Domingo VI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Jr 17, 5-8

Esta pequeña pieza del libro de Jeremías presenta un marcado carácter sapiencial. Aunque no totalmente ausente en Jeremías, sí que es este estilo verdaderamente raro en él. Los autores piensan si no nos encontraremos con unos versillos oriundos de otro profeta o de otros tiempos. El mismo contexto parece, dicen, estar en cierto desacuerdo con ellos. Fuere lo que fuere de este asunto, ahí están esos versillos, pertenecientes de antiguo al libro de Jeremías, indicándonos, con su carácter sapiencial, cuál debe ser la orientación de nuestra conducta.

El estilo no es directo, apelativo a la persona, característico de los profetas. Es indirecto, de tono universal, más apto para la meditación, en todo tiempo, y fruto de la reflexión y de la experiencia.

Israel posee la palabra de Dios, la divina revelación. Posee además una larga experiencia. Puede hablarnos de bendición y de maldición. Dios le habló precisamente así, cuando le entregó la Ley como expresión de su amistad. Bendito el que la cumpla; maldito el que la olvide y la desoiga. La voz de Dios es eficaz; hace lo que dice y dice lo que hace. El Deuteronomio lo recordará a cada momento. La piedad personal asimiló pronto esta doctrina. Los salmos la evocan y la transparentan constantemente. De ahí los términos: fiel, infiel, justo, justicia, bendito, maldito, feliz aquél que, etc.

El texto que consideramos es breve, sencillo, de miembros bien proporcionados, transparente. En forma de antítesis coloca ante los ojos del lector dos caminos, dos conductas. La primera lleva el signo de la maldición; la segunda el signo de la bendición. Es la palabra de Dios quien lo garantiza. A primera vista, considerada la conducta común y cotidiana de los hombres, pudiera parecerle a alguno pura paradoja. Y lo es, en cierto sentido. La revelación y la larga experiencia, sin embargo, dan valor de realidad al aserto.

El hombre, que busca en el hombre su fuerza y pone en él su confianza, señala a aquél que no tiene otro lema en su vida ni otro principio de acción que el propio valer, el propio poder, el propio producir o el de los demás hombres. Es el hombre guiado por su propio capricho, por su propia avidez, siempre al margen del poder y del saber divinos. Es el hombre rastrero, el hombre de aspiraciones estrechas. Sus ojos cargados de tierra no pueden alcanzar puntos distantes ni abarcar horizontes amplios. Todo se queda aquí abajo. Todo nace y muere con el hombre. Una actitud tal no es meramente pasiva o estática, es enérgicamente activa y dinámica. Orienta toda la vida en esa dirección. El que elige este camino no permanecerá inactivo, echará mano de todo lo que alcancen sus brazos, para procurarse un bienestar seguro, dulce y terreno. Todo a ras de tierra. Se hará inhumano, egoísta, injusto y malo. Es el hombre que trata de regirse exclusivamente a sí mismo y para sí mismo, sin tener en cuenta otra cosa que su propio placer. La sentencia la lleva él mismo dentro de sí. No irá muy lejos. No posee ni la fuerza ni el vigor suficientes para medrar con lozanía. El terreno que pisa es salitroso e infecundo. Morirá de sed y falto de consistencia. Al fin y al cabo es él tierra seca (Adán). Su destino es la muerte. ¡Pobre de él!

Otra cosa es poner en Dios la esperanza. Entonces las palabras de Dios son la norma de las acciones. El hombre que se apoya en Dios no fracasará; tiene un buen fundamento. El edificio está construido sobre roca. Nadie podrá contra él. Vivirá siempre. Precisamente lleva dentro de sí el Espíritu de vida que lo supera todo. Ese Espíritu no muere, como muere la carne. Es sugestiva la imagen del árbol plantado junto a las aguas. Siempre verde, siempre frondoso, siempre cargado de frutos. No hay en él temor a la sequía ni a la contrariedad ni al viento huracanado de las persecuciones, pues Dios está con él. Ese hombre camina al lado de Dios. Sus ojos ven lo que ven los de Dios, su voluntad quiere lo que la de Dios quiere, su deseo alcanzará lo que Dios ya posee. ¡Bendito él! Lo dice el Señor Yavé.

