Domingo V del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is 6, 1-8

La escena, que nos relata Isaías, reviste un aire de gran solemnidad y majestad. Se trata de una teofanía. Dios se manifiesta a Isaías en poder y gloria. Aunque no tan tremenda, imponente y sobrecogedora como la teofanía del Sinaí, en truenos, nubes y llamas, también aquí se revela la majestad y la grandiosidad del Dios de los ejércitos, del Dios de Israel. Es el Dios de la creación, es el Santo por excelencia, el Transcendente, el Único, el separado por naturaleza de toda la creación. Su gloria y poder se derraman por toda la tierra; ¿no son los cielos los que cantan día y noche su gloria? El templo, morada especial de su gloria, se conmueve. El humo lo cubre; nadie puede ver su rostro, nadie está capacitado para ello. Ni los mismos Serafines, seres celestiales, inmediatos servidores de su palabra, se atreven a mirarle. Sus ojos no lo aguantarían. Respetuosos se cubren ante El, pues ante El se sienten desnudos. Unos a otros lanzan y devuelven la voz: Santo, Santo, Santo. Nos recuerdan la liturgia celeste. Por algo estamos en el templo.

A Isaías se le ha concedido participar, en parte, en esta liturgia; primero como espectador, después como interlocutor. La grandeza de Dios es imponente. Isaías la experimenta en sí mismo y cae ante Dios sobrecogido de espanto. Ante El, el Santo, todo es imperfecto, todo impuro, todo endeble, todo profano. Los ojos de Isaías no pueden contemplar aquella escena sin sentirse desnudo, impuro, profano, indigno y pecador. La luz que despide Dios es tan penetrante y aguda que disipa toda sombra. El hombre, sombra ante Dios, siente, ante la fuerza de esa luz, derrumbarse totalmente. Quien ve a Dios, dispóngase a morir; ha traspasado el umbral del mundo divino. La creatura no puede hacerlo impunemente, no puede soportar a Dios visto de frente; ha de morir. Ha mancillado con su presencia la pureza del lugar sagrado. Su destino es la muerte. Así piensan aquellos hombres. Pero Dios no ha decretado la muerte por aquel atrevimiento. Dios quiere confiar a Isaías una misión. Primero lo purifica, lo consagra. Desde ahora le pertenecerá por entero. Una vez purificado, la voz del Señor llega a él como una apelación: ¿A quién mandaré?. Isaías fortalecido por el fuego, contesta resuelto: Heme aquí. Notemos algunos detalles en el relato:

1.- Se trata de la vocación profética de Isaías. Isaías es elegido, es consagrado profeta del Señor. La voz del Señor, el fuego del altar, la contestación del profeta lo dicen claramente. Isaías es agraciado con una revelación; en otras palabras, Isaías goza de cierta intimidad divina: ha visto a Dios, sin morir. Esto explica, en cierto modo, la pronta y decidida contestación de Isaías: Envíame. Contrasta con la renuencia de Moisés y de Jeremías. Nos recuerda la prontitud de Abraham en el Antiguo Testamento y de María en el Nuevo. Admirable la disposición de Isaías. Tras la contemplación, la intervención.

2.- Merece cierta atención la majestad de Dios. Dios es el Santísimo. El respeto de los Serafines, la nube de humo que lo oculta, el temblor del templo y del propio Isaías, la voz sin ver el rostro, el canto de los Serafines... Dios es Santo; hay que ser puro para acercarse a El. Es muy importante. Dios purifica al que se acerca y se acerca purificado.

3.- El pensamiento del profeta es instructivo: Estoy perdido. El hombre, a quien de algún modo se le presenta Dios o a quien Dios toca más de cerca o que siente más de cerca a Dios, se encuentra siempre en una situación semejante: recibe un fuerte impacto de impuro, de indigno, de pecador. Un enfrentamiento con Dios cara a cara sería para el hombre horroroso. No lo aguantaría, sufriría un colapso; todo su ser sentiría desplomarse totalmente. Para acercarse a Dios, el hombre necesita una transformación, una purificación profunda. Los santos la han vivido. Cuanto más se acerca Dios, más tiembla el alma. Dios, sin embargo, la sostiene. Si no fuera por la gracia de Dios, el hombre no podría sostener impune su presencia.

