Domingo V de Cuaresma

Primera Lectura: Is 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando.

Al segundo Isaías (Is 40-55) le tocó anunciar la vuelta del destierro. Ante un acontecimiento tan maravilloso, sus ojos se dirigen a todas partes en busca de analogías, en busca de imágenes, en busca de términos y de elementos que puedan, de alguna forma, expresar al pueblo, sumido en la angustia, el portento que Dios se dispone a realizar.

El primer elemento lo ofrece la historia sagrada. ¿Quién no recuerda, todavía maravillado, la salida de Egipto, el paso del mar Rojo y la destrucción del ejército del Faraón? Son situaciones paralelas. Siervos en Egipto, esclavos en Babilonia. En ambas el desierto de por medio. En cierto sentido, sin embargo, la situación del pueblo es más lamentable ahora que entonces. Los israelitas sufren ahora la pena de sus propias faltas y rebeldías. Su deportación a Babilonia es un castigo. ¿Tendrá término la ira del Señor? Más de uno de aquellos desterrados ha vuelto la vista hacia atrás y ha contemplado, con nostalgia y esperanza al mismo tiempo, la maravilla de la salida de Egipto. ¿Volverá Dios a repetirla? El profeta ha recibido una respuesta afirmativa a estos deseos. Dios va a intervenir de nuevo. Pero va a ser tan estupenda, tan sorprendente, tan maravillosa la nueva intervención del Dios de Israel, que la antigua hazaña quedará casi totalmente eclipsada. El recuerdo de la salida de Egipto no sirve para expresar con propiedad la nueva acción salvadora de Dios.

El profeta, insatisfecho en la primera tentativa, vuelve sus ojos a la naturaleza. Del yermo brotarán fuentes de agua saludable. El desierto se convertirá en vergel; un camino, bordeado de acacias y álamos, lo cruzará de extremo a extremo. Por él caminarán los redimidos de Israel. Los cubrirá la sombra, los acariciará la brisa; las alimañas perderán su fiereza; el agua por todas partes para calmar la sed. Es que pasa el pueblo con su Dios a la cabeza, el escogido de Dios; pueblo que Dios formó para que proclamara su alabanza. La alabanza va a ser universal.

Comienza una etapa nueva. Dios va a crear un orden nuevo. El pueblo tiene que vivir. Ha de cumplir su misión de alabar a Dios. La alabanza de Dios no puede cesar en ningún momento. Por eso, los trae del destierro. La liberación muestra su gloria. La alabanza la recuerda y celebra. La salvación sigue adelante.

Salmo Responsorial: Sal 125, 1-6: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Los profetas habían anunciado, como hemos visto, para el pueblo de Israel en el destierro un nuevo éxodo: la vuelta al país patrio, la liberación del yugo de los babilonios. El salmo celebra, agradecido, el acontecimiento y evoca el gozo indescriptible, la risa abierta, el rostro radiante de los que se pusieron en camino hacia Sión. Fue realmente un portento. Los mismos pueblos vecinos no daban crédito a sus ojos: El Señor ha estado grande con ellos. La palabra de los profetas se había cumplido: el pueblo había presenciado un nuevo éxodo.

El suelo que les esperaba en Palestina, sin embargo, era áspero y duro. Había que trabajar sudorosos para mantenerse en vida. El salmista se dirige al Señor en nombre del pueblo: Cambia nuestra suerte. Dios ha comenzado la obra. La oración y el trabajo de los fieles han de continuarla: Dios y el hombre. La siembra la bañan las lágrimas, el gozo recogerá los frutos. Ha intercedido la bendición de Dios. Dios continúa bendiciendo a su pueblo. Los profetas apuntaban más lejos, al hablar de un camino en la naturaleza. Apuntaban a acontecimientos más lejanos, pero seguros.

Segunda Lectura: Flp 3, 8-14: Todo lo estimo pérdida, comparado con el conocimiento de Cristo Jesús.

La polémica con los judaizantes -ya han hecho acto de presencia en Filipos- le obliga a Pablo, una vez más, a definir con claridad y calor su posición frente a la Ley y frente a Cristo. Pablo fue, tiempo atrás, un fervoroso y convencido fariseo. Confió largo tiempo en la justicia que le daba el cumplimiento de la Ley y de las costumbres antiguas. La Ley y las tradiciones patrias fueron su orgullo y su gloria. Pero las cosas habían cambiado de un tiempo a esta parte. Después de la visión de Cristo resucitado y glorioso, la luz que dimana de su persona ha iluminado la mente de Pablo de forma sorprendente y le ha hecho ver las cosas como son en realidad.

Nada son las justicias, en que tanto confiaba; nada los títulos que tanto lo honraban; nada las prácticas de la Ley que tanto le enorgullecían. Nada es todo eso. Más aún, bien miradas las cosas, todo fue pérdida de tiempo. Todo es detrimento, si no lleva al precioso y elevado conocimiento de Cristo. Eso es lo que vale y pesa. Cristo y otra vez Cristo. Pablo lo ha dejado todo; a todo ha renunciado con tal de poseer a Cristo y de ser poseído por él. La posesión mútua es la perfección apetecida y deseada. Fuera de ella, nada. La posesión mútua engendra un conocimiento, por connaturalidad, que sobrepasa en valor todo ser creado.

Pablo conoce (estamos en las cartas de la cautividad) ahora, por experiencia e intuición al Cristo que ha muerto, al Cristo que ha padecido, ¡al Cristo que ha resucitado! Pablo vive a Cristo en todos sus misterios; los misterios de Cristo se han hecho carne y vida en él. Queda por revelarse en su plenitud el último de ellos: Cristo va a venir, revestido de poder y de gloria. Pablo corre al encuentro del Señor. Esa es la meta. La carrera dura lo que dura la vida. No merece la pena volver la vista atrás. Todo lo que queda es basura. Cristo es lo que importa. Una carrera veloz con ansias de posesión plena: eso es Pablo.

