Domingo III de pascua

Primera Lectura: Hch 3, 13-15.17-19.

Se trata del discurso que Pedro dirige al pueblo de Jerusalén, estupefacto ante la curación del tullido de la Puerta Hermosa. Las palabras de Pedro nos ofrecen el esquema del kerigma primitivo

El milagro, aparte del beneficio que reporta al individuo agraciado, tiene un valor de signo. Allí donde se realiza el milagro, allí se reúne la multitud. El milagro delata la presencia de Dios; llama, por eso, la atención de los cir­cunstantes. Los apóstoles deben aprovechar la oportunidad que se les pre­senta para interpretar la maravilla, para explicar el milagro. Sin duda al­guna tiene un sentido; hay que explicarlo. El Nombre de Cristo es poderoso. Las maravillas surgen a su paso. Dios ha exaltado a Jesús.

He aquí el esquema:

Dios -el Dios que se manifestó a los patriarcas los condujo durante toda su vida, y a quienes hizo solemnes promesas- ha vuelto a realizar signos y maravillas estupendas. Esta vez en Jesús de Nazaret. Jesús es el siervo por antonomasia. Siervos fueron los patriarcas, siervos los profetas. El gran Siervo, de quien ya hablara Isaías (cap. 53) es Jesús de Nazaret. El es el Santo; en él habita la divinidad. El es el Justo. Todas las figuras del Antiguo Testamento se quedan pequeñas junto a él. El es quien cargó con nuestras faltas y pecados. El gran profeta que anunció a Dios de modo definitivo. El es el Mesías, el gran Rey, el gran Señor.

Debía padecer. Con sus sufrimientos debían ser curadas todas nuestras llagas y perdonados nuestros pecados. A ese Dios lo ha resucitado. He aquí la gran señal. Lo ha constituido Señor de todo. Por eso en su nombre ha sido curado este tullido que pedía la limosna. Por eso se perdonan los pecados en su nombre. El es el Autor de la vida.

Somos pecadores. Es parte del Kerigma. Debemos reconocer a Cristo como Mesías. Debemos reconocer que la salud nos viene de él, no de noso­tros, Por eso la conversión. Cambio de dirección. Arrepentimiento. Los genti­les deben abandonar el culto a los ídolos; los judíos deben reconocer a Jesús como Mesías.

Es curioso notar cómo sin dejar de ser culpables, aunque ignorantes, lle­varon a cabo la disposición de Dios, que Cristo padeciera.

Este es el testimonio que deben proclamar los apóstoles. La Resurrección de Cristo compromete a todo hombre. Nos obliga a una conversión y a un arrepentimiento, a comenzar una nueva vida.

Salmo responsorial:

«Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro». Una petición de tipo general, fundada en la experiencia pasada. La confianza es firme. De Dios la luz, el resplandor, la tranquilidad, la dicha, el favor. En el fondo la maravilla de Cristo resucitado. Ello nos da tranquilidad y sosiego. Haz bri­llar tu rostro sobre nosotros, Señor.

Segunda Lectura: 1 Jn 2, 1-5a.

De nuevo aparece el título de justo aplicado a Cristo. Este apelativo evoca inmediatamente al justo perseguido -frecuente en los salmos de súplica y en los libros sapienciales-, al justo que muere, al siervo que da la vida por los demás, al justo, en último término, que justifica. Víctima de propiciación por todos los pecados y pecadores, aboga eficazmente por nosotros.

El cristiano no se halla inmune de todo mal, por el mero hecho de haber abrazado la fe. Su vocación lo debe mantener, ciertamente, alejado de todo pecado. Pero en realidad no siempre sucede así. También el cristiano peca, por desgracia. No desespere. Conviértase; vuelva a comenzar. El perdón nos viene de Cristo. Cristo aboga por nosotros.

La conversión dura toda la vida. La vida cristiana abarca: la aceptación plena de la persona de Cristo, como Señor y Mesías, y el seguimiento o cum­plimiento de los preceptos. A esta actitud se le llama conversión. Debe durar toda la vida. Conviene examinar nuestra conducta y ver si nuestra actitud se refiere tan sólo a la fe, especulativamente considerada, y no al segui­miento de sus preceptos. Quien no le sigue, no le conoce. Ese todavía no se ha convertido plenamente.

Tercera Lectura: Lc 24, 35-48.

Los discípulos han sido testigos de las muerte de Cristo. Lo han visto mo­rir y lo han visto sepultar. De ello están seguros todos, desde Pedro que lo negó hasta las piadosas mujeres. Precisamente ellas fueron aquella mañana del domingo a embalsamarlo. No hay duda de ello; el Señor ha muerto. El habló, en vida, de resurrección. Sin embargo, ésta no parece creible. Puede que ni piensen en ello. Los discípulos, unidos en el amor del maestro, se en­cuentran solos, separados de él. Cristo ha muerto. Esta es la situación.