Salmo Responsorial: Sal 1

Es el salmo primero del salterio. Es como el pórtico. Tras él dos caminos que puede uno seguir: el primero, junto a Dios, conduce a la salvación; el segundo, opuesto a El, lleva a la perdición. La bendición y la maldición acompañan a uno y a otro. Vuelve la imagen del árbol frondoso junto a las aguas para el primero; la paja que el viento arroja y el fuego quema para el segundo. La esperanza viva en Dios lleva a la vida. La desobediencia a su voluntad, a la muerte. ¿Cuál es nuestra conducta? ¿Dónde está nuestra esperanza? ¿Nos arrastramos o volamos? La bendición y la maldición se ciernen sobre nuestras cabezas; una como promesa, otra como amenaza.

Segunda Lectura: 1 Co 15, 12. 16-20

La Resurrección de Cristo tiene una repercusión extraordinaria en el mundo creado. Su radio de acción llega muy lejos. Podríamos decir que envuelve a todos los seres. Es, en verdad, un acontecimiento de alcance cósmico. La Resurrección del Señor ha puesto en movimiento un mundo nuevo. Todos los seres están orientados a él. La creación vieja suspira por verse vivificada en él. El hombre es quizás el ser más agraciado. San Pablo nos lo recuerda en esta carta a los corintios. Aquí, en las líneas leídas, se limita Pablo a dibujar, con pocos pero vigorosos trazos, la estrecha relación que existe entre Cristo Resucitado y nuestro destino a la gloria, mediante la resurrección. El edificio levantado por Pablo a este respecto brilla por su hermosura. Veamos las primeras piezas en los versillos leídos.

Cristo ha resucitado. Este es el hecho. No es una teoría, ni un teorema, ni una hipótesis, ni una verdad de tipo filosófico, ni siquiera una intuición mental. Es un hecho histórico. Sucedió en el tiempo, en un lugar determinado. Cristo, que murió, está sentado a la derecha de Dios, coronado de poder y de gloria. Es un hecho que se ha impuesto por propia fuerza. De ello dan testimonio los apóstoles con la fuerza del Espíritu Santo. Ellos lo han visto. También Pablo. Y no es otra su misión que anunciarlo al mundo entero.

La Resurrección de Cristo no es un hecho aislado, sin repercusión en el mundo creado. Cristo resucitado es el centro de la nueva creación. Toda la creación recobra en él su sentido. Cristo es el primer resucitado. Otros seguirán después de él. Así es el plan de Dios. Cristo resucitado reunirá a muchos en torno a sí. No hay un primero sin un segundo; ni un primero sin un después. Cristo ha resucitado como el primero de todos. La Resurrección de Cristo es el primer eslabón de la cadena. Si negamos la existencia de los otros eslabones, desaparece la cadena y desaparece el primer eslabón. Todo habría sido un sueño. Y San Pablo no habla de sueños, sino de hechos.

Por otra parte, Cristo resucitado no es tan sólo el primero en la larga serie que Dios ha destinado a la resurrección; es que Cristo es también la causa de ella. Con la resurrección de Cristo se ha puesto en marcha nuestra propia resurrección, tan en verdad como verdad y realidad es que Cristo ha resucitado. Cristo resucitado, constituido Señor en poder y majestad, es el Señor de la vida y del Espíritu. Cristo nos resucitará a nosotros. Si su Espíritu habita en nosotros, ese mismo Espíritu nos volverá a la vida de forma maravillosa. El Espíritu nos viene de él. La fe es ya el comienzo.

