Primera Lectura: Jr 1, 4-5. 17-19

El profetismo es una de las instituciones del Antiguo Testamento que más simpática y más maravillosa cae al hombre moderno. Quizás sea por su carácter marcadamente extraordinario y carismático. La acción de Dios en el hombre aparece más clara y convincente que en las otras instituciones. En efecto, la acción de Dios no está sujeta ni vinculada en forma alguna a una tribu (sacerdocio) o a una familia (Rey-Mesías). Dios actúa con sorprendente libertad. El Espíritu de Dios surge y actúa en los tiempos y lugares más diversos y en las personas más dispares: sacerdotes, pastores, ciudadanos... El profeta ha de ser ágil, ha de moverse con entera libertad. No es raro el caso del profeta andante incansable (Elías). La fuerza de Dios es su soporte. El Espíritu lo lleva y lo trae hacia donde él quiere. No hay fronteras ni obstáculos insuperables.

Es el profeta el portador de la palabra de Dios. No tiembla, no teme, no se arredra. Se encara con el pueblo, amonesta al sacerdocio, increpa y amenaza al rey. Es la voz de Dios hecha palabra humana. El profeta goza de gran intimidad con Dios; siempre atento a su palabra, que sólo a él llega; siempre en estrecha comunión con El. Dios se le comunica de forma sorprendente.

La misión del profeta suele estar sembrada de dificultades. Algunos profetas estuvieron a punto de sucumbir. Sólo la fuerza de Dios los mantuvo. Muchos fueron perseguidos, algunos sacrificados. El profeta consuela, el profeta advierte, el profeta acusa, ordena, amenaza y condena; y su voz, como la voz de Dios, es eficiente, realiza lo que habla. Es como una bendición en el pueblo. Es mal síntoma la ausencia de la voz de Dios por medio de los profetas. Y, aun cuando nos moleste su voz acusadora, siempre es expresión de una preocupación divina sobre nosotros. Es mejor oír a Dios amenazando que no oírlo nunca. El profeta nos muestra la preocupación de Dios. El Espíritu profético continúa en el Nuevo testamento.

Todo esto nos recuerda la lectura de hoy: en primer lugar, la vocación del profeta; en segundo lugar, su misión (17-19). En la primera parte, se pone de relieve la iniciativa divina. Dios elige y consagra al profeta. Nadie asume este oficio, si no es llamado por Dios. Nadie ha de osar proponer su palabra como palabra de Dios. Dios forma, Dios modela al hombre que ha de ser su mensajero. Aquí se trata de Jeremías. En la segunda parte, el acento recae sobre la misión, más concretamente. Da la impresión, por las expresiones que emplea el autor, de que la misión que se le encomienda a este profeta va a ser dura y desagradable. Así suele suceder. En el caso presente se acentúa este aspecto. El profeta deberá salir a la arena a modo de valiente guerrero. Tendrá que declarar la guerra a reyes, magnates, sacerdotes y a todo el pueblo. Así de perdidos estaban. La guerra va a ser despiadada con él. Pero no hay que temer; Dios está con él; Dios le asistirá para que no sucumba; Dios está ahí como salvador.

Así ocurrió realmente en la vida de Jeremías. Tantas fueron las dificultades, tantos los sufrimientos y persecuciones que el profeta decidió, como Jonás, huir de Dios, huir de sí mismo, abandonar su misión (20, 7-9). No pudo. La voz de Dios se hizo tan potente que lo retuvo y mantuvo en su misión, a pesar de todo. La voz ha de sonar, pese a todo el mundo. El hombre elegido para hacerla sonar, ha de hacerse de hierro, de piedra, cuando así lo exijan las circunstancias; o, también, de carne y entrañas para interceder por el pueblo. Admirable la vocación del Profeta. La lectura nos recuerda la vocación del profeta y el desempeño de su misión. Todo ello sumamente interesante.

