Domingo V del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 58, 7-10.

Isaías. Tercera parte del libro. Aquí, una requisitoria de Dios. Dios se encara con su pueblo: le recrimina su pecado -faltas contra el prójimo- y revela la invalidez de su culto. El culto se centra, en este pasaje, en dos prácticas concretas: ayuno y sábado. Se insiste en el ayuno.

Culto y justicia social; prácticas religiosas y misericordia. De ahí el binomio. ¿Dos parcelas autónomas? Todo lo contrario: no hay autenticidad en el culto, si no va animado por el respeto al prójimo. La práctica del ayuno,, por ejemplo, queda en sí abierta a diversos vientos. Será, sin embargo, realmente práctica religiosa, si es religioso el espíritu que la mueve; es decir, si pretende, expresa y realiza efectivamente la unión con Dios salvador, de la forma que sea: súplica afligida, penitencia, sacrificio… Pero de hecho no llegará a Dios, si en el fondo no llega al hombre. No encontrará a Dios, si el ayunado no se acerca al hombre como imagen y semejanza de Dios; en otras palabras, si no se hace prójimo. No consiste tan sólo en privarse de algo, sino en acompañar la privación de una entrañable abertura al hermano. Eso une a Dios y salva.

El texto es de por sí claro y transparente. El ayuno sin misericordia se convierte en una especie de chantaje a Dios. Ayuno, sí; pero con entrañas de misericordia y obras de justicia. El ayuno no es una práctica de magia.

Salmo Responsorial: Sal 111, 4-9.

Salmo alfabético de carácter sapiencial. Todo él sostenido por un dichoso quien. Es sabiduría y es dicha y es bendición. Y apunta a una relación con Dios -versillos ausentes- y a una relación con el prójimo -versillos de la lectura-. Tratemos de conseguir semejante misericordia. Somos luz en la luz de Cristo; somos misericordia y compasión en su compasión y misericordia.

Segunda lectura: 1 Co 2, 1-5.

Continúa, con la carta, el pensamiento del domingo anterior. La ciencia de Pablo, salvífica y sobrenatural y, por tanto, auténtica, es Cristo, y éste crucificado. Una persona-acontecimiento que se presenta, cargado de fuerza y energía, capaz de transformar al hombre en todo su volumen. En él se zambulle Pablo y de él recibe, por la fe viva, su poder salvador. No es cosa de hombres; es cosa de Dios y no puede separarse de la santa cruz. Apartarse del misterio y pretender, de la forma que sea, fundamentar en la propia persona la fuerza de salvación es desnudar la cruz de Cristo del poder divino que la impregna. Sería una profanación, una traición, un sacrilegio, al mismo tiempo que un desafuero de terribles consecuencias. No separemos, pues, nuestros ojos de Cristo muerto en la cruz.Él es nuestra salvación, sabiduría y fuerza de Dios.

Tercera lectura: Mt 5, 13-16.

La última bienaventuranza, con un vosotros -domingo pasado-, facilita el paso a la perícopa de hoy, también con un vosotros. Una serie de metáforas a modo de definiciones, con matiz parenético. Son imágenes que definen al discípulo, con la intención manifiesta de moverlo a su realización. Es la Iglesia la que escucha, y nosotros, dentro. Definiciones, pues, que nos caracterizan como discípulos y miembros del reino. Escuchemos con atención y tratemos de aplicárnoslos.

Tres imágenes: salluz y ciudad. Las dos primeras corren paralelas; parecen querer ilustrar el mismo misterio. La tercera, unida a la segunda, parece suscitar una estampa nueva; dejémosla para el final.

Vosotros sois la sal de la tierra. Sabemos qué es la sal y para qué suele ser utilizada. La sal preserva los alimentos de la corrupción, les da sabor y purifica; el Levítico la prescribe para los sacrificios. Si pierde su virtud, nada vale; más, es pisoteada y arrojada a la basura. Los mismos hombres -no Dios- ejecutan la sentencia. La Iglesia, y cada uno de sus miembros como tales, reciben la misión de dar sabor, de purificar, de conservar lo que de valor existe en la tierra. Lo conseguirán, viviendo las exigencias del evangelio. Si dejan de identificarse con él, pierden su identidad y definición, acabando en el extremo opuesto: arrojados y pisoteados como basura por los hombres. Al fin y al cabo, Cristo es la saly salsu evangelio, y nosotros, sal en él, y él, sal en nosotros. Si rompemos con él, vacíos, los mismos hombres nos despreciarán. Tremendo y triste final. ¡Cuidado!