El Espíritu Santo es ya una realidad en nosotros. Somos su templo; templo de Dios por tanto. Han sido borrados de nosotros los pecados, hemos vuelto a ser amigos de Dios y en El podemos llamar a Dios ¡Padre! Él es la garantía, la prenda de nuestra futura resurrección. Tenemos ya la vida divina en nosotros, el germen que nos llevará a la resurrección. Por eso, nuestra esperanza es firme y segura.

Así de hermoso es el edificio delineado por Pablo, edificio que se remonta a Cristo. El edificio goza de firmeza y perennidad; la piedra donde descansa es Cristo resucitado. Realidad es la resurrección de Cristo. Así de real es el don del Espíritu y nuestra futura resurrección.

Si los muertos no resucitan, arguye Pablo, todo el edificio se viene abajo. Ni Cristo resucitó, ni nuestra fe en él nos vale; ni los pecados, en consecuencia, se nos han perdonado -ya que se nos perdonan en nombre de Cristo Resucitado-; ni poseemos el don del Espíritu; ni podemos llamar a Dios ¡Padre! Somos, en esa hipótesis, los más desgraciados, pues hemos trabajado con sudor para levantar un edificio que se desploma solo y mantener viva una esperanza que resulta ser vana. Pero no; ¡Cristo ha resucitado!

La vida cristiana no es un puro romanticismo. Tiene una fe sólida y bien fundada y una esperanza bien concreta. Merece vivirse la vida cristiana. Es un serio compromiso, coronado con una gloria eterna.

Tercera Lectura: Lc: 6, 17. 20-26

Tan sólo Lucas y Mateo traen las bienaventuranzas. Y, en verdad, en forma diversa. No podemos detenernos a tratar de resolver todos los problemas que tales diferencias presentan a los ojos de los estudiosos, respecto a su origen, número, tenor y significado. Hoy por hoy, se opina que es Lucas quien más se acerca, en el número y en el tenor verbal, al texto primitivo de las bienaventuranzas. Sin embargo, conviene siempre mirar de reojo el texto presentado por Mateo para acertar con el sentido de las bienaventuranzas traídas por Lucas.

Es propio de Lucas el número. Son aquí cuatro las bienaventuranzas en lugar de las 8 ó 9 de Mateo. El estilo es directo, de sabor profético, incisivo; lo mismo las malaventuranzas. El Ay de vosotros nos recuerda a los profetas. La ausencia de la palabra espíritu en la primera, dirigida a los pobres, y de la de justicia en la que se apela a los hambrientos le da un tinte especial al texto. No olvidemos al Lucas interesado por el orden social. Para él la pobreza real tiene cierto valor teológico. Su evangelio es el evangelio de los pobres y el de los afligidos. Propio también de Lucas es el contraste de las cuatro bienaventuranzas. Son el reverso de las primeras. No podemos perderlas de vista, pues así las bienaventuranzas reciben una significación concreta y bien definida. Es también propio el escenario. Es una llanura. Allí están los Doce en primer plano; tras ellos, un grupo grande de discípulos; y, al fondo, numeroso pueblo, venido de toda Palestina: Judea, Jerusalén, Galilea donde nos encontramos, Tiro y Sidón. La escena reviste cierta solemnidad. Por algo es la proclamación, en cierto sentido, de la ley nueva. Cierto aire de universalidad, en cuanto al público, lo envuelve todo. Los discípulos son los destinatarios más inmediatos.

Mateo ha alargado el número de las bienaventuranzas. Tienen un sabor sapiencial de virtudes cristianas. El escenario nos recuerda, al fondo, la gran figura de Moisés, promulgando al pueblo la Ley de Dios. Cristo es el Nuevo Moisés; su Ley, la Nueva Ley. La determinación de pobres y hambrientos con las palabras de espíritu y justicia es oportuna. Podría haber habido mala interpretación.

Pasemos a examinar el sentido de las bienaventuranzas y de sus respectivas malaventuranzas.

