Domingo VI del tiempo ordinario

Primera lectura: Si 15, 16-21.

Libro del Eclesiástico. Escrito sapiencial. Sabiduría de los antiguos a la luz de la historia de la salvación. Conocimiento práctico, adiestramiento eficiente; comportamiento que provoque la bendición de Dios. En este fragmento, sabiduría y libertad; sabiduría de Dios y libertad del hombre, en especial. Todo un mundo por explorar, todo un misterio por contemplar.

Dios, sabio, ha creado libre al hombre. La libertad del hombre no se comprenderá, si no es a la luz de Dios, libre, bueno y sabio. Dios no aplasta la libertad del hombre, en el gobierno del mundo; antes, cuenta con ella. Y es un misterio. Pues, si bien Dios gobierna todas las cosas con sabiduría, cuenta con la posible actitud respondona de su criatura predilecta. Y esto también es sabiduría y acierto: dirigir sabiamente la idiotez y perversidad del que fue creado para ser interlocutor positivo del Dios sabio, bueno y creador. Pero, el hecho de que el hombre en su negativa caiga dentro de los planes misteriosos de la sabiduría de Dios, no lo priva de su propia responsabilidad. El texto habla de ello.

El hombre es libre y puede decir un no a l bien y un sí al mal; puede, en otros términos, abusar de su libertad. Pero es responsable: es sujeto de atribución en sus intervenciones y ha de responder de sus actos. Y sus obras pueden ser para bien o para mal, para la vida o para la muerte; creado para la vida, puede causar la muerte. Gran misterio. Sin embargo, la sabiduría de Dios lo comprende todo. Sabio es Dios hasta, y precisamente, en el insensato obrar de los hombres.

El hombre sabio intentará asimilar la sabiduría de Dios, contribuyendo con él a la vida. El necio deberá responder ante él por haber elegido la muerte. El sabio saca hasta del mal bienes; el necio, por el contrario, corrompe el bien en males. Al fondo de todo, Dios supremo y definitivo Juez.

Salmo Responsorial: Sal 118.

Salmo de carácter sapiencial; alfabético cada ocho versos. Obra más bien de un versificador que de un poeta. Con todo, instructivo y valioso. Se suceden, sin mayor orden o estructura, máximas, súplicas, deseos, propósitos… Por sus frases breves y jugosas, ofrece un excelente material para elevar el espíritu a Dios, a modo de jaculatorias.

En el texto pasamos de una reflexión -carácter sapiencial-, estrofa primera, a una interlocución con Dios -es oración-, estrofa segunda. La tercera estrofa se abre decididamente en súplica con un propósito de adhesión al Señor. La cuarta la mantiene.

Las expresiones son ricas en matices. Como fondo común: cumplir la voluntad de Dios conduce a la vida. Y como conciencia profunda: sólo Dios puede darnos el buen obrar. De todo ello: aclamación, petición, deseo, propósito… Pidamos a Dios un gran respeto por su ley y la gracia de cumplir su voluntad. Nosotros ejercitémonos en la reflexión y en el deseo de acertar.

Segunda lectura: 1 Co 2, 6-10.

Primera carta de Pablo a los Corintios. Discurso de la cruz. Vuelve el tema de la sabiduría de Dios. Presentada, esta vez, como manifestación y comunicación, en misterio, del misterio salvífico de Dios.

El texto habla, en efecto, de una manifestación y comunicación de Dios. Vienen de arriba y tienen por sujeto y objeto a Dios mismo salvador. Los destinatarios son los hombres y la persona, acontecimiento en el que se verifican, es Cristo Jesús. Son de carácter salvífico y transformante: salvan y transforman al hombre. El medio es la fe viva en Cristo Jesús. Con ello queda el hombre envuelto y transformado por la gloria de Dios para gloria nuestra dice Pablo. El Señor de la gloria -muerto y resucitado- nos hace gloriosos, nos introduce en el mismo misterio de Dios salvador. El acontecimiento es inefable; ni oído oyó ni ojo vio comenta Pablo. Semejante maravilla sería inconcebible sin la maravillosa presencia del Espíritu Santo en el hombre.Él es el que transforma nuestra naturaleza en imagen gloriosa de la transformante naturaleza humana glorificada de Jesús.

El mundo se halla incapacitado para comprender y realizar semejante portento. Ni lo sospecha, ni lo entiende, ni lo espera, ni lo vive. Los príncipes de este mundo, en cuanto tales, corren al margen de él, cuando no en contra. Debemos recordarlo, para no sorprendernos de ello.

Alabanza a Dios que hace tales maravillas; acción de gracias porque nos hace beneficiarios de su gloria; reflexión sobre el misterio para concienzarnos profundamente de nuestra condición de sabios en el misterio de Dios y de nuestra situación en coordinadas diversas de las que mueven los ejes del mundo.

