Domingo VIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Si 27, 5-8: No alabes a nadie antes de que razone.

El libro del Eclesiástico, según otros, el libro de Jesús Ben Sirac. Libro, en todo caso, perteneciente a la literatura sapiencial. Obra de sabios.

El sabio, observa, considera, reflexiona y ofrece a la posteridad el fruto de sus trabajos. Desea enseñar, contribuir con su sabiduría al desarrollo del hombre, considerado generalmente ene su totalidad. Y no suele ser, lo que ofrece el sabio, una enseñanza de tipo dogmatizante o apodíctico. Quiere enseñar a reflexionar, a que el lector o discípulo aprenda, con su ayuda primero, a encontrar y, por decisión personal después, la actividad vital que corresponde a su persona. por eso el sabio propone, establece relaciones, busca semejanzas, aduce testimonios, compone cantos, ensaya vituperios, echa mano de la hipérbole, respira ironía y hasta cariñosamente se adelanta con una bendición o rompe con una maldición. Todo para bien del lector; porque no le es indiferente el conocimiento de las cosas y la postura que se toma ante ellas.

Es, por esto, también guía y consejero; evoca, sugiere, anima reprocha… De todo se sirve el sabio -llega repetidas veces a ser poeta…- para presentar útilmente sus conocimientos. El sabio hace un buen servicio a la humanidad.

Al fondo de su sabiduría se encuentra la Sabiduría de Dios. Dios que ha dejado bien marcado con sus huellas el camino de la bendición. Tras ellas y con sus términos propios, el sabio.

Son cuatro versillos del cap. 27. Los tres primeros de levantan sobre un parangón; el último se abre en consejo. Aquellos te ayudarán para un buen discernimiento; éste te inclinará a una conveniente decisión. Aprende, pues, y decide.

La primera comparación nos lleva a la era después de la trilla. Allí has de encontrar paja, polvo y grano. Zarandéalo todo y podrás poner cada cosa en su lugar correspondiente: echa mano de la criba. La vida, con sus zarandeos y convulsiones, agita a los hombres. Obsérvalos atentamente y alcanzarás a ver la carga que llevan y el signo de su corazón. Examina y aprecia, en consecuencia. Y, en consecuencia, aprende a actuar.

La segunda nos introduce en el taller del alfarero, en el fuego de su cocida. Para conseguir una vasija de alto precio y fina loza, se requiere un tacto especial y un fuego subido y bien llevado. La reflexión atenta y bien llevada acierta a aquilatar el valor del hombre. No olvides hacerlo a la luz de Dios.

La tercera nos solaza con un vergel: árboles frutales. Escucha con atención las palabras del hombre y llegarás al fondo de su corazón. Dime de qué hablas y te diré qué es lo que anhela tu alma. Examina, pues, y vuelve a examinar y acertarás en tus alabanzas. Examínate también a ti mismo, y llegarás a conocerte. Es el consejo del sabio. Pero muévete siempre a la luz del Señor.

Salmo Responsorial: Sal 91,2-3. 13-14. 15-16: Es bueno dar gracias al Señor.

El Salmo contiene elementos múltiples: alabanza, acción de gracias, imaginería sapiencial. La lectura litúrgica, aunque estrecha el campo presenta elementos de los tres.

Podemos comenzar -es la tónica- por el estribillo: Es bueno dar gracias al Señor. Ha de dominar todo el canto. Pero el canto, ya en la primera estrofa, rompe en alabanza: Proclamar la misericordia del Señor Es bueno proclamar la misericordia del Señor, darle gracias por su amor y mantenernos día y noche en su alabanza. El agradecimiento llueve nuestras gracias y las gracias adornan nuestra vida de copiosos frutos. Recordemos el «prefacio»: Es bueno dar gracias al Señor… La Eucaristía es la «alabanza y acción de gracias por excelencia». Seamos en ella viviente alabanza y acción de gracias.

Segunda Lectura: 1 Co 15, 54-58: Dios nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo.

