Domingo IX del tiempo ordinario

Primera Lectura: 1 Re 8, 41-43: Cuando venga un extranjero escúchalo.

Salomón ha mandado construir un grandioso templo. Todo ha sido poco para embellecerlo: pie­dras preciosas, maderas nobles, oro, plata, bronce… Han venido de lejos artífices especiali­zados. Han sido acarreados materiales desde más allá de los confines del reino. El templo ha sido construido con verdadera devoción y entusiasmo: es el santuario del Señor dios de Israel. Ha llegado el momento de consagrarlo. Salomón en persona en­cabeza los festejos. El arca va a ser trasladada al nuevo recinto. Allí posará como símbolo de la pre­sencia de Dios en medio de su pueblo. Sacerdotes, príncipes, magistrados, pueblo en­tero; sacrificios, altares, incienso; cantares, himnos, acciones de gracias… la gloria de Señor lo cubre todo. El pue­blo y su rey se siente penetrados de ella.

El santuario se hará famoso, se convertirá en el único santuario legítimo del Dios Santo. La ora­ción larga y solemne del rey expresa su signifi­cado. Dios Yavé va a morar en él. Allí recibirá el Señor a los peregrinos; allí escuchará sus lamentos; allí recogerá complacido sus dones; allí atenderá solícito a sus de­seos; desde allí irradiará su luz y su paz. Un lugar de bendición. El Dios Yavé, Señor de los ejércitos celestes mora, benéfico, en medio de su pueblo. El pueblo crecerá, se expandirá, se mul­tiplicará a la sombra protectora de sus muros y se regocijará bullicioso en el marco acogedor de sus atrios. Allí los salmos, allí las peregrinaciones, allí los sacrificios, allí las bendiciones. ¡Ahí el dios de Is­rael! Es el contexto.

La oración de Salomón no olvida a los extranje­ros. Detalle hermoso. En un breve párrafo se hace mención de ellos. También los extranjeros guardan rela­ción con el Dios de los cielos. ¿No hablaba de ellos también la Ley? Muchos han de oir hablar de él, de su poder, de la asistencia benéfica al pueblo de su heredad. El Dios de Israel se hará famoso. Algunos han de sentir hacia él re­verencia y santo temor. por ellos va la oración: «Escúchalos, Se­ñor». La acción de dios no se circunscribe al pueblo elegido. El pueblo de Dios se extiende, en potencia, al mundo entero. Dios se hace presente al mundo desde en medio de su pueblo, y su bendición al­canza, como el sol hermoso, los confines del Orbe. ¿No se había prometido a Abraham Serán bende­cidas en ti todas las nacio­nes? Postura universa­lista y conmovedora. El contacto, quizás, en el des­tierro con otras gente de buen sentir ha contribuido notablemente a la formación de una mentalidad semejante. El templo de Dios está abierto a todos. Magnífico.

Salmo Responsorial: Sal 116: Id al mundo en­tero y predicad el Evange­lio.

Salmo de alabanza, el más breve del salterio. Tenemos la invitación y el motivo. Todas las gen­tes, todos los pueblos son invitados a alabar al Se­ñor, al único Señor, a su señor. Son proverbiales su misericordia y su fidelidad. Ese con nosotros puede extenderse a todos.

La lectura cristiana ratifica ese pensamiento: nosotros son todos los pue­blos que le dan culto. Y todos los pueblos pueden formar un nosotros vital y compacto en torno al Dios que ejerce la misericor­dia y fidelidad duraderas. El estribillo, traído del evangelio, lo interpreta a la luz de Cristo: To­dos los pue­blos son invitados, «obligados» a reu­nirse en un pueblo en torno al Dios que salva, el Dios salvador Universal.

Segunda Lectura: Ga 1,1-2.6-10: Si siguiera agradando a los hombres, no sería seguidor de Cristo.

