Domingo VII del tiempo ordinario

Primera Lectura: 1 Sam 22, 2. 7-9. 12-13. 22-23

Una de las particularidades típicas de la religión bíblica, de la religión judeocristiana, es su carácter histórico. La religión judeocristiana es una religión histórica. Y no se indica con ello simplemente el hecho de su veracidad, de su autenticidad, el hecho de ser profundas y divinas sus verdades y sentencias, sino más bien la cualidad única, que ella posee, de presentarnos a un Dios que se revela a través de la historia. La historia del hombre, enmarcada en el tiempo y en el espacio, es el escenario donde el Señor de los Ejércitos, el Transcendente y el Único, ha realizado sus maravillas. Basta recorrer el Credo, tanto judío como cristiano, para percatarse de ello. Dios os sacó de Egipto, Dios os dio la tierra que habitáis; Cristo nació, murió, resucitó al tercer día. Son acontecimientos que pueden y deben ser colocados en las coordenadas del tiempo y del espacio; aunque, en verdad, muchos de estos acontecimientos las superan y trascienden.

No es, pues, extraño que, dentro de los libros que contienen la palabra de Dios, encontremos unos que nos relatan, a su modo, la historia del pueblo, donde Dios puso su morada. Dios ha tendido la mano, desde antiguo, al hombre, que se encontraba perdido; Dios lo ha llevado hacia sí. Y más que como individuo, como pueblo; al individuo dentro de una sociedad. Las vicisitudes por las que ha atravesado ese pueblo, elegido por Dios, nos revelan la acción de Dios, que se esfuerza por salvar al hombre. Esas historias están llenas de cuadros sugestivos. Las historias nos hablan de Dios, de sus propósitos, de sus intervenciones, de sus juicios, de su mirada y de su mano. Su figura aparece con frecuencia en primer plano; siempre, de todos modos, presente en el fondo. La silueta del hombre -con sus pasiones, con sus debilidades, con su terquedad y dureza, con su religiosidad a veces- se dibuja en esa pantalla divina que sirve de fondo a esta historia. Silueta deforme; con frecuencia, torpe, ridícula; esbelta alguna vez, digna etc. Es la historia del hombre, a grandes rasgos, frente a un Dios que lo llama; o, si se quiere, es la historia del Dios que llama, en sus efectos humanos. Estas historias revelan, enseñan, hablan. Dios habla por ellas. Así soy Yo, dice el Señor; Así eres tú, nos revela.

Cada uno de esos libros tiene una finalidad particular. Los libros de Samuel y de los Reyes enuncian las condiciones y las dificultades de un reino de Dios sobre la tierra (Biblia de Jerusalén). En un momento dado de la historia, surge, por voluntad del pueblo, la monarquía en Israel. Dios da su visto bueno. Todavía podrá el pueblo, dentro de la monarquía, ser fiel a Dios. La historia de la monarquía nos dice muchas cosas. De la serie de reyes, que van desfilando a nuestra vista, con la nota de bueno o malo a los ojos del Señor, sobresale la figura del rey David, el siervo del Señor. Con él hizo Dios un pacto, o mejor expresado, Dios le hizo unas solemnes promesas:No retiraría de él su misericordia; la bendición descansaría para siempre en su Casa. Los reyes serían tratados según su comportamiento; pero de él nacería el esperado de las naciones, el Rey de Israel. La promesa de Dios y la correspondiente esperanza de los fieles mantienen viva la relación de los acontecimientos acaecidos bajo la monarquía. David ha sido el ejemplo de fidelidad con Dios. El ejemplo no fue imitado por la generalidad de los reyes. De ahí la ruina de la monarquía, tanto en el norte como en Judá. David quedó en pie en la descendencia que vendría después, Cristo. Los Padres han visto esa relación y han propuesto a David como tipo del Mesías. Acertada la visión de los Padres. Por eso, las anécdotas de la vida de David son siempre interesantes; unas como del ungido, otras como del fiel servidor de Dios, otras como del hombre débil que confiesa su pecado.