Terminamos con estos versillos el sustancioso cap. 15 de la carta primera a los Corintios. No hace falta repetir lo que se ha dicho, a modo de introducción y ambientación al texto, en los domingos precedentes. Recordemos tan sólo la importancia del tema: la resurrección de los muertos en virtud de la resurrección de Cristo. Inseparables teológicamente ambos acontecimientos, una ilumina a la otra recíprocamente. Permanece inefable el modo y manera de esa realidad. Podríamos corearlo con las palabras del Pablo: ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le aman. Maravilla de maravillas. Dios sea bendito. Alabanza y bendición para nuestro Dios en Cristo Jesús. Por ahí, también el texto de Pablo.

Efectivamente, las palabras de Pablo suenan a grito de triunfo. Canto de victoria, sostenido esta vez por Isaías, profeta y poeta de Dios. Toda negación se derrumba: pecado, muerte… Todo queda destrozado. Hasta la misma Ley, en su función de carcelero. A Dios sean dadas las gracias por siempre. Y, para terminar, una amonestación: permaneced en Dios salvador, nuestro trabajo no es inútil. Todo tiene sentido en Cristo Jesús. Alabanza, acción de gracias, consideración sapiencial: la victoria es nuestra (alabanza y canto) por el Señor Jesús (acción de gracias) que da un pleno cumplimiento al sentido de nuestra vida (sabiduría cristiana).

Tercera Lectura: Lc 6,39-45: Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca.

Estamos rematando el llamado sermón de la Montaña en este evangelista. Es muy del gusto de los semitas, dicen los estudios, terminar la enseñanza con una «comparación». Los hebreos le llama mashal. Ahí las tenemos. Para entenderlas debidamente conviene tener en cuenta todo lo dicho desde el versillo 19 de este capítulo.

Nos acercamos, en estas líneas, al género sapiencial. Y, dentro de él, al mashal hebreo: Comparaciones, semejanzas, proverbios, alegorías, enigmas… Formas de expresión que invitan al lector u oyente a contribuir con su reflexión y agudeza a descubrir las líneas y puntos de contacto con las sentencias propuestas anteriormente. De la confrontación surgirá la luz y con ella la inteligencia comprensión.

Las semejanzas aparecen aquí un tanto deshilvanadas. Las engarza alguna palabra clave. Es el género. Poseen un valor general, y sólo el contexto, ya próximo, ya remoto, les dará una fisonomía más concreta. Intentemos un acercamiento.

Pensemos en el ciego. El ciego no ve. Como no ve, no dispone con holgura de los propios movimientos. ¿Cómo podrá conducir a los demás? Del no ver pasemos al no conocer o no saber. Y quizás sea ahí donde encuentran sentido las palabras de Jesús. Los fariseos no conocen -son ciegos- la revelación de Dios. ¡Y creen ser maestros! Su presunción de guías tendrá un desenlace fatal. Porque no sólo no ven, sino que se consideran como maestros, supervidentes. Son peligrosos. arrastrarán a los demás -ciegos también- al precipicio. Lamentable. Del fariseo pasemos -el evangelio va dirigido a la comunidad- a los guías del pueblo de Dios. si no ven -y creen ver-, si no conocen -y creen saber-, si no se familiarizan con la doctrina del Maestro -y creen ser maestros- su intervención en la comunidad será desastrosa. ¿Dónde nos colocamos nosotros en esta comparación? Es de importancia suma.

A partir de esta consideración, podemos entender fácilmente la que sigue: la del discípulo mayor que el maestro. Parece imposible, pero cabe la posibilidad -ahí están las palabras de Jesús y la experiencia- de alguien que se coloque y considere por encima de Jesús. Ciegos que conducen a otros ciegos. Uno se imagina el final: destrozo y más destrozo.

