Domingo IV de adviento

Primera lectura: Is 7, 10-14. La virgen concebirá y dará a luz un hijo.

Texto famoso en la tradición cristiana, clásico del mesianismo real de Cristo. Pertenece, dentro de Isaías, a libro que algunos llaman del Emmanuel.

Contexto histórico. Los reyes de Siria y de Samaría, Rasón y Pecaj, han unido sus fuerzas para atacar a Judá. Quieren arrojar de ahí a su rey Acaz, y colocar en su lugar otro que comience una nueva dinastía. El corazón del rey se ha estremecido y tiembla como tiemblan los árboles cuando los sacude el viento. Todo el reino de Judá está consternado; la capital con su rey al frente están en grave peligro.

Isaías es encargado por Dios de asegurar al rey la protección divina. El rey no tiene nada que temer; nada podrán contra él los reyezuelos de Samaría y Siria. Sobre la dinastía de David descansa la bendición divina, y nadie podrá invadirla. El rey, no obstante, desconfía internamente de la palabra del profeta. Isaías le ofrece para mayor seguridad una señal; la señal que él desee, de cualquier tipo. Con una capciosa respuesta elude el rey la cuestión. No va a pedir ninguna señal. Para él es más seguro acudir al rey de Asiria. El lo librará de la amenaza de los enemigos. Esto trajo la ruina a Samaría y la desaparición de la libertad para su país.

Isaías da, con todo, la señal: El nacimiento de un niño, Dios-con-nosotros. Ese será el signo de la protección divina (y de su falsa alarma). ¿Quién es ese niño? La tradición cristiana, encabezada por Mateo en su evangelio, ha visto en este pasaje el anuncio del nacimiento de Cristo. Una tradición tan constante y bíblica no puede errar. Hemos de ver, pues, en la palabras de Isaías el anuncio del nacimiento del Mesías. Pero ¿Cómo? He ahí el problema. Son muchas y muy variadas las opiniones. Basten un par.

Para unos, el objeto inmediato que anuncia Isaías es el nacimiento del hijo del rey, Ezequías. Con ello, da Isaías la señal de que la dinastía de David no va a ser destruida por los reyes que ahora lo intentan, ni tampoco su actual rey. El nacimiento del niño, sin embargo, por la gravedad del anuncio, señala los tiempos mesiánicos. Sería algo así como el sentido plenior o el típico. El nacimiento del Mesías futuro, es también garantía de que la dinastía no iba a sucumbir por completo.

Para otros, el anuncio apunta al Mesías. Es seguro que el Mesías ha de venir, pues es una promesa de dios por Natán. Al recordar tal promesa, se le sugiere al rey su necesidad de creer en la protección divina y, al mismo tiempo, aprovecha el profeta la ocasión para hablar de su nacimiento. El nacimiento del Mesías es garantía del auxilio divino.

La palabra virgen que emplea Isaías, significa muchacha casadera. Sólo lo acontecimientos revelaron que la tal virgen iba a ser virgen y madre. Así lo entiende Mateo. En el pasaje hemos de ver, de todos modos, el anuncio de Cristo.

Salmo Responsorial: Sal 23. Va a entrar el Señor, El es el Rey de la gloria.

Salmo litúrgico. Parece reflejar un momento cultual, algo así como una procesión. El Salmo culmina en la aclamación que en el contexto actual del domingo repite el estribillo. Va a entrar el Señor, El es el Rey de la gloria.

La primera estrofa, de sabor hímnico, canta la soberanía de Dios sobre todas las cosas: Todo le pertenece porque todo lo ha creado él. La segunda, dentro ya del acto litúrgico, dirigida al público que asiste, reclama una preparación adecuada para participar dignamente. Para acercarse al Señor de lo ejércitos, momento cumbre de la celebración litúrgica, es menester tener un corazón puro y unas manos inocentes. Dios es santo y exige santidad. La tercera recuerda la bendición del Señor sobre los que dignamente se acercan. Dios bendice con largueza; Dios, aunque exige santidad, no estima su favor al hombre que le honra con sencillez y sinceridad. Ese Dios Viene; ese es el Rey de la Gloria.

