Domingo IX del tiempo ordinario

Primera lectura: Dt 11, 18.26.

El libro del Deuteronomio es el último de los cinco que componen el Pentateuco o Libro de la Ley, por antonomasia. Como el mismo nombre indica -título colocado por los traductores de la Biblia Griega de los Setenta- segunda Ley, presenta este libro, de una forma nueva, la Ley dada por Moisés en el Sinaí. La novedad consiste, por una parte, en presentar la Ley, dada por Moisés en el desierto a un pueblo nómada, acomodada a la nueva existencia de este pueblo, sedentario en Palestina, y, por otra parte, en animar y vivificar el rígido ensamblaje de leyes con un espíritu paternal de amonestación y de exhortación. En efecto, el estilo oratorio, a veces ampuloso, que adopta el autor, tiende a mover, a convencer de la necesidad de seguir los mandatos del Señor. No es, pues, un frío código legislativo, sino una predicación cordial, a veces apasionada, de tipo profético. Ahí están, pues, las leyes, los preceptos divinos, pero inculcados y motivado su cumplimiento por consideraciones profundamente teológicas.

El texto nos habla de la obligación de guardar en el corazón y en el alma -no sólo en la boca- las palabras divinas. Al cumplimiento de los preceptos divinos está vinculada la bendición, la vida. Los preceptos los podemos leer en el capítulo 10, 14-21. Unos son referentes a Dios -culto-, otros van dirigidos hacia el prójimo. Unos y otros son preceptos de Dios. La observancia de los mismos nos conducirá a la vida. Es una promesa de Dios. Dios no falla.

Segunda lectura: Rm 3, 21-25.28.

Nos encontramos ante un texto cargado de sentido y de una profundidad teológica insospechada. Aparentemente parece contradecir o al menos disentir de las lecturas primera -cumplir los preceptos como expresión de amor de Dios y fuente de vida- y tercera -no todo el que dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos-. Conviene, por tanto, detenernos un momento.

a) Revelatur iustitia Dei. Se contrapone al Revelatur ira Dei del 1, 18. La Ira de Dios, que viene a ser como la justicia vindicativa entre nosotros, se manifiesta, de un modo especial, en el progresivo alejamiento del hombre de Dios. El hombre ha pecado, sigue pecando, está abocado a la perdición. En este momento se alza la mano misericordiosa de Dios para salvarlo. A esto llama Pablo Justicia de Dios. Justicia, pues, equivale a Fidelidad, Misericordia. Dios hizo una promesa de salvar y ahora la cumple mediante Cristo, su Hijo. Cristo es, pues, la Justicia de Dios; Justicia, que no castiga, sino que justifica al hombre pecador. Es la Misericordia divina.

Esta actitud salvífica de Dios se manifiesta:

b) Independientemente de la Ley. La Ley la tenemos en el Éxodo y en el Deuteronomio principalmente. Equivale aquí a preceptos, a cuyo cumplimiento está vinculada la bendición-salvación. La frase quiere decir: la actitud misericordiosa de Dios no se debe al buen comportamiento de los hombres; primero, porque éstos, paganos y judíos, han pecado (3, 21); segundo, porque las obras humanas, por buenas que sean, no pueden merecer de por sí la gracia divina, cual es ser hijos de Dios y herederos del cielo entre otras. Es pura gracia; y, si es gracia, no es objeto de mérito.

c) La Justificación se realiza por la fe en Cristo. Realmente es Cristo, no nuestras obras, la causa de la Justificación-Salvación. Cristo realizó la Redención, entregándose por nosotros a una muerte de Cruz. Su sangre derramada, en obediencia al Padre y en amor a nosotros, ha conseguido y realizado el perdón de los pecados, que la sangre de animales no podía de ninguna forma borrar. Por eso es instrumento de propiciación.

d) Por la fe. La Justificación, que parte de Cristo, como de propia fuente, se hace efectiva en nosotros por la fe, no por nuestras propias obras. Esto lo atestiguan la Ley y los profetas, es decir, todo el Antiguo Testamento. En el capítulo cuarto de esta carta lo prueba magníficamente Pablo.

Este último aserto necesita una aclaración. Hay que pensar en los adversarios de Pablo. Son todos aquellos que se aferraban a la ley, como a la única fuente de Salvación. Estaban convencidos estos señores de que el hombre puede por su propia fuerza, cumpliendo los preceptos, ser justificado, alcanzar la Salvación. Todo cumplimiento de la ley, decían, es merecedor de un premio, exige de Dios una recompensa, independientemente de su voluntad. Dios, en este caso, aparece deudor del hombre. En resumidas cuentas, el hombre, con el cumplimiento de la ley, merece la vida eterna. La vida eterna no es gracia. So esto es así, sobra la obra de Cristo, pues el hombre puede por sí mismo llegar a la Justificación.Éste es un error más que grave. San Pablo, en cambio, dice: las obras de la ley -piensa en la circuncisión, en los mil preceptos de la antigua ley y si se quiere en el mismo Decálogo, dejando pasar por alto que pueda el hombre cumplirlo sin la gracia- no realizan la Justificación. En efecto, ¿no estamos obligados, por ser criaturas de Dios, a observar los preceptos que Él nos imponga? So hay obligación, no hay por qué hablar de exigencias. ¿Es que Dios estará obligado a nosotros? De ningún modo. Por otra parte, el cumplimiento de los preceptos no sobrepasa el orden natural; por tanto, ¿cómo merecer la filiación divina, que es algo sobrenatural?

Dios nos hace hijos en Cristo por puro amor. Por eso es gracia, no merecimiento. Por la fe el hombre se abre a este amor de Dios, a ese Don de Dios que nos justifica. Por la fe creemos en Él, en su voluntad de salvarnos; por la fe nos dejamos llevar de su mano misericordiosa, que nos lleva a la vida eterna. Fe, pues, en Dios que salva en Cristo. Esta fe hay que entenderla en sentido completo. Es una fe viva, una fe que espera, una fe que ama. Nuestras obras independientes del favor divino, que llega a nosotros por la fe, no alcanzan la salvación.

Tercera lectura: Mt 7, 21-25.

Este texto empalma perfectamente con el texto del Deuteronomio. No basta decir Señor, Señor; es menester comportarse como buenos siervos, como buenos discípulos; de lo contrario, recaerá sobre nosotros la Maldición. Una vez elegidos gratuitamente, debemos corresponder y mantener viva en nosotros la elección.

La Bendición de Dios -Justicia, Misericordia- se ha manifestado a los hombres. Dios ha tenido a bien usar con ellos de misericordia en Cristo Jesús. Por la fe hacemos realizar tal misericordia en nosotros. Es una fe que opera, que ama, que vive. No basta decir Señor, Señor.

Se nos recuerda en estas lecturas: La justificación es una gracia de Dios, que nos viene por la fe en Cristo. Esta fe debe obrar el bien. Una vez con la fe, nuestras obras, ya en un plano sobrenatural, pueden merecer, es decir, vive ya el hombre la vida eterna. Se puede insistir en la necesidad de obrar el bien. ¿Dónde están nuestras buenas obras? Se nos amenaza con la maldición eterna.