Salmo Responsorial: Sal 70

Lo componen esta vez unos versillos del salmo 70. El salmo es fundamentalmente un salmo de acción de gracias. Así suena el estribillo: Mi boca anunciará tu salvación. Los beneficios del pasado sueltan la lengua del salmista para cantar su salvación, la acción bienhechora de Dios. El pasado explica el presente y nos abre el futuro. El beneficio, ya recibido, nos hace esperar en otro. Las calamidades continúan; hemos de acudir a Dios. La acción de gracias, de este modo, se desdobla en alabanza -reconocimiento-, por el pasado y peticción, para el futuro. El salmo rebosa en expresiones de confianza y petición. Así nuestra vida cristiana: alabamos a Dios por lo recibido, pedimos a Dios lo que esperamos. Así caminamos.

Segunda Lectura: 1 Co 12, 31; 13, 1-13

Aquí tenemos todo el capítulo 13. Dentro de él el precioso himno a la caridad. Basta leerlo y meditarlo para captar la importancia y la grandeza de esa virtud capital. Sin embrago, para valorarlo y apreciarlo mejor, dentro del contexto donde se encuentra, no están de más unas palabras.

No olvidemos que Pablo sigue polemizando con los corintios con motivo de los carismas. La polémica hay que colocarla al fondo. El primer versillo de la lectura, último del capítulo 12, lo indica a las claras. Lo mismo la contraposición, en forma de hipótesis no tan irreal, en que introduce el capítulo 13: Si...

De los carismas, de que anteriormente ha hablado, conviene elegir y desear los más altos, los mejores, aquéllos que, en relación a todo el organismo, presentan mayor utilidad. Con todo, continúa Pablo, los carismas presentan, respecto a la caridad, una imperfección radical y una inferioridad insalvable. Los carismas son para este mundo, para las necesidades de ahora; una vez superadas éstas, aquéllos desaparecerán. Es cosa de niños detenerse en ellos. Son, en verdad, sorprendentes y llamativos; pero, respecto a la caridad y a la vida teologal, quincalla y oropel. Los carismas pasan, la caridad no pasa; aquéllos, sin ésta, no sirven ni valen nada.

Al lado de la caridad hay que colocar la fe y la esperanza. Son virtudes teologales; son virtudes que permanecen. Ellas llegan a su objeto, Dios; objeto que poseeremos eternamente. Respecto a la caridad guardan cierta inferioridad, pero no la misma que guardan los carismas. La fe llega a Dios, la fe nos salva. La vida de fe es vida de perfectos, de hombres maduros, no de niños. Lo mismo hay que decir de la esperanza. Y tanto la fe como la esperanza permanecerán en cierto sentido. La fe desembocará en una visión cara a cara. Siempre habrá, sin embargo, una aceptación del Dios que se nos comunica y nos habla. La esperanza acabará en una posesión plena y segura de su objeto. Pero dentro de esa posesión que nos llenará, siempre jugará un papel importante la seguridad cierta de que ese bien lo poseeremos siempre. La visión aumentará, la seguridad se hará de todo punto definitiva. Pero no hay que olvidar que, en cierto sentido, ya participamos de ello aquí por las virtudes de la fe y de la esperanza. La caridad las supera y las envuelve: amor intenso al Dios que nos ama. La vida mejor, que urge San Pablo, será una vida teologal intensa. La caridad lo encierra todo. No hay caridad sin aquéllas.

En el texto que estamos explicando, la caridad apunta expresamente al prójimo. Pero la caridad es un hábito que nos viene de Dios. Dios nos ama y funda en nosotros un principio de amor que nos capacita para amarle a él en los demás y a los demás en él. Pablo habla de ese amor y lo describe.

El himno es hermoso. Podríamos considerarlo como un espejo. Es necesario mirarse en él. Podemos así conocer la dirección que debe llevar nuestra vida. No hay tiempo para explicar los términos que Pablo emplea en su loa de la caridad. Conviene, sin embargo, leerlos detenidamente.