La anécdota que nos ofrece la lectura de hoy es instructiva. David es perseguido por Saúl. Saúl lo envidia y quiere descargar sobre él todo su furor. Pero David escapa de sus manos continuamente, pues Dios estaba con él. Más aún, David puede, sin riesgo alguno, dar muerte a su perseguidor. No lo hace: es el ungido del Señor. Conmovedora la actitud de David. ¿Quién hubiera hecho, en aquella situación y en aquellos tiempos, una cosa semejante, sospechando que tal acto le pondría en las manos el reino entero? David magnánimo, fiel, religioso. Dios es más que el reino. El reino le vendrá de Dios. Grandeza de alma, fidelidad a Dios.

Salmo Responsorial: Sal 102, 1-2. 3-4. 8. 10. 12-13

Salmo de alabanza. Motivo: la misericordia de Dios. El salmo es ciertamente revelador: El Señor es compasivo y misericordioso. Es el estribillo y el enunciado fundamental del cántico. La experiencia individual y la experiencia colectiva han descubierto una atractiva faceta del Dios de los Ejércitos: compasivo y tierno como un padre. La faceta, un tanto borrosa en el Antiguo Testamento, se revela atributo central en el Nuevo. Dios se ha manifestado como Amor supremo. Su paternidad, lejos de ser una imagen sugestiva, es una realidad inefable. En Cristo, a quien entregó por nosotros, nos ha hecho hijos. Su Espíritu habita en nosotros y nos hace llamarle Padre. Es para bendecir y aclamar a Dios por siempre por este amor y por su inefable misericordia para con nosotros. Es el Dios que perdona y que ama, más que el Dios que castiga y aparta. ¡Qué bueno es Dios! En ese espíritu hay que rezar el salmo. Ese es su sentido auténtico.

Segunda Lectura: 1 Co 15, 45-49

Pablo continúa, en este capítulo 15 de su carta a los Corintios, la explicación del misterio de la resurrección de los muertos. Convendría leer de nuevo todo el capítulo 15 para apreciar mejor el alcance de sus palabras. Sobre todo se hace imprescindible la lectura de los versillos anteriores, del 35 al 44, y de los siguientes, del 50 al final del capítulo.

Sigue en pie todavía la objeción, de tipo filosófico y racional, que presentan los corintios. La resurrección de los muertos aparece, por una parte, imposible. El hombre no recibe nada con ella; ni lo perfecciona ni lo enriquece. Antes parece ser un obstáculo. ¿Qué va a hacer el hombre con un cuerpo que le molesta y le impide la unión perfecta con la divinidad? Por otra parte, la vuelta a la vida de un cuerpo sin vida es algo más que problemática. ¿Quién nos garantiza que los despojos del hombre, ya corrompidos, volverán a ser un ser viviente como antes? Pablo ya ha dado el primer argumento: Cristo ha resucitado. Es un hecho. Contra los hechos cae toda especulación filosófica. El segundo argumento -los versillos indicados- sirve de aclaración. La experiencia del Cristo resucitado, en Espíritu y en poder, marca la dirección de la exposición. Para entender el misterio -es una realidad futura nuestra resurrección- es menester recurrir al hecho consumado de la Resurrección de Cristo.

La resurrección de los muertos incluye, naturalmente, la recuperación de los cuerpos que dejamos al morir. El poder de Dios lo garantiza. Así lo ha hecho con Cristo, el primero de los que duermen. Los cuerpos que ahora, en la resurrección, recogemos, siendo sustancialmente los mismos, son completamente diversos en la manera de ser. Son cuerpos espirituales. La objeción de los corintios son un obstáculo cae, con esto, por tierra. El cuerpo será incorruptible, glorioso -participa de la gloria de Dios inmortal-, constituido en poder, espiritual (42-44). Naturalmente que esto escapa a nuestra experiencia. Sólo los que han visto a Cristo resucitado pueden tener una idea de esa maravilla. Pablo intenta explicarlo. El cuerpo resucitado será espiritual, sin el peso, sin la vileza, sin las necesidades, sin la muerte del cuerpo presente. Brillará como el sol, será ágil como el viento, libre como la luz y ligero como el éter.

