Domingo V de Pascua

Primera Lectura: Hch 14, 20b-26: Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.

De nuevo, como protagonistas, Pablo y Bernabé. Grandes apóstoles. Prototipo de evangelizadores. El milagro operado en Listra los ha puesto en una situación embarazosa. Los oyentes han pasado de la admiración al insulto, del temor reverencial a la persecución. ¿Quién entenderá al hombre? Los mensajeros de la Buena Nueva encuentran la expulsión. La ocasión, la curación de un tullido y la consiguiente predicación. Es el contexto inmediato.

Los apóstoles siguen su camino, evangelizan, consuelan, sostienen, animan. Este es su oficio. La entrada y pertenencia al Reino implica dificultades, tribulaciones. Esta es la realidad. Hay que contar con ellas. Es un dato de la experiencia. El apóstol pasa bendiciendo, predicando, designando colaboradores. Los hermanos viven, conviven y gustan los triunfos y penas de los apóstoles. Es una comunidad viva y hermanada. Los misioneros suscitan misioneros. Oran, ayunan, presentan ante el Señor los éxitos conseguidos. Dios les acompaña. En las comunidades ha de haber ancianos que presidan, que sean el alma de la comunidad. La obra sigue adelante. Bendito sea Dios.

Salmo Responsorial: Sal 144, 8-13: Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.

Salmo de alabanza. Uno de los clásicos atributos de Dios, en la antigua revelación, es la clemencia. Dios es misericordioso, inclinado siempre a la bondad. Es cariñoso con sus criaturas. Queda muy a la sombra la ira. Su gobierno se caracteriza por su piedad, siempre Padre para sus creaturas. Estos atributos alcanzarán tamaño mayúsculo en la Revelación nueva, en Cristo. En él se revela la justicia. La justicia que salva naturalmente. ¿Por qué no meditar sus obras? Para comprender las maravillas hay que contemplarlas. ¿Por qué no alabarlo y estarle agradecidos? ¿No nos haría a nosotros buenos y piadosos? Cristo ha establecido, con nuestra colaboración, un Reino de paz y de misericordia, un Reino de justicia. Él es nuestro Rey y nuestro Dios.

Segunda Lectura: Ap 21, 1-5a: Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

Nos estamos acercando al final del libro. La primera creación ha pasado. Aquel cosmos sin consistencia, aquel elemento de tránsito, aquella realidad aparente, se esfumó. Los malvados han sido barridos por la ira de Dios. El vidente lo ha presenciado todo. Queda por ver la maravilla suprema: el Reino de Dios, su esplendor y su gloria. De ello nos va a hablar el autor.

Un cielo nuevo y una tierra nueva. Una nueva creación. Una creación que pertenece a otro orden. No es algo meramente nuevo, sino algo totalmente nuevo. Ya lo habían anunciado los profetas (Is 56, 17). Sus ecos resuenan en la apocalíptica judía. Pedro, en su segunda carta, se detiene a describirlo. Todo el Nuevo Testamento es consciente de esa realidad sublime. Juan, el vidente, lo testifica.

Es una ciudad nueva, una nueva civilización, una humanidad nueva, un nuevo mundo. Una humanidad gozosa, alegre, sana, siempre joven; sin mancha, sin culpa, sin maldad alguna. Desciende de lo alto, pertenece a otra esfera. Es obra exclusiva de Dios, es su morada. Es toda luz, es toda simpatía, es toda vida y amor. Es toda santa. La ciudad vieja, endeble, carcomida, raquítica, se ha derrumbado para siempre. Su propio orgullo le ha hecho explotar. Ahora es su pueblo elegido, selecto, donde no tendrá cabida el dolor ni el llanto. La misma muerte será alejada de ella para siempre. No hay temor, no hay duda, no hay incomprensión, no hay inseguridad, no hay sombras. Dios está en medio de ellos. Ellos son su pueblo y Él es su Dios. Una unión tal, cual no sospecharon los siglos. Esa ciudad es nuestro destino. Irrumpe de lo alto. En realidad somos ya sus ciudadanos. Esperamos ser envueltos totalmente por ella. Atentos, pues, no la perdamos de vista. Es nuestra Patria.

Tercera Lectura: Jn 13, 31-33a. 34-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

Ha llegado la hora de la suprema manifestación de Jesús. Es el momento de su glorificación. Jesús retorna al Padre. Se avecina la muerte y, con ella, su exaltación. Comienzan las efusivas e íntimas revelaciones de Jesús a los suyos. No son extraños, son amigos. Dan comienzo con el lavatorio de los pies.

Jesús ha lavado los pies a sus discípulos. Es un acto de servicio. El gesto (signo) apunta a la muerte. La muerte va a ser expresión de un servicio y de un amor sin límites (los amó hasta el extremo). Estamos, ya temáticamente en la pasión. Todo lo está anunciado. Sólo faltan las palabras del Maestro. Aquí comienzan.