La cara a los Gálatas está escrita con brío y fuego, Los gálatas han dado un mal paso o están a punto de darlo. Pablo se enardece y brama: ¡El Evange­lio a punto de ser falsificado! Algunos ce­lantes de la ley de Moisés se habían entrometido en las comunidades todavía jóvenes, de Galacia y les habían apartado del recto sentir del Evange­lio: Las obras de la Ley, la circuncisión… son obli­gatorias. Pablo les escribe airado: No son la Ley ni las obras lo que justifican, es Cristo Jesús. Y no hay más Evangelio de Jesús que ese: La Buena Nueva que anuncia la misericordia y el perdón de Dios en la persona de Cristo, en su pasión y en su muerte. Su resurrección gloriosa lo ha puesto de manifiesto: Dios Padre ha intervenido en Cristo Jesús y en él ha puesto la salvación de todos los pueblos. Pablo, apóstol, enviado con autoridad por Dios y su Me­sías, no puede predicar ni enseñar otra cosa " Jesús Salvador, no la Ley. No es cosa humana el asunto: es algo divino, muy serio, ante lo cual, todo pen­samiento y valor humanos, comprendida la Ley, se cuartea y cae. A Pablo le hubiera resultado fácil y hasta agradable, satisfacer el gusto de sus compa­triotas. Pero Pablo no tiene por misión complacer­les; no ha sido elegido y en­viado por ellos. Dios en persona ha intervenido, y es él quien le ha con­fiado predicar el Evangelio. Pablo obedece a Dios, no a hombres. Maldito todo aquel que actúe al margen de Dios. Su obra es diabólica; acabará en la ruina. Quien sirve a Dios no trata de agradar a los hombres, sino de conducirlos a él según su volun­tad. Y eso es lo que hace o procura hacer Pablo. Y eso es lo que no ha­cen los nuevos predicadores o profetas. Su obra se opone a Dios. ¡Ay de ellos!

Comprendemos la indignación y el celo de Pa­blo. No hay más que un Evan­gelio, y éste es el de Cristo, el que nos trasmitieron los apóstoles. Es nuestra fe. La salvación está en Jesús.

Tercera Lectura: Lc 7, 1-10: Tu hijo está vivo.

Da reparo tocar este texto. Podemos desvir­tuarlo. ¿Qué podemos añadir a las palabras de Cristo? ¿Qué a su gesto de asombro? ¿Qué a la ex­presión ad­mirable del centurión? El relato debió producir un gran impacto en los oyentes. También a nosotros nos impresiona. Ahí tenemos a un pagano. un pagano mi­litar, centurión de rango, del odioso imperio romano. Un pagano militar bene­factor de los judíos: les había ayudado a construir la sina­goga. Un pagano mi­litar caritativo y religioso: amaba tiernamente a su criado, siente profundo respeto y veneración hacia Jesús. La sorpresa de Je­sús es nuestra sorpresa. ¿Quién iba a esperar que aquel hombre virtudes tan notables? Es un centu­rión religioso y bueno.

El centurión no se atreve a ir personalmente a Jesús; se cree indigno de ello. Por respeto y delica­deza, -los judíos no frecuentaban las casas de los pa­ganos- no osa invitar a Jesús a su casa. Envía unos intermediarios. Pero no por falta de fe. La fe en Jesús es de tal calibre, que causa admiración. Je­sús lo proclama abiertamente: No he encontrado tal fe en Israel. Es conmovedor, por sencillo y claro, el argumento de su fe: Jesús puede, como Se­ñor de la vida, hacer desaparecer la enfermedad y la muerte. ¿No es conmovedor el Título Se­ñor que brota espontáneo de sus labios? El centurión ve en Jesús al hombre de Dios, algo divino. Y no se equi­voca. La fe y la visión de este hombre superan la fe y la visión de todo Israel. Jesús se admira y hace el milagro. Manda reti­rarse la fiebre de aquel siervo apreciado. Dos cosas admirables: la fe en Jesús y el amor al siervo.

