Domingo III de Pascua

Primera Lectura: Hch 5, 27-32b. 40b-41: Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

Se han elegido los versillos más conspicuos del relato.

Han sido, al parecer, los envidiosos saduceos quienes han incitado la reacción del Sinedrio. Los apóstoles continúan impertérritos anunciando la Buena Nueva, la obra de Jesús. Su predicación encuentra eco en los oyentes; tienen éxito. Se les escucha con agrado, y muchos dan un viraje completo a su pensamiento; se convierten. La autoridad interviene de nuevo. La actividad de aquel grupo de hombres iletrados inquieta a la máxima autoridad religiosa del pueblo judío. Los discípulos del Crucificado han hecho caso omiso de la prohibición primera. Se les acusa de desacato a la autoridad. Se les encarcela, y, tras ser liberados milagrosamente, se les obliga a comparecer ante el Sumo Sacerdote.

La réplica de Pedro es categórica: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro y los apóstoles son conscientes de su vocación de testigos. Son profetas. Han sido llamados y enviados a dar testimonio de la Resurrección de Jesús, de aquel que murió crucificado. En él obra Dios la Salvación tan largamente esperada. En otras palabras, Dios los ha enviado a predicar la Buena Nueva, cuyo núcleo es la obra redentora de Cristo en su Muerte y Resurrección. Es una misión suprema, ante la cual se estrellan todas las autoridades y poderes de todo tipo. Están investidos del poder de lo alto y su misión no puede fallar. No pueden claudicar. Testigos, pues, de la Resurrección y movidos por el Espíritu Santo han de continuar la obra por encima de todo. La suprema autoridad de Israel no tiene autoridad. Su función ha terminado. Continuar en ella, al margen de Cristo, es, además de anacrónico, opuesto a los planes de Dios. Vislumbramos ya la separación de comunidades. He ahí dos mundos: Ley-Espíritu, Sumo Sacerdote-Pedro, castigo-gozosa promulgación de la verdad.

Es característico de la primera comunidad el gozo. Se manifiesta así la presencia del Espíritu. La Iglesia perseguida, la Iglesia gozosa en el Señor, la Iglesia que da testimonio. Así la Iglesia de todos los tiempos.

Salmo Responsorial: Sal 29, 2. 4-6. 11-13: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Salmo de acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte.

La acción liberadora de Dios arranca del corazón del agraciado un canto de alabanza. La necesidad apremiante obliga a la súplica urgente. El beneficio personal se siente comunitario y la alabanza se alarga a todo el pueblo. La experiencia personal se eleva a principio, se convierte en regla de sabiduría y funda la decisión de un servicio perenne. El señor es más fuerte que la muerte. Es el mensaje del salmo.

Segunda Lectura: Ap 5, 11-14: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza.

Estos versillos forman parte -la última- de un contexto más amplio. La visión comienza en el capítulo cuarto y se alarga hasta aquí. Es como el pórtico a todo el libro.

Preside la escena la figura de Dios Padre. Dios, Señor de la historia, ha trazado ya el destino de la Iglesia y del mundo. Ahí está el libro escrito: la decisión de Dios inmutable. Dios inaccesible, transcendente, se deja tocar por Cristo. A él se le ha otorgado la potestad de romper los sellos, de abrir el libro. Él puede revelar el contenido y puede asimismo acercar a Dios al hombre, o, si se quiere, introducir al hombre en la esfera divina. El contacto -de por sí imposible- del hombre con Dios se realiza por Cristo. Cristo es el único mediador, el único Salvador. Todo lo que está fuera de él es falso y engañoso. El Cordero señala -no una idea, no un ser impersonal- a una persona concreta en una misión bien determinada: Cristo paciente, muerto por nosotros y resucitado. Es el Verbo hecho carne. Nos recuerda al Cordero pascual con todo el peso bíblico, teológico y soteriológico que la imagen encierra. El Cordero es, además de la figura central, el acontecimiento clave. El más grandioso acontecimiento de la historia es la crucifixión de Cristo. Cristo es el realizador de las esperanzas mesiánicas. Cristo ha sido encumbrado a la soberanía de todo el mundo. A él la gloria y el poder.

En este contexto debemos leer los versillos apuntados. Nótese el carácter marcadamente litúrgico del pasaje. Estamos dentro de una liturgia, no dentro de una exposición teológica. Se nos invita a la aclamación. Es algo cultual. Nosotros mismos tomamos parte en esa liturgia. El Cristo celeste es el mismo que preside la liturgia terrestre. Y la liturgia terrestre, sin dejar de ser algo real, es pálida imagen de la liturgia celeste. Las voces de los ángeles, el eco que despiertan en toda la creación, la actitud de los ancianos nos envuelven y arrancan nuestras voces de alabanza. Los planos celeste y terrestre forman una sola voz; el Señor es uno y es el lazo que une a Dios con la creación entera. Cristo, muerto y resucitado, es el Señor del universo. Salirse de este coro es un suicidio; es como salirse de la existencia a la nada.

Tercera Lectura: Jn 21, 1-19: Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; lo mismo el pescado.

Nos encontramos ante un episodio-milagro de fondo simbólico. Estamos en Juan. Y no debemos olvidar las características de su estilo y teología. Juan ve en la realidad visible de Cristo una realidad superior. El Cristo que vieron sus ojos y palparon sus manos es también el Cristo transcendente. También lo ven sus ojos y lo palpan sus manos.

