Domingo VII de pascua

PRIMERA LECTURA: Hch 1,15-17.20-26.

Continúa la lectura del libro de los Hechos.

Siempre es conveniente volver al mirada ala Iglesia en el momento de su nacimiento y de su formación, para ver en qué grado la Iglesia actual, veinte siglos adelante, refleja los elementos constitutivos de la obra de Cristo. La piedra angular es el Señor; de él, como fundamento de al Iglesia, surgen las doce columnas que sostienen el edificio. Son los apóstoles. Sus palabras, sus trabajos, sus vidas son la guía y el patrón que deben seguir y a que deben acomodarse los fieles y jerarcas de todos los tiempos, si en verdad desean llevar el nombre de apostólicos.

El pasaje presente nos muestra al grupo de los apóstoles, con Pedro a la cabeza, tratando de dar salida a un problema de urgente solución. El grupo de los enviados a dar testimonio de la resurrección del Señor debía constar de doce individuos. Judas había claudicado. Faltaba uno, por tanto. Urgía cumplir la disposición del Señor. Inmediatamente encuentran un sustituto de Judas, que reúne las condiciones necesarias. Este es, por voluntad divina, Matáis. Es compañero del Señor y testigo de su resurrección. Así se com­pleta el número y queda satisfecho el deseo del Señor.

Conviene notar en este pasaje:

1) El fin de Judas. El fin trágico de Judas, conservado en dos tradiciones parcialmente diversas (aquí y en Mt 27,3-10), nos recuerda el castigo que, según la Escritura (Sb 4,19 y los textos aquí citados), reserva Dios a los im­píos que han perseguido al justo, condenándolo a una muerte injusta e igno­miniosa. La Biblia, además en los Salmos, nos recuerda algunos casos: 2 M 9; Hch 12,20. Dios no deja impune un crimen semejante. Es bueno recor­darlo. Es por otra parte el desenlace «lógico» del que obra el mal. Si el in­justo no vuelve atrás, se estrella; toma asco de sí mismo y se mata.

2) Pedro dirige la ación. Esto nos haría pensar en el sucesor en la cátedra de Pedro. Su actitud un tanto democrática es también una enseñanza. Pedro dispone, pero Pedro consulta. Interesante. Detrás de todo, la acción de Dios. Nótese la oración a Dios.

3) Matías apóstol. Testigo de la Resurrección de Cristo y compañero de andanzas. Así debe ser el apóstol, conocedor profundo de Cristo y llamado a dar testimonio vivo de su resurrección y de toda su persona. Puede que nos falte algo a este respecto.

4) Los Doce. Así lo había dispuesto el Señor. Judas había claudicado an­tes de comenzar el ministerio. A Santiago le sucederá cosa distinta: San­tiago murió en y por el ministerio. A los Doce suceden los Obispos. La Iglesia se fundamenta en los apóstoles.

SEGUNDA LECTURA: 1 Jn 4,11-16.

Comienza la lectura con una exhortación al amor fraterno. Es más que una exhortación todavía. El verbo «debemos» nos hace pensar en una obliga­ción estricta. Realmente Dios nos amó de forma extraordinaria; lo recordá­bamos el domingo pasado. De tal actitud divina surge imperiosa la obliga­ción real de amarnos unos a otros afectiva y efectivamente.

La caridad fraterna -manifestada en obras- es signo y prueba de la pre­sencia de Dios en nosotros. Dios es amor, y como amor llega a nuestros co­razones. Es el Espíritu Santo. Ese amor -un hábito, una fuerza- nos lanza a una comunión con los hermanos, a un amor fraterno en Cristo. La existencia, pues, de un amor fraterno en nosotros, probado por las obras, es por lo tanto signo y señal de la presencia de Dios en nosotros, alimentando un amor se­mejante. Es un criterio.

A Dios nadie lo ha visto nunca. Esta misma afirmación aparece también en el prólogo del evangelio cuarto. Solamente por Cristo llegamos a él; sola­mente por él llega a nosotros. La presencia del Espíritu en nosotros es ga­rantía de que Dios habita en nosotros. Es precisamente el Espíritu de Cristo; él domina nuestra vida. El Espíritu nos hace ver por la fe. El testimonio que de Cristo dan los fieles, la confesión constante de la Iglesia son obras suyas. La fe auténtica alimentada por al acción del Espíritu es aquella que tiene por objeto a Cristo, enviado del Padre, Hijo de Dios, Salvador del mundo.

