Domingo VI de pascua

Primera lectura: Hch 8, 5-8.14-17.

Aunque dos unidades, un solo cuadro, un mismo contexto. La liturgia su­prime los versillos 9 - 13,- figura de Simón Mago -para darle así al pasaje, según parece, más cohesión y sentido.

Al fondo del cuadro, la dispersión de numerosos discípulos. La persecu­ción que se ha iniciado con la muerte de Esteban obliga, en especial a los cristianos helenistas, a dejar Jerusalén y a desparramarse por los territo­rios adyacentes. Persecución providencial. Los sembradores deben barbe­char intrépidos las tierras y lanzar con brío al mundo entero la semilla de la salvación. La tormenta desatada en Jerusalén ha dado vuelo a su brazo y campo abierto a su siembra. Con ellos va el evangelio, pues ellos, de alguna forma, son ya evangelio.

Felipe llega a Samaría. A la Samaría entre gentil y hebrea. Es ya un paso para el universalismo de la fe. Los samaritanos no están excluídos del reino. También ellos esperaban y añoraban al Mesías (Jn 4, 5-50). Y es eso, precisamente, lo que predica el evangelizador: Jesús, el salvador. Le acom­pañan “signos“: la palabra autorizada con expulsión de demonios y curación de enfermos. Jesús, el Mesías, continúa salvando en la salvación que, en su nombre, realizan sus discípulos. El resultado inmediato es “la alegría” grande. Hay que relacionarla con la presencia actuosa del Espíritu Santo. (Toca, pues, las relaciones con Dios, en las que el hombre experimenta, por participación inefable en lo bueno, verdadero, santo y bello, el sentido de su existencia en una llamada a convivir con él). A la predicación de Felipe sigue el bautismo en ”el nombre de Jesucristo“. Desde ahora estos hombres y mu­jeres son de Cristo y Cristo de ellos.

En este momento, segunda unidad, aparecen los apóstoles con la imposi­ción de y el don del Espíritu. ¿Por dónde llevar la exégesis? Notemos lo si­guiente.

A) Los Apóstoles -los doce- envían a sus más conspícuos representantes: a Pedro y a Juan. Pablo los llamará «columnas de la Iglesia». Y los envían desde Jerusalén -madre de todas las comunidades- ensancha sus brazos fra­ternales y estrecha contra su pecho a la recién nacida comunidad de Sama­ría. Y lo hace con toda solemnidad y poder salvífico: Pedro y Juan, orando sobre ellas, imponiéndole las manos y confiriéndole el don del Espíritu Santo. La Iglesia es una, y es apostólica, y es en virtud del bautismo y la fuerza del Espíritu.

B) El bautismo confiere el Espíritu y une místicamente a Cristo; al fin y al cabo se ha realizado «en su nombre» y poder. Pero es, por principio y natura­leza, comienzo de convivencia eclesial y carismática: está abierto y orien­tado positivamente a una participación más plena del Espíritu; mira decidi­damente a la «imposición de manos». Por eso, la «imposición de manos» que realizan los Apóstoles hay que entenderla en relación estricta con el bau­tismo. Inconcebible el uno sin la otra; aunque distanciados en el lugar y en el tiempo.

C) La «imposición de manos» es, en este caso, un gesto sagrado y sacra­mental; está vinculado a la comunicación del don del Espíritu. El don del Es­píritu nos e circunscribe al bautismo, aunque el bautismo lo confiere. El texto, sucinto y elemental, queda, en la tradición de la Iglesia, a más deta­lladas aplicaciones y explicaciones. Pensemos en el sacramento de la Con­firmación.

Salmo responsorial: Sal 65, 1-7.16.20.

Salmo de alabanza y acción de gracias. A la alabanza acompaña la con­templación de las maravillas de Dios y a la acción de gracias el reconoci­miento gozoso del beneficio recibido. Las maravillas de Dios se centran en Cristo glorioso y en la luz y fuerza que dimana de él; el reconocimiento, en el don precioso de su persona y obra. En este canto pascual y en esta acción de gracias no podemos menos de incluir, en estrecha relación con el Cristo re­sucitado, el don maravilloso de su Espíritu. Cantad al Señor himnos a su gloria. La creación se estremece de gozo y se une a nuestro canto. La Iglesia es un canto prolongado a la gloria del Señor durante toda la historia y una «eucaristía» perenne en nombre de Jesús.

