Domingo IV de Adviento

Primera Lectura: Mi 5, 2-5a: Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el rey de Israel.

Aparece hoy otro de los profetas menores. También ellos cumplieron su misión en el antiguo Israel. Miqueas nos ha legado, a juzgar por el libro que lleva su nombre, un sorprendente conjunto de oráculos. Y digo sorprendente, porque en él se suceden alternativamente las más duras amenazas con las más rosadas promesas. Esta chocante disposición de la predicación de Miqueas hace pensar a algunos que pudo haber alguna mano posterior que los ha colocado en la forma actual. Puede ser. Los compiladores posteriores no siempre han seguido un orden cronológico en la disposición de los materiales. De todos modos a nosotros, que ahora leemos el libro, la disposición actual nos es instructiva. He ahí al Señor que guarda con nosotros una actitud de solícito pedagogo: amenaza para retraernos del mal, promete para animarnos a caminar.

Miqueas conoció la caída de Samaría y es contemporáneo de Isaías. Con él tiene, en algunos pasajes, bastante semejanza. Hoy nos toca leer un mensaje de salvación.

Comienza el pasaje con una apelación a Belén. Es, en este punto, una de las profecías más determinadas y concretas que se encuentran en el Antiguo Testamento.

De Belén de Judá era oriundo David, el pastor de Israel, el gran rey que supo unir bajo su cetro a todas las tribus del reino. Bajo su reinado el pueblo vivió la paz, el esplendor y el bienestar. David fue el gran siervo de Dios. Mi siervo David dirán algunos textos antiguos. A él fueron hechas las solemnes promesas, promesas de asistencia particular, de bendición singular y de salvación universal. De él descendería uno en quien Dios mismo habría de colocar el poder, a quien habría de asistir el Espíritu en todas sus obras y a quien habría de acompañar siempre la paz divina. De ello hablaban los profetas.

Miqueas lo recuerda y, emocionado, dirige la mirada hacia ese príncipe que sucede a David. Allí nace el vástago, donde se encuentra la raíz: en Belén de Judá. Desde antiguo van apuntando hacia él las promesas divinas. Él reunirá -recordemos a David, rey de todo Israel- a su pueblo, desbaratado por el momento en la deportación (alusión a la dispersión con ocasión de la toma y destrucción del reino del Norte). Él será el nuevo pastor que lo guíe, Pastor poderoso. El Señor estará siempre con él. Volverá de nuevo la paz, de la que es pálido anuncio la paz davídica. Su grandeza abarcará los confines de la tierra. Él es el Señor y la Paz. El nuevo David supera con creces al antiguo.

Es una bella promesa coloreada por las circunstancias en que se encuentra el pueblo. El lugar del nacimiento está señalado: Belén de Judá.

Salmo Responsorial: Sal 79, 2-3. 15-16. 18-19: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Es una petición intensa y fervorosa. El versillo que sirve de estribillo resume admirablemente el objeto de la petición. La alusión, al final, del Ungido le da un carácter suavemente mesiánico.

Segunda Lectura: Hb 10, 5-10: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.

Volvemos a escuchar las palabras de la carta a los Hebreos. El tema no parece a primera vista apropiado al tiempo de Adviento. La oblación del cuerpo de Jesucristo más bien dirigiría nuestra atención, por lo que suena, al misterio de la pasión y de la muerte de Cristo que al misterio de su encarnación. Sin embargo, la oblación que Cristo hace de sí mismo, lo coloca al frente de una nueva economía, en la cual todos quedamos santificados. La postura de Cristo como instaurador y salvador es evidente. En esta dirección encuentra la lectura de la carta a los Hebreos una adecuada conformación con el tiempo de Adviento.

Veamos a grandes rasgos el sentido de estos versillos. El texto es denso y suscita algunos intrincados problemas. No hay tiempo para resolverlos exhaustivamente. He aquí la línea principal y los asertos fundamentales del párrafo.

Al frente de la lectura nos encontramos con una cita del salmo 40. El autor de la carta acude por regla general al Antiguo Testamento en busca de apoyo a sus afirmaciones. No hay más que leer el capítulo primero de la carta, para darse cuenta de ello. El autor no quiere alejarse de la palabra de Dios revelada a los antiguos. Ella da luz a los acontecimientos nuevos. Hay continuidad entre los dos testamentos. La continuidad no excluye el contraste. A veces, señala el autor, hay oposición. Estamos en un caso de estos.

El salmo opone dos actitudes. Los sacrificios, en número y en especie, no agradan a Dios. Sí, en cambio, le agrada la obediencia a su voluntad. La obediencia a Dios es mucho más valiosa que el sacrificio de reses. Así lo proclamaban también los profetas de Israel.

El autor de la carta a los Hebreos no se limita a repetir y a poner de relieve el contraste entre el culto interno -culto a Dios mediante la obediencia a su voluntad- y el culto externo, -culto ritual de sacrificios y ofrendas-, sino que establece, partiendo del mismo texto del salmo, una oposición entre la Antigua Economía y la Nueva.

La Antigua Economía basa su religiosidad en los sacrificios, ordenados por la Ley, y en las observancias de la misma Ley. La Nueva, en cambio, basa su religiosidad en la obediencia de Cristo al Padre. La primera es externa, aunque tenga elementos internos, la segunda es interna, profunda y transformativa. No son sólo dos modos los que se oponen, son dos períodos distintos de naturaleza diversa. Parecería audaz la deducción del autor. No lo es tanto, si consideramos atentamente los párrafos que siguen.

