Domingo VIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Os 2, 14b. 15b. 19-20: Me casaré contigo en miseri­cordia y compasión, en fidelidad.

El amor es insaciable. Es más fuerte que la muerte. No conoce descanso, no perdona fatiga, no escatima trabajo, no admite límites.

« Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera », afirma Pablo en su himno a la caridad (1 Co 13, 4-7). Así también el amor de Dios. Profundo y misterioso como él mismo. Suave como la brisa, violento como el huracán, sereno y dulce como el atardecer rosado, ardiente como el sol, grande e inmenso como el océano.

Dios ama. He aquí la gran verdad. « Dios es amor », proclama S. Juan. La Biblia - Dios mismo en persona - prodiga expresiones, imágenes, figuras para declarar el amor de Dios a los hombres. « Señor » bondadoso. ( Crea­ción ), « Amigo » entrañable ( Paraíso ), « Esposo » apasionado ( Pacto ), « Pa­dre » cariñoso (Cristo: ¡ Abba ! )… Una de ellas , la de Esposo, está subya­cente a las palabra de Oseas. El profeta se ha hecho famoso, en la teología bíblica, primeramente por haber empleado de modo tan vivo la imagen del matrimonio para expresar las relaciones entre Dios y los hombres. También hablan de ello Ezequiel y otros. El primero y más apasionante, Oseas.

Oseas ha perdido a su mujer. La amaba entrañablemente. La esposa lo ha abandonado bruscamente. Se ha dado a la prostitución. Se ha entregado a « otros ». Más, a todo viandante, en un santuario del país. Algo horroroso. Surge violento, en el corazón del marido afrentado, el odio, la rabia, el asco. Pero el amor tierno, profundo, avasallador de un tiempo, se alza vigoroso de nuevo en las entrañas de este marido humillado. Se entabla un combate fu­rioso, duro, sangriento, entre el amor pasado que renace dominador y el odio del presente que amenaza ahogarlo. La lucha es dolorosa. Vence al fin el amor. El profeta busca a su esposa. Trata de conquistarla de nuevo. Va y le habla al corazón. La lleva allí, por donde por vez primera la había cautivado y enamorado. La enamora de nuevo y la toma en matrimonio. Será para siempre esposa. Esposa titular. Así es el amor de Dios a su pueblo, dice el profeta. Pero más profundo, misterioso e incomprensible. La experiencia propia le ha introducido a la experiencia del amor de Dios.

Dios elevó al pueblo de Israel en el desierto a la categoría de «esposa». La eligió de entre todas las gentes. Y no precisamente porque fuera la más hermosa y digna. El mismo la hermoseó y enriqueció. La esposa prometió y protestó fidelidad. Pero, a pesar de las más grandes y variadas muestras de amor prodigadas por Dios-Esposo, no supo mantenerse fiel. Se hizo idólatra. Claudicó miserablemente, se prostituyó, se fue tras otros amantes. Adoró baales y les ofreció sus encantos. Y no una vez, sino muchas veces. Ezequiel lo recuerda hasta producir náuseas (Ez 23).

Pero Dios vuelve a la carga. Los baales la han seducido. Dios le lleva a cortejar de nuevo. Le va a hablar al corazón. La va a llevar al desierto, al lugar del primer encuentro: al silencio y a la desnudez, alejada de todo so­nido seductor, despojada de todo ornato quincallero y libre de toda compañía degradante. Dios está decidido a que no vuelva a suceder. Va a contraer con ella un matrimonio eterno. Va a usar con ella de misericordia exquisita. Y como la ve tan frágil y endeble, se le va a revelar más atractivo y hermoso, para que el enamoramiento sea total y definitivo. Dios la va a cautivar: pro­digará sus caricias y multiplicará sus regalos. La va a llenar de sí mismo. La va a hacer totalmente suya. Así es el amor de Dios. Un amor loco, in­comprensible. El busca y enamora, él consigue y retiene, él ata y abraza… siempre, siempre, con lazos de amor

Salmo responsorial: Sal 102, 1-4.8-10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso.