Segunda lectura: 1 Pe 3, 15-18.

El misterio de Cristo es el misterio del cristiano: una realidad transcen­dente y dinámica que empeña a toda la persona y la capacita para ser mis­teriosa epifanía de Dios. El cristiano debe estar dispuesto a asumirla por en­tero y a dejarse transformar por su luz. Es obra diaria; tanto a partir de la propia iniciativa, en la fe, en una progresiva asimilación de valores, como también a partir del mundo que nos rodea, en enfrentamiento y provocación, a una integración más firme. Y no es una menos activa y personal que la otra, por más que la última pueda presentar ribetes de pasividad y aguante. Todo, personal y extraño, lo entenderemos a la luz de Cristo: el trabajar por la salvación y el sufrir persecución por ella.

Cristo, el justo por excelencia, padeció por nosotros: murió en la cruz por nuestros pecados. Y su padecimiento fue el momento cumbre de su actividad personal salvífica. El resultado fue una resurrección gloriosa sin parangón alguno imaginable. Sufrió en la «carne»,en su ser humano, alma y cuerpo, para entendernos, y por ello fue vivificado en el «espíritu», en el Espíritu Santo, que transformó su contextura humana en condición «espiritual», di­vina.

Injustos éramos, y murió por nosotros para ofrecernos a Dios. Nosotros queremos hacer nuestra esa ofrenda de Cristo: la suya al Padre por nosotros y la nuestra por el a Dios. Y la queremos viva y eficaz. El camino va a ser el mismo: la tribulación que se volcó sobre él -injustos sobre el justo- se ha de cerner sobre nosotros. Aceptémoslo.(al fondo se encuentra la voluntad de Dios, como en Cristo); y justos, por su gracia, combatidos por los «injustos», seremos, también en Cristo, -esto está subyacente- justicia en su nombre y causa de salvación para los demás. Dichosos, pues, si sufrimos por la «justicia». ¿Quién no recuerda, de fondo, aquello de «dichosos cuando os per­sigan por mi causa»? Todo el Sermón del Monte podría servir de acompa­ñamiento a este canto.

Tercera lectura: Jn 14, 15-21.

Evangelio de San Juan. Breve en las formulaciones, pero denso y de gran profundidad en el contenido. Jesús, el centro, manifiesta su personalidad y su obra; su majestad y su gloria, en doble dimensión, trinitaria y salvadora, Verbo del Padre y Luz de los hombres.

Debemos encuadrar el presente pasaje en el marco, un tanto amplio, de la segunda parte del evangelio (cap.13-20) -suprema manifestación de Jesús en su pasión, muerte y resurrección-, y en el más restringido de los “discursos” después de la Cena y antes del relato de la pasión. Dentro, pues, de la Exal­tación del Señor y de sus efusivas comunicaciones a los discípulos. Amistad, cordialidad, familiaridad, manifestaciones profundas y cariñosas antes de su muerte.

Jesús se va. Y se va al Padre. Y esta su ida desata una serie de noveda­des que ponen al descubierto el misterio relacional de su persona: Jesús y el Padre, el Padre y Jesús; Jesús; y los suyos, los suyos y Jesús; el Padre y los discípulos, los discípulos y el Padre; y con unos discípulos, y con otros, Padre e Hijo, la figura saliente del Espíritu Santo. Mirando, pues, hacia arriba, Jesús, en vías de Exaltación, nos descubre y nos comunica su realidad trini­taria y, mirando hacia nosotros, su corazón de hermano para introducirnos en él. Algunos temas y pormenores.

Podemos comenzar por una observación de tipo literario: toda la perícopa parece sostenerse, a modo de bóveda, sobre dos pilares simétricos. Lama­mos a esto inclusión. El versillo 15, comienzo de la perícopa, se repite temá­ticamente en el 21, final de la misma, y relaciona el amor a Jesús con el cumplimiento de sus mandatos. Ese tema, pues, debe considerarse con el cumplimiento de su voluntad. Por muy simplista que a uno parezca - amor y mandatos, ¿cómo no? -, y por muy paradójico que a otros se les antoje - ¿cómo? ¿amor y mandatos? -, la relación de uno con los otros ha de abrirnos un maravilloso mundo de saludables referencias y contrastes. Al fin y al cabo, el tema es central en la muerte de Cristo: (Jn 10, 17-18). Pero el estilo de Juan no permite una mera reiteración del tema; ha de haber siempre un progreso. Y así es de hecho: del amor a Jesús a través del cumplimiento de su voluntad se salta, en maravillosa cabriola teológica, al amor que el Padre y el Hijo profesan a esos tales y a la consecuente manifestación-comunica­ción que hace de sí mismo a quienes lo aman. ¡El discípulo es amado por el Padre y por el Hijo en una admirable participación de su gloria! He ahí otro gran tema.

