Domingo VI de Pascua

Primera Lectura: Hch 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.

Continuamos en el libro de los Hechos. Libro del Espíritu Santo. La frase Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, es capital. Está haciéndose la Iglesia. O mejor, si se quiere, la Iglesia está dando sus primeros pasos. Crece. Y el crecimiento sufre crisis. Crisis de crecimiento. Sólo la vitalidad interna puede hacerlas superar: el Espíritu Santo. La Iglesia no es una máquina, ni un sistema matemático, ni un ingenio autómata tipo robot. La Iglesia es un ser humano con alma divina. Es Cristo, Dios y hombre, que se alarga en la historia. Tiene sus crisis. Crisis de crecimiento. He aquí una muy importante.

El llamado Concilio de Jerusalén. La comunidad judía acepta a la comunidad gentil, dentro del cristianismo, claro está. Difícilmente podemos darnos cuenta, hombres del siglo XX, lo que esto supuso. Una crisis de vida o muerte. Lo deja entrever el libro de los Hechos. ¿Obliga la Ley de Moisés? Y, si obliga, ¿a quiénes y hasta qué punto? Al fondo están las graves cuestiones: ¿Quién salva? ¿Jesús por la fe en él? o ¿la Ley con sus obras? Esta problemática aparecerá en forma más aguda en Pablo.

La comunidad judeocristiana observaba la Ley de Moisés. También Jesús la había observado. Los apóstoles y los primeros discípulos eran judíos educados en la Ley de Moisés y en las tradiciones de los antiguos. Al fin y al cabo, la Ley de Moisés era la Ley de Dios. No existía tampoco, en aquellos tiempos, la precisión: preceptos morales, preceptos rituales. Todos eran por igual obligatorios.

¿Qué decir de los cristianos que venían de la gentilidad, que no habían sido educados en aquellas prácticas y que muchos de ellos desconocían por completo? Era claro que los preceptos morales, expresión de la caridad, obligaban a todos. ¿Qué decir de los rituales, por ejemplo: la circuncisión, las comidas y bebidas? El Espíritu Santo había descendido sobre circuncisos e incircuncisos. Recuérdese la historia de Cornelio. También a Pablo le acompañaban los portentos de la evangelización de los gentiles. El Espíritu Santo no hace distinción alguna. Tan sólo bastan la buena voluntad y la fe en Cristo. La experiencia cristiana venía a decir, pues, que no eran necesarios ni obligatorios. Algunos hermanos -nótese esto de hermanos, es significativo- de la comunidad hebrea parece que no comprendieron muy bien los signos de los tiempos ni el alcance del mensaje cristiano. Se produjo el choque y, al parecer, de forma apasionada. Estaban en juego las tradiciones patrias. Esto en un momento en que la comunidad judeocristiana no había roto por completo los lazos con la comunidad judía no cristiana.

Se reunió la asamblea. Se dio la razón a Pablo. No había por qué obligar a los convertidos gentiles a la observancia de tales prácticas. Sin embargo, la caridad cristiana y la unidad de la Iglesia exigía comprensión y delicadeza (Pablo lo recordará en sus cartas, al hablar del hermano débil que todavía no distingue comidas y bebidas). Para Antioquía -quizás mayoría judía, observante y piadosa- y para las iglesias de Cilicia y Siria -dependientes de aquella- dio el Concilio un decreto de tipo disciplinar. La presencia de Moisés, en esos y otros lugares, exige respeto y comprensión. Son prácticas que prescribe la Ley de Moisés: comida de carne inmolada a los ídolos -repulsa judía-; sangre y animal estrangulado; matrimonio entre parientes, -peligro de incesto-. La observancia de tales prescripciones se presenta como buena. Y así pareció a los apóstoles y al Espíritu Santo.

Maravillosa caridad. Si en la historia de la Iglesia se hubiera tenido en cuenta, se habrían evitado muchas molestias y agrias discusiones. Se ha confundido lo disciplinar con lo dogmático, la auténtica moral con sus diversas formas de expresión. Buen punto de meditación.

Salmo Responsorial: Sal 66, 2-3. 5-6. 8: ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Salmo de alabanza. Cierto aire litúrgico. Los pueblos hallan en Dios su mejor guía y salvador. Dios gobierna con justicia. De ahí la alabanza y la alegría. Pero la Salvación está a medio camino, está haciéndose. Por eso, se pide con confianza la bendición: ¡Que todos los pueblos conozcan y alcancen la salvación! Con Cristo tendrá sentido.

