Domingo VI de pascua

PRIMERA LECTURA: Hch 10, 25-26.34-35. 44-48.

Conviene leer todo el capítulo. Trata de Cornelio, centurión, admitido en la comunidad de hermanos. La lectura recoge los momentos más salientes del acontecimiento. La gran extensión del relato y la profusión de detalles dejan entrever la importancia que tuvo para Lucas y para la Iglesia primi­tiva la conversión de Cornelio. Lucas insiste en el carácter milagroso del su­ceso: visión de Pedro, visión de Cornelio, irrupción del Espíritu… El relato guarda relación con los acontecimientos posteriores, en especial con las de­terminaciones tomadas en el Concilio de Jerusalén. La presencia del «judío» Pedro en la casa de «pagano» Cornelio, sancionada por la visión de los ani­males impuros que descendían del cielo, y el subsiguiente bautismo del cen­turión romano con su familia son elementos que tuvieron una resonancia transcendente. Los apóstoles entreveían, sin duda alguna, en el mensaje de Cristo una extensión universal. Ignoraban, no obstante, el modo y el mo­mento de realizarlo. Todavía judíos, sus relaciones con los paganos eran re­almente distanciadas. El acontecimiento de Cornelio los obligó a acortarlas. En el Concilio de Jerusalén volverá a presentarse la cuestión. Aquí se da ya una solución adelantada. Y la da, desde arriba y desde dentro, el Espíritu Santo.

Es de notar:

1)La disposición divina. Dios llama a todos. Dios no hace distinciones: ofrece sus dones al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. El llamamiento es universal. La misericordia de Dios se extiende a to­dos. El acontecimiento Cristo, sellado por la acción del santo Espíritu, ha de­rribado el muro que separaba a gentiles y judíos. la fuerza del Espíritu Santo desciende también sobre los paganos y los constituye hijos de Dios.

2) La figura de Cornelio. Nos cae simpática. Es un centurión; militar, por tanto. Lucas lo califica de «temeroso de Dios». Daba muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios. Un hombre piadoso y caritativo; también modesto y sencillo. Reconoce en Pedro la autoridad que viene de lo alto. Todo un centu­rión romano postrado a los pies del judío Pedro. Era un hombre abierto a Dios.

3)La figura de Pedro. También no cae simpática. Reconoce que su per­sona, a pesar de la autoridad que ostenta, príncipe de la Iglesia, no se eleva por encima de los demás. Los prejuicios judíos no le impiden ver en el acon­tecimiento la mano de Dios. Siervo fiel en el ministerio que le ha encomen­dado, acepta la disposición del Señor y la ejecuta con acatamiento. No es él quien dispone, sino Dios. Para un judío de aquel tiempo hubiera sido muy di­fícil confesar «soy un hombre como tú», tratándose de un pagano que le re­cordaba la sujeción a Roma. Pedro reconoce que la salvación no se limita a una raza o nación. ¡Dios imparte su gracia libremente! Pedro obra en conse­cuencia.

4) Bautismo y don del Espíritu Santo.

Salmo responsorial: Sal 97.

Salmo de Dios Rey. Alabanza. Acción de gracias. Júbilo y canto.

Dios se muestra Rey en sus intervenciones. Una de ellas en particular lo ha manifestado con mayor relieve. El salmista parece pensar en la vuelta del destierro. Dios reveló ante todos los pueblos su fidelidad y amor a Israel. Por eso un cántico nuevo.

La intervención pasada, con todo, era un esbozo de la intervención futura: Dios ha intervenido de forma suprema y definitiva en Cristo Jesús. Los tér­minos del salmo se sienten desbordados. Es un cántico y es el cántico; es nuevo y es para toda la eternidad; es una victoria y es la Victoria definitiva; es la justicia de Dios a Israel para todas las gentes. La Iglesia, cántico y alabanza ella misma, lo proclama jubilosa en la Acción de Gracias.

SEGUNDA LECTURA: 1 Jn 4, 7-10.

Otra vez el amor. Esta carta, comenta S. Agustín, no habla de otra cosa que del amor. Conforme avanza, nos vamos acercando más a su raíz. El pa­saje es denso y sucinto, como Dios en su amor, simple e inmenso.

Comienza la lectura con una cordial exhortación al amor fraterno. Juan intenta declarar las señales más ciertas de la comunión con Dios: el amor fraterno. El que ama vive en unión con Dios. El amor encuentra su raíz en Dios y su expresión, como garantía de autenticidad, en la entrega y servicio a los hermanos. Hay que advertir, por eso, que todo amor, aun el que se pro­fesa al enemigo, es amor fraterno. El mundo, que no cree y no ama, está lejos de Dios; más, enfrentado a él. Los movimientos religiosos del tipo que sean que no muestren amor, no conocen a Dios, son realmente falsos.

¿Por qué tanto valor al amor? Porque Dios es amor. He ahí la gran reve­lación. Si Dios es amor, habrá que comprender que todo lo que hace Dios lo hace por amor. Pues el amor es su naturaleza. Con esta definición se alarga de forma ilimitada el concepto de la bondad de Dios, tan fuertemente subra­yada ya en el A. Testamento. La expresión más bella y acabada, con todo, de su amor- de sí mismo- es la entrega de su Hijo para nuestra salvación. En la entrega de su Hijo Dios revela la naturaleza de su amor y el amor como naturaleza. No hay otro amor que ese. El amor humano, se es amor de ver­dad, será como él y se fundirá en él. Con otras palabras: Dios nos amó pri­mero. El amor que Dios nos tiene nos capacita para amarle. El amor que le profesamos está sustentado, y es al mismo tiempo su expresión, por el amor que nos tiene. El amor de Dios nos hace capaces de amar. La salvación, pues, está en dejarse amar y amar en Cristo Jesús.

El amor de Dios es creativo: nos constituye hijos. Poseemos la capacidad de amarlo como hijos. El amor a Dios filial es respecto a los hombres fra­terno. Dios nos capacita para amarle y para amarnos. El amarnos es ga­rantía segura de la permanencia en su amor. Nuestro amor a él y a los her­manos es del mismo signo que el suyo: es en el Espíritu Santo. Si la natura­leza de Dios es amar, el amor que se nos concede, nos naturaliza con él: amaremos por naturaleza. En otras palabras: todos nuestros actos han de ser expresión de nuestra filiación de Dios y de nuestra fraternidad con los hermanos, nacidos todos del amor. Por eso el que ama muestra dónde está -en Dios- y qué es: hijo de Dios y hermano de todos. En Jesús se ha mostrado Dios amor, que ama y cómo ama. El amor que profesamos y cómo lo profe­samos mostrará si estamos en Jesús y, por tanto, en Dios. Amemos a los hermanos: quien no ama no conoce a Dios.