Domingo VII del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is: 43, 18-25: Por mi cuenta borraba tus crímenes y no me acordaba de tus pecados.

Nos encontramos en el así llamado Segundo Isaías. Bástenos recordar un momento siquiera la situación en que se encontraba el pueblo.

Sin nación, sin rey, sin templo, sin sacrificios, el pueblo en el destierro vive horas muy amargas. La amargura linda ya en la desesperación. Algu­nos no tienen reparo en comentarlo: «Dios nos ha dejado». El destierro, lo han comprendido bien, es un castigo a sus pecados. La conciencia de pecado y el dolor del destierro los oprime duramente. ¿Habrá roto Dios con ellos? ¿Será el destierro la expresión de un abandono definitivo por parte de Dios?.

Dios vuelve a los suyos. El Señor anuncia por el profeta la persistencia y continuidad de su protección y de su amistad. Dios no ha roto la alianza con su pueblo, a pesar de que éste sí lo ha quebrantado repetidas veces. Por eso Dios recordando de nuevo su antiguo amor por ellos, ha determinado en vir­tud de él obrar nuevas maravillas. Los va a volver a su tierra; la naturaleza entera los va a saludar a su paso: «abriré un camino en el desierto…. para que proclamara mi alianza».

 El primer paso a la reconciliación lo marca el perdón de los pecados, causa real de todos los males. Así aparece ya en el capítulo. 40, primero de este libro de la Consolación.

El Señor va a repetir las maravillas de Exodo. El pueblo debe sí olvidar su pasado pecaminoso. Sus sacrificios, como se realizaban, habían llegado a ser empalagosos, nauseabundos, pura fórmula, sin espíritu ni vida, y sus pecados asfixiantes, intolerables. Dios los sufría pacientemente. Quiso sa­narlos y para ello los envió al destierro. Las penalidades les hicieron volver en sí. Se han dado cuenta de lo que han hecho. Dios está dispuesto a perdo­narlos. Dios ama; Dios quiere la salvación, no la muerte. Y ahí lo tenemos con los brazos levantados para abrazar y perdonar.

Salmo responsorial: Sal 40,2-3. 4-5. 13-14: Sáname , Señor, porque he pecado contra ti.

Salmo de acción de gracias. El salmista alcanzó la curación de una en­fermedad grave. Dios es misericordioso. A él las gracias, el honor y la ala­banza.

El estribillo, arrancado de la «confesión» de la acción de gracias, se ha convertido en súplica. Y la súplica aboga por el perdón de los pecados. Apa­recen aparentados con la enfermedad. La enfermedad señala la ira de Dios. La ira de Dios responde a la injuria. La injuria apunta al hombre pecador. El pecado ha desatado la ira de Dios con una enfermedad. Pedir salud es pe­dir perdón. Y conceder el perdón es devolver la salud. Y así lo hace Dios: su misericordia recae sobre ambos, pecado y enfermedad. Dichoso el que la consigue. Y la consigue quien se esfuerza por ser «bendición». Bendición para el pobre, solaz para el abatido, refugio para el abandonado. Sobre él la ben­dición de Dios. Es el mejor clamor a Dios y la mejor acción de gracias. Quien usa de misericordia, alcanzará misericordia. Y quien la ha alcanzado, re­pártala agradecido. La bondad de Dios se multiplica en nuestras manos. Es la mejor y más satisfactoria alabanza.

Segunda Lectura: 2 Co 1, 18-22: Jesús no fue «sí» y «no», sino «sí».

Parece que en Corinto hay quien se dedica a calumniar a Pablo, tachán­dolo de inconstante, de ligero y voluble en la predicación. Unas veces dice Sí, y otras dice No. Pablo se defiende. Si bien es verdad que, respecto al plan de su itinerario, ha cambiado de idea, nada, en cambio, pueden objetar a su predicación de Cristo. El Cristo que él predica sigue siendo el mismo; el que sus compañeros y él siempre han predicado. Un Sí rotundo y constante a Cristo. Siempre ha sido Cristo para ellos el objeto de sus afanes, de sus des­velos; la meta de sus correrías; Cristo que a su vez se presenta como el cumplidor exacto y pleno de las promesas divinas. Dios nos ha hablado en El y por El. En El nos ha mostrado Dios su plan de salvación. El del amor que nos tiene y de la conducción hasta el fin de la obra que en nosotros ha co­menzado.

Tercera lectura: Mc 2, 1-12: El hijo del hombre tiene potestad para perdonar pecados.

Pasaje simpático el que hoy nos presenta Marcos. Sería difícil catalogarlo en un género determinado. Presenta múltiples facetas. Se realiza un milagro -la curación de un paralítico- Surge una controversia -los Fariseos murmu­ran escandalizados de la actitud de Cristo-. Se alza autorizada y solemne la voz de Cristo: «Perdonados te son tus pecados».