El símbolo del fuego es sugestivo. El fuego purifica, consagra para una misión.

Salmo Responsorial: Sal 137

Pertenece este salmo al grupo de los salmos de acción de gracias. Efectivamente, la acción de gracias domina el salmo entero, para desembocar, en los últimos versículos. en una confiada oración. El mismo estribillo arranca como acción de gracias, tomando un movimiento de alabanza. Es patente el sabor litúrgico del salmo. En presencia de Dios, en su Casa, delante de los ángeles, eternos y agraciados servidores de la divinidad, nos toca a nosotros, por pura misericordia divina, tener parte en la alabanza. El pasado rompe en el presente (alabanza) y condiciona, por propia experiencia de la misericordia de Dios, el futuro: No abandones la obra de tus manos. Afectuosa, sincera, auténtica esta oración.

Domingo, día del Señor. Acción de gracias (Eucaristía), alabanza, oración. Tomamos parte en la liturgia dando gracias, alabando, pidiendo, sin perder de vista la santidad del lugar y la presencia de Dios y de los ángeles.

Segunda Lectura: 1 Co 15, 1-11

Parece ser que a los corintios no les entusiasmaba mucho la idea de la resurrección corporal. Es curioso, encontramos en ellos como un eco de aquella sonrisa irónica que apareció en los labios de los filósofos del areópago ateniense, cuando escuchaban de Pablo la nueva filosofía que hablaba de resurrección. La mentalidad griega, fuertemente orientada por los pensadores helenos, en especial por Platón, veía en la resurrección de los muertos algo así como un obstáculo serio a la sublimación y a la perfección del hombre. Creían en la inmortalidad, sí; pero la recuperación del cuerpo aparecía ante sus ojos como algo inconcebible. El cuerpo, con sus pasiones sensibles, es obstáculo para la unión del hombre con el mundo ideal, con la divinidad. Al cuerpo hay que reducirlo a esclavitud, hay que superar sus exigencias, hay que huir de él. El ideal de perfección contaba, por tanto, con el desposeimiento del cuerpo que estorbaba ¿Y hemos de resucitar, recobrando el cuerpo? ¡Que desencanto! Los corintios no han penetrado todavía bien el alcance del mensaje cristiano.

Pablo había llegado a Corinto después de su fracaso en Atenas. Los corintios habían oído de su boca la buena nueva, el kerigma cristiano. Piedra fundamental del edificio doctrinal presentado por Pablo era la Resurrección de Cristo. Para dar testimonio de ella precisamente había sido Pablo constituido apóstol. Al parecer, Pablo predicó con énfasis esta verdad, habida cuenta del fracaso de Atenas. Los corintios no parecen haber visto el alcance de este anuncio. A Pablo le han llegado noticias de la actitud escéptica y despreocupada de algunos corintios. La posición de sus fieles en este caso. delata una desviación fundamental. Pablo dedica todo el capítulo 15 a la exposición de este dogma. Las lecturas de los domingos próximos nos darán el pensamiento de Pablo, de la comunidad primitiva cristiana, a este respecto. Pablo juzga la enseñanza esencial. Es el contexto general.

Pablo les vuelve a recordar, en la lectura presente, el contenido de su predicación primera entre ellos. La subraya y la urge como necesaria para la salvación. El evangelio, dice, nos trae la salvación. Hay que aceptarlo por la fe. Sin fe no hay salvación. Contenido esencial de esta fe es la fe en la Resurrección de Cristo y en la de los cristianos. En la de Cristo como ya acaecida, en la de los cristianos como realidad futura. La lectura se detiene en la primera parte.

Pablo coloca ante los ojos de sus fieles de Corinto la fórmula de fe, que él anteriormente les enseñó. El mismo la ha recibido así ya de otros. El no ha compuesto la fórmula. No es de su estilo. Es anterior a él. Quizás de los años 40; oriunda probablemente de Antioquía. El la enseña tal cual la ha recibido. No se atreve a tocarla. Es algo sagrado y firme. Sólo al final añade a la lista de testigos la propia experiencia de Cristo resucitado.

Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día con un cuerpo glorioso. De ello dan testimonio testigos oculares que todavía viven. Hasta las mismas Escrituras lo anunciaban ya desde antiguo. No hay que dudar de la veracidad del testimonio. Es un hecho real. Quien no acepta su contenido no es cristiano; como tal no está en vías de salvación. La afirmación de Pablo es rotunda. No caben tergiversaciones. Así es y basta. Es un testimonio unánime. En defensa de él dieron la vida los apóstoles. A ello y para ello fueron enviados.