La historia del centurión nos recuerda otros cen­turiones: el centurión Corne­lio, en el libro de los Hechos, y el centurión y el centurión al pie de la cruz, en el evangelio. No parece, pues, fuera raro encontrar en aquel tiempo en los impu­ros paganos, en los odiados representantes del imperio romano, gente buena, óptima, temerosa de Dios. Dios no mira el rango de las personas, ni su condi­ción so­cial. Dios mira el Corazón. En éstos había uno muy grande.

Consideraciones

Podríamos comenzar hoy por el salmo respon­sorial, El estribillo proclama el mandato-misión de Jesús de anunciar el evangelio a todas las gentes. Dios ha dispuesto la salvación para todos. Es parte esencial de la Buena Nueva llevar a todos la Buena Nueva del amor salvífico de Dios. Dios se muestra así mise­ricordioso con todos y fiel a sus promesas de llevar de nuevo al hombre hacia sí. Ese magno acontecimiento aparecía ya anunciado en la historia de Israel: la oración de Salomón lo está gritando. Dios escucha la oración de todo el que acude a él, sea o no de la estirpe de Abra­ham. La fe en él es la única condi­ción.

La segunda lectura lo proclama como realidad viva y actual. Los gálatas, pueblo en su origen pa­gano, alcanzan la salvación en Cristo; no por una vincu­lación a la Ley y a las prácticas judías. (circuncisión), sino por su fe y adhesión a él. En esta auténtica Buena Nueva, esa es la vocación de todo hombre: la salvación en Cristo Jesús. La re­surrección de la ha puesto en marcha, en fuerza y en poder. No es cosa de hombres, es cosa de Dios. A ello obedecen la elección y el envío autori­zado, de los apóstoles. Esa es su misión: anunciar a todos los pueblos la salvación de dios.

La escena del evangelio la verifica por adelan­tado. Jesús escucha benigno el ruego de un pa­gano. Jesús, a pesar de haber sido enviado a las ovejas de Israel, se siente arrastrado hacia ese pagano militar de profundos sentimien­tos religio­sos. Jesús opera el milagro, Jesús opera la salva­ción. Jesús no hace acepción de personas. La fe y la buena disposición bastan. Jesús salva a los hombres. La escena del centurión lo está anun­ciando. Conviene recordar este imperativo de, meditarlo y cantarlo. Jesús salvador está en medio de nosotros.

b) la figura del centurión es demasiado rica y sugestiva para pasarla por alto. La fe de este hombre es ejemplar. El pagano centurión ve lo que los vi­dentes no ven, Acepta lo que los desti­natarios no aceptan. Muestra reverencia y venera­ción hacia el que los suyos rechazan. El centurión es un portento. Existen portentos de este tipo fuera de los creyentes oficiales del Reino. Admi­remos, como Cristo, la postura y las palabras de este buen hombre: sencillez, respeto, veneración, fe, bondad. Sus mismas palabras en la liturgia nos in­vi­tan a ello. El Señor está ahí, dispuesto a curar nuestras enfermedades, nues­tras fiebres que nos acercan a la muerte. ¿Dónde nuestro respeto con­fiado, nuestra bondad sencilla, nuestra fe profunda y clara? Cuántos de nosotros, cristianos viejos, no vemos lo que otros, convertidos o no, ven en Dios y en Cristo El espíritu religioso de muchos hom­bres hay que admirarlo y acogerlo dondequiera que lo encontremos.

c) La predicación del auténtico Evangelio. Nos lo sugiere la segunda lectura. ¿Tratamos de agra­dar a los hombres? ¿Les tememos? ¿Tememos a Dios? ¿Qué Evangelio predicamos? El asunto es muy serio. La tentación de querer caer simpáticos puede en muchos casos ser desastrosa. Cuidé­monos de ella. Puede presentarse muy sutil y pe­gadiza. La oración de la primera lectura nos recuer­dos el deseo de Cristo: -Pedid que dios envíe operarios a su mies. Oremos por el mundo no cristiano. Cantemos con el salmo, con todos los pueblos que for­man el pueblo de Dios, las mara­villas del Señor.