Domingo IX del tiempo ordinario

Primera Lectura: Dt 5, 12-15: Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor, tu Dios, te liberó.

Nos encontramos en pleno decálogo. Ahí están los preceptos más impor­tantes, no sólo de la religión judía - religión revelada - sino de toda la religión recta. La misma razón humana llega a formularlos como imprescindibles a toda relación con Dios. Ni el hombre ni la sociedad como tal podría existir sin ellos. Quitemos tan solo uno de ellos y todo irá a la ruina. El Deuterono­mio se complace en persuadir a su cumplimiento.

Es evidente que el hombre, dada su condición social y su vinculación na­tural con el mundo físico, animales, plantas etc. de que vive, no debe conten­tarse con dirigirse a Dios con un culto meramente interno. Su constitución le obliga a expresar en actos externos el acatamiento interno. A tal actitud responde lo que llamamos culto externo: ceremonias, gestos, ritos etc. El cuarto precepto, la observancia del sábado, responde de algún modo en el Decálogo a tal necesidad.

El sábado, con la paralela división septenaria del tiempo se remota a épo­cas muy remotas, a la prehistoria. Nadie conoce su origen. Tan antiguo es. El pueblo judío le dio un sentido religioso. Y ese es el que propone la presente perícopa.

De siete días de que se compone el ciclo que regula la vida humana, seis de ellos los dedica el hombre al trabajo - someter la naturaleza, obviar las necesidades más apremiantes. Uno, el último, hay que dedicarlo a Dios, Se­ñor de todo lo que el hombre posee. Este es el sábado. El ceremonial sacerdo­tal lo adornará de ejercicios particulares de culto: sacrificios, oraciones… Esdras añadirá algunas determinaciones, para llegar, después de un tiempo, a la observancia judía del sábado en los tiempos de Cristo. La moti­vación fundamental, sin embargo, la ofrecen el Deuteronomio y el Exodo.

El precepto tiene una dimensión social. Dios te sacó de Egipto - de la es­clavitud, del trabajo forzado. Dios te salvo, te liberó de la opresión. La santi­ficación del día consiste primordialmente en que tú, Israel, operes la misma salvación en tu derredor. Es una conmemoración práctica, existencial de la Alianza hecha con Dios. La salvación realizada en Egipto debes continuarla y extenderla a todos: a tu hijo…a tu esclavo…a tu buey….(Nótese el humani­tarismo de este precepto). El trabajo es duro, agotador, esclavizador, odioso. Libra a los tuyos de ese yugo en honor y recuerdo del Señor que te libró. El Exodo añade otra motivación, aludiendo a la descripción del Génesis: Dios descansó de su obra. Las cosas fueron creadas en seis días. en ese tiempo acabó Dios su obra. Dios te lo entregó. No sometas al hombre ni a ti mismo a un esfuerzo extrahumano. Un día para recordar que Dios te lo dio para que lo dominaras, no para que fueses su esclavo. Hay que dar culto a Dios Señor de todo.

Estas ideas, subyacentes al precepto, fueron obscureciéndose a través de los tiempos. En tiempos de Cristo nos encontramos con una detallada y en­gorrosa casuística en torno a él. Tanto se acentuó el aspecto sagrado - as­pecto divino - que se perdió el aspecto humano por así decirlo. En lugar de liberar al hombre de una esclavitud, se le sujetó de tal forma que daba la impresión que el hombre fue hecho para el sábado y no el sábado para el hombre. De ello se quejará Cristo.

Segunda Lectura: 2 Co 4, 6-11: La vida de Jesús se manifiesta en nuestra carne mortal.

Continuamos en la carta a los Corintios. En el fondo, operante todavía, la polémica que advertíamos en la lectura del domingo pasado. Valga lo dicho en aquella ocasión.

En el versillo anterior ha dicho Pablo: «Nosotros no nos predicamos a no­sotros mismos, sino a Nuestro Señor Jesucristo, a nosotros como siervos vuestros por Jesús». Con una bella imagen desarrolla a continuación su pen­samiento. Dios es la Luz. Reflejo de esa Luz - Luz de Luz, decimos en el Credo - Resplandor de esa Gloria, que es el Padre, es el Hijo. La Luz de Dios ha brillado en nosotros no con otro fin que iluminar a nuestra vez a otros, re­flejando la gran Imagen de Dios que es Cristo. Ese es nuestro oficio: dar a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo.