No estará de más notar el carácter eclesial del capítulo 21. La conciencia y realidad de la Iglesia como prolongación de Cristo aflora constantemente en los últimos capítulos del evangelio. Aquí se delinea claramente. Podemos dividir la lectura en dos partes: a) la pesca milagrosa; b) el diálogo de Jesús con Pedro. Esta última continúa la primera.

Cristo es la figura central. Cristo resucitado, Cristo el Señor (así lo llama el discípulo amado). Tras él, Pedro. Pedro dirige la acción: toma la decisión de ir a pescar, se tira de la barca, arrastra la red repleta de peces, mantiene el diálogo con Jesús. Un poco más apartados, los Doce. Al fondo, la red llena de peces y el rebaño de ovejas y corderos. Todo bien medido, bien pensado.

Cristo resucitado es el centro. Sin él no tiene sentido la escena. Él realiza el milagro, él prepara la comida, él dirige la acción de lejos, él, el Señor de las ovejas, él, el punto de atracción -me amas?- y el elemento de cohesión. Cristo, el Señor.

Pedro es el primero. Cristo le confiere el Primado. Pedro había prometido ser el más valiente: Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré. Pero le había negado tres veces. A él va dirigida la pregunta: Me amas? Cristo exige una sencilla, pero firme, declaración de amor. Pedro ama a Cristo. Pedro no se atreve a afirmar que le ama más que los demás. Pero sí sabe que le ama. La triple pregunta le recuerda su triple flaqueza y se entristece. Cristo le entrega el cuidado de su rebaño. No puede cuidar el rebaño quien no ame a Cristo tiernamente, pues él y el rebaño son una misma cosa. Pedro expresará así su amor al maestro: apacentando las ovejas. Su misión y oficio lo conducirán al martirio, expresión, la más palmaria, del amor que profesa al Maestro. Morirá, según una tradición antigua, en cruz cabeza abajo. Absoluta fidelidad al Señor. Así, pues, su seguimiento: apostolado, primado, martirio.

La Iglesia está aquí claramente simbolizada por la abundante pesca y el rebaño. Es una red que no se rompe, una red que arrastra toda clase de peces, muchos, abundantes. Los apóstoles son pescadores de hombres. Su mensaje va dirigido a todos los pueblos. Y por muchos y diversos que sean no han de romper la red. Lo asegura el Señor resucitado. Tampoco se ha de escindir el rebaño. Él es el Pastor. Pedro su representante. Cristo ha resucitado. Se adivina ya su ida al Padre. Se afirma su presencia entre los suyos. La Iglesia se reúne en torno a él. Los apóstoles la gobiernan en su nombre. Pedro es el primero. Una misión de este tipo sin amor sería imposible. Se alza visible la palma del martirio. Jesús dirige la acción desde dentro.

Consideraciones

El evangelio nos presenta a Cristo resucitado. Jesús atiende eficazmente a su Iglesia: la pesca milagrosa, la provisión del Primado. Es el Pastor supremo. Es el Señor. Es de notar el tono de reverencia y respeto, sin aminorar la confianza, que expresa esa denominación: es el Señor. Es ya objeto de culto.

La segunda lectura subraya ese aspecto trasladándonos a la liturgia celeste. El nombre del Cordero es sugestivo. Expresa la identidad, a la vez que alude al misterio mismo de la redención, del Cristo entronizado formando una unidad con Dios, con el Jesús que padeció por nosotros. La imagen es rica y podría desarrollarse sin mucho esfuerzo. Todos le deben adoración. Nosotros, y con nosotros la creación entera, lo adora como Señor y Salvador. El puesto clave, para la inteligencia del misterio de Dios, de sus planes y aun de la misma creación, se manifiesta evidente. El hombre se desconocerá a sí mismo y al mundo que le rodea, si no llega a Dios por Cristo. Honor y gloria a él. Conviene recalcar este elemento de adoración a Cristo, un tanto olvidado hoy día por desgracia. Los magníficos iconos orientales son una buena inspiración. Conviene recalcar también el elemento cultual. Es un aspecto intrínseco a la constitución de la Iglesia. También esto ha estado un tanto olvidado. La gran celebración cultual.

La Iglesia ve su destino y su imagen en la segunda lectura: reflejo de la liturgia celeste. También el evangelio le atañe bajo diversos aspectos. La pesca: la voz del Maestro, la abundancia de peces, la red que los contiene, la barca de Pedro. El Primado de Pedro: el rebaño, el pastoreo, el amor requerido, el Maestro.

Una instantánea de la Iglesia nos la ofrece la primera lectura. Los apóstoles dan testimonio de Cristo resucitado. Son testigos y mensajeros de la salvación realizada por Dios en Cristo. Un testimonio válido y contra toda oposición. La Iglesia padece en sus representantes la pasión de Cristo: son perseguidos. Por otra parte empalma bien con el evangelio. Para ser testigo es necesario amar al Maestro. Hay que estar dispuesto a dar la vida en el cumplimiento de la misión. Dios es antes que los hombres bajo todo punto de vista. La Iglesia de hoy, como la de todos los tiempos, ha de sufrir persecución en el desempeño de su misión. Hay que ser valientes. Sobre todo sus representantes, los pastores. Cómo se puede ser pastor, si no se ama? Cómo se aguantarán los improperios, si no nos acompaña un tierno afecto a Cristo?

El tema del gozo no deja de ser también interesante. No vamos solos. El Espíritu nos sostiene. Eterna paradoja: sufrir gozosos.