Dentro de la inclusión, como jardín de flores, surgen implicaciones miste­riosas, pero naturales - misterio trinitario -, el son del Espíritu Santo y la permanencia del fiel en Jesús y, por él, en el Padre. Respecto al primer tema, el don del Espíritu, nótense los calificativos de «Paráclito» - consolador, abogado, defensor… - y de «Espíritu de la Verdad» - de comunicación salví­fica de Dios en Cristo; nótese, también, respecto a su permanencia, la serie de preposiciones «con», «junto a» y «en» vosotros que señalan su papel res­pecto al mundo y su presencia vivificadora de experiencia inefable en la co­munidad y en las personas: «conoceréis». En lo tocante a la permanencia de los fieles en Jesús, nótese la gracia que se les promete de participar de su vida gloriosa, ya aquí en el Espíritu, de forma misteriosa, ya en la vida plena con Dios, resucitados en su resurrección. La breve fórmula de inma­nencia del v.20 es de profundidad y amplitud insospechada; así también nuestra realidad en Cristo.

Consideraciones:

El evangelio - de Juan este domingo - nos obliga a centrar nuestra aten­ción en Cristo, en su misterio. Su recia personalidad salvífica ha de ser con­templada bajo los aspectos - varios y coherentes - que resalta la lectura evangélica. Es capital el tema del amor a su persona y de la guarda de sus mandatos como su expresión más legítima. La revelación cristiana integra maravillosamente el amor con el mandato: el precepto, por amor, de amar en el precepto, y el amor, por precepto, de prescribir el amor en la ejecución de los mandatos. Debemos examinar la pureza y calidad de nuestro amor a Cristo en la disponibilidad y empeño en cumplir sus mandatos, que no pue­den ser otra cosa, en última instancia, que disposiciones de amor para el amor. Hay que amar en la manera y modo en que el amado desea ser co­rrespondido. Salirse de este marco es caer en el mar de los subjetivismos, veleidosos y anodinos, que no conducen sino a la deformación del amor y de los amantes.

Vinculado a este tema podemos recordar el amor que Jesús y el Padre nos profesan, si sabemos corresponder. De hecho la fuente del amor es el Padre, y Jesús, su expresión más perfecta. Dios, según S. Juan, es amor. También caben aquí las consideraciones que surgen de la segunda lectura: vinculación del fiel a Cristo y participación en su misterio. El cristiano ve las cosas cristianamente y cristianamente las transforma en medios de salva­ción. La pasión del Señor es la pasión del cristiano, como la pasión del cris­tiano es la pasión del Señor.

Es también capital el tema del Espíritu Santo. Y hasta más importante, quizás, en la liturgia de hoy, habida cuenta de las lecturas primera y ter­cera y del momento que celebramos, VI domingo de Pascua - antesala ya de la Fiesta de Pentecostés. El don del Espíritu Santo es el don por excelencia del Resucitado; no se entendería la Exaltación de Jesús sin la efusión de este precioso Don. Es acontecimiento pascual primario. No en vano lo relaciona Juan con el Cristo que va a ser exaltado: Jn 14, 26;15, 26; 16, 7-13, además de éste. Las perspectivas de su misterios son múltiples y reveladoras. Los mismos calificativos de «Paráclito» y «Espíritu de la Verdad» ya dan de por sí significativas pautas. Añádanse las relaciones ya con el Hijo - «yo pediré» - y el Padre -, ya con nosotros, respecto a nuestro enfrentamiento con el mundo - «Abogado» - y respecto a la introducción a la vida trinitaria - «en vosotros», «lo conocéis».

La primera lectura puede encuadrarse muy bien en este tema en dimen­sión eclesial: bautismo, imposición de manos, don del Espíritu. ¿Qué duda cabe que el pasaje evoca el acontecimiento de Pentecostés?. Bonito texto para la teología del sacramento de la confirmación.