Buena preparación para la venida del Señor. El Señor es el Señor de la creación. NO podrán acompañarlo sino aquellos que guardan inocentes sus manos y su corazón: Los puros de corazón verán a Dios. Sobre ellos descansará la bendición divina. La venida del Señor es doble; una anuncio de la otra: en la carne y en la parusía. Sólo le acompañarán en la gloria aquellos que estén preparados. Hay que prepararse para la venida del Señor. Estamos en adviento.

Segunda lectura: Rm 1, 1-7.

La carta a los Romanos es la carta más importante de Pablo. La misma introducción lo indica. El acostumbrado saludo se alarga y eleva en temas y proposiciones teológicas.

Pablo ha sido elegido y enviado a predicar el evangelio de Dios, Es un don y una misión. En rigor puede y debe ser llamado apóstol: ha visto a Cristo resucitado y ha sido enviado par a dar testimonio de ello. Pablo dedicará toda su vida a dar cumplimiento de esta misión. Ese es su timbre de gloria. Jesús es el Cristo, es el señor; Pablo su fiel siervo. El evangelio de Dios no es algo que no tenga precedentes. Ya se rastreaba en el Antiguo testamento. Pablo comparte la mente de los demás autores del Nuevo Testamento, al afirmar la continuidad de ambos testamentos. Los profetas hablan del Evangelio en las Escrituras Santas.

El Evangelio lo compone Cristo, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, Señor. : según la carne nacido del linaje de David; según el Espíritu, Hijo de Dios y señor. La resurrección lo ha declarado y constituido a la vez señor «en poder» y majestad. El «Poder» de Dios lo ha resucitado y constituido en «poderoso» y. La resurrección ha sido el momento. Murió primero (humillación) y resucitó después (exaltación) En la resurrección se ha visto lo que era: Hijo de Dios en sentido riguroso. Ese es el evangelio.

La fe es respuesta al mensaje: La fe da gloria a Dios. Y no porque Dios reciba algo con ello, sino porque con la fe el hombre se abre a la gloria d e Dios que se derrama en él. Así participa el hombre de la glorificación realizada en Cristo. A ello somos llamados. Merece la pena anunciar el Evangelio de Dios. Es una llamada de amor de Dios, una llamada a favor del pueblo santo, una llamada a tener intimidad con Dios y participar de su ser: gracia y paz en Cristo.

Tercera lectura: Mt 1, 18-24.

Sólo dos evangelistas traen la infancia de Cristo en sus respectivos evangelios. (No parece que esta breva historia formara parte del kerigma primitivo. Ni Pablo, ni Juan, ni autor alguno del nuevo Testamento hace mención de ella. El único dato que aparece en la predicación primitiva es: Cristo nació de la Estirpe de David).

Tanto en Lucas como en Mateo la infancia de Cristo recoge una serie de acontecimientos esporádicos de significación religiosa. Ha habido, sin duda alguna, una selección; y la selección ha sido sin dependencia mutua. Los evangelistas caminan por senderos propios. Es particular la ordenación de los acontecimientos. Presentan un género especial, aunque guardan estrecha relación con los respectivos evangelios.

Hoy toca leer a Mateo. Mateo presenta la infancia de Cristo un tanto sombría; diríamos que tétrica. Todo son dificultades y angustias para el Mesías que viene al mundo. Las angustias de José (y María) y la persecución por parte de Herodes lo prueban claramente. El Mesías que viene a salvar, es perseguido a muerte. Anuncia así su destino. El pueblo -su pueblo- lo ignora. Sólo unos sabios de Oriente dan con él. Este cuadro, sin embargo, está de acuerdo con la voluntad de dios. Mateo se cuida de recordarlo, colocando al final de cada episodio una referencia al Antiguo Testamento. Jesús es el Mesías. En el fondo puede uno distinguir la infancia de Moisés. No será la primera ni la única vez que Mateo nos l recuerde. La madre de Jesús está desposada con José. Nótese la frase: «madre de Jesús». El relato habría que completarlo con el relato de la anunciación en Lucas. Conocemos las costumbres vigentes en Palestina respecto del matrimonio. Primero tenían lugar los esponsales, que para los efectos jurídicos eran como el matrimonio. Los novios vivían por separado, cada uno en su casa, algo así como un año. Transcurrido este tiempo, el novio recogía a la esposa y se la llevaba a convivir con él. En este intervalo parece que nos encontramos. María espera un hijo, por obra del Espíritu santo, José se encuentra en una situación embarazosa, diríamos que trágica. No hay duda de que José amaba tiernamente a su esposa y que tenía de ella un concepto muy elevado de su virtud. Era bueno, sencillo, manso. Pero he aquí algo que sus ojos no pueden negar: Su mujer va a tener un hijo, y ese hijo no es de él. ¿Qué hacer? ¿Entregarla a las autoridades como rea de adulterio? Repugna a su buen natural. Por otra parte, la virtud de su esposa lo intriga. ¿Sabe él quizás lo que ha sucedido? Su esposa tampoco le da muchas explicaciones, ni puede dárselas siquiera. Lo mejor es abandonarla.