La fuerza desplegada en este trabajo no es nuestra. Es de Dios. Somos de barro, y en el resultado de nuestra predicación - iluminación - se echa de ver a las claras, que todo se debe a la Luz, a la Fuerza, al Tesoro que llevamos dentro, no a nosotros mismos. La vida de Pablo, toda ella, transparenta la acción poderosa de Dios. Da la impresión de que todo se ha confabulado con­tra ellos. Amenazas, angustias, apuros, opresiones, persecuciones… Todo parece que les opone resistencia. todo ello no obstante, los apóstoles sobrevi­ven y evangelizan.

Esta paradoja de ser portadores de la Luz de Dios y de ser por ello terri­blemente acosados por todas partes tiene una explicación. Obedece a una especial providencia de Dios: entra a formar parte de su ministerio. De esta forma reflejan mejor la Imagen de Cristo, Gloria del Padre. La vida de Cristo se manifiesta así también en su carne mortal. Lo que parece contra­dictorio, no es sino un efecto de la maravillosa obra de Dios: reflejar a Cristo en la fuerza del Espíritu manifestada en la debilidad de la carne.

Tercera Lectura: Mc 2, 23-3,6: El Hijo del hombre es Señor también del sábado.

La lectura de hoy nos trae dos pasajes, episodio uno milagro otro, que presentan como tema común las palabras de Cristo respecto a la observan­cia del sábado. Últimamente había sido objeto de estudio y de aclaración. Todo estaba ya determinado para el día del sábado: qué se podía hacer - po­cas cosas por cierto - y qué no se podía hacer. La casuística judía se había cernido sobre él como un ave de presa. Tantas determinaciones y obligacio­nes agobiaban. Tanto había resaltado el aspecto de santidad, que habían hecho del hombre un esclavo de él. Suele suceder esto, cuando se exageran los extremos.

Cristo pone con su actitud, bien razonada por cierto, tal apreciación en crisis. El sábado es para el hombre. Los dos pasajes vienen a decir lo mismo. La urgencia del sábado no es tanta que obligue a desatender las necesidades propias y ajenas. Un cumplimiento así sería inhumano. Dios no quiere eso. Dios ama a los hombres. Dios quiere su bien legítimo. Estos no debe obligar a reformar ciertas actitudes un tanto duras sin motivo suficiente.

Cristo se presenta como Señor del sábado. Una afirmación semejante lo enlazaba de forma velada con la divinidad.

Consideraciones

A) Cristo es el Señor del sábado, como también es Señor nuestro. Noso­tros somos sus siervos; tal es la gloria de Pablo. Pero es una servidumbre la nuestra, que ennoblece. Por una parte hay que afirmar el Señorío absoluto de Cristo. Ser su siervo es salvarse. Por otra parte, los actos de culto, sin duda alguna necesarios, deben ser tales que santifiquen, que nos unan a Cristo Señor del universo, que no opriman las aspiraciones y actitudes legí­timas del individuo. Por lo tanto…

B) Viene bien estudiar a fondo el sentido y alcance de la festividad del Domingo cristiano. La Nueva Economía a sustituido a la Antigua. La solem­nidad del Domingo a la del Sábado. El Sacrificio Nuevo al Antiguo. Estamos en un orden nuevo de cosas. Las instituciones del Antiguo Testamento no ri­gen sin más ni más en el Nuevo. De ahí que el sentido del Domingo cristiano no sea, estrictamente hablando, el mismo que el del sábado en la Antigua Economía. Algo queda, algo ha variado. De donde…

1) Descanso. El domingo es el día del triunfo del Señor. Cristo nos ha li­brado del pecado y de la muerte; nos ha hecho libres, nos ha colmado de gracia. En la celebración de tan fausto acontecimiento debemos extender a todos los que nos rodean ese sentimiento de liberación: descanso del trabajo, obras de caridad. Ellos liberan al prójimo del peso de sus necesidades, sean del tipo que sean. Por una parte debe el hombre, en virtud de este triunfo, sentirse holgado, libre de los trabajos, que constituyen se afán cotidiano. Por otra, se recomienda el trabajo, las obras que tienden a liberar al hombre de sus necesidades. Pensemos, por ejemplo, en los enfermos y agobiados. Es el día, en este aspecto, de holgura y de caridad. Se abre uno a las expansiones honestas y al consuelo de los afligidos.