La exposición de Pablo continúa -versillos de la lectura- acudiendo a la Escritura y a la revelación cristiana: Adán-Cristo. Adán es el hombre viejo, el hombre natural, el hombre a secas. Así somos nosotros. Tenemos todos sus defectos y todas sus lacras, alejados de Dios y destinados a la muerte. Somos vivos, pero no tenemos el Espíritu. Cristo es el Hombre Nuevo, poseedor del Espíritu. Su vida no es según la carne, sino según el Espíritu. Primero Adán, después Cristo. Así es el orden establecido por Dios. Primero la vida según Adán, el hombre viejo; después la vida según el Espíritu en Cristo. Los que viven según Adán desembocan en la muerte; los que viven según Cristo llegan a la vida. Los cristianos tienen, a pesar de su pertenencia a Cristo, una deuda con Adán, en lo referente a su cuerpo: la muerte. La muerte, sin embargo, no es su estado definitivo. Volverán a la vida. Esto vendrá después, como después es Cristo que Adán. La vida de este segundo momento es según la vida de Cristo: vida según el Espíritu, vida celestial, con cuerpos celestiales, gloriosos. El Espíritu que habita, ya ahora, en el hombre unido a Cristo transformará radicalmente su cuerpo como ya ha transformado su espíritu. A Adán sigue Cristo. A la vida terrestre, la celeste. Al cuerpo terreno y mortal, el espiritual e inmortal. A nuestro hombre terreno, el celeste con todas sus virtualidades. Esto, no obstante, es un misterio, dice Pablo (51). Como tal debemos considerarlo. Es objeto de esperanza.

Tercera Lectura: Lc 6, 27-38

Lucas lleva adelante la predicación de Cristo. En Mateo recibe el nombre de El Sermón de la Montaña. Una mirada de reojo a este gran evangelista de las sentencias de Cristo nos ayudará a determinar mejor el sentido de las palabras de Cristo en Lucas.

a) Lucas ha desvinculado las exigencias morales del Señor del contraste con el Antiguo Testamento. La falta de referencia al Antiguo Testamento, por contraste, al proclamar Cristo sus máximas, le dan a éstas un valor más universal, más absoluto, más positivo. El valor moral de las palabras de Cristo no depende de la confrontación con la Antigua Economía. Tienen valor absoluto.

b) El amor al enemigo recibe en Lucas una especificación más completa: contra el odio (pecado interior de afecto) la obra buena; contra la maledicencia (pecado externo de palabra) la bendición; contra la injuria y los malos tratos (pecado externo de obra) el perdón y la oración. La enemistad se manifiesta así: odio, maledicencia, injurias. El cristiano debe responder, dice el Señor, con una postura práctica contraria: hacer el bien, decir bien, rogar por. No debe limitarse el cristiano a ignorar la injuria; su actitud debe apuntar a una positiva y activa obra de amor hacia aquél que es o se muestra enemigo. (27-28). (Se supone necesidad en él).

c) El ejemplo de los versillos 29-30, presente también en Mateo, lo desliga Lucas del contexto del juicio. No se trata del que, mediante un juicio, pretende hacerse con algo que nos pertenece. Se trata, a secas, de cualquier persona que intente hacerlo, aun por la violencia. Puede que sea un común y vulgar ladrón. La máxima tiene cierto aire de universalidad.

d) El saludo a los amigos de Mateo se convierte en amor y beneficencia en Lucas. Es un amor práctico; hay que hacer el bien a todos. Aflora otra vez el interés social de Lucas.

e) Los versillos 34-35 son propios de Lucas. El hacer el bien, como en este caso el prestar, no dice de por sí nada en favor o en contra del prestamista. La disposición interior es la que da valor moral al acto. La actitud que proclama Cristo es de suma amplitud. Da, como si después no recibieras nada. Es lícito esperar una conducta semejante en el individuo a quien se le presta; pero que no sea la intención primera y única -constituido el otro en necesidad- recibir el capital prestado. No es malo por cierto. Pero esa moralidad, en sí, no eleva al hombre muy por encima del común obrar de los otros. Si no se añade más, la justicia aquella no supera la justicia de los pecadores y de los fariseos. Nuestra postura ha de ser semejante a la adoptada por Dios. Dios reparte sus bienes y goza del buen uso que hacen los hombres. Así el cristiano. El cristiano evidenciará con su conducta el título de hijo de Dios que se le ha concedido. Dar al que realmente necesita, por la razón de que necesita.

