Domingo VI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Lev 13, 1-2. 44-66: El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.

El libro del Levítico, llamado así por los traductores de la Biblia de la así llamada de los Setenta, pertenece al grupo de los libros -los cinco primeros de la Biblia- que los antiguos convinieron en llamar Pentateuco. El nombre indicado de Levítico, responde al material que recoge este volumen. Reciben lugar apropiado en él tradiciones, leyes, costumbres antiguas referentes en su mayor parte a los sacerdotes y al mundo cultual, donde estos se mueven. La idea de la Santidad da coherencia a un conglomerado de leyes de origen y valor muy diversos. El núcleo principal proviene de Moisés.

Dios es Santo. He ahí la clave del libro. La tradición sacerdotal, verda­dera artífice de la obra, presenta la santidad de Dios bajo un aspecto mar­cadamente cultual. Por eso tanto el sacerdote como el pueblo en su trato con Dios deben aparecer Santos cultualmente. De ahí las leyes referentes a la puridad e impuridad, tema este donde nos encontramos en la lectura pre­sente.

La lepra. -Enfermedad terrible y contagiosa-. No podía menos de dedi­carle la tradición sacerdotal un apartado en su colección de leyes. Por una parte, esta enfermedad -descomposición del individuo- no podía aparecer di­sociada de la impureza legal -cadáveres, suciedad, muertos…- dados los co­nocimientos de los antiguos. Por otra parte, su fácil contagiosidad, en un mundo falto de defensas, no podía menos de poner en guardia a los dirigen­tes responsables de la comunidad. Había que velar por ella. La lepra ame­naza su existencia seriamente. El diagnóstico pertenece al sacerdote, más instruido, conocedor oficial del valor cultual de las cosas.

Al leproso se le aleja por impuro de las reuniones litúrgicas, por conta­gioso de la vida de sociedad. Se le arranca de la familia -de los hijos, de los padres, del esposo o esposa, de los parientes- de los amigos; se le priva de la alegría de la convivencia social y del gozo que uno experimenta en el culto a Dios en lugares de concurrencia popular. Debía caminar y vivir solo, anun­ciando a grandes voces su presencia a los transeúntes. Todos se alejaban de él como de una maldición. Situación extremadamente trágica. Se le conside­raba un castigo de Dios.

En la disposición del Levítico, al lado de la auténtica lepra, se catalogan aquellas enfermedades de la piel en mayoría- que guardan aparentemente con ella alguna relación. La ciencia de entonces no alcanzaba a distinguir­las. A pesar de todo, nos parece la disposición un tanto cruel.

Segunda Lectura: 1 Co 10,31-11,1: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

S. Pablo da fin en estos versillos al problema un tanto intrincado de los idolotitos. El asunto merecía atención. Pablo lo ha considerado bajo diversos aspectos: libertad en las comidas y bebidas, posible escándalo de algunos, conducta a seguir. La regla de Pablo es siempre la misma: Libertad, limi­tada y ordenada por la Caridad. Esta ha de ser la que determine y dirija las acciones en el mundo cristiano.

A la luz de esto debe de entenderse la frase:…Haced todo para gloria de Dios. Nuestras acciones no servirán para gloria de Dios, si con ellas herimos la caridad. No ha de ser la propia comodidad, el propio gusto o provecho, sino la caridad el móvil de nuestras acciones. Con ella todo va hacia Dios; con ella lo indiferente se vuelve santo. Lejos de nosotros, abusando de la li­bertad que hemos adquirido, el escándalo, ya con unos ya con otros. Ahí está el ejemplo de Pablo: todo para todos. Así fue Cristo, que dio la vida por los demás.

Tercera Lectura: Mc 1,40-46: Le desapareció la lepra y quedó limpio.

Pasaje totalmente transparente. Un leproso. Un hombre alejado de la so­ciedad. Ni civil ni culturalmente tiene acceso a la convivencia con los huma­nos. S e le considera peligroso. Es una amenaza grave para la comunidad. Se le arroja de ella. Todos lo evitan. A algunos pudiera parecer que es un maldito de Dios.