También los versillos siguientes -los de la pajuela y la viga- se entroncan en el del ciego, aunque no constituyan, estrictamente hablando, una directa aplicación o explicación. El fariseo -y detrás de él hay que colocar al dirigente o a cualquier miembro de la comunidad- goza de una visión excelente en lo que se refiere a la visión de las faltas ajenas, en tanto que, deslumbrado por, la exagerada estima de sí mismo, es totalmente cegada respecto a las propias faltas. Es un fenómeno que se da en todos los tiempos y a todos los niveles. Pero no se trata aquí tan sólo de ver o no ver lo propio y lo ajeno. El ver apunta en este contexto al juzgar y condenar. excesivo rigor, e injustificado por tanto, con las faltas del vecino-hermano y generosa indulgencia con las propias. La visión o estima deformadas de sí mismo deforma también la visión y conducta con el prójimo. Quizás se trate aquí de una desordenada correctio fraterna. Dios que traga tu viga te obliga a pasar por alto la pajuela del hermano.

Con la idea de juicio, latente, al parecer, en los versillos precedentes, empalman las semejanzas que siguen: saber estimar la bondad o malicia de una conducta en particular o de cualquiera en general, a partir de la observación atenta de los frutos, buenos o malos. Tu comportamiento va a definir tu forma de ser, y por tanto, tu bondad o maldad. También la de los otros. Pero conviene comenzar por uno mismo. La caridad fraterna al fondo. Ahí está el tesoro y la riqueza del fiel. Tu bondad está en relación con su posesión y tu maldad con su ausencia en ti. Surge el tema de las palabras. Y, con él, otro tema de reflexión: considera tus palabras. ¡Cuánta palabra, y cuánta vacía de todo valor! ¿No será esto el típico mal de nuestro tiempo?

Consideraciones.

Nos movemos en terreno eminentemente sapiencial. Debemos saber y queremos saber. Ahí están las palabras de Jesús que nos enseñan y orientan. Reflexionemos; detengámonos y tratemos de encontrar, a la luz de sus imágenes, una actitud adecuada a nuestra condición de seguidores suyos e hijos de Dios. Debemos ser los sabios del reino. Por eso:

a) Reflexión. ¿Qué tiempo dedicamos al «estudio» de la palabra de Dios, a la reflexión y meditación? Necesitamos detenernos a considerar lo que Jesús dice para lograr percibir lo que Dios quiere de nosotros. Somos por naturaleza un tanto ciegos; no nos es fácil ver y juzgar a lo divino. El egoísmo nos ciega, y las preocupaciones de este mundo entorpecen nuestra visión. Nos desataremos de él en la oración reposada, en la conversación con el Señor. Allí encontraremos la luz, fuerza y acierto para los mil acontecimientos de nuestra vida. se nos abrirán los ojos y apreciaremos detalles, facetas, matices, relaciones misteriosas, que sólo los ojos iluminados pueden ver. Y si hemos de ser guías, hemos de asimilar las enseñanzas del Señor. ¡Cuidado con considerarse más que el Maestro! Sería insoportable. Pidamos sabiduría.

b) Acción de gracias. Es bueno dar gracias a Dios, Y necesario. así lo canta el salmo y así lo formula el prefacio de la celebración eucarística. Los motivos son innumerables. Pensemos en uno, el más cercano a las lecturas: La victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Extendámonos hasta los más triviales, pero no menos significativos: vida, salud, trabajo, comunidad… La acción de gracias es consustancial al cristiano. Gracias en privado, gracias en común; gracias en la familia, gracias en la comunidad. ¡Es bueno dar gracias a dios! Dando gracias nos hacemos buenos y nos acostumbramos hacer el bien.

c) Resurrección. El tema lo trae Pablo. Nuestra resurrección en Cristo, la venidera, es objeto de fe -es Buena Nueva-, es objeto de Esperanza -tendrá lugar al fin de los tiempos-, es objeto de amor -la deseamos con todo el corazón-. Por eso la confesamos, la enseñamos y la celebramos. Por eso un grito de triunfo, un canto de victoria.

En esta misma temática entra el pensamiento de Pablo de que toda nuestra vida tiene sentido en Cristo. Tema verdaderamente actual en un mundo que parece haber perdido la orientación y el sentido de su existencia; borracho de sí mismo y ciego, no sabe por dónde ni a dónde caminar. Nuestra sabiduría debe salirle al encuentro vitalmente, palabras y gestos: gestos y oraciones; acciones y corazón. Buenos frutos y auténtico tesoro.