Salmo de alabanza. Himno, canto. Dios es bueno. Dios es compasivo. Bendice, alaba, proclama la bondad del Señor.

La última estrofa nos ofrece una imagen que el N. Testamento elevará a primer rango como característica de la Buena Nueva: Dios es «padre» lleno de ternura. El gesto más notable es que perdona los pecados. Cuatro veces hace el salmo mención explícita de ellos. Dios los supera con su bondad. Y tanto, que las comparaciones se quedan cortas, como se queda corta nuestra inteligencia al misterio de su naturaleza. Pues su naturaleza, así se ha ma­nifestado en Cristo, es «amor». Amor y misericordia por encima de todo con­cepto. Nosotros bendecimos, agradecemos y cantamos su misericordia. Le llamamos, en Cristo, ¡Padre! De buenos hijos es confesarlo y proclamarlo. bendito sea Dios.

Segunda lectura:2 Co 3, 1b-6: Sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio.

Sigue el aire de polémica que se advertía en la lectura del domingo pa­sado. Pablo se defiende de ciertas acusaciones que le presentan. En la pri­mera carta había osado el Apóstol presentarse como ejemplar a seguir en algunos puntos y había usado de autoridad, por cierto severa, contra algu­nos abusos introducidos en la comunidad. Se le tacha de presuntuoso y de fanfarrón. Son, sin duda alguna, predicadores judaizantes llegados a la ciu­dad. Pablo trata de poner las cosas en claro. Realmente él ha trabajado, afirma con resolución. Pero confiesa serenamente y proclama convencido que su obra no es de él, sino de Dios. El Espíritu de Dios se ha valido de su per­sona, pobre y humilde, para crear en Corinto una iglesia floreciente. En este contexto, el pasaje que nos ocupa.

Pablo no necesita cartas de recomendación. Ni las pide ni las presenta. Ahí está su obra: la iglesia de Corinto. Esa es su carta y tarjeta de reco­mendación. Carta y tarjeta que él y los suyos llevan escrita en el corazón. Todos pueden admirar la obra. Pero no se suya. La obra es de Cristo, y a Cristo pertenece la iglesia de Corinto. Son su firma, son su letra. Cristo la escribió personalmente mediante el ministerio de Pablo. Letra que no se es­cribió con tinta deleble. El Espíritu Santo es quien trazado los rasgos. Y los ha trazado con fuerza divina, con pulso seguro. su acción - pasa ahora a comparar la Nueva con la Antigua Alianza - se mueve y localiza en lo más íntimo del espíritu humano. Las letras de piedra (Jr 31 31ss. y Ez.) caracte­rizan la Ley Antigua. Ahora, en la Nueva, es el mismo Espí­ritu Santo quien modela con su acción propia el corazón humano a seme­janza de Cristo. Lejos de pesar, lejos de ahogar, lejos de matar, este Espíritu vivifica, anima y li­berta. Tal es la diferencia con la Economía antigua. Es obra magnífica de Dios. Pablo no ha hecho otra cosa que ser su instrumento. Nada se apunta para él. Pero nadie puede dudar de la legitimidad de su trabajo: Dios mismo lo eligió para ello. Esa es su «carta». Carta escrita por el mismo Dios. Carta que todos admiran. La iglesia de Corinto vive del Espí­ritu que vivifica, no de la letra que mata. Cayeron las piedras del corazón del hombre para dar paso al Viento divino que todo lo renueva: Cristo en la fuerza del Espíritu de Dios.

Tercera Lectura: Mc 2,18-22: Mientras el novio está con ellos no pue­den ayunar.

