Domingo VII del tiempo ordinario

Primera lectura: So 19, 1-2.17-18.

Cuando los autores comentan los versillos 1-18 del capítulo 19 del Levítico, suelen evocar el tema del decálogo. Y no es que estos versillos lo sean formalmente, como son los capítulos 20 y 5 del Éxodo y Deuteronomio respectivamente; pero se acercan mucho; tanto que sin una referencia a él resultaría el comentario deficiente. Por eso, siguiendo ese camino, invito a leer, en privado, todos esos versillos 1-18, de los que la liturgia nos ofrece el comienzo (1-2) y el fin (17-18). Podríamos definir su contenido y sentido como decalogal: leyes morales y religiosas. No olvidemos, al fondo, la institución sagrada del pacto: ¡Yo, Yahvé, tu Dios!

Un yo enfático, solemne y soberano, abre el pasaje y lo cierra. Las estipulaciones encuentran fundamento, sentido y valor en el Yo santo de Dios. Un Yo santo que ofrece su santidad y personalidad al pueblo de Israel en convivencia amistosa y benéfica. Pueblo santo. Y si bien ese término conserva vivo en sí el sentido, eminentemente teológico, de consagrado, separado, dedicado al transcendente, se abre, con todo, en el contexto, a un campo más ancho que naturalmente le pertenece: bueno, con Dios bueno. Conviene señalar, en efecto, que, aunque con peculiares matices, estos conceptos de santo, bueno y misericordioso coinciden fundamentalmente. Por eso, el pueblo llamado a convivir familiarmente con el Dios santo y bueno ha de ser bueno y santo como él; es decir, misericordioso.

Las exigencias del Decálogo son expresiones vivas del ser y vivir con Dios. La referente al prójimo, la cláusula del versillo 18, viene a ser la expresión más lograda en la antigüedad: se le llamó la regla de oro. La asamblea de Dios debe transparentar a Dios santo y bueno; y tanto la santidad como la bondad apuntan aquí a las relaciones con los hermanos. Envuelto por el amor de Dios, debe el fiel envolver en él al hermano. Es una implicación natural.

El Nuevo Testamento hablará con decisión, claridad y aplomo divino sobre ello. El pueblo de la nueva alianza ha de ser, como Dios, santo y perfecto en lo tocante a las relaciones con los hombres. La consumación viva y eficaz, sin parangón alguno, de este misterio es Cristo Jesús.

Salmo Responsorial: Sal 102.

Salmo de alabanza. Por motivo, la misericordia de Dios, manifestada especialmente en el perdón de los pecados. La celebran la experiencia colectiva y personal del Israel de todos los tiempos. También nosotros con toda la Iglesia.

La imagen de Dios misericordioso, con ribetes de Padre, se ensancha y ahonda hasta su encarnación en Cristo Jesús, Dios y hombre: viva e inefable misericordia de Dios a los hombres. Celebrémoslo con él y en él.

Segunda lectura: 1 Co 3, 16-23.

Cuelgan todavía en el aire, sensiblemente sonoros, los ecos más salientes -sabiduría y fuerza- del discurso de la cruz. Se acerca el acorde final. Y efectivamente, a modo de inclusión-conclusión, aparecen de nuevo los temas sabiduría y división de la comunidad. Pero a la inversa: si, allá por el capítulo 1, 11s, la división en la comunidad suscitaba el pensamiento de la cruz de Cristo, su sabiduría y poder, aquí el tema sabiduría-necedad desemboca en la unión y compenetración de todo lo creado en favor de los fieles en Cristo Jesús. Es uno de los párrafos más conseguidos de Pablo. Vayamos por partes.

El primer pensamiento, consolador por cierto, empalma litúrgicamente con el versillo último de la lectura segunda del domingo pasado: la presencia del Espíritu Santo en nosotros, que nos introduce en el misterio de Dios, aparece aquí bajo una imagen nueva: templos del Espíritu Santo. Naturalmente con cierto matiz parenético -¡ay de quien lo profane! La imagen se extiende a la Iglesia como comunidad, universal y local, y a cada uno de los miembros que la componen. La Iglesia es templo del Espíritu y todos nosotros en particular, también. No por nuestros méritos, sino por la gracia de Dios. ¡Qué maravilla! ¡Qué dignidad la nuestra! ¡Qué responsabilidad! El Dios Santo no puede, por definición, tolerar la profanación de su morada. Tarde o temprano echará fuera de sí a los profanadores, avivando con su espíritu el fuego que los consuma. A los justos, en cambio, los envolverá con el fuego vivificante de su ternura y amor.

El segundo párrafo, de marcado carácter parenético, tiene aires de final. Vuelve la imagen paradójica sabio-necio y se inculcan, como de necesidad vital, la asimilación de la sabiduría de Dios, necedad del hombre, y la oposición radical y constante a una infiltración de la sabiduría del mundo, idiotez ante Dios. La Cruz de Cristo ha de señalar los linderos que demarcan los campos de este modo de ser: de Dios o del mundo. No olvidemos que el primero lleva a la vida eterna y el segundo a la muerte sin fin.

