Domingo X del tiempo ordinario

Primera lectura: Os 6, 3b-6.

El profeta Oseas acusa a su pueblo, en primer lugar, de la superficialidad de su conversión a Dios. La vuelta del pueblo al Señor es fugaz, como nube mañanera, que cualquier soplo de viento la disipa, y momentánea y pasajera como rocío matinal, que al primer rayo del sol (estamos en Palestina) se evapora rápidamente. El castigo se avecina.

Pone de relieve, en segundo lugar, el profeta la causa que ha motivado la ira y la cólera de Dios sobre su pueblo: falta de amor y de conocimiento, Porque yo quiero amor, no sacrificio / conocimiento de Dios, más que holocausto. Por conocimiento de Dios, entiende el profeta la aceptación reverente del Dios omnipotente que extiende su mano salvadora, y la observancia fiel de los preceptos que dimanan de su voluntad. Es la fidelidad al pacto. Por amor de Dios, la actitud respetuosa, obsequiosa al Dios, que amó primero. Lleva consigo la obediencia a sus preceptos y el amor al prójimo. Esto es lo que Dios pide. Aquí radica la verdadera religiosidad del pueblo. El pueblo no ha conocido a Dios ni le ha amado. Se ha ido tras otros dioses y ha hecho caso omiso de las obras de justicia y de misericordia. El ejercicio del culto, aun siendo materialmente digno, no suple la deficiencia básica de la ausencia del amor y del conocimiento de Dios; falta la actitud fundamental. Dios se queja de ello. No se reprueban los sacrificios, se destaca la necesidad del amor de Dios, de la fidelidad a su voluntad sobre todo el ceremonial del culto. Bueno y santo es el sacrificio cruento -enteros capítulos del Antiguo Testamento están dedicados a la ejecución de los mismos-, pero su importancia se desvanece ante la necesidad de cumplir los preceptos divinos: justicia, misericordia, afecto a Dios, etc. Es, pues, una valiosa declaración sobre la auténtica religiosidad: Sin amor, el culto es inútil. No es único Oseas, véase Amós 5, 21-6, 14.

Segunda lectura: Rm 4, 18-25.

La segunda lectura prosigue el tema apuntado ya el domingo anterior. Mantiene en pie el tema de la Fe; la Fe de Abraham, Fe modélica, Fe contra toda esperanza. Esta Fe lo hizo agraciado a los ojos de Dios. En esta lectura podemos pensar:

a) Fe contra toda esperanza. Efectivamente, las dificultades, que tuvo que superar Abraham respecto a la fe, fueron grandes. Piénsese, por ejemplo, en la sin razón de su salida de Aram, dejando parientes y conocidos, para dirigirse a un lugar no determinado. Piénsese en la fe en una procreación, dada ya su edad avanzada, fiado sólo de la promesa divina. Piénsese, por último, en la sincera obediencia al tratar de sacrificar a su único hijo, creyendo, como creía, que de él poseería, según la promesa de Dios, una gran descendencia. Contra toda razón y esperanza, Abraham creyó en lo que Dios le había prometido. Su actitud ha quedado como modelo para las generaciones posteriores.

b) Esta actitud, dice el versillo 20, dio gloria a Dios. Por la fe damos gloria a Dios. Proclamamos abiertamente que lo que él promete se cumplirá. Esta misma confesión, esta aceptación de su palabra es ya justicia. La justicia de Abraham se hizo patente, no por otra cosa que por la fe en su palabra. Y esto vale también para nosotros. Nuestra fe ha de ser considerada justicia, es decir, es justicia. La fe en Cristo comienza la obra de la justificación en nosotros. En la Fe está ya la justificación. El conocimiento, de que hablaba Oseas, esa aceptación de lo que Dios es y exige de nosotros, equivale a la Fe de que habla Pablo, Fe viva.

Tercera lectura: Mt 9, 9-13.

Consta este pasaje de dos partes. En la primera se nos relata la vocación de Mateo, el Publicano. Mateo, siempre breve, hierático y conciso en sus relatos, pone de relieve, con rasgos vigorosos, la fuerza subyugadora de Cristo que llama Sígueme. Se levantó el aludido y le siguió. Fuerza de Cristo en su llamada; actitud ejemplar en el seguimiento.

La segunda parte viene a ser una breve controversia con los Fariseos, que reviste la forma, por la situación concreta en que se desarrolla, de una autodefensa. Cristo no rehuye el trato con los pecadores; habla con ellos, come con ellos, aparece en público con ellos.Él busca la salvación de estos hombres. Sencillamente los ama. ¿No ha llamado a uno de ellos, Mateo de nombre, y le ha seguido incondicionalmente? Ellos están enfermos y Él es el médico; ellos caminan a la perdición y Él es el Salvador. ¿No está bien tener misericordia de estos pobres hombres? Cristo tiene piedad de ellos. Los maestros de Israel se escandalizan. Su piedad, más aparatosa, formalista y legalista que real, entrañable y amorosa, choca vivamente con la conducta de Cristo.

Su piedad los aparta de los pecadores. Los desprecian profundamente (Parábola del Fariseo y del Publicano). Evitan su trato como de leprosos. Y dentro de ellos mismos surge temeraria, pero decidida, la repulsa de Cristo: No puede ser enviado de Dios aquél que trata con tales pecadores. Es una actitud inhumana. Sencillamente tienen una religiosidad falsa. No han logrado comprender la voluntad y el pensamiento divinos. Cristo aplica a su caso concreto el dicho de Oseas: más que el sacrificio y el holocausto bien ofrecidos, ama Dios la misericordia. Cristo, pues, cumple el precepto divino del amor y de la misericordia. No falto de ironía, declara a continuación su misión: curar a los enfermos, salvar a los pecadores.

Nótese la aplicación que hace Cristo del texto de Oseas. Oseas habla del amor a Dios, que ciertamente incluye el amor al prójimo: justicia, misericordia, etc. Cristo, en cambio, habla directamente del amor a los hombres: misericordia, como expresión del amor a Dios. Ambos dicen lo mismo, de forma indirecta uno, de forma directa otro.

¿Cómo es nuestra religiosidad? ¿Tenemos misericordia?

Consideraciones:

a) Relación entre el culto y el amor-misericordia. La actitud respetuosa, reverencial, obsequiosa, obediente y amorosa hacia Dios, es la requerida en una auténtica religiosidad. Sin ésta toda expresión externa carece de sentido; viene a ser como una injuria. Sin embargo, no vale decir que con tal actitud nos basta. Externamente hay que expresar tal actitud; esto es el culto.

b) Actitud con los pecadores. La misericordia es algo que brota espontáneamente de la verdadera religiosidad. Pero no hay que olvidar que el trato con los pecadores debe dirigirse a su conversión, y debe llevarse con corazón puro y encontrándose uno bien preparado. c) ¿En qué sentido depende nuestra Justificación de la Resurrección de Cristo (Rm 4, 25)?