Por su forma externa podríamos colocar esta perícopa en el grupo de «controversias». Pero quizás sea el género «sentencia» el que mejor le cuadre. No es la discusión en sí lo que mayormente importa; es más bien la «sentencia» del Señor que se encuentra en ella. Se trata del ayuno. Los dis­cípulos de Juan, imitadores del ascetismo de su maestro, practican genero­samente la buena obra del ayuno. Lo mismo hacen los fariseos. Ayunan, por encima de lo prescrito por la Ley, lunes y jueves. Así expresan su devoción y piedad religiosas. El grupo de Jesús no ayuna. Una conducta semejante choca, escandaliza. La ausencia de ayuno denota falta de religiosidad. Poco predicamento, pues, para uno que se presenta como«enviado de Dios». Jesús explica su postura.

Está fuera de lugar andar triste y cabizbajo mientras dura la fiesta nup­cial. La fiesta de bodas se caracteriza precisamente por el jolgorio y la ale­gría más franca: abundancia de comida y de bebida. Naturalmente debe acompañar al esposo, durante todo el tiempo de la fiesta, un marcado am­biente de alegría y satisfacción. Ayunar en ese momento es, además de ino­portuno, descortés e irreverente. Pues bien, el«esposo» es él. Y las bodas, los tiempos mesiánicos. Su presencia entre ellos declara abiertos y en vigor los tiempos del Reino de los cielos. La fiesta, como Buena Nueva, exige alegría y alborozo. La tristeza está fuera de lugar. Sobra el ayuno.

Jesús con este apelativo de Esposo se presenta ante el mundo judío y ante la Iglesia como Yavé se presentaba ante Israel. Los discípulos, junto al Se­ñor, no tienen por qué ayunar. Más, la ausencia de ayuno es signo de la pre­sencia salvadora del Señor. Los discípulos ya tendrán ocasión de ayunar: cuando les falta el Esposo, su presencia sensible. Velada alusión a su muerte. Y sutil motivación del ayuno cristiano: ayunamos en Jesús que muere por nosotros.

Las comparaciones del remiendo de paño nuevo al vestido viejo y del vino nuevo vertido en odres viejos, no parece fueran dichas en esta ocasión. Son sin duda de Cristo. El evangelista o la tradición anterior las ha colocado aquí. Significan: El Espíritu de la nueva Economía no puede ser contenido en los estrechos límites de la piedad reinante en aquellos ambientes. La religio­sidad debe ser informada de un principio nuevo. Hay que cambiar de mol­des. El vino nuevo del Espíritu exige y realiza odres nuevos que lo contengan y guarden. Jesús lo ofrece.

Consideraciones

A) El amor de Dios es apasionado. Mil veces burlado, mil veces afrentado, mil veces humillado, Dios, con todo, persigue incansablemente su objeto. No­sotros, los hombres, diríamos que está loco. Apurando un poco, nos atreve­ríamos a decir que hace el ridículo. Más que un Señor parece un «siervo». El amor de Dios se hace esclavo. Cristo, siendo rico, se hizo pobre; siendo Dios, se hizo hombre; siendo Rey, se hizo Siervo: siervo llevado a la muerte, muerte de cruz. Hasta ahí ha llegado el amor de Dios.

A pesar de nuestras repetidas faltas, Dios vuelve a buscarnos, a llamar­nos. Para oírle es menester apagar el estruendo que nos rodea y la falsa luz que nos atonta. por eso nos lleva a la soledad. Se nos va a declarar de nuevo. En la soledad está el Señor. La soledad reviste varias formas: enfer­medad, infortunio, abandono de todos, quiebra, ruina… Cuando el hombre se encuentra sólo, en el desierto, lejos de ruidos molestos, sin fronda engañosa, solo consigo mismo y con la inmensidad que lo separa de Dios y con la cer­canía desconcertante de su presencia, entonces puede escuchar la voz de Dios, limpia, sana, -voz que cura- y deleitosa. Allí lo lleva Dios para ha­blarle. La medida puede parecer dura, pero es sana. Sin desnudez no nos acercamos a Dios. Y Dios que se acerca, nos desnuda. El «nada» de San Juan de la Cruz es siempre actual.