Segunda Lectura: Ap 21, 10-14. 22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.

Continúa la visión comenzada el domingo pasado. La Jerusalén celestial. El vidente se detiene a describirla. Todo es gloria y esplendor. El autor elige lo más bello que conoce. Pero no se para ahí. Más bien arranca del Antiguo Testamento. Se inspira en Ezequiel y reinterpreta algunos textos de Isaías (60, 1; 62,6). Todo está cargado de simbolismo. No podía ser menos. Desborda todo lo conocido.

Ahí está el nuevo pueblo. Transformado. Todo luz, todo divino. Los apóstoles, su predicación, son el fundamento. Ciudad santa toda ella. Dios la llena de su gloria. Dios es su luz. Viene a ser como un gran zafiro, todo esplendor y luz, porque la luz (Dios) parte de dentro. Poseída, pues, plenamente de Dios.

¿Qué significa todo esto? Una realidad inefable. Sin temores, sin dudas, sin lágrimas, sin amenazas, sin nada que perder; todo lleno, todo vivo, todo grande, todo perfecto. Y no es porque el hombre haya perdido los sentimientos. Todo lo contrario. Dios lo ha invadido todo y el hombre -pueblo nuevo- se ha sumergido todo entero en la luz de Dios, hecho a su vez luz. El hombre no pierde su personalidad individual o colectiva. Todo lo contrario, la perfecciona al máximo.

Esto es lo que nos espera. Esa ciudad ya existe. Ya estamos en ella, aunque nos falta la transformación plena. Ya se ve, ya se siente. La realidad completa la descubriremos más tarde. ¿Suspiramos por ella?

La presencia del Cordero al lado de Dios señala su carácter divino. El Cordero nos abrió la puerta. Él es la razón de nuestra pertenencia a ella. Adoración y acción de gracias.

Tercera Lectura: Jn 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

Continuamos el discurso de despedida. El Señor se va y nos envía el Espíritu.

Las palabras de Jesús responden a la pregunta de Judas, no el Iscariote: ¿Y qué ha sucedido, Señor, que vas a manifestarte a nosotros, y no al mundo? Jesús se revela a los suyos y no al mundo. Tras los apóstoles está la Iglesia. No olvidemos su presencia en estos capítulos.

La revelación de Jesús alcanza, en realidad, solamente a los creyentes. La misma fe es ya una comunicación: entrega y aceptación. El mundo no tiene fe ni amor a Jesús. Se cierra a la revelación, la desprecia. La idea latente en la pregunta de Judas -revelarse al mundo- era común en los círculos judíos de aquel tiempo. El Mesías, esperaban, debía revelarse al mundo de forma portentosa. Jesús corrige la idea. Algo de eso tendrá lugar al fin de los tiempos. Ahora, presente, se da una comunicación misteriosa, íntima, profunda, del Dios trino. Dios habita de forma inefable en el corazón del hombre. Jesús y el Padre y el Espíritu. El fiel es el nuevo templo de Dios a través de Cristo-Templo. El hombre queda así transformado en todas las direcciones. Sólo a través de esa transformación podrá el mundo entrever la revelación de Cristo. Son los que guardan la palabra de Jesús: la fe y el amor.

La promesa del Espíritu completa el cuadro. Las tres divinas personas intervienen en la creación del hombre nuevo. Al Espíritu se le asigna aquí, como en otras páginas de Juan, la función de enseñar y de recordar la enseñanza de Jesús. Completa, adapta, alarga, ensancha, lleva a la práctica la revelación de Jesús, hace vivirla. Sólo él puede hacerlo. Él es la Promesa de Jesús, la Promesa de Dios. La Iglesia está segura de ello. Camina a su sombra e impulso. Es su alma.

El don de la paz. No la paz de este mundo. No se trata de una paz, resultado de una tranquilidad, prosperidad o seguridad, de tipo humano, aunque sea espiritual. Ni siquiera de la paz interna (estoicos, sectas modernas, etc.). Se trata de un don superior, de la salud eterna, llamado aquí paz. Pablo dirá que es un fruto del Espíritu y que Cristo es nuestra Paz. Paz que coexiste con las persecuciones y tribulaciones de este mundo. El Señor se despide con la Paz, con el don supremo de la Paz. Debemos ensanchar la Paz recibida. Es nuestra obligación.