Hemos de notar, en primer lugar, que ya Jeremías había anunciado la superación de la actual disposición (A. T.) por otra superior (Jr 31, 31-34;). El autor lo recuerda en su carta. Según Jeremías la nueva disposición iba a colocar dentro del corazón humano algo que haría del hombre un ser más dócil y más inclinado a la voz divina. Dios pondría la Ley en el corazón. Jeremías no había especificado el modo. Hay que notar, en segundo lugar, que el autor es conocedor de la obra de Cristo. Cristo con su obra ha abierto una nueva época, una nueva disposición. No es extraño, pues, que el autor vea en el salmo 40 una indicación de ese acontecimiento: Oblación del cuerpo.

Efectivamente, Dios ha transformado internamente al hombre -esta es la Nueva Economía- por la adhesión de Cristo a la voluntad divina hasta la muerte. En ese momento, y, partiendo de ese momento, Dios escribe en nosotros sus leyes. No es otra cosa que el don del Espíritu Santo en nosotros, Ley y Virtud nuevas. Él nos hace dóciles; él nos asimila a Cristo, obediente a Dios hasta la muerte. Cristo ofrece su cuerpo, sustitución de los sacrificios y Ley antiguos. El cuerpo aquí es expresión de la obediencia efectiva de Cristo hasta la muerte. No basta la intención de obedecer; es su obra obediente hasta la muerte, donde él mismo -su cuerpo- se entrega por nosotros. La obra de Cristo redunda en favor nuestro; por él quedamos santificados.

Todo parte de Dios, a quien debemos esta disposición maravillosa, de Él también la obra de Cristo. Cristo ha sido constituido, en su obediencia al Padre, el Santo perfecto, el Nuevo Hombre, el hombre glorioso, la nueva creación. De él nos viene a nosotros: somos partícipes de los títulos de Cristo; santificados, nueva creación. Estamos, no obstante, en proceso de mayor santificación. La glorificación definitiva todavía no la hemos alcanzado. La esperamos.

Cristo obediente es la causa de la salvación que nos viene. La venida del Salvador nos recuerda su obra salvífica.

Tercera Lectura: Lc 1, 39-45: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

La infancia de Cristo en Lucas está impregnada de luz y alegría. Por doquier surge el gozo y la exultación. Es, sin duda, la presencia del Espíritu quien la motiva. El Espíritu llena los corazones; el Espíritu ilumina las mentes; el Espíritu acerca a los hombres al misterio que está realizándose y les hace prorrumpir en alabanzas, himnos y cánticos de júbilo.

Nos encontramos en uno de los episodios más tiernos de esta historia. Las dos madres, la de Juan, el más grande nacido de mujer, y la de Jesús, el Mesías, son las protagonistas de la escena. La madre de Juan entrevé, por el salto del hijo en sus entrañas y por la iluminación del Espíritu en su interior, el misterio de que es portadora su pariente María. La exclamación que brota de sus labios es significativa: Bendita tú entre todas las mujeres... Es la más antigua alabanza y el más respetuoso acatamiento y reconocimiento que haya surgido de boca humana. Desde un principio comprendió Isabel la grandeza de María: Madre del Mesías. Es a lo más que podía aspirar una mujer judía. Si los tiempos mesiánicos habían sido la expectación ansiosa de los antiguos patriarcas y profetas; si su sola certeza los había colmado de gozo, aun tan distantes de él; si las promesas de Dios no tenían otro término que este magno acontecimiento; ¿qué podemos pensar de la persona a quien toca, no digo vivir en ellos, sino ser nada menos que la madre del Mesías?

Las palabras de Isabel se han eternizado. Ellas han sido el saludo de multitudes y generaciones en todo lugar y en todo tiempo. Es el más cordial saludo que, con las palabras del ángel, cotidianamente le dirige el cristiano a María.

El reconocimiento de Isabel nos recuerda el reconocimiento de Juan: No soy digno... Isabel hace la misma profesión de fe ante María. Alaba su disponibilidad y fe. La actitud de María a las palabras del ángel merecen todo encomio y toda alabanza.

Consideraciones

El cuarto domingo de Adviento nos presenta el más sublime modelo de preparación al Señor que viene: María, sierva del Señor y madre de todo corazón. María no es sin más madre de un hijo que resultó ser el Mesías. La fe, la disposición servicial, la actitud de absoluta obediencia a Dios la han hecho madre. En ella comienza la presencia maravillosa de Dios entre los hombres. Y el Señor, que ha comenzado la obra, la cumplirá.

Un magnífico futuro: Cumplirá; un precioso presente: Bendita. La fe ha hecho a María Madre de Dios. Fe única, Madre única. Pero no es la única que tiene fe ni la única que llega a ser madre. Madres y hermanos son los que en fe y amor siguen a Jesús en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Para ellos la preciosa bendición y dicha, que se convertirán en la Dicha y Bendición supremas.

El cristiano, como el Adviento, ha de ser poema, canto, grito de triunfo:

Grito de victoria: ¡Viene el Vencedor de la Muerte! Abogamos por la vida y la gozamos eternamente.

Canto: Alborozo sereno de gentes que llevan dentro la luz y la irradian en el rostro. Toda su figura, en profundidad y anchura; el hombre entero, hasta los huesos más podridos cantan: ¡El Señor ha venido!

Poema: Acción intensa, acción fecunda; acciones bellas del Señor que llega. Tensión encantadora, transformadora del sonido en verso y del ser humano en espejo terso. Acción de gloria que transporta a Dios en la historia. Vencedores, gritamos, y, trovadores de la Vida Nueva, alegramos los tiempos y hacemos el bien:

¡Ven, Señor Jesús, Nacido en Belén!