Cristo declara poseer autoridad de perdonar los pecados o si se quiere autoridad de declarar a uno libre de sus pecados. Esto naturalmente indigna a los Fariseos. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Un mero hombre, aun­que éste sea el Mesías, no tiene poder para ello. Cristo va a responder con obras a tal dificultad, demostrando así que él no es un mero hombre. El, sí, tiene poder para perdonar los pecados. Sus palabras realizan lo que dicen, tanto si se dirige al enfermo, como si se dirige al pecador. En consecuencia, el peso del pecado y de la enfermedad es alejado de aquel hombre. Nótese:

a) Cristo perdona los pecados. Parece ser que, en este caso particular, la enfermedad guardaba una estrecha relación con el pecado cometido. (Se pa­rece al «Signo de Juan»).

b) Cristo demuestra su poder realizando un milagro. El poder de Cristo no tiene límites.

c) Nótese la fe de los portadores. Viendo su fe, Cristo lo atiende. Es un de­talle interesante.

Consideraciones

A) El hombre arrastra el pecado casi desde el mismo instante en que sale de las manos de Dios. De ellos dan testimonio todas las civilizaciones y todas las religiones que han existido sobre la tierra. Todas ellas nos hablan del pe­cado. Y si no han logrado algunas de ellas definirnos precisamente su natu­raleza, todas, en cambio, reflejan el sentimiento del pecado. Tal sentimiento ha existido siempre. Todos nosotros lo hemos sentido alguna vez, quien más, quien menos. Se presenta como un peso. Es algo que nos oprime, algo que nos acosa y acusa. Nos deprime, seca la alegría, nos hace temblar. Parece una losa que aplasta, una soga que ahoga. No podemos echárnoslo fácil­mente de encima. Puede más que nosotros.

En un momento dado, por capricho, por debilidad, por malicia quizás, nos hemos enfrentado con Dios - con el Dios terrible y todopoderoso; tras la eufo­ria de un instante loco, queda el peso, el amargor y el remordimiento del pe­cado. ¿Quién será capaz de quitárnoslo de encima? ¿Quién nos lo perdo­nará?. En tal momento cabe pensar en Dios. ¡Dios perdona! Dios ama. He ahí el misterio. Su amor le lleva a borrar los crímenes que hemos cometido. El perdón se nos da en Cristo. Tiene poder para ello. Un hombre recibe tal poder para que nuestra conciencia pueda recobrar de nuevo la tranquilidad y la confianza, y pueda colocarse en el orden establecido.

Cristo lleva a cabo su función de perdonar mediante otros hombres. Pero él es quien perdona. El camino está abierto para todos. No hay más que acercarse arrepentido. Pidamos perdón de nuestras faltas. En esta línea el salmo responsorial.

B) Si la lectura del libro de Job, en el domingo IV, llamaba nuestra aten­ción, en el fondo, sobre la posibilidad de encontrar disociados (Cristo, Job) la enfermedad-infortunio y el pecado. las lecturas primera y tercera nos ad­vierten de la posibilidad de lo contrario. El paralítico había pecado. El pe­cado le había ocasionado, al parecer, la parálisis. El estado de postración se debería a sus pecados.

Israel sufrió el destierro -amargo, duro, humillante- por causa de sus pe­cados. La acción de Dios, sin embargo, no termina ahí, en el castigo. Dios ama; Dios perdona. El castigo de por sí no es sino un medio que conduce al perdón. Israel no hubiera reconocido su falta, no la gravedad de la misma, si no hubiera sentido en propia carne el dolor y el desprecio. ¿Hubiera llegado el enfermo del Evangelio al reconocimiento de su pecado de no haber caído en la postración de la parálisis? El estado de impotencia es saludable. Nos lleva al arrepentimiento. ¡A cuantos no ha salvado el dolor!

C) La mano bondadosa de Dios no se limita a borrar la culpa. Nos con­duce hacia El. Trata de unirnos a El, tan seriamente como seria es la en­trega de su propio Hijo por nosotros. Su amor y su perdón se hacen más pa­tentes, más firmes, más indudables, más estables, más asequibles en su Hijo. Tanto es así que a través de El nos ha como sellado solemnemente. Somos cosa suya, le pertenecemos. Ahí está como prenda el Espíritu Santo que habita en nosotros. Su voluntad de salvarnos es firme, no cambia. Es un Sí rotundo.

Nos toca a nosotros pronunciar el amén a su acción amorosa, dejarnos conducir por el Espíritu que se nos ha dado. El Sí de Dios -Cristo y el Espí­ritu en nosotros- sigue en pie. ¿Sigue en pie nuestro Amén?.

D) ¿No es sorprendente que Cristo se fije en la fe de los portadores?. La oración por los demás, por ser desinteresada, lleva el signo de la aceptación.

E) El Sí de Cristo de cumplir las promesas de Dios -misericordia y per­dón- se renueva en la celebración eucarística: Cuerpo entregado por nues­tros pecados y Sangre derramada por nuestras culpas. Dios nos ofrece en Cristo el perdón y el don del Espíritu. Recibir de El tales bienes es dejar bri­llar su gloria en nosotros. Dejémonos llevar hasta el fin. La gloria de Dios habitará en nosotros