Hay otra opinión, José se percató en del Misterio en que se hallaba envuelto, y temeroso de Dios, quiso apartarse de él, por «indigno»; era un hombre «justo» Así la ignominia cae sobre él en particular. Esta solución le parece más acertada. Es comprensible; ante un caso extremadamente excepcional no cabe ley que regule la conducta humana. El caso es extraordinario; Cualquier situación que se tome es necesariamente deficiente.

Pero Dios sale al encuentro de angustiado José. E sueños le revela y le asegura en la verdad del misterio. El hijo que va a nacer llevará el nombre que le conviene a la misión que se le confía: Dios-con-nosotros, Salvador. Por muy portentoso que parezca el acontecimiento, ya lo había anunciado Isaías. Hasta aquel momento nadie lo había interpretado así. Sólo la realidad del acontecimiento les ha obligado a los cristianos a ver en Isaías lo que otros, ignorantes del misterio, no veían. Cristo cumple la escritura de forma admirable, hasta en sus más pequeños detalles.

El anuncio es sorprendente; Dios-con-nosotros. Y en verdad y para siempre: Dios con nosotros como poderoso Salvador. es el anuncio glorioso.

Consideraciones:

Es el último domingo de adviento. el inmediato a la celebración del misterio de la Navidad del Señor, La liturgia se vuelca gozosa en su preparación. Podríamos detenernos, a partir de las lecturas, en las personas que lo integran.

La más saliente, por el peso y el volumen, es, sin duda alguna, «el que va a nacer»: el Verbo encarnado. Según dan Mateo: el Emmanuel el Aquel de quien hablan las escrituras, y aquel que les ha dado desbordante cumplimiento: Jesús de Nazaret, Mesías de Dios. Su presencia conmueve cielos y tierra: es concebido por obra del Espíritu santo y es Hijo de Dios, Salvador. El inicia y termina un.

En esta linea sobresale la figura inimitable de nuestra Señora la virgen María: Virgen y Madre. El Mesías, el hijo de Dios nace de una madre y es e la estirpe de David: Carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos. No se avergonzará de llamarnos hermanos. El impacto de su presencia salvadora en María es soberano: Madre de Dios y Virgen. Ambos conceptos, irreconciliables según naturaleza, se implican tan maravillosamente en María que no pueden separarse. Realmente virgen y realmente madre; Virgen en fecundidad de madre y madre en transparencia de virgen. El impacto la desborda a ella misma, alcanzando respecto a José, una virginidad en profundidad de esposa y una condición de esposa en calidad de virgen y, respecto a nosotros, una madre amantísima para todas las generaciones.

También podemos considerar el impacto de la acción salvadora de Dios en José: esposo y virgen, con el encargo de padre para el precioso hijo de su esposa María, Madre de Dios. Ambos se ven envueltos de forma peculiar en la sombra del Dios misterioso y santo que se acerca al hombre para salvarlo. Son ya, de alguna forma, misterio en el misterio del Emmanuel. Nosotros también.

San Pablo nos lleva más allá del momento inicial del iluminándolo desde la exaltación: Jesús, el "Kyrio", Dios y hombre. Hombre según la carne y, después, hombre según el Espíritu, investido del poder de Dios.

Nos preparamos gozosos, con la Iglesia santa de Dios, al nacimiento de nuestro Rey y Salvador, Jesús, Hijo de María Virgen, esposa de José.