Domingo VIII del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 49, 14-15.

Aunque el texto se explica suficientemente por sí mismo, no está de más recordar que es un oráculo de consolación dirigido a Jerusalén, triste y abandonada. Al fondo, y de lejos, suena todavía el estruendo de su caída en tiempos de Nabucodonosor. Más de cerca, la amarga y prolongada experiencia de una ausencia incomprensible de su Dios. La ciudad, otrora santa y populosa, continúa derruida, poco habitada, sentada al borde del camino llorando su viudez y soledad. Han sido muchos los años de abandono. Pero, al fin, suena, amiga, la voz del Esposo, que se le acerca recreativo y consolador, rebosando buenas nuevas y fecundas bendiciones. ¡Dios no ha olvidado a su pueblo! Quizás, por el recelo, comprensible por tan larga ausencia, extrema el Señor sus muestras de cariño en imágenes verdaderamente emotivas. Dios, tu Señor, Jerusalén, se presenta ¡como una madre! Más, como una ¡supermadre! Tenemos ante los ojos uno de los textos proféticos clásicos más atrevidos y expresivos sobre el amor de Dios a su pueblo. ¿Cómo comprender un amor tan grande? Nos encontramos con el misterio del amor de Dios. No hay imagen humana que la agote o enmarque. Dirá por Oseas: Que no soy hombre, sino Dios. Su afecto maternal supera indefinidamente al de todas las madres. ¿Quién osará dudar de él? Habrá que concluir con Juan: Hemos creído en el amor que Dios nos tiene. En Cristo es sin parangón.

Salmo Responsorial: Sal 61.

Salmo de confianza. Experiencia personal con invitación colectiva. Es palabra de Dios. Y, como tal, expresión objetiva de actitudes convenientes respecto a él. Hagámoslo nuestro; y, en el ejercicio, saboreemos su valor. La Iglesia nos invita a ello y ella misma, con esas palabras, quiere manifestar su confianza en Dios. Nuestra Roca y Alcázar son Cristo Jesús, Hijo del Dios Vivo, que se hizo hombre y acampó entre nosotros, llamándonos hermanos. Es Roca inconmovible y salvación segura. Tratemos de apoyarnos tan sólo en él. No sean meras palabras, sino actitud de vida y confianza fiel.

Segunda lectura: 1 Co 4, 1-5.

Podría ser una de las más bellas y acertadas definiciones de Pablo sobre sí mismo y su apostolado: ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios. ¿Se puede decir algo más? So nos entretenemos en descender al sentido original de los términos que emplea Pablo -pongamos en primer lugar ministro-, podríamos, quizás, encontrarnos con una imagen sugerente y atractiva, no privada de expresividad: Cristo sería el capitán y Pablo, sujeto a su nave, uno de sus remeros. Pues ése es el sentido raíz del término griego que trae Pablo. Pablo remero en la barca de Cristo. Un oficio, una dedicación, una entrega total a empujar la barca, a la voz sonora y límpida de Cristo. ¿No afirma en cierta ocasión ya no vivo, sino que es Cristo quien vive en mí? Y ¿no está su vida dedicada al servicio de la Iglesia? Y si nos detenemos en la palabra castellana ministro que la traduce, y descendemos también hasta su raíz, nos topamos con un minus -menos- que cuadra perfectamente con el concepto que Pablo tiene de sí mismo respecto a la persona de Jesús: el menor de los apóstoles, aunque entregado, como ninguno, en cuerpo y alma a su servicio.

También el término administrador, ecónomo en el original, ilumina, a su vez, la imagen. Pablo cumple en la casa de Dios -el domingo pasado se dijo que éramos templo de Dios- la misión de administrador. Administrador de los misterios de Dios, de las realidades divinas que conducen a la salvación. Entregado remero, y dedicado y fiel administrador. Así Pablo y todo cristiano, en especial aquéllos que ocupan un puesto de pastoreo en el pueblo santo de Dios.

Pablo tiene conciencia clara de su oficio y misión, y de la rectitud con que los ejerce. Pero, aun en esto también, es remero y administrador: no es su conciencia ni la opinión de los demás sobre él lo que definitivamente cuenta: es el Señor. Hasta en el juicio de sí mismo descarga Pablo su conciencia en la bondad y rectitud de Dios. El juez de todos es Dios. Esperemos, para juzgar, al último día.

Tercera lectura: Mt 6, 24-34.

Para poder acercarnos con inteligencia a estos verdaderamente memorables versillos, conviene no perder de vista, entre otras cosas, la orientación fundamental que lleva todo el sermón del monte: el reino de los cielos. No se trata aquí, en estos versillos, de una ascesis sin más, ni de un determinado concepto filosófico de la vida, ni de una visión de infantil ingenuidad. Bien sabemos que el mundo ha sido creado por Dios, que sus manos formaron al hombre y que éste ha trastornado, en parte, por el pecado el orden establecido por Dios. Hay que trabajar, y hay que trabajar para mantenerse en vida.