Pablo propone a nuestro espíritu el camino de la perfección: una vida de fe afectuosa que desea y tiende con firmeza a la posesión de su objeto, Dios, mediante un comportamiento amoroso con El en sus criaturas humanas, a las que también ha destinado a participar de El. El amor es el rey, pues Dios es amor. Conviene, es necesario ejercitarse en la caridad que ha descendido de Dios a nosotros. Con la caridad se afina la fe, se afirma la esperanza, y la vida de Dios en nosotros se hace más y más intensa. Los carismas ¿qué otro sentido pueden tener que no sea la caridad en fe y esperanza?

El destino es claro: ver a Dios cara a cara, convivir con El; visión perfecta, posesión segura, gozo sabroso de lo poseído.

Tercera lectura: Lc 4, 21-30

El evangelio continúa el episodio comenzado ya en la lectura del domingo pasado. Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret, su pueblo. Ha llegado hasta allí su fama de predicador y de obrador de maravillas. Hay grande expectación en el público, que lo conoció desde niño. El jefe de la sinagoga le ha entregado la Escritura. Los ojos de Jesús han topado con un texto de Isaías. Todos han escuchado su voz con atención. Ahora se dispone a hablar. Sus palabras fluyen serenas y seguras. Habla con autoridad. La disertación agrada en un primer momento, al parecer, al auditorio. Pero, pronto se ve sacudido por la afirmación rotunda: Hoy se ha cumplido en mí esta palabra. Sin duda alguna, Jesús no desaprovechó la ocasión, que estos versillos le brindaban, para presentarse ante sus conciudadanos como investido de una potestad superior. Jesús de Nazaret, que tanto tiempo había convivido con ellos, resultaba ser un profeta, más aún, el profeta. Pero ¿no era éste el hijo del carpintero José? ¿No es el hijo de María? ¿No están sus parientes entre nosotros? Jesús exige fe en su persona. La admiración primera va convirtiéndose en acerba crítica. Inmediatamente surge la exigencia: ¿Qué poder tienes? Haz lo que has hecho en Cafarnaún. Estamos ante una petitio signi tan odiosa a Cristo. Cristo no accede, naturalmente. La falta de fe de los suyos es manifiesta; no creen en él. Jesús se lo recrimina abiertamente, recordando la conducta de Elías. Los suyos se ofenden, se enfurecen y tratan de quitarlo de en medio. Despeñarlo monte abajo sería lo mejor. Pero Jesús se aleja de ellos. No había llegado su hora. ¿Fue un milagro? Lucas no lo recuerda como tal. Jesús iba, dice el texto. ¿Hacia dónde? Los buenos conocedores del evangelio de Lucas nos dan una respuesta: hacia Jerusalén. Allí se cumplirán las profecías todas, dichas desde muy antiguo. Allí tendrán lugar los acontecimientos salvíficos más importantes. Todo el evangelio de Lucas apunta hacia Jerusalén. Su misión de Profeta lo impulsa hacia allí.

Es interesante notar en este episodio la conducta de sus conciudadanos. Lo habían conocido desde niño. Se presenta como profeta y no lo aceptan. Puede que lo tachen de pretencioso. Es la primera oposición hostil que aparece en el evangelio. El cumplimiento de su misión le va a traer dificultades. Ya comenzamos. Este episodio nos servirá como ejemplo. La misión de profeta entraña dificultades. Los suyos los primeros que las ponen. Cristo, sin embargo, continúa su misión, sigue adelante. La palabra muerte apunta a la Pasión. De hecho, el Profeta, Jesús de Nazaret, morirá en la Cruz, cumpliendo así su misión.

Consideraciones

A) Cristo Profeta. Continuamos y completamos así uno de los temas del domingo pasado. La primera lectura y la última nos hablan del profeta: de la vocación, en primer lugar, -elección de Jeremías desde el vientre materno- y el cumplimiento de la palabra de Dios en Jesús de Nazaret; de la misión a cumplir, en la última. Esta segunda parte es la que más nos interesa por ahora.

