Domingo V del tiempo ordinario

Primera LECTURA: Jb 7,1-4.6-7 Me harto de dar vueltas hasta el alba.

He aquí, según la opinión de los especialistas, una obra maestra de la sa­biduría israelita. Nos encontramos dentro de la literatura sapiencial. Es obra de sabios. El Rey gobierna y conduce al pueblo a la prosperidad. El Profeta comunica a los fieles las decisiones divinas en un momento dado de la vida del pueblo. El Sacerdote imparte al pueblo la enseñanza de la Thorá y ofrece sacrificios a Dios en favor de su pueblo. El Sabio da el consejo; el sabio estudia, considera, mira atentamente con agudeza a la Historia salví­fica de Israel, medita la palabra de Dios y en consecuencia deduce y esta­blece relaciones. Trata con esto de arrojar luz sobre ciertos misterios y acla­rar ciertos problemas.

Tema común de estudio y de reflexión es la Providencia divina. Dios tiene providencia del pueblo, de cada uno de los hombres. Pero los caminos segui­dos por Dios son intrincados y misteriosos; no son fáciles de entender. El Sa­bio trata, en lo que cabe, de darles explicación. De ahí la sabiduría, el cono­cimiento de los caminos del Señor. Dios ha obrado y ha hablado en la histo­ria del pueblo de Israel. Allí se centra el estudio del Sabio. Surge entonces una visión de Dios, del mundo y del hombre, muy en consonancia con la reve­lación divina. Tanto es así que para nosotros es parte de una misma revela­ción.

El Sabio viene a ser el teólogo de aquel mundo. La visión que el tiene de las cosas parte de la Revelación. Es una sabiduría divina. Se contrapone na­turalmente a la sabiduría de este mundo. Surge así una apreciación peculiar de las cosas. Los juicios que el Sabio emite son válidos, aunque no siempre completos, pues está por venir todavía la Revelación de Cristo. En esta perspectiva deben enjuiciarse sus palabras. Aquí nos encontramos con un caso. Se trata de Job, del proverbial Job.

Job fue en un tiempo rico, dichoso. Vivía un tiempo bendecido por Dios, estimado de los hombres: tenía numerosa familia, abundantes riquezas, mu­chos amigos y estimación de todos. Pero todo eso huyó como una sombra en día de fuerte viento. Ahora se recuesta en un montón de estiércol. Sus hijos han muerto, sus riquezas han desaparecido. La salud lo ha abandonado; con un tejo tiene que raer la podredumbre que le cubre el cuerpo. Debe dejar la sociedad de amigos y conocidos (es la lepra?). Su misma mujer lo desprecia. Y por si fuera poco hasta sus más sensatos amigos -al fin y al cabo son sa­bios- le acusan de pecado; vienen a arrebatarle la seguridad que él tiene de su justicia. ¿ Cabe mayor desgracia ?.

En esta amarga experiencia surge la consideración: ¿ Qué es el hombre ? ¿ Qué es la vida del hombre sobre la tierra ? El texto de Job nos de la res­puesta:

«Es un servicio militar… La vida es soplo…. Un continuo lamento….Una noche de sufrimientos….» Tal es la situación del hombre en este mundo. Es una visión válida, pero no completa y definitiva. ¿Donde encuentra su sen­tido?

Salmo responsorial: Sal 146, 1-6: Alabad al Señor, que sana los co­razones quebrantados.

Salmo de alabanza. La alabanza, para ser auténtica, debe tener una mo­tivación. La motivación aquí, tratándose de Dios, son sus acciones. El salmo celebra su bondad para con los hombres: «Sana los corazones destrozados». La experiencia secular de Israel avala el encomio, el canto lo celebra y lo proyecta para el futuro como fundamento real a toda esperanza. La libera­ción de todo mal vendrá por Cristo, que no rehuyó el mal para salvarnos. La definitiva se realizará cuando participemos en plenitud de su gloria.

Segunda Lectura: 1 Co 9,16-19. 22-23: ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio.

Seguimos en la primera carta de Pablo a los Corintios. Pablo ha variado de tema. Venía hablando en el capítulo 8 de los idolotitos. Al robusto en la fe nada le impide comer carne de animales que antes han sido sacrificados a los dioses. Para él no hay más que un Dios verdadero. Los llamados dioses no son sino fantoches de los humanos. No suponen para él problema alguno. El se siente libre. Pero debe usar cautamente de su libertad, no sea que ponga en peligro a otros que ven en tal conducta una incitación al mal, por creer que comer de tales carnes es faltar a Dios. La libertad de conciencia tiene un límite: la caridad con el prójimo.

Empalmando con este tema pasa a relacionar su libertad-derechos de apóstol con la conducta personal que él observa. Su conducta está determi­nada no por los derechos que posee, sino por la caridad, por el deseo de ga­nar a todos para Cristo. En tanto usa de esos derechos en cuanto ellos le fa­cilitan el camino para llevar a todos a Cristo. Por eso renuncia a ellos libre­mente cuando de algún modo o de otro éstos pueden ofrecer algún impedi­mento a su misión de evangelizador. El título de Apóstol, con el oficio anejo de predicar, le daba entre otros el derecho de ser mantenido por la comuni­dad. Pablo renuncia a ese derecho; él mismo se gana su sustento. Más aún, trata de probar que en él personalmente no llega a ser derecho. El siente una necesidad, una fuerza mayor que le impele a darse totalmente al Evan­gelio.