f) Lucas sustituye la palabra perfecto, en Mateo, de sabor semítico, por la más humana, quizás, de misericordioso. Aquí está probablemente formulada la sentencia más importante de toda la lectura: Dios es el ejemplo que hay que imitar. El cristiano es el imitador, por vocación y definición, del obrar de Dios. Hay que obrar como Dios obra. ¿No es el cristiano hijo de Dios? No pertenece al hijo asemejarse a su progenitor, para mantener con dignidad el nombre que le viene de él? También así en la Nueva Economía. El hijo debe asemejarse al Padre.

g) Los versillos restantes son también propios de Lucas. Con ellos se nos indica, al fondo, el juicio de Dios. La misericordia, el perdón, la gracia, la condena, el olvido acompañan a la misericordia, al perdón, a la gracia, a la condena, al olvido que hayamos ejercido con el prójimo. Nosotros mismos somos la medida. La mano de Dios se extiende, pues, misericordiosa o exigente. Conviene asirse a la primera. (37-38).

Si leemos de nuevo estas breves, pero densas líneas de Lucas, encontraremos, aunque diversamente formulado, el mismo principio: imitar a Dios misericordioso. El amor del cristiano no debe conocer límites -me refiero al amor práctico, de acción-. El espíritu ha de ser amplio, como el Espíritu de Dios. Amor desinteresado, es decir, auténtico amor. Dios no tiene en cuenta, cuando hace llover, si los que reciben la lluvia la merecen o no. Bástale saber que la necesitan. Así el cristiano. Es un ideal al que hay que aspirar. Amor práctico a todo el mundo. Se acentúa el amor al enemigo por ser más difícil. Hay que superar el mal con el bien. De esa forma demostraremos que somos hijos de Dios. Una conducta moral tal lleva consigo un premio: la misericordia de Dios.

Consideraciones

Las palabras del evangelio nos dan la pauta de las consideraciones: máximas de moral cristiana. En esa misma dirección caminan la primera lectura y el salmo responsorial.

A) Moral cristiana. El cristianismo es una religión histórica, no una mera humana filosofía. Para ser exactos, diríamos que es la única Religión. Como Religión, regula nuestras relaciones con Dios; relaciones que empeñan todo nuestro pensar, nuestro querer y nuestro obrar. Dios se ha revelado, efectivamente, Padre; las relaciones con Él han de ser de hijo. El Padre se ha mostrado solícito, misericordioso, tierno, Amor supremo (salmo). Su amor va desde la creación, pasando por la redención, hasta llegar a la vida eterna (segunda lectura). Por amor creó; por amor entregó a su Hijo; por amor nos asocia a su vida gloriosa. En él, en el Hijo, hemos sido creados hijos, usando con nosotros de misericordia. La filiación ha de ser completa: resurrección, gloria, transformación completa, en Él. Esto último es futuro. La filiación, que participará de la gloria en un tiempo venidero, comporta aquí una imitación de su conducta. El cristiano, hijo de Dios, debe observar una conducta nueva, conducta que nos asemeje a Dios. Éste el tema propio del evangelio.

Dios hace el bien en todas partes, en todo momento y a todos, sin distinción. Dios es bueno y misericordioso con todos. Cuando hace llover, lo hace para todos, para que todos puedan vivir; no mira si son justos o pecadores. Al cristiano se le propone ese ideal: postura abierta para todos, buenos sentimientos para todos, buenas obras para todos, sin más interés que el bien propio del prójimo. Así obra Dios. La parábola del buen Samaritano, propia de Lucas, iluminará esta doctrina. La práctica de este ideal, en cuanto se pueda, definirá y señalará a los verdaderos hijos de Dios. Sólo cumpliendo las máximas de Cristo, seremos hijos del Altísimo. El buen comportamiento nos delatará como tales. La Iglesia, como tal, reunión de los hijos de Dios, seguidora de Cristo, evidenciará su pertenencia a Dios en Cristo, siguiendo una conducta semejante. Será reconocida como divina, si su comportamiento es divino. Para los ajenos sería un motivo de credibilidad.