La figura de Judas, misterio de iniquidad, se cruza por un momento. También su presencia allí anuncia la muerte. Con la traición de Judas comienza la Pasión y en ella el momento cumbre de la revelación de Jesús como Hijo de Dios y Salvador nuestro.

La obra de Dios se va a llevar a buen término. Es Jesús que va a ser elevado. Jesús va a ser glorificado. Hacia él van a concurrir todas las miradas del universo. Va a ser constituido en poder y majestad, cuando su cuerpo exánime mane sangre y agua (eucaristía, bautismo) y de sus labios salte gozoso el espíritu. Jesús va a ser glorificado, y con él el Padre. El Padre va a coronar su obra y en ella va a comunicar su gloria a todos los que beban de aquella viva fuente. Jesús va al Padre, y el camino es ese: Pasión-Muerte-Resurrección.

La obra de Dios es una obra de amor. Jesús ha amado a los suyos hasta el extremo. No cabe mayor amor. Los suyos deben continuar la obra: deben continuar ese servicio, deben lavarse los pies unos a otros, deben cultivar el amor mútuo. Y todo esto es nuevo, como nueva y única es la obra divina. Un amor mútuo, un amor sincero, un amor en Cristo a todos los hermanos. Que el amor no debe tener fronteras, ni siquiera las que levanta la enemistad, lo había Dios ordenado desde antiguo, según explanación de Jesús en su predicación (Sermón de la Montaña, Buen Samaritano...). Nuevo es que podamos y nos tengamos que amar unos a otros como él nos ha amado. Se trata de hermanos. Y dado que el amor de Cristo (Pasión-Muerte-Resurrección) nos constituye hermanos, solamente lo seremos cuando nuestro amor esté y sea con y como el suyo. El amor de Cristo es algo nuevo, como es nueva su obra. Así de nuevo el amor cristiano, como nueva es la comunidad que sobre él se edifica, la Iglesia. Esa es la señal, esa la encomienda; ese el distintivo y esa es su vida: amor recíproco y universal, como Cristo nos ha amado. Ahí su gloria, ahí su poder; ahí glorificamos al Padre; ahí somos glorificados por él y en él. Es la comunicación de Dios mismo (Dios es amor) a nosotros; es nuestra divinización. Ahí damos gloria a Cristo, cuando viviendo su amor quedamos glorificados por él. Pues la capacidad de amarnos nos viene de él.

Consideraciones

Estamos en tiempo de Pascua. No perdamos de vista a Jesús Resucitado. El centro, como siempre, ha de ser el misterio de Jesús.

Jesús ha sido glorificado por el Padre: sentado a su derecha, Señor del universo, Redentor y Salvador de la humanidad. La muerte, donde dio muerte a la Muerte y fue expresión del más alto amor a Dios y a los hombres, es ya un triunfo. Es ya la glorificación. Glorificación recíproca. Jesús glorificado al ser constituido fuente de vida -costado abierto-; Dios glorificado al obrar en él la salvación.

La obra es obra de amor. El amor se comunica a los hombres. Y éstos son capacitados para amarse unos a otros, en virtud de Jesús exaltado. El ejercicio del amor es signo patente, por una parte, de la presencia de Dios en nosotros, de la exaltación de Cristo (sin ella sería imposible amarnos así), y, por otra, de nuestra pertenencia a Cristo. Nos amamos porque Jesús ha muerto por nosotros, porque ha sido exaltado, porque se nos ha conferido el don del Espíritu que dimana del Padre y del Hijo.

La Iglesia continúa la obra del Padre en Jesús. El amor divino recibido, en Cristo exaltado, se expande, siendo la misma expansión, como en Cristo, signo de su autenticidad. He ahí la Iglesia en su sustancia. No tienen otro sentido la jerarquía, los Sacramentos, las prácticas piadosas, etc.: vivir en recíproca referencia el amor del Padre que se nos comunica en Cristo. Somos testimonio de amor. ¿Qué testimonio damos? Somos un mundo nuevo.

En realidad ese es el mundo nuevo de que habla el Apocalipsis. Pero ya en su término. Es la Iglesia glorificada en plenitud. Conviene contemplar esa maravilla que es nuestro destino. No podemos ser plenamente glorificados, si no vivimos ya aquí glorificados; no alabaremos a Dios eternamente, si no lo alabamos aquí con nuestra conducta; no seremos exaltados, si no vivimos ya aquí la exaltación en Cristo. Ese servicio, ese amor fraterno y universal, que bajo otro aspecto es humillación, persecución, obediencia, esfuerzo... Las lecturas subrayan el aspecto comunitario. Nota la convivencia de la comunidad en los afanes, en los triunfos, en las penas, en todo. Así tiene que ser la Iglesia. Gran maravilla, un sentir de tantos pueblos, de tantas razas. Es la obra de Cristo glorificado. Cantémoslo con el salmo.