B) El amor de Dios llega a nosotros en forma de «don». Ese don es el Espí­ritu Santo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». Ese es el Regalo de Bodas. El contrato matrimonial ha sido redactado no en piedra, con letra deleble, sino en lo más íntimo del corazón, con letras indelebles. Es el mismo Espíritu santo. ¿No nos ha «caracterizado» para siempre en el bautismo?. Es un matrimonio eterno. El Don nos invade y nos transforma. El resultado es la imagen misma de Dios, de Cristo. Aquí está la diferencia con la Antigua Economía. El Espíritu Santo nos adentra en los amores de Dios. ¡Qué no habrán dicho de todo esto los místicos!

C) El Espíritu nos trae, con todo, la libertad. Somos hijos, no esclavos. Somos Esposa, no esclava. Cristo es el esposo y la Iglesia -todos en ella-, la Esposa. Este Espíritu nuevo salta los moldes de la piedad y religiosidad an­tigua. Ahí están los carismas, los santos. Debemos dejarnos llevar por él. A donde quiera, sin ofrecer dificultad alguna. De él el gozo, de él la paz. De él la firmeza de nuestra esperanza y la fogosidad de nuestro amor. Todas las prácticas religiosas deben estar imbuídas por él. «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8,14).

No está de más hacer una referencia a la Eucaristía. Nos acercamos a un banquete. Cosa singular: el Esposo, Cristo mismo, se nos entrega, sin reser­vas, en forma de alimento. ¿Cabe mayor expresión de amor?. La unión con él nos santifica, aumenta el amor hacia él y hacia los hermanos. Nos comunica con abundancia el Don del Espíritu. Admiremos su misericordia amorosa y gocemos de ella acercándonos a él. Que él llene del nuevo Vino las acciones de nuestra vida.

Domingo VIII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Os 2, 14b. 15b. 19-20: Me casaré contigo en miseri­cordia y compasión, en fidelidad.

El amor es insaciable. Es más fuerte que la muerte. No conoce descanso, no perdona fatiga, no escatima trabajo, no admite límites.

« Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera », afirma Pablo en su himno a la caridad (1 Co 13, 4-7). Así también el amor de Dios. Profundo y misterioso como él mismo. Suave como la brisa, violento como el huracán, sereno y dulce como el atardecer rosado, ardiente como el sol, grande e inmenso como el océano.

Dios ama. He aquí la gran verdad. « Dios es amor », proclama S. Juan. La Biblia - Dios mismo en persona - prodiga expresiones, imágenes, figuras para declarar el amor de Dios a los hombres. « Señor » bondadoso. ( Crea­ción ), « Amigo » entrañable ( Paraíso ), « Esposo » apasionado ( Pacto ), « Pa­dre » cariñoso (Cristo: ¡ Abba ! )… Una de ellas , la de Esposo, está subya­cente a las palabra de Oseas. El profeta se ha hecho famoso, en la teología bíblica, primeramente por haber empleado de modo tan vivo la imagen del matrimonio para expresar las relaciones entre Dios y los hombres. También hablan de ello Ezequiel y otros. El primero y más apasionante, Oseas.

Oseas ha perdido a su mujer. La amaba entrañablemente. La esposa lo ha abandonado bruscamente. Se ha dado a la prostitución. Se ha entregado a « otros ». Más, a todo viandante, en un santuario del país. Algo horroroso. Surge violento, en el corazón del marido afrentado, el odio, la rabia, el asco. Pero el amor tierno, profundo, avasallador de un tiempo, se alza vigoroso de nuevo en las entrañas de este marido humillado. Se entabla un combate fu­rioso, duro, sangriento, entre el amor pasado que renace dominador y el odio del presente que amenaza ahogarlo. La lucha es dolorosa. Vence al fin el amor. El profeta busca a su esposa. Trata de conquistarla de nuevo. Va y le habla al corazón. La lleva allí, por donde por vez primera la había cautivado y enamorado. La enamora de nuevo y la toma en matrimonio. Será para siempre esposa. Esposa titular. Así es el amor de Dios a su pueblo, dice el profeta. Pero más profundo, misterioso e incomprensible. La experiencia propia le ha introducido a la experiencia del amor de Dios.