Esta es su recompensa: darse sin trabas al cumplimiento de su misión. Todo para el Evangelio. De ahí que es débil con el débil, esclavo con todos… Trabaja con sus propias manos… Célibe… Llora con el que llora y ríe con el que ríe…

Así es Pablo. Según esto:

A) ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! No espera, ni quiere otra re­compensa que la misma promulgación del Evangelio. Todo son derechos si es para evangelizar. Todo sobra, a todo se renuncia, si impide o está el margen de la evangelización. Evangelizar de todo corazón, con toda el alma, gratui­tamente, sin reclamar derechos, he ahí el deseo de Pablo. Ciertamente es un grandioso Ideal.

B) Pablo se ha hecho todo para todos con el fin de que Cristo llegue a to­dos. La norma es el amor. El amor no atiende a derechos, sino a obligacio­nes; no busca ganancias, sino la entrega propia. Pablo se ha dado entera­mente a la salvación de los hombres. El Evangelio es su vida, y su vida, el Evangelio. Todo se enjuicia desde este punto de vista.

Tercera Lectura: Mc 1, 29-39: Curó a muchos enfermos de diversos males.

Abigarrado cuadro el que nos presenta Marcos.

A) Curación de la suegra de Pedro. Los tres sinópticos traen este pasaje. ¡Se trata de Pedro! La mujer, suegra de Pedro, que les servía, está impe­dida. Cristo la toma de la mano y la libera del mal. He ahí, para el cristiano, una imagen de la resurrección. Este gesto de Cristo de tomar la mano y de levantar, recuerda el poder que Cristo tiene de dar la vida. El fiel resucitará en virtud de la acción de Cristo. Recuérdese para ello el gesto de Cristo con la Hija de Jairo y con el hijo de la viuda de Naín.

B) Continúa la acción taumatúrgica de Cristo. Los demonios se alejan de su presencia. Cristo es más poderoso que ellos. Pero Cristo les impide ha­blar. Se ha hablado mucho de la actitud de Cristo de velar su propia perso­nalidad. Téngase, sin embargo, en cuenta:

1) La idea que el pueblo tiene del Mesías es errónea. Si Cristo se presenta abiertamente como tal va a haber un mal entendido. Lo van a tomar por un Mesías político. Eso no es Cristo.

2) La forma de ser de Dios es de por sí misteriosa. Nada extraño que la actitud de Cristo sea misteriosa. Su Reino, a pesar de las aclaraciones, será siempre un misterio. Cristo se mantiene en un discreto misterio.

C) Cristo predicaba por doquier. Esa es su vocación. Todo lo abandona. Se entrega totalmente a la evangelización.

D) Es de notar la «oración» de Cristo: sólo , en el descampado. San Lucas lo pondrá de relieve. La réplica de Cristo «v

amos a otra parte»: contrasta con las palabras de Simón: «Todos te bus­can».

Consideraciones

A) Cristo, centro de consideración. Cristo da la salud, Cristo da la vida, Cristo lanza los demonios. Existe un paralelismo antitético: Diablo-pecado-enfermedad-muerte//Cristo-gracia-salud-vida. Cristo lanza al diablo, causa del pecado y de la muerte; perdona los pecados, sana y da la vida eterna. Cristo ha comenzado ya su obra. Ya ha vencido al Diablo; pero quedan en nosotros todavía como cosa pasajera la enfermedad, debilidad y la muerte. Serán vencidas en último lugar. En tanto, nos toca sobrellevar las molestias de esta debilidad humana hasta el fin. He ahí la descripción de Job. La vida humana puede ser muy molesta. Pero tiene un término. Más aún, tiene un sentido, una vez que Cristo se hizo débil (como por uno de) nosotros. Para nosotros no es problema como lo fue para los antiguos. Esperamos que ama­nezca el Día del Señor. Esperamos que este cuerpo corruptible se cubra de incorrupción. Estamos ahora de paso, como en servicio militar. Después rei­naremos.

B) Urge la evangelización. Tanto Cristo como Pablo se entregan total­mente a ella. ¿Cómo nos entregamos nosotros?. La tarea, como divina, es absorbente. Recordemos del domingo pasado el pensamiento de Pablo acerca del celibato. Y recordemos también las condiciones de requisito impuestas por Jesús a sus discípulos: renuncia total

C) Derechos-obligaciones del Apóstol. Parece ser que para Pablo vale el principio: no reclamo derechos sino aquellos que me facilitan el camino a una más eficaz predicación del Evangelio; aquellos que facilitan el camino a una entrega total al servicio cristiano de la comunidad.

Como se ve, el derecho no se valora en razón del provecho personal, de la utilidad o comodidad propia, sino en razón de la utilidad cristiana de los de­más. Serán aquellos que facilitan el cumplimiento de las obligaciones. Las obligaciones -en realidad no hay más que una- son amar la obra de Cristo en toda su extensión y profundidad. Se pierde lo personal para ganar lo comu­nitario. Esto es sin duda alguna un ideal.

D) Supremacía de la caridad. Léase 1 Co 13, 4-8 (Himno a la caridad).

La libertad tiene un límite: la caridad cristiana. La caridad te obliga a restringir el uso de tu libertad. ¿Cuál es nuestro móvil, la libertad «lícita» o la caridad que se obliga?. Contemplemos a Cristo y a Pablo.

E) La oración de Cristo dentro del plan de evangelización. Lucas desarro­llará este tema.