Pablo recuerda, a este propósito, su vocación de apóstol. Ha sido elegido por Dios y enviado por El. Es una gracia, tanto la elección como el desempeño de la misma. El menor, pero apóstol. Pablo no puede olvidarlo. Sería su perdición.

Con un Cristo no resucitado, nos encontraríamos con un Cristo incapaz de salvar.

Tercera Lectura: Lc 5, 1-11

San Mateo y San Marcos nos dan una visión algo diversa de la vocación de los primeros discípulos de la que nos ofrece Lucas. Mucho más distante todavía San Juan. Los dos primeros, Mateo sobre todo, lo relatan de forma concisa y elemental. Los llamó y le siguieron. Está ausente el milagro. Con ello se pone de relieve, de forma especial, la autoridad y, por consiguiente, la eficiencia de la palabra de Cristo. A su voz, que manda, obedecen decididas las voluntades de los hombres. En Lucas, siendo los mismos los personajes de la escena e idéntico el resultado del relato, entra, como parte integrante, la narración del milagro. ¿Fue realmente así? ¿Lo unió Lucas por su cuenta? Poco probable esta segunda suposición. No podemos dudar, de todos modos, de que el milagro jugó un papel muy importante en la decisión de los apóstoles en seguir al Maestro. Los milagros persuaden al hombre. Este en particular les debió llegar muy adentro a los primeros discípulos. Eran pescadores. Conocían el arte de pescar en aquellas aguas del mar de Galilea. Sabían muy bien que después de una noche en vela, sin éxito alguno en el trabajo, era inútil seguir lanzando las redes a un lado o a otro. Sin embargo, el éxito, que corona su obediencia a la voz de aquel Maestro, los coloca ante un mundo nuevo. El milagro los enfrenta cara a cara con un ser superior, que alcanza la esfera de lo divino. El temor, el respeto, la admiración y cierto pasmo se apoderan de ellos. Todo termina en un incondicional seguimiento. Pero notemos algunos detalles.

1.- La palabra del Señor.- La gente se agolpaba al rededor de Cristo para oír la palabra de Dios. Es la actitud adecuada del siervo para con el señor, del discípulo para con el maestro, del pueblo para con el profeta, del hombre para con Dios.

La palabra de Cristo, escuchada atentamente y ejecutada fielmente, es eficaz. La indicación de Cristo de echar las redes hacia aquel lado, obedecida por Pedro contra toda esperanza, se ve coronada por el éxito más maravilloso. Las palabras de Pedro son preciosas en este contexto:...por tu palabra, echaré las redes.

Otra vez al final aparece la palabra de Cristo:...serás pescador de hombres. Es una palabra eficaz, creadora. Desde aquel momento aquellos hombres son constituidos pescadores de hombres, Apóstoles. Los ha hecho así la voz de Cristo. ¡Los ha convertido!

La palabra de Cristo formula, aquí implícito, un Sígueme. El seguimiento es inmediato y definitivo. El mismo efecto en Mateo, Marcos y Juan.

2.- Actitud de Pedro.- Puede que Pedro fuera el más viejo del grupo. A él le tocaba tomar las resoluciones comunes. De todos modos, es siempre Pedro quien toma la palabra en los momentos más importantes de tomar una decisión respecto a Cristo. Así su confesión en San Mateo; así su decisión de seguir a Cristo con motivo del discurso eucarístico en San Juan. Pedro es un hombre suelto, sensible y sincero. En este caso son encantadoras su fe y obediencia al Maestro: En tu palabra, echaré las redes. La maravilla que corona su obediencia lo coloca ante un poder superior. Allí está la mano de Dios. Es, en cierto sentido, una teofanía lo que presencian sus ojos atónitos. Ante ese Dios que actúa de modo tan manifiesto tan cerca de él, Pedro se ve desnudo, pequeño, impuro, pobre, pecador. La confesión no se hace esperar: Apártate de mí, que soy un pecador. No podía ser menos. La visión de sí mismo, así de repente, frente a la grandeza de Dios, no puede menos de causar temblor y turbación. Pedro se arroja a los pies. Allí está el Santo. Pedro confiesa su indignidad de permanecer ante él. Su fe y prontitud obediencial le valen ahora el título de pescador de hombres. No hay nada que temer. La palabra de Cristo purifica, santifica, consagra y constituye a Pedro apóstol. Tras él están los otros compañeros. También ellos son elegidos. La obediencia al Señor producirá milagros. Los autores notan la extraordinaria frecuencia del nombre de Simón (Pedro), la relevancia excepcional de su persona en esta escena. El cuadro es marcadamente Petrino. Pedro y su barca, el supremo pastor y la Iglesia.