Dios elevó al pueblo de Israel en el desierto a la categoría de «esposa». La eligió de entre todas las gentes. Y no precisamente porque fuera la más hermosa y digna. El mismo la hermoseó y enriqueció. La esposa prometió y protestó fidelidad. Pero, a pesar de las más grandes y variadas muestras de amor prodigadas por Dios-Esposo, no supo mantenerse fiel. Se hizo idólatra. Claudicó miserablemente, se prostituyó, se fue tras otros amantes. Adoró baales y les ofreció sus encantos. Y no una vez, sino muchas veces. Ezequiel lo recuerda hasta producir náuseas (Ez 23).

Pero Dios vuelve a la carga. Los baales la han seducido. Dios le lleva a cortejar de nuevo. Le va a hablar al corazón. La va a llevar al desierto, al lugar del primer encuentro: al silencio y a la desnudez, alejada de todo so­nido seductor, despojada de todo ornato quincallero y libre de toda compañía degradante. Dios está decidido a que no vuelva a suceder. Va a contraer con ella un matrimonio eterno. Va a usar con ella de misericordia exquisita. Y como la ve tan frágil y endeble, se le va a revelar más atractivo y hermoso, para que el enamoramiento sea total y definitivo. Dios la va a cautivar: pro­digará sus caricias y multiplicará sus regalos. La va a llenar de sí mismo. La va a hacer totalmente suya. Así es el amor de Dios. Un amor loco, in­comprensible. El busca y enamora, él consigue y retiene, él ata y abraza… siempre, siempre, con lazos de amor

Salmo responsorial: Sal 102, 1-4.8-10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso.

Salmo de alabanza. Himno, canto. Dios es bueno. Dios es compasivo. Bendice, alaba, proclama la bondad del Señor.

La última estrofa nos ofrece una imagen que el N. Testamento elevará a primer rango como característica de la Buena Nueva: Dios es «padre» lleno de ternura. El gesto más notable es que perdona los pecados. Cuatro veces hace el salmo mención explícita de ellos. Dios los supera con su bondad. Y tanto, que las comparaciones se quedan cortas, como se queda corta nuestra inteligencia al misterio de su naturaleza. Pues su naturaleza, así se ha ma­nifestado en Cristo, es «amor». Amor y misericordia por encima de todo con­cepto. Nosotros bendecimos, agradecemos y cantamos su misericordia. Le llamamos, en Cristo, ¡Padre! De buenos hijos es confesarlo y proclamarlo. bendito sea Dios.

Segunda lectura:2 Co 3, 1b-6: Sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio.

Sigue el aire de polémica que se advertía en la lectura del domingo pa­sado. Pablo se defiende de ciertas acusaciones que le presentan. En la pri­mera carta había osado el Apóstol presentarse como ejemplar a seguir en algunos puntos y había usado de autoridad, por cierto severa, contra algu­nos abusos introducidos en la comunidad. Se le tacha de presuntuoso y de fanfarrón. Son, sin duda alguna, predicadores judaizantes llegados a la ciu­dad. Pablo trata de poner las cosas en claro. Realmente él ha trabajado, afirma con resolución. Pero confiesa serenamente y proclama convencido que su obra no es de él, sino de Dios. El Espíritu de Dios se ha valido de su per­sona, pobre y humilde, para crear en Corinto una iglesia floreciente. En este contexto, el pasaje que nos ocupa.