2) Funciones litúrgicas. En ese día triunfó el Señor. Hay que recordarlo, hay que repetirlo, hay que celebrarlo: la Santa Misa con todo aquello que la acompaña. Se acrecienta el sentido social, tan intrínseco al cristianismo. Nos reunimos en torno al Pastor que apacienta nuestras almas y contem­plamos sus misterios, su muerte, su Resurrección y su Venida gloriosa. Este pensamiento también nos libera de nosotros mismos y del mudo material que amenaza convertirnos en máquinas y esclavos. En este día fue constituido Cristo Señor del universo. Esto hay que celebrarlo también. Debemos tribu­tarle honor y gloria. Para ello el culto y la liturgia. si la celebración del culto nos pesa y oprime, sin ser él excesivo, pensemos que nuestro espíritu es po­bre y no habita quizás ya más en nosotros el Espíritu que habitaba en Cristo. Esto nos servirá de reflexión.

C) Las palabras de Pablo son también muy sugestivas:

1) Pablo portador de la luz. Todos participamos en esa misión. La Iglesia es un edificio, que sin dejar de ser sólido, es también transparente. El cris­tiano debe dejar transparentar la luz que lleva dentro, Cristo. Cada uno na­turalmente según su condición. Nadie se excuse de ello. ¿Dónde está esta nuestra luz, reflejo de Cristo, causa a su vez de la iluminación de otros?. La solemnidad del domingo es una buena ocasión para demostrarlo.

2) Las paradojas de la vida cristiana. Esa luz tomará muchas veces tona­lidades dolorosas, de color sangre, dolor, trabajos, persecuciones etc…, como en Cristo. También reflejamos así a Cristo.

3) Somos de barro. Nuestra fuerza no es nuestra; es de Dios. Llevamos dentro un tesoro. Es menester cuidarlo con esmero. Alegrémonos de la fuerza manifestada en Cristo en nosotros para bien de los demás. Pero no nos derribe la presunción. Somos de barro. la asistencia a la Eucaristía nos fortalecerá.

Domingo IX del tiempo ordinario

Primera Lectura: Dt 5, 12-15: Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor, tu Dios, te liberó.

Nos encontramos en pleno decálogo. Ahí están los preceptos más impor­tantes, no sólo de la religión judía - religión revelada - sino de toda la religión recta. La misma razón humana llega a formularlos como imprescindibles a toda relación con Dios. Ni el hombre ni la sociedad como tal podría existir sin ellos. Quitemos tan solo uno de ellos y todo irá a la ruina. El Deuterono­mio se complace en persuadir a su cumplimiento.

Es evidente que el hombre, dada su condición social y su vinculación na­tural con el mundo físico, animales, plantas etc. de que vive, no debe conten­tarse con dirigirse a Dios con un culto meramente interno. Su constitución le obliga a expresar en actos externos el acatamiento interno. A tal actitud responde lo que llamamos culto externo: ceremonias, gestos, ritos etc. El cuarto precepto, la observancia del sábado, responde de algún modo en el Decálogo a tal necesidad.

El sábado, con la paralela división septenaria del tiempo se remota a épo­cas muy remotas, a la prehistoria. Nadie conoce su origen. Tan antiguo es. El pueblo judío le dio un sentido religioso. Y ese es el que propone la presente perícopa.

De siete días de que se compone el ciclo que regula la vida humana, seis de ellos los dedica el hombre al trabajo - someter la naturaleza, obviar las necesidades más apremiantes. Uno, el último, hay que dedicarlo a Dios, Se­ñor de todo lo que el hombre posee. Este es el sábado. El ceremonial sacerdo­tal lo adornará de ejercicios particulares de culto: sacrificios, oraciones… Esdras añadirá algunas determinaciones, para llegar, después de un tiempo, a la observancia judía del sábado en los tiempos de Cristo. La moti­vación fundamental, sin embargo, la ofrecen el Deuteronomio y el Exodo.

