Domingo VII de Pascua

Primera Lectura: Hch1, 12-14.

Los apóstoles se vuelven a Jerusalén. Se mantienen unidos en oración, esperando la venida del Espíritu Santo.

Puede uno pensar en la posición de María, al frente de la Iglesia. La actitud orante del grupo es la típica de la Iglesia peregrinante, pero más aún en este tiempo, que va de la Ascensión a Pentecostés. Deben ser éstos días de oración. Dígnese el Señor enviar también ahora, por intervención de María, al Espíritu Santo.Él nos hará comprender mejor la Revelación de Cristo y nos hará practicarla; Él nos comunicará la alegría y el gozo de sentirnos cristianos y la fuerza suficiente para confesarlo en las dificultades.

Segunda Lectura:1 Pe 4, 13-16.

El contexto es el mismo que el de las lecturas anteriores. No debe causar extrañeza a los cristianos que el fuego -de la persecución- haya prendido entre ellos; tienen, como a Príncipe y Señor, a un perseguido. Si a mí me persiguieron, también a vosotros os perseguirán, había dicho Cristo una vez. Más aún, es una gracia que os debe llenar de alegría, participar de los sufrimientos de Cristo, perseguidos por ser cristianos, no por malhechores. Bienaventurados seréis, cuando os persigan por mi causa, había proclamado el Señor.

El tema empalma perfectamente con los temas que nos ofrece el evangelio. Sufrir con Cristo, es una gracia -por eso debéis alegraros-. La participación en los sufrimientos de Cristo conduce a la participación alborozada de la gloria que se manifestará en la venida de Cristo, es decir, os llevará a la gloria. El Espíritu de gloria -Espíritu de Dios- está en vosotros. Ese mismo Espíritu resucitará los cuerpos mortales, haciéndolos gloriosos, como resucitó y glorificó al de Cristo.

La actitud del cristiano, que confiesa abiertamente a Cristo y sufre persecución por su fe, da gloria a Dios. Dios a su vez lo glorificará en Cristo, en la vida eterna. Aparece, pues, el tema de la gloria. Ese Espíritu nos hace confesar a Cristo; esta confesión es glorificar a Dios y en último término alcanzar de Él nuestra propia glorificación. Se nos invita a glorificar a Dios en el momento de la adversidad.

Tercera lectura: Jn 17, 1- 11a.

Nos encontramos ya al final del discurso habido a los discípulos después de la Cena. Más propiamente hablando, son estos versillos la primera parte del tradicionalmente llamada Oración Sacerdotal. Cristo, antes de entregarse por los suyos, ruega por los suyos. Son sus últimas palabras.

Tema.- Parece ocupar un lugar muy importante el tema Gloria-Glorificación. Nótese que el tema aparece al principio (v.l), a la mitad (v.4-5) y al fin (v.10). Vamos, pues, a comenzar por este tema. Como punto de partida tomemos el v.5. Cristo nos habla de la Gloria que El poseía en el Padre antes de la constitución del mundo. Cristo alude, sin duda alguna, a su preexistencia. Antes que Abraham existiera, Yo soy dijo en cierta ocasión Cristo a los Judíos.(El primer versillo del Prólogo confirma esta verdad: El Verbo estaba en un principio en Dios y era Dios). La Gloria de que aquí se habla es la posesión de la naturaleza divina, común al Padre y al Hijo, v.10: Todo lo tuyo es mío; y todo lo mío es tuyo. El Verbo es Dios; el Verbo, sin embargo, se hizo carne y habitó entre nosotros, es decir, asumió la naturaleza humana. Hecho hombre lleva a cabo la misión que le encomendó el Padre: manifestar su Nombre (v.6-8). Cristo nos ha revelado al Padre, nos ha manifestado su voluntad de salvarnos y su amor infinito a los hombres. Está inminente el momento de dar término a la obra: salió del Padre y vuelve al Padre. La vuelta al Padre abarca como una unidad, la Pasión, la Muerte y la Resurrección. En una palabra, se trata de la glorificación, de la exaltación de Cristo, como Hijo de Dios y Señor de lo creado. La Exaltación lleva consigo la posesión de todo poder, el poder de dar la Vida, de hacer hijos de Dios etc.(Prologo.vv 14-16-17). Cristo Dios y Hombre pide la glorificación que ya poseía como Dios. A través de la muerte llega a la glorificación. Con el cumplimiento de la misión que el Padre le ha encomendado glorifica al Padre. Ahora pide al Padre lo glorifique a El. Véase Filipenses 2,6-11.

Cristo ha revelado al Padre. Los que aceptan la Revelación reciben la Vida Eterna, como dice el v.3 y los vv 12-13 del Prólogo. Estos son los que guardan su palabra (vv 6.7-8). Ha habido, naturalmente, una atracción del Padre en la aceptación de la Revelación. Por ellos ruega Jesús. Ellos forman una unidad con El; son sus amigos, no extraños. La aceptación de la Revelación da gloria al Hijo, proclamando, que Cristo es el Hijo de Dios.

El Padre glorifica al Hijo, colocándolo en el lugar que como Dios le corresponde. El Hijo glorifica al Padre cumpliendo la misión que le ha encomendado. Los discípulos reciben, a través de Cristo, de Dios la gloria de ser hijos suyos, aceptando la Revelación que Cristo hace del Padre. El Padre, por tanto, comunica al Hijo la gloria, y éste a los fieles; éstos, a su vez, glorifican al Hijo, como El al Padre, aceptando la gloria que les viene del Hijo.

Según lo dicho, podríamos exponer el evangelio en los siguientes términos. Cristo ha glorificado al Padre, cumpliendo su misión; ha manifestado al Padre y ha dado la vida, obedeciendo al Padre hasta la muerte de Cruz. El Padre ha glorificado al Hijo.lo ha resucitado de entre los muertos y lo ha elevado a un lugar sobre todo lugar; está sentado a su diestra, investido de todo poder y de toda gloria.Él tiene todo poder en el cielo y en la tierra; está esperando a ver a sus enemigos puestos como escabel de sus pies. Cristo vive glorioso en el seno del Padre. La obra de Cristo, sin embargo, no ha terminado todavía. Cristo sigue manifestando al Padre y comunicando la Vida divina a los hombres, mediante la predicación y vida de la Iglesia y la administración de los sacramentos. Durará esta situación hasta el fin de los tiempos, hasta que Cristo aparezca glorioso a todos los pueblos, sobre las nubes del cielo. Los fieles a su vez glorifican a Cristo y al Padre, confesando de palabra y de obra la divinidad de Cristo y su mesianismo a pesar de todas las dificultades. Cristo, en cambio, ruega por ellos, pues son suyos. La oración de Cristo es eficaz, tiene todo poder.Ésta es la actitud de Cristo delante del Padre: interceder por nosotros. Los que se niegan a recibirle forman lo que San Juan llama mundo. Son los que persiguen a los suyos; como tales no puede rogar por ellos. Sin embargo, también ellos son llamados a formar parte del rebaño.

Es oportuno, pues, después de la fiesta de la Ascensión, recordar a Cristo glorioso e intercediendo por nosotros. Se ha ido, pero está con el Padre e intercede por nosotros.