Pablo no necesita cartas de recomendación. Ni las pide ni las presenta. Ahí está su obra: la iglesia de Corinto. Esa es su carta y tarjeta de reco­mendación. Carta y tarjeta que él y los suyos llevan escrita en el corazón. Todos pueden admirar la obra. Pero no se suya. La obra es de Cristo, y a Cristo pertenece la iglesia de Corinto. Son su firma, son su letra. Cristo la escribió personalmente mediante el ministerio de Pablo. Letra que no se es­cribió con tinta deleble. El Espíritu Santo es quien trazado los rasgos. Y los ha trazado con fuerza divina, con pulso seguro. su acción - pasa ahora a comparar la Nueva con la Antigua Alianza - se mueve y localiza en lo más íntimo del espíritu humano. Las letras de piedra (Jr 31 31ss. y Ez.) caracte­rizan la Ley Antigua. Ahora, en la Nueva, es el mismo Espí­ritu Santo quien modela con su acción propia el corazón humano a seme­janza de Cristo. Lejos de pesar, lejos de ahogar, lejos de matar, este Espíritu vivifica, anima y li­berta. Tal es la diferencia con la Economía antigua. Es obra magnífica de Dios. Pablo no ha hecho otra cosa que ser su instrumento. Nada se apunta para él. Pero nadie puede dudar de la legitimidad de su trabajo: Dios mismo lo eligió para ello. Esa es su «carta». Carta escrita por el mismo Dios. Carta que todos admiran. La iglesia de Corinto vive del Espí­ritu que vivifica, no de la letra que mata. Cayeron las piedras del corazón del hombre para dar paso al Viento divino que todo lo renueva: Cristo en la fuerza del Espíritu de Dios.

Tercera Lectura: Mc 2,18-22: Mientras el novio está con ellos no pue­den ayunar.

Por su forma externa podríamos colocar esta perícopa en el grupo de «controversias». Pero quizás sea el género «sentencia» el que mejor le cuadre. No es la discusión en sí lo que mayormente importa; es más bien la «sentencia» del Señor que se encuentra en ella. Se trata del ayuno. Los dis­cípulos de Juan, imitadores del ascetismo de su maestro, practican genero­samente la buena obra del ayuno. Lo mismo hacen los fariseos. Ayunan, por encima de lo prescrito por la Ley, lunes y jueves. Así expresan su devoción y piedad religiosas. El grupo de Jesús no ayuna. Una conducta semejante choca, escandaliza. La ausencia de ayuno denota falta de religiosidad. Poco predicamento, pues, para uno que se presenta como«enviado de Dios». Jesús explica su postura.

Está fuera de lugar andar triste y cabizbajo mientras dura la fiesta nup­cial. La fiesta de bodas se caracteriza precisamente por el jolgorio y la ale­gría más franca: abundancia de comida y de bebida. Naturalmente debe acompañar al esposo, durante todo el tiempo de la fiesta, un marcado am­biente de alegría y satisfacción. Ayunar en ese momento es, además de ino­portuno, descortés e irreverente. Pues bien, el«esposo» es él. Y las bodas, los tiempos mesiánicos. Su presencia entre ellos declara abiertos y en vigor los tiempos del Reino de los cielos. La fiesta, como Buena Nueva, exige alegría y alborozo. La tristeza está fuera de lugar. Sobra el ayuno.

Jesús con este apelativo de Esposo se presenta ante el mundo judío y ante la Iglesia como Yavé se presentaba ante Israel. Los discípulos, junto al Se­ñor, no tienen por qué ayunar. Más, la ausencia de ayuno es signo de la pre­sencia salvadora del Señor. Los discípulos ya tendrán ocasión de ayunar: cuando les falta el Esposo, su presencia sensible. Velada alusión a su muerte. Y sutil motivación del ayuno cristiano: ayunamos en Jesús que muere por nosotros.