El precepto tiene una dimensión social. Dios te sacó de Egipto - de la es­clavitud, del trabajo forzado. Dios te salvo, te liberó de la opresión. La santi­ficación del día consiste primordialmente en que tú, Israel, operes la misma salvación en tu derredor. Es una conmemoración práctica, existencial de la Alianza hecha con Dios. La salvación realizada en Egipto debes continuarla y extenderla a todos: a tu hijo…a tu esclavo…a tu buey….(Nótese el humani­tarismo de este precepto). El trabajo es duro, agotador, esclavizador, odioso. Libra a los tuyos de ese yugo en honor y recuerdo del Señor que te libró. El Exodo añade otra motivación, aludiendo a la descripción del Génesis: Dios descansó de su obra. Las cosas fueron creadas en seis días. en ese tiempo acabó Dios su obra. Dios te lo entregó. No sometas al hombre ni a ti mismo a un esfuerzo extrahumano. Un día para recordar que Dios te lo dio para que lo dominaras, no para que fueses su esclavo. Hay que dar culto a Dios Señor de todo.

Estas ideas, subyacentes al precepto, fueron obscureciéndose a través de los tiempos. En tiempos de Cristo nos encontramos con una detallada y en­gorrosa casuística en torno a él. Tanto se acentuó el aspecto sagrado - as­pecto divino - que se perdió el aspecto humano por así decirlo. En lugar de liberar al hombre de una esclavitud, se le sujetó de tal forma que daba la impresión que el hombre fue hecho para el sábado y no el sábado para el hombre. De ello se quejará Cristo.

Segunda Lectura: 2 Co 4, 6-11: La vida de Jesús se manifiesta en nuestra carne mortal.

Continuamos en la carta a los Corintios. En el fondo, operante todavía, la polémica que advertíamos en la lectura del domingo pasado. Valga lo dicho en aquella ocasión.

En el versillo anterior ha dicho Pablo: «Nosotros no nos predicamos a no­sotros mismos, sino a Nuestro Señor Jesucristo, a nosotros como siervos vuestros por Jesús». Con una bella imagen desarrolla a continuación su pen­samiento. Dios es la Luz. Reflejo de esa Luz - Luz de Luz, decimos en el Credo - Resplandor de esa Gloria, que es el Padre, es el Hijo. La Luz de Dios ha brillado en nosotros no con otro fin que iluminar a nuestra vez a otros, re­flejando la gran Imagen de Dios que es Cristo. Ese es nuestro oficio: dar a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo.

La fuerza desplegada en este trabajo no es nuestra. Es de Dios. Somos de barro, y en el resultado de nuestra predicación - iluminación - se echa de ver a las claras, que todo se debe a la Luz, a la Fuerza, al Tesoro que llevamos dentro, no a nosotros mismos. La vida de Pablo, toda ella, transparenta la acción poderosa de Dios. Da la impresión de que todo se ha confabulado con­tra ellos. Amenazas, angustias, apuros, opresiones, persecuciones… Todo parece que les opone resistencia. todo ello no obstante, los apóstoles sobrevi­ven y evangelizan.

Esta paradoja de ser portadores de la Luz de Dios y de ser por ello terri­blemente acosados por todas partes tiene una explicación. Obedece a una especial providencia de Dios: entra a formar parte de su ministerio. De esta forma reflejan mejor la Imagen de Cristo, Gloria del Padre. La vida de Cristo se manifiesta así también en su carne mortal. Lo que parece contra­dictorio, no es sino un efecto de la maravillosa obra de Dios: reflejar a Cristo en la fuerza del Espíritu manifestada en la debilidad de la carne.

Tercera Lectura: Mc 2, 23-3,6: El Hijo del hombre es Señor también del sábado.

La lectura de hoy nos trae dos pasajes, episodio uno milagro otro, que presentan como tema común las palabras de Cristo respecto a la observan­cia del sábado. Últimamente había sido objeto de estudio y de aclaración. Todo estaba ya determinado para el día del sábado: qué se podía hacer - po­cas cosas por cierto - y qué no se podía hacer. La casuística judía se había cernido sobre él como un ave de presa. Tantas determinaciones y obligacio­nes agobiaban. Tanto había resaltado el aspecto de santidad, que habían hecho del hombre un esclavo de él. Suele suceder esto, cuando se exageran los extremos.