Tercera lectura: Mt 5, 17-37.

Dado que el pasaje es extraordinariamente extenso, no parece oportuno ni viable detenerse a examinar cada una de las expresiones. Basten unas consideraciones que faciliten su inteligencia.

Distingamos, de momento, los versillos 17-20 como introducción general al conjunto de antítesis que se alargan hasta el final del capítulo quinto. Sobre ellos vaya lo siguiente:

a) Interés Cristológico. Cristo ocupa el lugar central: yo he venido para…, yo os digo… Inconfundible la carga de autoridad y el rango de exclusividad que lo destaca de profetas y enviados anteriores. Se pregusta ya el yo enfático del evangelio de Juan. Ese yo lo acerca a Dios por encima de Moisés. Por lo tanto, no se entenderá jamás el sermón del monte sin una estrecha referencia a su persona. Dios en él y él en Dios de forma especial y única. Las antítesis lo irán corroborando.

b) Interés no místico. El punto o tema de referencia es la Ley y los profetas en un bloque. La Ley como norma de acción dentro de las relaciones de Dios con el hombre en el pacto. Jesús ha enseñado y ha practicado los mandamientos de Dios: amor a Dios y amor al prójimo. Dios sigue siendo la suprema autoridad definitiva. ¿No iban por ahí las exigencias, en conjunto, de la Ley y los profetas? Jesús se coloca en esa línea y se proclama el más decidido y entregado hombre de Dios en llevar hasta su expresión más precisa y detallada -una coma, una tilde- las exigencias del amor a Dios y al prójimo. Jesús, pues, no desvirtúa la Ley; la cumple en profundidad.

c) Interés profético. Con esto señalamos el aspecto profético de la intervención de Jesús respecto a la Ley y los profetas. O, si queremos, el aspecto cristológico de la institución "Ley y profetas". La Ley y los profetas reciben su cumplimiento, su plenitud en Cristo Jesús. Cristo Jesús les ha dado su original y definitivo sentido. En él ha de entender el cristiano la Ley, y en él ha de ser practicada, pues la Ley va, desde su origen, hacia Jesús. No en vano se consuma en Jesús la nueva Alianza de Dios. No hay, pues, ley fuera de Jesús, ni tampoco se entenderá a Jesús sin las exigencias de la Ley. Las antítesis siguientes se encargarán de concretarlas. Cada uno de los mandamientos recibirá de Jesús su validez y expresión oportuna determinada.

d) De esta forma quedan integrados los aspectos ético y cristológico. Respecto a los fieles, el de fe y obras: fe viva y obras en la fe. Sólo en Cristo cumplimos la voluntad de Dios y sólo nos acercamos a Jesús, si estamos dispuestos a cumplir su voluntad, es decir, la ley de Dios.

Respecto a las antítesis, cada una tiene su peso y determinación. No son exposiciones exhaustivas; pero son señeras y roturadoras. Vayamos tras ellas con Cristo.Él es, en resumidas cuentas, nuestra Ley.

Consideraciones:

El Sirácida (= Eclesiástico) abre la reflexión con un dilema vital: la muerte o la vida. El dilema es existencial, no escolástico; es de vida, no de escuela sólo. Hemos sido creados para la vida y es menester alcanzarla. Para ello, supuesta la bondadosa gracia de Dios, nuestra colaboración, que no es otra cosa que la opción vital y existencial en favor de la vida: cumplimiento responsable de la voluntad de Dios. Conviene reflexionar sobre ello, pedir, desear, proponer, estudiar -salmo responsorial-.

Al fondo de todo se encuentra la misteriosa manifestación y comunicación que Dios hace de sí mismo en Cristo. Convivencia con Dios, posible solamente en Cristo. Recordemos a este propósito las palabras de Pablo y el relato evangélico. La comunicación de Dios tiende a transformarnos a su imagen y semejanza, que no es precisamente de carácter meramente ideal, sino vital y existencial: querer lo que Dios quiere, hacer lo que Dios quiere. No busquemos esto fuera de Cristo; pues él es la plenitud de su voluntad. ¿Recordamos la pregunta de aquel escriba a Jesús ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna? y la subsiguiente respuesta, en sustancia, del Maestro ama a Dios y al prójimo? ¡Era necesario hacerse prójimo! (Parábola del buen Samaritano).

Examinemos, pues, el alcance de las exigencias de Jesús y alcanzaremos la vida eterna. Que no son oprimentes, sino elevadoras; no una limitación, sino salvación y libertad auténtica. Pidamos, reflexionemos, deseemos, propongamos… A Jesús nos acercamos con su Ley y a la Ley nos llegamos con Jesús. El subjetivismo imperante en el mundo que nos rodea puede hacer imperiosa la exhortación y la catequesis sobre ello: el amor posee formas concretas de expresión a las que no se puede renunciar so pena de perder su valor y sentido.