El premio -posesión de Cristo- es realidad y es esperanza. A Cristo se le posee ya y es objeto de esperanza. Hay una tensión entre ambos términos. Por eso corre Pablo. Por eso es menester correr. Una fuerza irresistible debe empujarnos hacia él.

Tercera Lectura: Jn 8, 1-11: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra.

Precioso pasaje éste que nos ofrece el evangelio de San Juan. La crítica moderna opone serios reparos a la mano de Juan en este relato. Muchos códices antiguos, los más valiosos, silencian esta escena. Algunos colocan en blanco el espacio correspondiente a estas líneas. Otros lo colocan al final del evangelio. En fin, el texto es dudoso. La comunidad antigua, no obstante, conocía la historia perfectamente. ¿Qué sucedió? Sin duda el pasaje formaba parte del evangelio. Se suprimió su lectura en los tiempos de rigorismo moral en la Iglesia. Volvió a aparecer, cuando la tendencia perdió influencia. El episodio hay que asignarlo a la tradición sinóptica más que a Juan. Entre los sinópticos habría que pensar en Lucas, el evangelista de la misericordia. El texto es válido y evangélico.

La escena no ofrece dificultad en la explicación. El Señor no condena a la mujer, acusada de un pecado castigado con la muerte. Cristo no ha venido a condenar. Ha venido a salvar, a curar, a bendecir. Los hombres sí que condenan. Puede que fuera por celo; puede que pos despecho; puede que por desprecio. El hecho es que no comprenden el vocablo misericordia. Así somos los hombres. Nos escudamos muchas veces en la ley para condenar lo que nos disgusta personalmente, sin tener en cuenta la salvación del acusado. Nos olvidamos fácilmente de que nosotros también somos reos de muchas faltas.

Los acusadores desaparecen uno tras otro ante los ojos inquisidores de Cristo. Cristo nos enseña misericordia. Todos eran pecadores. Todos somos pecadores. Con cuánta facilidad lo olvidamos.

No peques más. Cristo perdona al arrepentido. El arrepentimiento incluye propósito de evitar el pecado. Es un punto interesante.

Consideraciones:

1. Cristo perdona. Yo tampoco te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Cristo perdona, y su perdón es verdadero. Dios le ha dado el poder de perdonar los pecados. El Padre y él son una misma cosa. Lo que él hace el Padre; y hace lo que ha visto hacer al Padre. Esta es su misión: llevar al Padre a los hombres, reconciliarlos con Él. perdona, y perdona con todo corazón. El perdón es la expresión de la reconciliación. Los hombres -apóstoles, ministros del Señor- han recibido de él el poder de perdonar los pecados en su nombre. Hoy todavía ejercen aquéllos el poder de perdonar. Su perdón es válido y real. En efecto, llega hasta el trono de Dios, en virtud de la muerte de su Hijo. Conviene meditar sobre este consolador misterio. El que sea sacerdote para perdonar en Cristo con misericordia. Al fin y al cabo, él también es pecador. Cuidado con la excesiva severidad. No sería cristiano. Para el laico, para aprovechar la gracia sublime que se le concede de reconciliarse con Dios bien y pronto. También le ha concedido Dios a Cristo el juicio. El juicio, sin embargo, lo relega a un segundo tiempo. Los hombres pecamos, inmisericordes, de justicieros; Cristo no.

Cristo perdona los pecados a los que se arrepienten. Es necesario el arrepentimiento. No se trata de una gracia que nos haga más pecadores, sino mejores cristianos. El arrepentimiento incluye voluntad de no pecar: Anda, y en adelante no peques más. Es un buen punto de consideración. Merece la pena detenerse en ello. No abusemos de la gracia. Puede que nos suceda algo peor. La misericordia vence de todos modos a la justicia.

2. Cristo, nuestra meta. El tema nos lo ofrece la segunda lectura. El perdón que nos viene de Dios es el comienzo. Por el perdón entramos en amistad con Dios, con Cristo. Es el comienzo; hay que caminar adelante. El arrepentimiento es un mentís claro y decidido a todo aquello que nos separaba de Dios. Todo lo que conduce al pecado es basura y nada, es tiempo perdido. En las palabras de Pablo hay algo más. Todo lo que no nos una a Cristo hay que despreciarlo. Urge correr. Fuera títulos tontos y orgullosos. Nuestra gloria es la cruz de Cristo y nuestra fuerza su resurrección. Los misterios de Cristo deben ser vida en nosotros. La perfección es poseer a Cristo y ser poseídos por él. ¡Cuánta vanidad en nuestras acciones y en nuestros planes! Pablo nos invita a correr. Es una lástima que, hechos para volar, andemos como patos endebles y miopes. El tiempo de Cuaresma nos invita a una reconsideración de nuestra vocación: la perfección en Cristo. Buen tema éste.

El salmo responsorial nos enseña a orar. Ya tenemos la salvación inicial, el perdón; pero no el término, la posesión de Cristo. Hay que pedir la continuación de la bendición de Dios. Nuestro trabajo siembra para recoger, mediante la bendición divina, el premio eterno. Pasamos de Babilonia a Jerusalén. Estamos en camino. Pidamos a Dios nos otorgue su protección: sombra en el calor, brisa en la sequedad, agua en la sed, poder sobre las bestias.

Las oraciones dirigen nuestra atención hacia el misterio de la muerte de Cristo. De él nos viene el perdón. Se acerca la Semana Santa.