Dios nos mueve con su conducta a seguir estas máximas. Dios lo ha hecho primero con nosotros. Está también delante el ejemplo de Cristo; perdonó a sus perseguidores, oró por ellos. También la figura de David, perseguido por Saúl, es aleccionadora: magnánimo, espíritu grande. La presencia, al fondo, del juicio de Dios es una advertencia. Dios usará de misericordia con aquéllos que la hayan ejercitado a su vez; perdonará a los que, a su vez, hayan perdonado; olvidará la deuda de aquéllos que, a su vez, hayan olvidado la ajena. Dios llevará a participar de su gloria a quienes hayan participado aquí de su conducta y de sus sentimientos.

El cristiano debe ser magnánimo, de corazón y espíritu grandes; su buen obrar, sin distinción ni límites. Ese es el hombre grande, el que supera los sentimientos comunes de egoísmo, de envidia, de odio y de venganza y aun de interés propio. Ese se asemeja a Dios. Al hombre hay que definirlo por su semejanza a Dios, no por otra cosa. ¿Practicamos nosotros esas máximas? Urge un examen de conciencia. Una mayor atención a estas máximas mejoraría las relaciones no digo personales, que es claro que sí, sino las sociales a escala internacional. Todos los hombres, sin distinción de razas ni fronteras, son nuestros prójimos. Odios, incomprensiones raciales, odios de nación a nación, antipatías, etc. conviene superarlos. Aunque el hombre por sí mismo no puede, con la gracia de Dios sí.

B) El cuerpo glorioso. El tema que nos ofrece Pablo es también interesante. El cristiano no se define totalmente por lo que ahora es o por lo que ahora tiene. Es menester mirar a Cristo resucitado. El cristiano espera la consumación de su vocación de hijo. El Espíritu de adopción ha comenzado ya la transformación en su interior; la acabará en la resurrección de los muertos. Para participar del Dios glorioso, en una resurrección gloriosa, debemos ahora participar del Dios misericordioso y compasivo. Aquella gloria supera todo bien. Los bienes de aquí abajo no merecen tanta atención. Esta consideración puede que nos torne más ágiles y dispuestos para obrar con desprendimiento y sin interés propio en favor del necesitado, tanto amigo como enemigo, justo como injusto. Lo que hemos de vivir allí, conviene vivirlo aquí.

C) Dios bueno y misericordioso. El salmo nos invita a alabar a Dios porque es bueno. Toda su obra es buena y desinteresada. Gracia es la creación; más gracia es la redención con el perdón de los pecados; suma gracia es la vida eterna. ¡Qué bueno y misericordioso es el Señor!

Notas. La oración colecta se acopla de maravilla a las lecturas. La petición es sugestiva:...Concede a tu pueblo que la meditación de tu doctrina le enseñe a cumplir siempre, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Ya sabemos lo que le complace: que sea misericordioso como es Él. Para ello la ayuda divina, que hay que pedir, y la meditación oportuna.

La oración de poscomunión es también hermosa: Concédenos alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos has entregado en estos sacramentos. De la salvación definitiva y de las primicias hablaba la segunda lectura. Hay que pedirlo también.

La participación en la Eucaristía nos pone en contacto de estas verdades en una doble dirección. La Eucaristía nos recuerda eficazmente el amor de Dios a los hombres. Ahí está Cristo entregado por nosotros. Su amor a nosotros se pone en primer plano. Más aún, la comunión con él creará un hábito en nosotros de más amplitud y más misericordia. Un amor tan grande no puede menos de impulsarnos a ser misericordiosos con todo el mundo, a amar a todos en Cristo.