Domingo III del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 9, 1-4.

Libro primero de Isaías, profeta de Dios. Isaías, natural, al parecer, de Jerusalén, se muestra especialmente sensible a las tradiciones religiosas del lugar, tales como las referentes a la dinastía de David y a la ciudad de Jerusalén -poemas mesiánicos y cánticos de Sión-.

La lectura de hoy nos acerca a los primeros: poema mesiánico. En realidad, habría que extender el pasaje hasta el versillo 6. La liturgia, con todo, rompe la composición en el versillo 4, dejando el tema, hasta cierto punto, cortado. No olvidemos, pues, que se trata de un poema mesiánico en el marco del libro del Enmanuel. El acontecimiento del nacimiento del niño es la razón de la intervención salvífica de Dios que celebran los versillos 1-4.

Es un anuncio de paz. De paz, que nosotros podemos entender mesiánica. Leído el texto desde el 8, 23b, versillo inmediatamente precedente, podemos observar lo siguiente: tras la humillación viene la exaltación; una luz intensa irrumpe en las tinieblas; el gozo colma los espíritus. La razón inmediata parece ser la retirada del opresor. El agente principal, Dios. Dios, que ha actuado como en el día de Madián -recuerdo de la victoria de Gedeón sobre los madianitas con el estruendo de los cántaros y a la luz de las antorchas-. En el opresor podríamos reconocer al ejército asirio, cruel en extremo.

Salmo Responsorial: Sal 26.

Salmo de confianza en su primera parte (1-6) y de súplica en su segunda (7-12) con un oráculo del Señor al final (14).

Los versillos que ha elegido la liturgia pertenecen todos al primer movimiento: confianza y esperanza. Miran al presente y miran al futuro. Y el uno como el otro -presente y futuro- descansan en el Señor. Su palabra lo confirma como remate, con un oráculo, al final (14).

Alarguemos nosotros la visión hasta la vida eterna y así tendrán los versillos cumplido sentido cristiano. El oráculo final se hace carne y sangre en Cristo Jesús. ¿No son suyas aquellas palabras No temáis, creed en Dios y creed también en mí? Él es el fundamento de nuestra confianza presente y de nuestra esperanza futura. El salmo, por lo demás, corre transparente y emotivo. Recémoslo en Cristo Jesús.

Segunda lectura: 1 Co 1, 10-13.17.

Continúa la carta primera de Pablo a los corintios. Y continúa todavía en el comienzo; pero no ya en el saludo o exordio, sino en la serie de temas. Y el primero y más entrañable, quizás, para Pablo es: la peligrada unidad de la Iglesia.

Uno es Cristo y una también la Iglesia; uno el Crucificado y una, y firme en él, la cohesión de los bautizados. El pecado y el escándalo de la división se ciernen amenazadores sobre ellos: Yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Pablo… Sin duda alguna no se ha llegado a entender bien el misterio de Cristo. La variedad de ministros no debe comprometer, antes bien, debe confirmar la unidad y exclusividad del gran Ministro, Cristo. Uno es el Salvador. El bautismo cristiano no nos consagra y articula al ministro sino al Señor; pues él murió por nosotros, y es en virtud de su muerte por lo que unos bautizan en su nombre y todos somos salvados. Se perfila, al fondo, la cruz del Señor, causa de nuestra salvación.

Tercera lectura: Mt 4, 12-23.

Podemos distinguir cómodamente en la lectura de hoy dos pequeñas unidades: los versillos 12-16, por una parte, y, por otra, los versillos 17-23. Los primeros pertenecen a la gran introducción-proemio del evangelio, 1, 1-4, 16, y los restantes al comienzo de la primera parte. En el evangelio, con todo, siguen, sin más, los unos a los otros.

En cuanto a los primeros, nótese el estilo de Mateo de cerrar pequeñas unidades con textos de la Escritura. Este modo de componer desempeña varias funciones. Entre otras, aquí y en general, la siguiente: encuadrar la misteriosa e inesperada forma de actuar de Jesús en el plan salvífico de Dios. Mateo muestra con ello que Jesús cumple, llena, las promesas antiguas y que se mueve dentro, estrictamente, de la palabra de Dios. De esta forma se muestra más divinamente comprensible su misterio y más comprensiblemente divino su actuar: con él está Dios. En este caso, en particular, la mención de Galilea y su mar quiere presentar la actividad de Jesús como la luz salvífica para aquellas regiones y para el mundo entero, y poner en evidencia que Jesús, por más que sea galileo, es el Mesías de Dios, Vástago de la casa de David, dado por Dios al mundo para la salvación de todos.