Las tres primeras bienaventuranzas van dirigidas, en el fondo, a la misma clase de personas. Los pobres, los hambrientos, los afligidos que elevan a Dios sus lamentos y le exponen sus angustias, son en el fondo los mismos. La forma externa varía; la condición fundamental es la misma. ¿Quiénes son los pobres, los hambrientos y los afligidos? Aquéllos que carecen de bienes de fortuna. (Lucas parece subrayar el aspecto material de tal condición, al no colocar la palabra precisa de espíritu y justicia). Por ello, por no tener, es por lo que son desechados de la sociedad, arrojados y oprimidos. Nadie les atiende, nadie les ayuda, nadie los acoge y defiende. Comprensible el llanto, la necesidad y el hambre. Se encuentran en el más completo desamparo. Materialmente nada tienen que ofrecer a la sociedad y a los poderosos. A este aspecto material del concepto pobre hay que adosar, como integrante, el concepto religioso de piadoso. En este sentido, pobre es el que se acoge a Dios, el que somete su voluntad a la divina, el que coloca en Dios toda su vida y todo su porvenir. Son pobres, pues no tienen a veces ni para cubrir las necesidades más apremiantes; son desechados, sufren hambre y miseria y claman a Dios en medio de su angustia. Pero se acogen a Él, esperan en Él, cumplen su voluntad y le sirven. No envidian, no desesperan, no maldicen. El juicio de Dios es para ellos toda su esperanza. En él colocan su vida y el mundo entero. Ese es el pobre.

Es claro que entre estos dos aspectos del concepto pobre, material y religioso, corre una estrecha relación. Sin querer decir que todo pobre sea, de por sí, religioso, y que todo religioso sea, de por sí, pobre (materialmente, se entiende) lo común es, en realidad, que el pobre material está en mejor disposición de acudir a Dios, de esperar en Él y de servirle que el rico, que se siente fuerte en sí mismo, oprime y aplasta. Con la riqueza no es raro encontrar la codicia, el soborno, la opresión y la injusticia.

¿Cuál es la promesa de Dios a los pobres? ¿Cuál es su esperanza? A los pobres que no tienen, se les ha prometido la posesión del Reino; lo poseerán plenamente. A los que gimen afligidos, oprimidos o desechados, les espera la alegría eterna, el gozo que no acaba. A los hambrientos que sufren necesidad dura, les aguarda el banquete preparado por Dios desde la eternidad; es el reino de los cielos, figurado de esa forma. Los bienes prometidos son bienes escatológicos. Miran al fin. No se habla de una revolución social a corto plazo, ni siquiera a largo. Son los bienes últimos. Porque son eternos y perfectos, saciadores plenamente, se les llama bienaventurados a los que los posean. Poseen, en realidad, el gran y único Bien. ¡Felices ellos!

La cuarta bienaventuranza se destaca un tanto de las tres anteriores. Los seguidores de Cristo han de participar de su Pasión de una forma o de otra. Muchos de ellos han de ser perseguidos, maltratados, excluidos de la sociedad, insultados y llevados a la muerte. Se les ha de negar hasta los derechos más elementales. El nombre cristiano va a ser odiado y escarnecido. No hay por qué temer. Bienaventurados ellos. El premio que les aguarda es óptimo y supremo. Deben alegrarse de ello, ya aquí en la tierra. No sólo sufrir con paciencia los insultos, sino también alegrarse de ello. Entran dentro del grupo elegido de Dios: así Cristo y los profetas. Todos ellos gozan de la bienaventuranza divina. Nadie se la podrá arrebatar.

