su alimento. Un loco de Dios. El hombre no lo comprende, el hombre lo rechaza, el hombre lo persigue. La «pasión de Cristo».

La conducta de Cristo manifiesta la existencia, e implantación, de una realidad suprema. Frente a ella pierden todo su valor las humanas. La se­gunda lectura nos lo recuerda. Hay algo que pasa y algo que no pasa.

El Reino de Dios, señalado por la victoria de Cristo sobre el Diablo, es el cumplimiento de la promesa divina (primera lectura) de restituir al hombre a su primera amistad con Dios. Es la implantación de una nueva forma de ser en la que las relaciones puramente humanas no cuentan. Los límites im­puestos por el tiempo, por el espacio, por la cultura, por la sangre, estallan al forcejeo del «más fuerte». No hay judío ni gentil, ni amo ni esclavo, ni… Todos hermanos en Cristo. La fraternidad universal. El hombre, hijo de Dios. El reino del Diablo es separación, división, odio. La obra de Dios es amor, hermandad, unidad. El hombre vuelve a encontrarse a sí mismo como persona, como familia, como sociedad. Dios le perdona y lo arrastra hacia sí en Cristo Jesús. Jesús proclama todo esto con su conducta.

La segunda lectura nos recuerda algo de esto. El apóstol, el cristiano, es otro Cristo. Se le ha encomendado un «tesoro». Debe vivirlo y gritarlo con su vida. Las «flaquezas» -enfrentamiento con ese mundo del mal- le recuerdan la «pasión» de Cristo. En ellas, con Cristo, vence al Diablo, y es así la expresión concreta del Reino de Dios. Somos su Reino. La entrega de Cristo a la predi­cación del Reino es un ejemplo para nosotros. ¿Hasta qué punto vivimos la «locura» del Reino? La vida del cristiano es amor, fraternidad, unidad. Todos los ataques del Diablo han de venir por ahí: contra el amor, contra la her­mandad, contra la unidad. El germen lo llevamos dentro. He ahí nuestro drama.

La escena del Génesis nos lo recuerda. La tentación sigue en pie: querer ser como Dios. No hay otro camino que volver a Dios en Cristo Camino. El hombre rechaza con frecuencia la mano amiga y se aleja. El pecado. El mis­terio del pecado. Ahí está. Pero el pecado es tiranía, esclavitud, engaño, ruina y muerte. La vida y la libertad están en Dios. El hombre sucumbe con frecuencia. El pecado pesa. El salmo lo reza.

El cristiano debe guardar cierto temor. La oración del día nos invita a pedir: «… Concédenos… pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda». somos conscientes de nuestra debilidad. Más claro la oración última: «Padre de misericordia, que tu acción medicinal cure…» El temor no elimina la espe­ranza. Todo lo contrario, la aprecia en su justo valor. Caminamos en la es­peranza hacia la casa eterna (segunda lectura). La victoria de Cristo contra el Diablo garantiza el cumplimiento perfecto de la promesa divina (primera lectura). Eucaristía: Jesús Salvador, Comunión, fraternidad etc.