Todos deben escuchar su palabra, pues Dios habla en él. Respecto a la segunda mitad, cabe señalar, como temas importantes, le predicación de Jesús y la vocación de los primeros discípulos. El primero empalma directamente con la unidad anterior: Jesús es la luz que salva a las gentes. Y el segundo, con esto último: discípulos son los primeros salvados por la luz de Jesús. Su predicación ofrece temas capitales del evangelio de Mateo: la conversión y la proximidad del reino. Inseparables uno del otro y de la función iluminadora de Jesús: la conversión va orientada al reino, y no se concibe la realidad del reino sin la conversión, y ni una ni otra sin tener por centro -de la conversión y el reino- a Cristo Jesús. Y aun la misma vocación de los discípulos se hace ininteligible sin relacionarla debidamente con los tres.

La vocación, en efecto, de los discípulos y el subsiguiente seguimiento parte y se consuma en la adhesión a Cristo, predicador de la proximidad del reino y de la conversión. La respuesta radical de los discípulos a la voz de Jesús es su conversión y su entrada en el reino. Una admiración por la persona de Jesús sin un seguimiento tal cual él lo requiere no es conversión ni, por lo tanto, acceso al reino. Los discípulos, al pronunciar ese sí vital, dejan las redes, siguen a Jesús y se convierten en pescadores de hombres. Participan -reino de Dios- en la misión de Jesús de ser predicadores, convertidos, de la conversión y, miembros del reino, de la proximidad y presencia del mismo. Salvadores en el Salvador Jesús y luz en la Luz. Nótese, por lo demás, el poder soberano de convocación que tiene Jesús. Le siguieron.

Consideraciones:

a) Jesús. Predica la conversión, anuncia el Reino y llama para el ministerio apostólico a los primeros discípulos. No hay conversión sin Jesús, no hay reino sin Jesús ni hay llamada sin Jesús. No podremos comprender el alcance y sentido de los tres conceptos, unidos o separados, sin una referencia central a Jesús. Se impone, pues, acercarse a Jesús en cuerpo y alma. Así lo hicieron los discípulos y quedaron, convertidos, hombres nuevos: se convirtieron de las redes, se convirtieron a Jesús, se convirtieron en pescadores de hombres. He ahí las tres preposiciones que señalan el movimiento de la conversión. Convertidos a Jesús, entran en el reino; y, ya en el reino, por su gracia, administradores de sus misterios: luz y salvación. Hay que escuchar a Jesús, hay que seguir a Jesús, hay que tornarse en Jesús. Recordemos, por contraste, al joven rico: no siguió a Jesús, no se convirtió.

b) La Iglesia. Continúa la misión de Cristo y polariza, en su poder y nombre, la conversión y la presencia del reino. Debe, convertida, predicar la conversión; transformada en reino, anunciar y transparentar el reino de Dios; con su respuesta radical a la llamada de Jesús, ser llamamiento vivo y constante para todas las gentes a un pronto y decidido seguimiento al Señor. Ella actualiza, por fuerza de Dios, la conversión, la Buena Nueva y la vocación. Y, dentro de este contexto, recordando a Pablo, su constante conversión a Cristo y su ininterrumpido esfuerzo por la unidad en él.

c) El cristiano. Cada uno de nosotros debe tomar partido positivo en el proceso de convertirse y predicar la conversión, de ser reino y anunciarlo con su vida, de escuchar la palabra de Cristo y seguirla con prontitud. Todos estos tres aspectos pueden recibir, por las lecturas, la forma concreta de un esfuerzo vital por la unidad en Cristo y por una lucha sin cuartel contra todo lo que ponga en peligro la unidad vital del cuerpo del Señor: celotipia, envidia, codicia, orgullo, egoísmo… La promesa del Señor -salmo responsorial- descansa sobre sus fieles y los levanta con fuerza hasta la cumbre de la plenitud.

No es difícil integrar en el misterio y celebración de la Eucaristía el proceso de adhesión a Cristo y de nuestra conversión en él.