Se trata, pues, según el contexto, de la incidencia o irrupción en este mundo de una realidad divina y de su presencia en nosotros, llamada reino de los cielos. El reino de los cielos transforma al hombre y, a través de él, al mundo, en múltiples relaciones. Tomemos como ejemplo al discípulo. El discípulo, oyente y seguidor de Jesús, miembro del reino, ha de hacer del reino de los cielos y de su justicia salvífica carne de su carne y sangre de su sangre, dedicado totalmente a él, como si fuera su misma alma. Pues en eso consiste, por una parte, ser realmente discípulo, y, por otra, la existencia real en el hombre del reino de Dios. Y el discípulo no lo conseguirá, si sirve al dinero, si se preocupa con menoscabo del reino, de todo aquello que cree que necesita… Porque, además de poder desviar su vida -ella es más que el alimento y el vestido- a otros fines indebidos a su dignidad -prestigio, fama, honores…-, desgarra lamentablemente la relación filial con Dios y fraternal con los hermanos. El discípulo, entregado en cuerpo y alma al reino, cuenta con la especial providencia de Dios, como Padre solícito. Nótese, para su confirmación, la frecuencia, en estos versillos, del término Padre referido a Dios. Es, precisamente, lo que caracteriza al reino de Dios: convivencia entrañable de Dios con los hombres en un abandono filial absoluto a su voluntad por parte de éstos y en solicitud paternal por parte de aquél.

Y, en verdad, cuánta solicitud inútil y desorientadora hay en el hombre. Busquemos el amor de Dios y a los hermanos, tal como lo muestra Jesús, y no permitamos que se encalle el corazón en las preocupaciones en que se desgastan las gentes. También el mañana, y precisamente por ser mañana, está en manos de Dios.Él es nuestro descanso y la razón de toda nuestra existencia.

Consideraciones:

Podemos encaminar las consideraciones en dos direcciones bien señaladas y relacionadas entre sí: la solicitud de Dios por sus fieles y la actitud vital de confianza de éstos como respuesta.

a) Solicitud de Dios. La imagen que ofrece Isaías es emocionante, además de expresiva. ¿Podrá alguna vez alguna madre olvidar por un momento al hijo de sus entrañas? Pues, aunque se diera el caso -madre desnaturalizada-, yo no, dice el Señor. Hijos somos en su Hijo querido, ¿cómo podrá jamás olvidarnos? Somos templos de su Espíritu y habitación de su presencia, ¿cómo no ha de cuidar de nosotros, si él mismo nos ha consagrado para él? Todo es nuestro, decía Pablo el domingo pasado, la vida, la muerte, el presente, el futuro, y nosotros de Cristo, y Cristo de Dios. ¡Que somos suyos! También los versillos del salmo, experiencia de Israel y de la Iglesia, proclaman y acreditan la solicitud de Dios por nosotros. El evangelio, por último, lo declara en boca de Jesús. Así es nuestro Dios: Padre entrañable, siempre atento a nuestra auténtica necesidad.

b) Actitud del discípulo. Identifiquemos, sin más, al discípulo con el fiel. El evangelio manifiesta cuál ha de ser la relación del fiel con el reino y con su Señor. Por encima de todo, el reino y su justicia. Son la auténtica realidad válida. En torno a ella han de girar todas las otras realidades, para que no pierdan su concepto de validez y necesidad. Debemos conocer y apreciar las verdaderas necesidades. ¡Cuántas en el mundo que llevan ese nombre y no lo son! Dinero, fama, prestigio, comodidad, buen tipo y figura, dominio, etc. No gastemos la vida en aquello que vale menos que ella. So bien necesitamos alimento y vestido, no han de ser ellos el sentido único o principal de la vida. Nuestra existencia aquí viene, al fondo, determinada de arriba. No lo perdamos de vista y actuemos en consecuencia. Busquemos el reino de Dios y su justicia y confiemos en Dios, nuestro Padre.

Con relación al discípulo, Pablo nos da una bella imagen del compromiso por el reino: ministro y dispensador de los misterios de Dios. Me remito al comentario.

¿Cómo vivir este evangelio? La entrega al reino y la oración nos irán paulatinamente abriendo el conocimiento de las auténticas necesidades y del valor de nuestra vida en Cristo Jesús, que tenía, por alimento, hacer la voluntad del Padre. Nosotros, los religiosos, debemos tomar las palabras de Jesús con seriedad mayor, ya que por vocación nos hemos consagrado especialmente al reino. So nosotros no, ¿quién en la Iglesia? Conviene reflexionar sobre esto. ¿No será de esta falta práctica de entrega y confianza que languidecen nuestras comunidades e instituciones? ¿Qué imagen de entrega al reino y su justicia ofrecen nuestras comunidades y personas?