Los versillos 21-23, por último, son un verdadero logro de Pablo, literaria y teológicamente hablando. Como un capullo abierto en flor, el tema de la riqueza surge del de la sabiduría. Ser sabio y ser rico es lo mismo. Y es sabio y es rico quien se apoya en Dios, rico y sabio por excelencia. Quien se apoya en sí mismo -es la sabiduría del mundo-, en su fama, poder, dinero, belleza física, atractivo…, se asienta sobre arena movediza; se derrumbará en cualquier momento. De todas maneras, no podrá, en modo alguno, levantar un edificio sobrehumano, templo de Dios, que se alce realmente hasta el cielo. Gloriarse en sí mismo es necio y destructivo. En cambio, gloriarse en Dios es creativo e inteligente: alcanzará la vida eterna. Y bien sabemos que gloriarse en Dios es dejarse invadir por su gloria y poder transformantes, en Cristo, su Hijo, muerto en la cruz. ¡Lejos de mí gloriarme, si no es en la cruz de Cristo! Él es todo para nosotros y nosotros todo para él; con él todo y todos con él; todo un todo en él. Los apóstoles, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro… ¡vosotros de Cristo, y Cristo de Dios! ¿No es esto extrema sabiduría y riqueza sin parangón? Todo ello gracias a Dios en Cristo Jesús.

Tercera lectura: Mt 5, 38-48.

Valgan también para esta lectura las consideraciones generales apuntadas el domingo pasado. Son las dos últimas antítesis y guardan con las anteriores estrechas relaciones temáticas y literarias. No se pueden separar de ellas. Lo dicho allá alcanza a lo leído aquí.

Podemos añadir, con todo, algún pensamiento como corona y remate. Se trata aquí, fundamentalmente, de superar el mal con el bien. No es tan sólo que haya que hacerse el bien, lo bueno; es que no se llegará, muchas veces, a lo bueno, a hacer el bien, si no es respondiendo al mal con el bien. Así son las cosas. Y que así son las cosas, nos lo descubre el mismísimo comportamiento de Dios, que está a la base de todo comportamiento humano digno. Nuestro Padre celestial llueve para los que le aman y para los que le odian y levanta el sol para buenos y para malvados. ¡Porque Dios, gran Padre, quiere la salvación de todos!

Así también nosotros. Somos, aquí, su reino; y su reino se caracteriza, sobre todo, por su presencia eficiente paternal en el mundo. Nosotros, su reino, hemos sido llamados, por gracia, a convivir con él, él como Padre y nosotros como hijos. Hijos, pues, de tal Padre hemos de compartir su conducta y participar de sus mismas entrañas de misericordia. Queremos, como él, la salvación de todos y nos hemos de esforzar por llover sobre unos y otros la gracia recreadora que hemos recibido. Perfectos como él es perfecto. No hay otra alternativa, porque en realidad no hay otro Dios que éste, nuestro Padre, manifestado entraña viva de misericordia en Cristo Jesús. Renunciar a ello de plano o no aspirar con todas nuestras fuerzas a conseguirlo es claudicar de nosotros mismos y del único destino que nos espera y define: ser como Dios.

Consideraciones:

Debemos insistir en las implicaciones, especialmente morales, que entraña la presencia de Dios entre nosotros, sabiendo que son de vida o muerte. Su pueblo y su rebaño, su casa y su nación, Dios ha tenido a bien compartir con nosotros su misterio: su misericordia, santidad y bondad. Y esto nos eleva a una dignidad no soñada jamás por espíritu humano y a una responsabilidad de todo punto insoslayable: ser santos y misericordiosos como es él.

La primera lectura lo proclama solemnemente: Sed santos como soy yo, el Señor, vuestro Dios. Santidad ontológica y moral, de pertenencia a su persona y de comunión con su voluntad, de consagración elevante y de conducta irreprochable. El texto de la liturgia apunta decididamente al amor al prójimo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. ¡Yo soy el Señor! Justos, pues, y misericordiosos como justo y misericordioso es Dios. Recordemos los versillos del salmo y apreciaremos cómo la figura soberana de Dios se acerca a la tierna imagen de padre.

En la segunda lectura se insiste, a partir de otro contexto, en la misma verdad fundamental: templos del Espíritu Santo. Las palabras de Pablo miran a la exhortación. Miremos también nosotros. ¡Cuidado con la profanación! Sería tremendo caer en las manos del airado Dios. Esta metáfora puede, además, florecer en múltiples consideraciones: alabanza, acción de gracias, respeto…

El evangelio va más allá, sin salirse de esa línea, de lo que el espíritu humano pudiera haber encontrado en el antiguo decálogo: participación viva de la conducta de Dios manifestada en Cristo. Quedaría coronado el pensamiento con aquello de Jesús: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Este arte de amar no es humano, es divino. Es en virtud del Espíritu Santo y supone una forma de ver y sentir las cosas más allá de toda sabiduría humana. En realidad hemos sido introducidos en las relaciones paterno-filiales de Dios. Hijos suyos, hemos de ser perfectos como él lo es. Bendita condición y vocación la nuestra. De alguna forma hacemos palpable entre los hombres la misericordia paternal de Dios. Debemos insistir; es de vida o muerte.