Domingo IV del tiempo ordinario

Primera lectura: So 2, 3; 3, 12-13.

Sofonías, profeta. Contemporáneo, según los estudiosos, del piadoso rey Josías. Sofonías debió contribuir con él a la purificación y restauración del pueblo en las relaciones con Dios. Enemigo del sincretismo religioso, acendrado defensor del humilde y luchador incansable por la reforma religiosa de Judá, Sofonías se nos presenta hoy, en esta breve lectura, como palabra de Dios.

El pasaje consta de dos diferenciadas unidades: 2, 3, por una parte, y 3, 12-13, por otra, que proceden de sendos poemas: el uno, caracterizado por el día del Señor, día de ira, y el otro, animado por el soplo esperanzador de la restauración. Es un esquema muy frecuente en los profetas: tras la presencia punitiva del Santo de Israel, la promesa de la gracia de una restauración nacional.

En el primero de los poemas distingue el profeta aquéllos que atraen sobre sí la cólera divina de aquéllos que la soslayan; los malvados y soberbios, por un lado, y los pobres y piadosos, por otro. A éstos últimos va dirigido el primer versillo del texto, 2, 3. Arrancado del contexto original, adquiere un valor universal y definitivo. Los otros versillos (3, 12-13), pertenecientes al segundo poema, de restauración, llevan el valor de una promesa, de una intervención salvífica de Dios en favor de sus pobres. Si no nace aquí, sí se entronca aquí, de alguna forma, la llamada teología de los pobres de Yahvé. El tema del resto nos recuerda a Isaías; a Pablo también en aquello de que no basta ser descendiente de Abrahán para huir de la cólera divina, sino cumplir la voluntad de Dios. Es fácil trasponer este mensaje al contexto cristiano. El evangelio toca expresamente este tema. Los pobres son la porción más preciada del Señor.

Salmo Responsorial: Sal 145.

Salmo de alabanza. La alabanza es real y objetiva, si sopesamos, real y objetivamente, los motivos que la impulsan. Aquí los motivos parten de la experiencia, personal y colectiva, de la misericordia del Señor. La conducta del Señor manifiesta su misericordia. Y su misericordia, experimentada en muchos momentos de la vida de Israel, abre las bocas y suelta las lenguas en cantos y alabanzas. Por ser experiencia invita a la reflexión y exhorta, de forma implícita, a una conducta que la reciba. Jesús es la revelación máxima y definitiva, hecha carne, de la misericordia de Dios.

Segunda lectura: 1 Co 1, 26-31.

Continuamos con la carta primera de Pablo a los Corintios. El último versillo de la lectura del domingo pasado soldaba dos términos que, unidos entre sí, por integrar un mismo misterio, constituyen el centro o eje principal del discurso que sostiene el contexto inmediato del que han sido tomadas las palabras de la lectura de hoy. Los términos en cuestión eran: sabiduría y cruz de Cristo. Y efectivamente, el discurso que viene a continuación lleva el nombre de la cruz: discurso de la cruz.

La cruz de Cristo es la sabiduría y la fuerza de Dios. En ella conocemos y gustamos -sabiduría y fuerza- la presencia misericordiosa de Dios y en ella se manifiesta efectivamente poderoso salvador. Dios se ha acercado al hombre para transformarlo en imagen perfecta de la perfecta imagen de sí mismo, Jesús, Hijo de Dios, y lo ha hecho en la cruz. El acontecimiento revela a Dios y revela al hombre, y los une al uno y al otro en un inefable misterio de amor. Pablo, enardecido, alaba la ciencia y el poder de Dios, que superan y confunden al mundo en su vana sabiduría y en su deleznable poder. El acontecimiento ha abierto los ojos a Pablo y la experiencia cotidiana de su apostolado le ha ensanchado el campo para percibir mejor el misterio. El discurso rezuma experiencia colectiva y personal. Podemos señalar los momentos más salientes.

La primera y fundamental es la experiencia del mismo Jesús, ya en el momento culminante de su vida -muerte en cruz-, ya en los avatares de su vida pública -rechazo, envidias, oposición…-. Todo sucedió según Dios. Es su sabiduría y es su fuerza: en Cristo, muerto en la cruz, encontramos nuestra salvación.

En torno a esa experiencia primordial podemos colocar, como preludio y posludio, las avanzadillas vitales de los profetas y los ecos, también vitales, de los apóstoles e Iglesia a través de los tiempos. Pablo no puede olvidar las pasiones de los profetas ni las persecuciones de los apóstoles. Tampoco, y esto mucho menos, los trabajos y fracasos en su propio apostolado. Recordemos, a modo de ejemplo, el fracaso de su predicación entre sus hermanos y el más sonado del Areópago ante los sabios.Él mismo lleva grabada en su carne la cruz de Cristo: persecuciones, insultos, naufragios, envidias, detracciones, malos tratos… Por último, el resultado positivo de predicación: esclavos, pobres, mujeres; gentes sin títulos, ni poder, ni fama, ni cosa que merezca la pena ante el mundo. Pablo termina con una expresión lapidaria: Quien se gloríe, gloríese en el Señor. Y ya sabemos dónde ha manifestado el Señor su gloria: en la odiosa y desnuda cruz. Sabiduría y fuerza de Dios.