Vosotros sois la luz del mundo. Es también, como la otra, nuestra misión y definición. Hemos recibido la luz, y, bien asimilada, somos luz, hijos de la luz. La luz, según la imagen, no solamente brilla, es su naturaleza, sino que tiene por fin y destino iluminar a los de casa. No podemos impunemente amortiguar, ahogar o apagar la luz que hemos recibido y que nos hace luminosos. Sofocarla sería un contrasentido grave. Según el texto, inutilizar su eficiencia, por ausencia de obras buenas, es eclipsar la gloria de Dios Salvador entre los hombres. La conversión a Jesús y la pertenencia al reino de Dios conllevan una forma de vida que transparenta salvíficamente la presencia salvadora de Dios. Quebrar existencialmente la relación con él es ahogar el amor a Dios y a los hombres. Jesús es la Luz, y nosotros, luz en él. Dejemos que él brille en nosotros y nosotros en él. Las obras buenas siempre son buenas y, como tales, de una forma u otra han de engendrar bondad.

Añadamos, por último, como altamente probable, la conjunción de las dos imágenes, luz y ciudad. Y, entonces, tomando como base el cuadro que nos ofrece Isaías (2, 1-5), admirar la santa ciudad de Dios, colocada en la cumbre de los montes, radiante de luz y capaz de atraer hacia sí, como imán poderoso, a los pueblos y gentes que buscan la paz. Con esto se destaca más el carácter eclesial del texto, ciertamente presente en Mateo. La ciudad santa es la Iglesia y Cristo, su luz. La luz irradiada -movimiento centrífugo- revierte sobre sí misma -movimiento centrípeto- con inmensa afluencia de gentes, dispuestas a convertir sus armas en instrumentos de paz. También esta imagen nos define y caracteriza. Tratemos de realizarlo; es nuestra misión.

Consideraciones:

En los comentarios que preceden podemos encontrar algunos pensamientos útiles como consideraciones para este domingo. Dándoles cierta cohesión podríamos presentarlos así:

a) Cristo.- Cristo es la sal Cristo es la Luz, Cristo es la Sabiduría y el Poder de Dios y el Monte de ancha y firme base, donde se asienta la Ciudad de Dios. No lo separemos de la cruz; la segunda lectura nos obliga a vincularlo con ella. Consideremos, y convenzámonos, de lo que es y significa Cristo para el mundo y para nosotros como presencia salvadora de Dios. En él encuentran todas las cosas su sentido y fuera de él se desvanecen. Es el pensamiento, fecundo, sin duda, de base.

b) La Iglesia.- La Iglesia de Cristo es por definición la Ciudad Santa, Templo de Dios, desde la que se difunde, salvífica, la luz encendida por su Señor. Es por ello, también, sal y fuerza transformante, con el doble gesto de irradiar la luz y de aglutinar en torno a sí a todas las gentes y de convertirlas en su propio cuerpo. Su misión es la Paz; la paz de Dios en la unión fraterna de todos los hombres. Debe cuidar de no cometer el tremendo error de creerse ella misma, al margen de su Señor crucificado, fautora de la salvación. Pablo apóstol nos advierte encarecidamente de ello.

c) Los cristianos.- Este apartado no es más que un desarrollo ulterior del que precede. En efecto, la Iglesia no será efectivamente luz, sal y ciudad santa de Dios, si los miembros que la integran no lo son en modo alguno. En resumidas cuentas, y es aquí donde insisten las lecturas, somos nosotros los llamados a realizar en la vida la definición que nos viene del Señor. Debemos ser sal y luz, templo santo de Dios. Está en juego nuestra propia identidad como criaturas de Dios. Aquí sí que entra con toda su fuerza el ser o no ser; ésta es la cuestión. Porque, efectivamente, se trata de ser o no ser. Y nosotros, naturalmente, queremos ser con plenitud. De ahí la carga parenética que desprende el texto y que nosotros no podemos menospreciar. Por supuesto, que el cristiano ha de vivir su definición dentro de la diversidad de gracias con que el Señor, por el Espíritu, adorna a su Iglesia: apóstoles, profetas, doctores… Pero siempre y en todo momento, sal de la tierra y luz del mundo.sal en la sal, luz en la Luz, monte en el Monte y fuerza en la Fuerza de Dios, Cristo Jesús. Que no pase, ni por un momento, por nuestra mente el pensamiento de que somos sal y luz fuera de Cristo, clavado en la cruz, y, resucitado, sentado a la derecha de Dios.

d) Las obras, el amor fraterno. El tema de las obras está implícito en el apartado anterior. Lo dice expresamente el evangelio: Para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Y el segundo, inseparablemente vinculado a él, presente en la primera lectura. A propósito de ella convendría detenerse en la reflexión, siempre útil, sobre la relación amor y culto. Somos muy propensos a instalarnos en el momento material cultual, olvidando la introducción en él del amor al prójimo. Una Eucaristía sin amor al prójimo no existe.