Las cuatro malaventuranzas nos recuerdan a los profetas. Sirven para advertir, amenazar, condenar, según los casos. Todas ellas se dirigen aquí a una misma clase de personas, en sustancia. En concreto revisten diversa forma externa. ¿Quiénes son todos ellos? A la condición material de ricos hay que añadir una actitud religiosa negativa, cierta impiedad. El rico es aquél, según esto, que goza, como de únicos valederos en absoluto, de los placeres de este mundo. No le impresiona la necesidad del prójimo ni estima en modo alguno las promesas divinas. Aun las mismas amenazas le causan risa. Su riqueza le hace sacar partido de los pobres. No hay más bienes que sus bienes. El único fin del hombre es el disfrute de los bienes y placeres. La hartura y saciedad es la meta y el término. Se deleita, como en cosa suprema, en la alabanza de los hombres. No le importa nada, ni entiende siquiera, la gloria de Dios. Dios no cuenta prácticamente. Así se conduce esta clase de gente. Todos ellos reciben aquí su recompensa. Los ricos disfrutan; viven saciados o buscan por todos medios serlo; ríen y gozan alocadamente; son alabados y agasajados por los hombres. Ay de ellos, han recibido su recompensa aquí. Todo lo de aquí pasa. La risa, el disfrute, la fama, todo se desploma irremisiblemente. La pérdida de los bienes eternos los sumergirá en el llanto, en la eterna miseria, en el más tremendo desconcierto, en la vergüenza más dura y en el remordimiento más acerbo. Se derrumbó toda su gloria y toda su hacienda. ¡Infelices de ellos! Los bienes de este mundo, en sí bienes, los han apartado del recto camino de salvación.

¿Qué papel desempeñan las bienaventuranzas en el evangelio? No es fácil declararlo en pocas palabras.

Por supuesto que se trata, según hemos explicado, de una actitud religiosa y moral. Pero no podemos de ningún modo separar de ella una condición real de pobreza. Los hombres que viven en ella aparecen, ante los ojos de los demás, como infelices y desgraciados. En aquellos tiempos, como despreciables y vitandos. Ahí está la paradoja: a los que el mundo llama, ve y considera infelices y desgraciados, Cristo proclama bienaventurados. Para ellos es el Reino de los cielos. Los bienes de este mundo no tienen ningún valor respecto a los bienes escatológicos. Más aún, sirven de tropiezo y de obstáculo. Así es el Juicio divino. Dios lo ha dicho; así son las cosas realmente. Ese es el valor de las cosas y de las situaciones ante Él. Es un consuelo ese juicio de valor y esa promesa. Aunque míseros a los ojos de los hombres, deben rebosar de alegría, sabiendo el fin que les espera. No hay resentimiento, ni envidia, ni odio en ellos. Los bienes que otros poseen no merecen la pena de ser envidiados. Los hombres, que cifran en la posesión de esos bienes todo su consuelo, se cierran a sí mismos el camino de la gloria eterna y amontonan para sí la indignación divina por las injusticias que cometan. La palabra de Cristo nos da una visión opuesta de las cosas.

Consideraciones

Dada la importancia que tienen las bienaventuranzas en la predicación de Cristo y en la tradición de la Iglesia, vida sobre todo monástica y religiosa, es cosa clara que hay que presentarlas a la consideración de los fieles. Por otra parte, la constante inclinación del hombre a invertir el verdadero orden de los valores, que propone la revelación divina, exige una constante vigilancia y una frecuente reincidencia en estos temas. Las palabras de Cristo son un radical y definitivo mentís a la filosofía y sabiduría de este mundo. Cristo mismo nos ha asegurado, con su resurrección de entre los muertos, un destino que la mente humana no pudo sospechar. Debido a ello, cambian de signo las realidades de este mundo. Todo se ha de medir según ese fin. Es malo todo aquello que nos impide llegar a él; es bueno, en cambio, lo que nos facilita el camino. Esto nos hace pensar en Pablo. De este modo las tres lecturas apuntan en una misma dirección. Las tres nos invitan a reflexionar. Hemos de resucitar; benditos los que resuciten en inmortalidad; los pobres son los agraciados.