Lucas insiste, más que Mateo, en el radicalismo de la decisión. Lo dejaron todo. Completa disponibilidad a lo que Cristo mande. Lucas es exigente. Es la mejor actitud para un seguimiento fructuoso.

Consideraciones.

Si quisiéramos continuar los temas del domingo pasado, convendría volver de nuevo sobre el tema de la vocación. Es verdaderamente admirable que Dios, Santo y Transcendente, tenga a bien hablar a los hombres. Es admirable asimismo que Dios les encomiende una misión. ¿No podría hacerlo El por propia cuenta, sin necesidad de echar mano de nadie? Evidentemente que sí. Pero no ha sido ese su querer, ni esa su disposición. Dios habla a los hombres por medio de hombres. Su palabra se transmite con tono y sonido humanos. Y tanto se acerca Dios a los hombres, que llega, en cierto modo, a confundirse con ellos. Dios se hará hombre y su Palabra eterna se revestirá de la naturaleza humana.

Hemos considerado, en el domingo pasado, parte de este misterio: Dios elige y envía profetas (Jeremías, Cristo). La misión ha de estar llena de dificultades. Nos toca meditar ahora el misterio desde un punto de vista distinto, desde el interior del hombre. ¿Qué actitud toma el hombre ante la llamada de Dios? ¿Temblará, rehusará, aceptará? ¿Qué siente dentro de sí al encontrarse con Dios que le habla? Podemos aventurar, ya de antemano, que el hombre ha de recibir una fuerte conmoción en presencia de Dios, conmoción a veces perceptible hasta para los espectadores. No podemos, en verdad, repasar la historia de los personajes que, en el transcurso del tiempo, han recibido una llamada de Dios, para examinarlas atentamente en lo que concierne al impacto producido en su ser por la voz divina. No podemos detenernos en todos los videntes. Vamos a limitarnos a los que aparecen en las lecturas de hoy.

A) Vocación profética. La primera lectura y la tercera nos colocan ante ese misterio. Aun la misma lectura segunda lo recuerda tenuemente. Las grandes figuras de Isaías, de Pedro y de Pablo van a constituir nuestro objeto de contemplación.

Tanto Isaías como Pedro muestran el impacto producido por la percepción de la gloria de Dios. (Del mismo modo Pablo en la lejana visión de Cristo en el camino de Damasco). Dios se acerca al hombre. El hombre no puede, sin más, soportar a Dios. La majestad, la grandeza, la suprema fuerza y santidad de Dios conmueven de tal forma al hombre, que éste siente derrumbarse totalmente. La nada del hombre, su impotencia, su fragilidad, su infinita distancia de Aquél que lo creó aparecen con tal fuerza a sus endebles ojos, que éstos amenazan quedar ciegos. El instinto de conservación le obliga a cubrirlos con sus manos o a apartarlos del objeto. Con ser la manifestación de Dios al hombre parcial, es, con todo, el efecto el mismo, en mayor o menor grado. Isaías tiembla, Pedro se arroja a los pies, (Pablo cae derribado y queda ciego). Ambos confiesan a su modo la propia indignidad e impotencia de mantenerse en pie ante El. Quizás sea éste el sentido profundo de aquello de que quien ve al Señor debe morir. El hombre se derrumbaría realmente si Dios no lo sostuviera. Por algo la visión de Dios se nos dará en la otra vida cara a cara. Para que el hombre pueda ver a Dios directamente, debe morir. Para acercarse a Dios debe renunciar a sí mismo. Y para que el hombre pueda renunciar más fácilmente a sí mismo, viéndose lo que es en realidad, Dios se le acerca y se le muestra en poder y gloria. Sólo así puede el hombre, con cierta perfección, verse a sí mismo como es. La luz de Dios es sumamente dolorosa, cegadora, pero saludable; purifica y cura. Es el fuego del altar de Dios. Los místicos hablan de una noche del sentido y de otra del espíritu dolorosas y saludables. No es otra cosa. Para ver a Dios hay que sufrir una purificación; la visión de Dios, a su vez, purifica, quema, derrumba el edificio que el hombre ha construido de sí mismo. Es el comienzo de una nueva forma de ver y de ser. El hombre verá como Dios ve, querrá lo que Dios quiere, hará lo que Dios quiere que haga. De esta forma se convierte el hombre en un instrumento dócil en las manos de Dios. Este hundimiento del propio yo hace al hombre enteramente disponible al servicio de Dios.