Jesús va al Padre. Ha llegado la hora de su exaltación. Y esto debiera alegrar a los discípulos. Jesús, obediente y sumiso al Padre (menor que él), ha cumplido su voluntad, lo ha glorificado por él. La glorificación de Jesús va a cambiar el orden de cosas existentes. Se sentará a la derecha de Dios en las alturas, coronado de poder y gloria. Habitará de forma inefable, junto con el Padre, en todos y cada uno de los fieles. Enviará el Espíritu Santo, que hará su obra imperecedera, estable y firme. Nadie podrá contra ella. Con él la paz de lo alto, la Paz divina. ¿No es esto motivo de alegría? Esta realidad no la percibe el mundo. El mundo se está condenando a sí mismo. ¿Y nosotros qué hacemos?

Consideraciones

El evangelio de este domingo apunta ya a las fiestas de la Ascensión y Pentecostés.

Jesús está de despedida. Para la Iglesia que escucha el evangelio es Jesús Resucitado. Jesús, ausente y presente, consuela a su Iglesia: a) volverá a su lado (la esperanza escatológica define a la Iglesia); b) el Padre los ama y atenderá los deseos en su nombre; c) no estarán huérfanos, vendrá a ellos el Espíritu Santo. La Iglesia es consciente del don que posee y lo recuerda.

El Espíritu Santo. Es la Promesa por excelencia. Dios había prometido cambiar al hombre por dentro (Jr 31, 31ss); había dispuesto reavivarlo (la visión de los huesos en Ezequiel); tenía en su mente divinizarlo. Todo eso lo realiza el Espíritu Santo. Las palabras de Jesús nos recuerdan el cumplimiento de la gran promesa. El Espíritu ilumina la inteligencia, calienta y mueve el corazón en un orden nuevo (fe, esperanza, caridad). Ve con la luz de Dios, tiende a lo alto con la fuerza de Dios, ama con el amor de Dios. Es Dios en el hombre. La primera lectura nos recuerda la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia. El Espíritu anima a la Iglesia. Es una verdad fundamental cristiana. El individuo-miembro y los miembros-comunidad son transformados por el Espíritu. En otras palabras, tanto el individuo como persona, como los individuos como comunidad, reciben su vida del Santo Espíritu. Sin él no se podría dar un paso. Él es la nueva Ley. La Ley del corazón.

El Don procede del Padre y del Hijo. La ida de Jesús al Padre encierra también este magnífico acontecimiento:... el Padre lo enviará en mi nombre. Sabemos que el Nombre de Jesús es el Nombre-sobre-todo nombre.

La Habitación de Dios en nosotros no es sino un aspecto de la presencia en nuestros corazones del Espíritu Santo. La Habitación es un hecho real, aunque velado por la carne. Dios habita en la comunidad; en cada uno de los miembros y en el Cuerpo entero. Puede que aluda a eso también la misteriosa presencia en nosotros de Jesús Resucitado: gracia, virtudes teologales, sacramentos. En nosotros está y no está, se le ve y no se le ve. No se le ve según la carne, no está según el mundo. Está, se le ve y se le siente según el Espíritu. Creer y amar son las condiciones y, al mismo tiempo, la expresión de la presencia de Dios en nosotros. Así está en nosotros de forma real, misteriosa, operando una vida superior, como Salvador, Hermano y Señor en su Espíritu. Así también el Padre. Pues el Hijo y el Padre son una misma cosa. Somos nueva creatura.

La Iglesia es esa maravilla nueva. Templo de Dios, Morada de la Santísima Trinidad, Organismo vivo. Como cada uno de sus miembros. La primera lectura nos describe un momento de su vida en este mundo, en la carne. La segunda nos la describe en su plenitud, transformada en luz y brillo. Y todo debido al Cordero que murió -fue crucificado- por nosotros y resucitó. Nosotros, aquí abajo, creemos en su palabra y nos esforzamos por cumplir sus preceptos con un amor que sobrepasa el amor a lo terreno y caduco. El ejercicio de las virtudes cristianas será brillo y luz, ya en este mundo, de la vida divina que llevamos. La luz viene de dentro, de la acción del Espíritu. Dejémosle brillar, iluminar y calentar el mundo frío y tenebroso que nos rodea. Será el testimonio apetecido.