Por la fe llegamos a un conocimiento de Dios. El Espíritu nos capacita, pues, para ver a Dios. Quien tenga la fe descrita, puede concluir que Dios está en él; pues es la fe no viene de otro que de su Espíritu.

Es necesario que Dios habite en nosotros. El es la Vida y la Salvación. Criterios de su presencia son el amor fraterno y la fe auténtica. Por Cristo nos viene el amor y por él también la unión y la visión. Es cosa de hacerse un examen.

TERCERA LECTURA: Jn 17, 11-19.

Continúa el evangelio de san Juan. Son las últimas palabras del largo y efusivo discurso que Jesús dirige a los suyos después de la Cena. El capítulo 17 señala un cambio de rumbo. Jesús se dirige ahora al Padre. Nos encon­tramos en la tradicionalmente llamada oración sacerdotal. Conviene leer todo el capítulo, especialmente del versillo 9, que es donde propiamente co­mienza la oración de Cristo por los suyos. Estamos, pues, en una oración cordial e intensa.

Notemos los elementos más salientes de esta preciosa perícopa;

1) Jesús ruega por los suyos. Bien es verdad que Dios ama a todos -entregó a su propio Hijo por amor al mmundo-, y que Cristo desea que todos se salven. Sin embargo, la oración actual de Cristo se dirige al Padre sola­mente en favor de aquellos que han creído en él. Estos se diferencian neta­mente de los del mundo; están fuera de él, aunque dentro de él. En los últi­mos momentos de su vida Cristo dedica un pensamiento y una efusiva e im­periosa oración al Padre por los suyos, por aquellos que le pertenecen. La oración de Cristo lleva el signo del éxito. Los fieles, acomodados quizás y perseguidos.

2) Motivos. Pertenecen a Dios. Si atendemos a la terminología de Juan en su evangelio, unos son de Dios y otros del mundo, unos de la luz y otros per­tenecen a las tinieblas. Dos esferas totalmente opuestas. Hay un grupo que pertenece a Cristo. En ellos es Cristo glorificado. Los fieles han aceptado a Cristo; han aceptado la revelación de Dios manifestada en Cristo. La fideli­dad de la comunidad en seguir a Cristo, dando así cumplimiento perfecto al deseo del Padre, glorifica a Cristo Jesús. Una confesión semejante requiere valor y entereza, pues lleva el signo de la contradicción. El mundo les va a ser hostil y contrario. Necesitan una protección especial para no sucumbir. Las tinieblas tratan de sofocar la luz traída por Cristo a los hombres; Luz que en último término es Dios en nosotros. La oración de Cristo se dirige a Dios, pidiendo perpetúe su presencia benéfica en los que han decidido ser suyos. De esta forma será Cristo glorificado como lo ha sido el Padre en la obra de Cristo.

3) Objeto. a) «Que sean uno, como nosotros». La división es síntoma y principio al mismo tiempo de destrucción y de muerte. Cristo quiere y pide para los suyos la perpetuidad y la unión. El ideal, al mismo tiempo que la causa, es la unión existente entre el Padre y el Hijo. En éstos la misma na­turaleza; en aquéllos un solo corazón y una sola alma. El mundo y las fuer­zas adversas de todo tipo tratarán de sembrar la desunión dentro de los su­yos. De ahí la oración de Cristo: «Que todos sean uno». Uno entre sí, uno con el Padre-Hijo.

b)«Que tengan en ellos mi alegría cumplida». El gozo es uno de los frutos del Espíritu Santo. El les acompañará a lo largo de su misión de evangeliza­dores en este mundo. La alegría por la que, aquí se pide es ya comienzo de la alegría eterna.

c)«Guárdalos en tu nombre». Los discípulos deben permanecer fieles a la revelación que se les ha confiado. Cristo pide que se mantengan fieles a ella

d)«Guárdalos del mal». No se trata precisamente del mal físico. Se trata del mal que se opone a Dios, del mal que se opone en último término a la propia salvación.

e)«Santifícalos en la verdad». La revelación debe poseerlos plenamente. Es lo mismo que decir: Cristo debe poseerlos plenamente. La misión de los apóstoles no tiene otro objeto que transmitir clara y limpia la revelación de Dios. Toda su vida debe estar al servicio de tan alta misión. Cristo pide que el Padre tenga a bien en mantenerlos firmes en esa vocación.