Este pobre hombre ve en un momento la posibilidad de reintegrarse a la sociedad. De rodillas pide fervorosamente al maestro, de quien ha oído ma­ravillas, tenga a bien curarlo de su enfermedad. Cristo accede, tiene piedad de él. Un acto de voluntad, una palabra lo deja al momento limpio. Sigue un mandato: «No lo diga a nadie». Era pedir casi un imposible. Naturalmente no es obedecido. La presentación al sacerdote era necesaria para una admisión oficial a la comunidad. Se cumple así el precepto del Levítico. Jesús lo de­vuelve a la comunidad santa, al culto.

Consideraciones

A) Hay muchas personas que por sus acciones o por su educación y tem­peramento, o por su salud precaria y puede que hasta contagiosa se encuen­tran un tanto marginados de la sociedad. Pensemos en los hospitales, en los asilos, en las cárceles, en los manicomios, en los pobres, en los abandonados. A todos los separa una barrera más o menos gruesa de la sociedad. Muchas veces es ella misma la que los arroja de sí. Algunos son indeseables. La so­ciedad es a veces cruel. ¿Dónde están las instituciones cristianas que los atiende? He ahí un campo inmenso. ¿Nos toca algo de ello a nosotros? Para curar hay que ser médico; para aconsejar, sabio; para consolar, consolador. Se abre un gran horizonte. ¡Queremos ayudarles! Somos la voluntad salva­dora de Dios.

Naturalmente esto puede que nos moleste. Ese sería un buen empleo de la libertad, de que habla Pablo. Todo para todos. Salud para el enfermo, con­suelo para el triste. Así fue Cristo. De este modo nuestras obras darán glo­ria a Dios.

B) Cristo cura la lepra. Lo incurable, lo contagioso, lo impuro, la maldi­ción los extirpa Cristo con solo su palabra. Pero no sólo eso. Cristo puede ha­cer cosas más grandes: puede perdonar los pecados. Esa es la verdadera le­pra del hombre. Cristo nos ofrece su mano. Nótese la actitud del leproso: pi­dió encarecidamente, pues se sentía enfermo. Ese es el primer paso. Somos pecadores. Pidamos a Cristo nos sane de todo lo que sepa a pecado, de todo lo que se parezca a lepra. El es el Salvador. El nos promete la vida eterna. Fuera de El no hay salvación. (El salmo habla del perdón del pecado).

Domingo VI del tiempo ordinario

Primera Lectura: Lev 13, 1-2. 44-66: El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.

El libro del Levítico, llamado así por los traductores de la Biblia de la así llamada de los Setenta, pertenece al grupo de los libros -los cinco primeros de la Biblia- que los antiguos convinieron en llamar Pentateuco. El nombre indicado de Levítico, responde al material que recoge este volumen. Reciben lugar apropiado en él tradiciones, leyes, costumbres antiguas referentes en su mayor parte a los sacerdotes y al mundo cultual, donde estos se mueven. La idea de la Santidad da coherencia a un conglomerado de leyes de origen y valor muy diversos. El núcleo principal proviene de Moisés.

Dios es Santo. He ahí la clave del libro. La tradición sacerdotal, verda­dera artífice de la obra, presenta la santidad de Dios bajo un aspecto mar­cadamente cultual. Por eso tanto el sacerdote como el pueblo en su trato con Dios deben aparecer Santos cultualmente. De ahí las leyes referentes a la puridad e impuridad, tema este donde nos encontramos en la lectura pre­sente.

La lepra. -Enfermedad terrible y contagiosa-. No podía menos de dedi­carle la tradición sacerdotal un apartado en su colección de leyes. Por una parte, esta enfermedad -descomposición del individuo- no podía aparecer di­sociada de la impureza legal -cadáveres, suciedad, muertos…- dados los co­nocimientos de los antiguos. Por otra parte, su fácil contagiosidad, en un mundo falto de defensas, no podía menos de poner en guardia a los dirigen­tes responsables de la comunidad. Había que velar por ella. La lepra ame­naza su existencia seriamente. El diagnóstico pertenece al sacerdote, más instruido, conocedor oficial del valor cultual de las cosas.

Al leproso se le aleja por impuro de las reuniones litúrgicas, por conta­gioso de la vida de sociedad. Se le arranca de la familia -de los hijos, de los padres, del esposo o esposa, de los parientes- de los amigos; se le priva de la alegría de la convivencia social y del gozo que uno experimenta en el culto a Dios en lugares de concurrencia popular. Debía caminar y vivir solo, anun­ciando a grandes voces su presencia a los transeúntes. Todos se alejaban de él como de una maldición. Situación extremadamente trágica. Se le conside­raba un castigo de Dios.