Cristo pone con su actitud, bien razonada por cierto, tal apreciación en crisis. El sábado es para el hombre. Los dos pasajes vienen a decir lo mismo. La urgencia del sábado no es tanta que obligue a desatender las necesidades propias y ajenas. Un cumplimiento así sería inhumano. Dios no quiere eso. Dios ama a los hombres. Dios quiere su bien legítimo. Estos no debe obligar a reformar ciertas actitudes un tanto duras sin motivo suficiente.

Cristo se presenta como Señor del sábado. Una afirmación semejante lo enlazaba de forma velada con la divinidad.

Consideraciones

A) Cristo es el Señor del sábado, como también es Señor nuestro. Noso­tros somos sus siervos; tal es la gloria de Pablo. Pero es una servidumbre la nuestra, que ennoblece. Por una parte hay que afirmar el Señorío absoluto de Cristo. Ser su siervo es salvarse. Por otra parte, los actos de culto, sin duda alguna necesarios, deben ser tales que santifiquen, que nos unan a Cristo Señor del universo, que no opriman las aspiraciones y actitudes legí­timas del individuo. Por lo tanto…

B) Viene bien estudiar a fondo el sentido y alcance de la festividad del Domingo cristiano. La Nueva Economía a sustituido a la Antigua. La solem­nidad del Domingo a la del Sábado. El Sacrificio Nuevo al Antiguo. Estamos en un orden nuevo de cosas. Las instituciones del Antiguo Testamento no ri­gen sin más ni más en el Nuevo. De ahí que el sentido del Domingo cristiano no sea, estrictamente hablando, el mismo que el del sábado en la Antigua Economía. Algo queda, algo ha variado. De donde…

1) Descanso. El domingo es el día del triunfo del Señor. Cristo nos ha li­brado del pecado y de la muerte; nos ha hecho libres, nos ha colmado de gracia. En la celebración de tan fausto acontecimiento debemos extender a todos los que nos rodean ese sentimiento de liberación: descanso del trabajo, obras de caridad. Ellos liberan al prójimo del peso de sus necesidades, sean del tipo que sean. Por una parte debe el hombre, en virtud de este triunfo, sentirse holgado, libre de los trabajos, que constituyen se afán cotidiano. Por otra, se recomienda el trabajo, las obras que tienden a liberar al hombre de sus necesidades. Pensemos, por ejemplo, en los enfermos y agobiados. Es el día, en este aspecto, de holgura y de caridad. Se abre uno a las expansiones honestas y al consuelo de los afligidos.

2) Funciones litúrgicas. En ese día triunfó el Señor. Hay que recordarlo, hay que repetirlo, hay que celebrarlo: la Santa Misa con todo aquello que la acompaña. Se acrecienta el sentido social, tan intrínseco al cristianismo. Nos reunimos en torno al Pastor que apacienta nuestras almas y contem­plamos sus misterios, su muerte, su Resurrección y su Venida gloriosa. Este pensamiento también nos libera de nosotros mismos y del mudo material que amenaza convertirnos en máquinas y esclavos. En este día fue constituido Cristo Señor del universo. Esto hay que celebrarlo también. Debemos tribu­tarle honor y gloria. Para ello el culto y la liturgia. si la celebración del culto nos pesa y oprime, sin ser él excesivo, pensemos que nuestro espíritu es po­bre y no habita quizás ya más en nosotros el Espíritu que habitaba en Cristo. Esto nos servirá de reflexión.

C) Las palabras de Pablo son también muy sugestivas:

1) Pablo portador de la luz. Todos participamos en esa misión. La Iglesia es un edificio, que sin dejar de ser sólido, es también transparente. El cris­tiano debe dejar transparentar la luz que lleva dentro, Cristo. Cada uno na­turalmente según su condición. Nadie se excuse de ello. ¿Dónde está esta nuestra luz, reflejo de Cristo, causa a su vez de la iluminación de otros?. La solemnidad del domingo es una buena ocasión para demostrarlo.

2) Las paradojas de la vida cristiana. Esa luz tomará muchas veces tona­lidades dolorosas, de color sangre, dolor, trabajos, persecuciones etc…, como en Cristo. También reflejamos así a Cristo.

3) Somos de barro. Nuestra fuerza no es nuestra; es de Dios. Llevamos dentro un tesoro. Es menester cuidarlo con esmero. Alegrémonos de la fuerza manifestada en Cristo en nosotros para bien de los demás. Pero no nos derribe la presunción. Somos de barro. la asistencia a la Eucaristía nos fortalecerá.