Reflexiones

A) Primera lectura. La literatura sapiencial del Antiguo Testamento, representada aquí en las palabras de Jeremías de forma contundente y definitiva, nos abre el camino a la inteligencia de las bienaventuranzas. La felicidad del hombre, en último término; el acierto del hombre al elegir el camino que lleva al éxito verdadero, la posesión de los auténticos bienes que llenan las más profundas y legítimas aspiraciones humanas, están en relación necesaria con Dios. El hombre, abandonado a sí mismo, no da con su propio fin; yerra, menosprecia lo auténtico, sobreestima lo caduco, edifica sobre arena, resbala, cae, sucumbe. Nos lo recuerda un adagio del Antiguo Testamento: Initium sapientiae timor Domini. Viene a decir: el acierto, el éxito definitivo, el arte de vivir bien y de alcanzar el último fin, está en el servicio divino. Dios es todo para el hombre. Poseeremos a Dios, si con Él pensamos, si con Él queremos, si con Él obramos; en una palabra, si colocamos toda nuestra vida en Él, toda nuestra esperanza. La imagen del árbol plantado junto a las aguas nos lo recuerda: salvación eterna. La imagen de la planta del desierto y de la paja que arrebata el viento nos advierte: condenación eterna.

El hombre que espera en Dios obra el bien, edifica la auténtica civilización, levanta la auténtica personalidad del individuo y de la sociedad. Quien la pone en sí mismo o en los hombres no llega a superar el reducido horizonte del tiempo y del espacio. Todo se le queda aquí. Sus miradas son de corto alcance; sus afanes desdichados; sus gustos depravados; sus deseos violentos e injustos; su fin la destrucción y la muerte. El Nuevo Testamento refuerza esta visión.

B) Segunda lectura. Pablo nos asegura la resurrección última. La vida entera del hombre está toda ella orientada hacia ahí. Hay una salvación y una condenación. De ello no se puede dudar. Ante la seriedad del fin, conviene ordenar seriamente nuestra vida. La fe nos ha de mantener firmes en la esperanza; el perdón de los pecados, con la constante conversión que lo acompaña, en estrecha unión con el Dios que nos salva. Debemos obrar el bien.

C) Tercera lectura. Los pobres, los afligidos, los hambrientos y los perseguidos por el nombre de Cristo son los herederos del Reino. Los ricos son excluidos. Esto nos debe hacer pensar. ¿Cuál es nuestra actitud respecto a los bienes de este mundo? ¿Los deseamos con verdadero afán, como si fueran nuestra única felicidad? ¿Colocamos en ellos nuestra esperanza? ¿Luchamos denodadamente por ellos, con perjuicio de los verdaderos bienes? ¿Están nuestras manos manchadas de injusticias? ¿Los estimamos como un peligro? / ¿Deseamos ser pobres? ¿Envidiamos a los ricos? ¿Buscamos los bienes de Dios? ¿Está en Él nuestra esperanza? ¿Odiamos a los que poseen? ¿Nos gozamos de ser pobres? / ¿Amamos eficazmente a los pobres? ¿Los admiramos? ¿Son los primeros en nuestras palabras y afectos? ¿Nos avergonzamos de ellos? ¿Son ellos los más atendidos? ¿Reciben ya entre nosotros, aquí abajo, lo que recibirán eternamente? ¿Es verdad que en el Reino de los cielos, en la Iglesia de Dios, comienzan a gustar la alegría, el aprecio, el consuelo y la hartura debido a nuestra conducta cristiana? ¿Es, en verdad, la resurrección de los muertos la meta afectiva de nuestro espíritu?

Notas: 1. La oración colecta a Dios: Merezcamos tenerte siempre con nosotros. También va por ahí la oración última. Hay que pedirlo; pega muy bien con las lecturas. 2. Documento de Damasco (Qunram): «Los idiotas, los locos, los tontos, los dementes, los ciegos los lisiados, los cojos, los sordos, los menores: ninguno de ellos entrará en el seno de la comunidad, porque los ángeles santos están presentes en ella». Es lo más contrario al Evangelio. (Vd. Lc 14, 21).