En la disposición del Levítico, al lado de la auténtica lepra, se catalogan aquellas enfermedades de la piel en mayoría- que guardan aparentemente con ella alguna relación. La ciencia de entonces no alcanzaba a distinguir­las. A pesar de todo, nos parece la disposición un tanto cruel.

Segunda Lectura: 1 Co 10,31-11,1: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

S. Pablo da fin en estos versillos al problema un tanto intrincado de los idolotitos. El asunto merecía atención. Pablo lo ha considerado bajo diversos aspectos: libertad en las comidas y bebidas, posible escándalo de algunos, conducta a seguir. La regla de Pablo es siempre la misma: Libertad, limi­tada y ordenada por la Caridad. Esta ha de ser la que determine y dirija las acciones en el mundo cristiano.

A la luz de esto debe de entenderse la frase:…Haced todo para gloria de Dios. Nuestras acciones no servirán para gloria de Dios, si con ellas herimos la caridad. No ha de ser la propia comodidad, el propio gusto o provecho, sino la caridad el móvil de nuestras acciones. Con ella todo va hacia Dios; con ella lo indiferente se vuelve santo. Lejos de nosotros, abusando de la li­bertad que hemos adquirido, el escándalo, ya con unos ya con otros. Ahí está el ejemplo de Pablo: todo para todos. Así fue Cristo, que dio la vida por los demás.

Tercera Lectura: Mc 1,40-46: Le desapareció la lepra y quedó limpio.

Pasaje totalmente transparente. Un leproso. Un hombre alejado de la so­ciedad. Ni civil ni culturalmente tiene acceso a la convivencia con los huma­nos. S e le considera peligroso. Es una amenaza grave para la comunidad. Se le arroja de ella. Todos lo evitan. A algunos pudiera parecer que es un maldito de Dios.

Este pobre hombre ve en un momento la posibilidad de reintegrarse a la sociedad. De rodillas pide fervorosamente al maestro, de quien ha oído ma­ravillas, tenga a bien curarlo de su enfermedad. Cristo accede, tiene piedad de él. Un acto de voluntad, una palabra lo deja al momento limpio. Sigue un mandato: «No lo diga a nadie». Era pedir casi un imposible. Naturalmente no es obedecido. La presentación al sacerdote era necesaria para una admisión oficial a la comunidad. Se cumple así el precepto del Levítico. Jesús lo de­vuelve a la comunidad santa, al culto.

Consideraciones

A) Hay muchas personas que por sus acciones o por su educación y tem­peramento, o por su salud precaria y puede que hasta contagiosa se encuen­tran un tanto marginados de la sociedad. Pensemos en los hospitales, en los asilos, en las cárceles, en los manicomios, en los pobres, en los abandonados. A todos los separa una barrera más o menos gruesa de la sociedad. Muchas veces es ella misma la que los arroja de sí. Algunos son indeseables. La so­ciedad es a veces cruel. ¿Dónde están las instituciones cristianas que los atiende? He ahí un campo inmenso. ¿Nos toca algo de ello a nosotros? Para curar hay que ser médico; para aconsejar, sabio; para consolar, consolador. Se abre un gran horizonte. ¡Queremos ayudarles! Somos la voluntad salva­dora de Dios.

Naturalmente esto puede que nos moleste. Ese sería un buen empleo de la libertad, de que habla Pablo. Todo para todos. Salud para el enfermo, con­suelo para el triste. Así fue Cristo. De este modo nuestras obras darán glo­ria a Dios.

B) Cristo cura la lepra. Lo incurable, lo contagioso, lo impuro, la maldi­ción los extirpa Cristo con solo su palabra. Pero no sólo eso. Cristo puede ha­cer cosas más grandes: puede perdonar los pecados. Esa es la verdadera le­pra del hombre. Cristo nos ofrece su mano. Nótese la actitud del leproso: pi­dió encarecidamente, pues se sentía enfermo. Ese es el primer paso. Somos pecadores. Pidamos a Cristo nos sane de todo lo que sepa a pecado, de todo lo que se parezca a lepra. El es el Salvador. El nos promete la vida eterna. Fuera de El no hay salvación. (El salmo habla del perdón del pecado).