Las comparaciones del remiendo de paño nuevo al vestido viejo y del vino nuevo vertido en odres viejos, no parece fueran dichas en esta ocasión. Son sin duda de Cristo. El evangelista o la tradición anterior las ha colocado aquí. Significan: El Espíritu de la nueva Economía no puede ser contenido en los estrechos límites de la piedad reinante en aquellos ambientes. La religio­sidad debe ser informada de un principio nuevo. Hay que cambiar de mol­des. El vino nuevo del Espíritu exige y realiza odres nuevos que lo contengan y guarden. Jesús lo ofrece.

Consideraciones

A) El amor de Dios es apasionado. Mil veces burlado, mil veces afrentado, mil veces humillado, Dios, con todo, persigue incansablemente su objeto. No­sotros, los hombres, diríamos que está loco. Apurando un poco, nos atreve­ríamos a decir que hace el ridículo. Más que un Señor parece un «siervo». El amor de Dios se hace esclavo. Cristo, siendo rico, se hizo pobre; siendo Dios, se hizo hombre; siendo Rey, se hizo Siervo: siervo llevado a la muerte, muerte de cruz. Hasta ahí ha llegado el amor de Dios.

A pesar de nuestras repetidas faltas, Dios vuelve a buscarnos, a llamar­nos. Para oírle es menester apagar el estruendo que nos rodea y la falsa luz que nos atonta. por eso nos lleva a la soledad. Se nos va a declarar de nuevo. En la soledad está el Señor. La soledad reviste varias formas: enfer­medad, infortunio, abandono de todos, quiebra, ruina… Cuando el hombre se encuentra sólo, en el desierto, lejos de ruidos molestos, sin fronda engañosa, solo consigo mismo y con la inmensidad que lo separa de Dios y con la cer­canía desconcertante de su presencia, entonces puede escuchar la voz de Dios, limpia, sana, -voz que cura- y deleitosa. Allí lo lleva Dios para ha­blarle. La medida puede parecer dura, pero es sana. Sin desnudez no nos acercamos a Dios. Y Dios que se acerca, nos desnuda. El «nada» de San Juan de la Cruz es siempre actual.

B) El amor de Dios llega a nosotros en forma de «don». Ese don es el Espí­ritu Santo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». Ese es el Regalo de Bodas. El contrato matrimonial ha sido redactado no en piedra, con letra deleble, sino en lo más íntimo del corazón, con letras indelebles. Es el mismo Espíritu santo. ¿No nos ha «caracterizado» para siempre en el bautismo?. Es un matrimonio eterno. El Don nos invade y nos transforma. El resultado es la imagen misma de Dios, de Cristo. Aquí está la diferencia con la Antigua Economía. El Espíritu Santo nos adentra en los amores de Dios. ¡Qué no habrán dicho de todo esto los místicos!

C) El Espíritu nos trae, con todo, la libertad. Somos hijos, no esclavos. Somos Esposa, no esclava. Cristo es el esposo y la Iglesia -todos en ella-, la Esposa. Este Espíritu nuevo salta los moldes de la piedad y religiosidad an­tigua. Ahí están los carismas, los santos. Debemos dejarnos llevar por él. A donde quiera, sin ofrecer dificultad alguna. De él el gozo, de él la paz. De él la firmeza de nuestra esperanza y la fogosidad de nuestro amor. Todas las prácticas religiosas deben estar imbuídas por él. «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8,14).

No está de más hacer una referencia a la Eucaristía. Nos acercamos a un banquete. Cosa singular: el Esposo, Cristo mismo, se nos entrega, sin reser­vas, en forma de alimento. ¿Cabe mayor expresión de amor?. La unión con él nos santifica, aumenta el amor hacia él y hacia los hermanos. Nos comunica con abundancia el Don del Espíritu. Admiremos su misericordia amorosa y gocemos de ella acercándonos a él. Que él llene del nuevo Vino las acciones de nuestra vida.