Tercera lectura: Mt 5, 1-12a.

Las bienaventuranzas. Sirven de pórtico al llamado sermón del monte y, a través de él, al resto del evangelio. Dejada a un lado la compleja problemática crítico-literaria, redaccional y hasta teológica que presentan, ya en sí mismas, ya comparadas con las que trae Lucas, voy a apuntar algunos pensamientos que puedan facilitar su inteligencia.

a) Son bienaventuranzas y están al comienzo del discurso programático de Jesús sobre el reino de los cielos. No comprenderemos las bienaventuranzas sin relacionarlas con el discurso que sigue, ni el discurso que sigue podrá ser entendido y aceptado sin el espíritu que sopla en las bienaventuranzas. Entran de lleno en el programa de Jesús y son presupuesto y contenido de la implantación, aquí y ahora, del reino de los cielos. Limpieza de corazón, radicalidad en la entrega, experiencia de profunda necesidad, abertura al mal con el bien… ensanchan el camino del encuentro de Dios salvador con el hombre en Cristo Jesús.

b) Son exigencias y son felices promesas. Y lo son al mismo tiempo, sin que lo uno contradiga a lo otro. Tocan el presente y miran al futuro. Los tiempos del verbo lo declaran suficientemente. Habrá que fijarse en uno u otro de los aspectos según los casos, pero no podemos de ninguna manera suprimirlos o ignorarlos. A una postura-situación actual va vinculada una bendición, que, sin dejar de ser experimentable ahora, se proyecta como absoluta y definitiva en el futuro: la vida eterna. Llevan un marcado carácter escatológico.

c) Las bienaventuranzas tocan de lleno al discipulado y guardan relación estrecha con el desarrollo del reino de los cielos. No se entiende la pertenencia al discipulado de Jesús sin su presencia vital en los seguidores, ni se puede uno imaginar la presencia y extensión efectivo-salvífica del reino sin una vivencia de las mismas. Tampoco se entenderán sin una referencia al discipulado. Más brevemente, no se entenderán si no son referidas a Jesús y a Jesús no se le comprenderá suficientemente separado de ellas. No son, pues, un mero conglomerado de fórmulas de exclusivo valor ascético; guardan una evidente implicación con el discípulo de Cristo y con el reino, como la guardan éstos últimos entre sí. Están dirigidas al pueblo de la nueva alianza. De ahí su carácter de necesidad y de fuerza salvífica.

d) Conllevan simultáneamente el carácter de experiencia real y espiritual. Hay un hambre y una sed reales a quienes anima un hálito espiritual que les da consistencia salvífica; pues miran y descansan en Dios como última y definitiva razón de su existencia y comportamiento. Naturalmente que esa experiencia real de necesidad -hambre, sed- se abre a situaciones homólogas, tales, por ejemplo, como el que llora sus pecados, el que suspira por el perdón, etc.

e) Son fuente de bienaventuranza: el que las recibe las engendra a su vez. Dios aparece en primer plano: son un don divino. Pero ese don divino participa al hombre -seguidor de Cristo y miembro vivo del reino- del poder de hacer real, aquí y ahora, la bendición divina que se consumará en lontananza. Las bienaventuranzas son bienaventurantes. El pueblo de Dios, que las escucha y asimila, se convierte en fuente de solaz y consuelo para el que los busca y necesita: crear la paz, no responder al mal con el mal… Tocamos también, con esto, el carácter eclesial de las bienaventuranzas. La Iglesia tiene por misión, como expresión concreta del reino, actualizar las bendiciones vinculadas a las bienaventuranzas: saciar el hambre, calmar la sed, dar la paz… en la medida y dimensión en que éstas acerquen al reino e impliquen, ya en el donante ya en el receptor, la presencia del soplo espiritual que procede del Espíritu divino. Pues sin él no podremos hacer nada.

Consideraciones:

Además de las indicadas en las lecturas, valga una consideración última: Las bienaventuranzas miran y llevan a Dios -valor teológico-; nos aglutinan en torno a Cristo y nos identifican con él -valor cristológico-; preparan y caracterizan al discípulo -valor cristológico-; comprometen a la Iglesia en su ser y en su obrar -valor eclesiológico- y son inseparables de la Buena Nueva de Dios -valor soteriológico-.

Nosotros podemos considerarlas en todas o en cualquiera de esas dimensiones, sin olvidar, en este último caso, que son inseparables. Dios, Cristo -el gran Siervo-, Iglesia, discípulo, evangelio, reino han de aparecer en ellas. Y en nosotros también.