No es la primera vez que la figura de Jeremías nos recuerda a Cristo. Los dos tienen una vocación profética. A ambos va a costar sangre y lágrimas la misión encomendada. La escena de Nazaret lo anuncia elocuentemente: incredulidad, oposición, persecución, muerte. La escena de Nazaret viene a ser como el programa de Cristo. En el programa aparece ya el término muerte Por ahora la soslaya, pero lo espera al final del camino, en Jerusalén. No fue otro el eco que encontraron los predicaciones de los otros profetas. Así Jeremías, así Elías. La amenaza de la muerte se cernió constantemente sobre ellos. Jesús recoge sobre sí toda la oposición anterior.

Cristo sigue su camino seguro, firme, en el cumplimiento de su misión. Cristo iba. Hacia Jerusalén. No convenía que el Profeta terminara su vida fuera de Jerusalén. Todo el evangelio de Lucas lleva esta dirección, esta tensión. La voz de Cristo no se arredrará, su palabra se alzará como una torre; será el hombre de hierro, el guerrero valeroso y firme. Dios está con él. Esto no quita que sufra y muera. El camino estaba, en cierto modo, anunciado ya en Jeremías.

La misión de profeta lleva consigo dificultades y peligros. Los apóstoles dan testimonio de ello: Pablo, Pedro, Andrés, Juan, Santiago... Los mismos compatriotas ofrecerán resistencia. La Iglesia debe continuar adelante la misión profética de Cristo. Habrá oposición. Los encargados de llevarla adelante deben estar preparados. El ser perseguido, criticado y vilipendiado no debe ser para ellos sorpresa alguna.

Dios elige a quien quiere, como quiere y cuando quiere. A los hombres puede causar maravilla. Lo importante es, para nosotros, que no nos cause escándalo. Personas de nuestro propio nivel son llamados por Dios para cosas altas. Cuidemos que no sea esto ocasión de desprecio y tropiezo.

La Passio del profeta entra dentro del misterio. La asistencia de Dios no garantiza el éxito inmediato de la misión. Con todo, debe el profeta mantenerse firme. Dios está con él.

B) Supremacía de la caridad. Continúa también el tema del domingo pasado. ¿Qué valen los carismas, comparados con la caridad? Nada. Lo que nos hace santos y agradables a Dios es la caridad divina que se derrama en nosotros por el Espíritu Santo y nos impele a amar a Dios en sus fieles. La lectura hace hincapié en el amor al prójimo. Conviene detenerse en ello. Un atento examen de las cualidades de la caridad sería muy fructuoso. Estamos llamados y destinados a amar. Es nuestra vocación. Una vida de fe, de esperanza y de caridad, ésa es la auténtica vida cristiana; esas virtudes nos tienen unidos a Dios. La caridad es la mayor. Por ahí debe correr nuestro espíritu a la consecución del Dios visto cara a cara. Examinemos cualquiera de las cualidades de la caridad y veremos cuánto nos falta todavía. A eso nos invita hoy la lectura. La oración primera nos orienta en esta dirección: Concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda, en consecuencia, a todos los hombres. El amor hay que pedirlo. Primero Dios, después el hombre.

C) Petición. El salmo responsorial, el canto de entrada, la comunión son una urgente petición. No olvidemos el papel que debe desempeñar en nuestra vida la oración de petición. El domingo es día de oración. Pidamos.

El tema del salmo responsorial puede unirse al primer tema. El estribillo proclama: Mi boca anunciará tu salvación. Ese es el tema de la predicación de Cristo: anunciar la salvación a los pobres. En esta misión de anunciar continuamente y sin descanso la salvación (misión profética) ha de encontrar la Iglesia dificultades y oposición. En esos momentos hay que afianzarse en Dios y pedirle. Proclamar siempre, recordando que es Dios quien la sostiene, y acudiendo a El en demanda de auxilio.

Respecto a la carta de Pablo: Non quaerit quae sua sunt, no está claramente traducido en la lectura oficial. Es quizás la mejor definición. Convendría detenerse en ello. El desinterés en el amor, el gozo en el bien del prójimo, etc.