Los discípulos continuarán en el mundo, a pesar de no ser del mundo. De­ben permanecer limpios y santos dedicados a su misión. Esto no va a ser fá­cil. Por eso pide Cristo.

CONSIDERACIONES

La antífona de entrada formula una petición urgente; «Señor no me es­condas tu rostro». Cristo ha ascendido al Padre. El salmo responsorial nos lo recuerda: «l Señor puso en el cielo su trono». Esto nos hace excla­mar:«Bendice, alma mía, al Señor». Después de los cuarenta días de convi­vencia con sus discípulos, Cristo ascendió a los cielos. Ya no vemos su rostro físico, ni tampoco percibimos el sonido de su voz, tal cual sonaba a los oídos de los apóstoles. Sin embargo, Cristo está presente en la Iglesia, en nosotros.

Estas dos realidades, estar junto a Dios -interpelando por nosotros- y presente entre nosotros, no se excluyen en modo alguno. Todo lo contrario, la primera garantiza la segunda. En esta dirección camina la colecta:«…que sintamos su presencia». Hay que urgir la oración. El prometió estar siempre con nosotros. La antífona de la comunión lo repite. Con la esperanza de al­canzar todos juntos -la Iglesia- la gloria que Cristo ya poosee, caminamos a través del mundo hostil, conducidos por su mano. Cristo nos sostiene. Por eso:

A) Cristo ora por nosotros. Cristo está en medio de nosotros orando. Su oración es eficaz. El ha prometido estar con nosotros hasta la consumación de los siglos. Nosotros nos hacemos eco de su oración. Hay que orar: sinta­mos su presencia; que seamos todos una misma cosa, que tengamos un solo corazón y una sola alma; que nos santifique; que nos consuele; que nos co­munique su alegría y su gloria. Es necesario pedir. Los enemigos son mu­chos y taimados. Nuestras fuerzas pocas y nuestras miras cortas. Necesi­tamos ayuda. Al mismo tiempo pedimos lo que Cristo desea. Pidamos, pues, que aumente en nosotros el amor y la fe. De esta forma glorificaremos a Cristo. Pidamos por la unidad de los cristianos, por la pureza de la fe, por que nos guarde de los males y nos lleve a la vida eterna.

B) La Iglesia orante, con Cristo a la cabeza, nos recuerda:

1) Condiciones para permanecer en Dios y para que Dios permanezca en nosotros: amor fraterno, fe auténtica. Amor nacido de la unión con Dios que se extiende a los hermanos, y fe que tiene por objeto a Cristo en toda su ex­tensión, Hijo de Dios, Salvador, Señor del mundo. El testimonio apostólico nos lo recuerda: Matías.

2) Necesidades en que se encuentra. El mundo odia a los discípulos de Cristo. Hay desprecio y persecución. Por eso hay que orar. La oración de Cristo es motivo de consuelo, por una parte, y ejemplar de oración, por otra.

C) Otros puntos. El tema de la Palabra que santifica es sugestivo. La po­testad de que gozan los apóstoles -los envió- también puede ofrecer argu­mento interesante. Empalmaría con la primera lectura. Lo mismo podemos decir de la consagración a la verdad. Podríamos preguntarnos, si nuestra vida es una consagración a la verdad, es decir a Cristo. No hay que olvidar tampoco que nosotros no somos del mundo. Este tema sería muy oportuno. Se habla de sacralización. Hay actitudes que no pueden sacralizarse, por­que sencillamente son mundanas. Hay que partir del hecho de que somos un grupo aparte. Esto nos lleva a otro tema un tanto opuesto. Estamos en el mundo. Hay que santificar al mundo en lo que se pueda. Tal es el argumento necesita de una seria reflexión. Nos urge hacerla.

Eucaristía. Si en algún momento cae bien la oración de Jesús, es en la ce­lebración eucarística. Su presencia real misteriosa; su muerte y resurrec­ción: memorial santo de Dios, santificación y súplica infalible; comunión con Dios; don del Espíritu santo…