Las figuras que venimos recordando son un bello ejemplo de la disponibilidad del hombre a los deseos de Dios. Isaías contesta resuelto Envíame. Pedro y los compañeros siguen incondicionalmente al Maestro, dejándolo todo. Pablo se convertirá en un consagrado apóstol de los gentiles. El hombre ha muerto a sí mismo. Ya no cuenta su propio yo. Lo que cuenta es la Voz de Dios. Es ya un profeta, un apóstol.

Todo cristiano, por el mero hecho de serlo, debe contar, pues es ya de por sí una vocación, con una disponibilidad fundamental semejante. La fe en Cristo y el bautismo en su nombre lo han muerto a sí mismo y lo han unido al Señor muerto y resucitado. Esta dependencia de él lo capacita para verlo y para participar de su gloria. Su vida debe ser Cristo; su ver, su pensar, su querer los de Cristo. La gloria del Señor (el Espíritu) lo irá penetrando progresivamente haciéndolo más ágil y más disponible a su llamada. El camino es doloroso, como lo fue para Cristo; pero saludable y santificador. Dependerá naturalmente de la misión específica que se le encomiende, dentro de la vocación común. La actitud ideal del cristiano ante Dios, que lo llama a ser hijo, es la que nos recuerdan Isaías (Envíame), Pedro (Dejándolo todo, le siguieron), Pablo (Señor, ¿qué quieres que haga?), María (He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra), Abraham, etc. Esa ha de ser nuestra actitud constante delante de Dios.

La palabra de Dios constituye a Isaías profeta y a Pedro apóstol. Así de poderosa es. No es algo meramente externo. En su interior recibe el hombre una transformación en orden a la misión que tiene que cumplir. También la recibe el cristiano: es hijo de Dios, no dueño de sí mismo; su vida es la divina, no la propia. Pedro, Pablo, María, Cristo en su humanidad. El tema de la fe es, pues, importante. De la fe habla Pablo a sus fieles de Corinto. La fe es necesaria para la salvación. Es menester dejar la propia opinión y dejarse llevar por Dios mismo. Esa fe nos conducirá a la percepción perfecta de la gloria de Dios cara a cara. Siempre dispuestos a escuchar y ejecutar su palabra. La palabra del Señor realiza milagros: la pesca milagrosa. La barca de Pedro puede que apunte a la Iglesia.

Es instructiva la conducta de Pablo. Pablo se confiesa fiel transmisor de la verdad revelada. Para eso ha sido llamado y consagrado apóstol. ¿Cómo desempeñamos nosotros ese papel de transmisores de la verdad revelada? Pedro y Pablo dedicaron toda su vida a ello. Hermoso ejemplo. (No abandones la obra de tus manos. Salmo).

B) El dogma de la Resurrección de Cristo. Es necesario para la salvación. Cristo ha muerto y ha resucitado. No podemos olvidarlo. Más aún, debemos anunciarlo constantemente de palabra y de obra. Ese es nuestro destino. Esa nuestra vocación.

C) Santidad de Dios. No podemos olvidar que estamos consagrados al Dios Altísimo, al Dios tres veces Santo. Esto exige de nosotros seriedad, respeto, dedicación absoluta a su voluntad. Estamos en su presencia. Los ángeles cubren su rostro. ¿Ya pensamos en ello? El santo temor es siempre saludable. Los antiguos recitaban varias veces al día el trisagio. Hermosa devoción.

Dejarlo todo: la mejor disposición para ser apóstol.

La gracia de la elección no fue vana en él