La mañana del domingo está llena de llena de sobresaltos. Han ocurrido cosas inauditas. Todos están sobresaltados. Las mujeres que fueron al se­pulcro, lo encontraron vacío. Allí no estaba el cuerpo del Señor. Cunde la alarma. Sigue la aparición del Señor a las mujeres. Los discípulos no creen. No son testimonio suficiente ni la confesión de las mujeres ni las palabras del Maestro, antes de morir. Así piensan también los discípulos que se dirigen a Emaús. Pero en el camino, aquel transeunte que se les une les reconviene y acaban por ver en él a Cristo resucitado, precisamente en la fracción del pan. (Es el contexto inmediato). También a Pedro se le ha manifestado. Con todo, hay quien rehusa creerlo. Es demasiado inaudito para creerlo. Por úl­timo, todos son testigos de la resurrección. Así el pasaje que nos ocupa.

Cristo se manifiesta a los suyos. Las pruebas se multiplican. El hecho se impone. Allí su figura, sus cicatrices, su voz conocida, su semblante; su participación en al comida, el recuerdo de sus palabras antes de morir, la Escritura… Todo da testimonio del hecho. La duda, la incredulidad no pueden resistir más. La realidad se impone. Los discípulos están plenamente convencidos de ella.

Son de notar:

a) Paz a vosotros. Un saludo. Un don. Cristo trae la paz.

b) Cristo vive. Está con los suyos. Ya no estarán jamás huérfanos. Per­manecerá con ellos para siempre. De aquí el gozo, de aquí la seguridad.

c) La Escritura lo anunciaba. ¿Donde? En su conjunto. Estaba implícita­mente en las promesas antiguas. De hecho era necesaria una inteligencia más profunda de las escrituras. Los Apóstoles la poseen ahora. La Escritura fue escrita por hombres movidos por Dios. Ahí los Apóstoles, nuevos profe­tas; ahí la Iglesia, donde Cristo el Señor vive, donde el Espíritu Santo da testimonio de verdad.

d) Los últimos versillos nos dan un compendio del kerigma primitivo. Así lo anunciaron los Apóstoles; así lo anuncia la Iglesia. Cristo ha sido consti­tuido Señor. Cristo vive; en Cristo está la salvación. Conversión aceptación completa de su persona perdón de los pecados en su Nombre.

Consideraciones

En las oraciones se pide insistentemente a Dios haga permanentes en el pueblo santo el gozo, la exultación y la alegría de verse renovado y rejuve­necido. Es don que procede de la resurrección de Cristo. Dios nos ha hecho hijos de Cristo. De ahí el gozo. El Espíritu habita en nosotros. El es garantía de nuestra futura resurrección.

Dentro, pues, de la alegría pascual, donde Dios no ha enriquecido con multitud de dones, pedimos continúe en nosotros la obra comenzada, conser­vando la alegría y manteniendo viva la esperanza en la consecución del fin. Concédenos, Señor, resucitar plenamente. Alegría por el don poseído, alegría por el don a conseguir. Ya ha comenzado. Llegará a buen fin. Temas:

A) Misterio pascual. Cristo ha resucitado.

Cristo vive. Dios lo ha resucitado. De esta forma ha cumplido Dios las promesas hechas a los antiguos, comenzando desde el Génesis, pasando por los patriarcas para llegar a Cristo mismo. Jesús es el santo por excelencia. De él nos viene la santidad; santos los que les pertenecen. El es el Justo; de él la justicia. El nos justifica. El es Autor de la vida. Alejado el hombre como estaba de Dios desde el primer pecado, encuentra en Cristo su reconcilia­ción. Somos hijos de Dios, santos, justos, herederos de la gloria. La paz y el perdón de él.

B) Las tres lecturas hablan de la salvación, como procedente de Cristo. Arrepentimiento-conversión. El hombre debe volver, debe cambiar de direc­ción. La escala de valores no está ya en el mismo hombre, sino en Cristo. Hay que aceptar a Cristo y seguirle. Esa es la conversión. No hay salvación fuera de Cristo. Los pecados se nos perdonan en su nombre.

1) Hay que predicar la conversión. Está dentro del Kerigma cristiano. Se olvida con suma frecuencia.

2) La conversión dura toda la vida. El hombre debe mirar siempre a Cristo y seguirle. Está siempre convirtiéndose.

3) El cristiano es un hombre que debe luchar siempre contra el pecado. En Cristo se nos perdonan los pecados. Debemos acudir a él siempre que nos sintamos pecadores.

4) Juan da la señal de si estamos unidos o no a Cristo: el cumplimiento de sus mandamientos. Muy importante.

C) Estamos en camino. somos conscientes del don recibido. De ahí el gozo y la alegría. Pero nos queda todavía camino. Por eso la esperanza. Pedimos que Dios nos conceda el gozo perfecto: la resurrección eterna. Ese el cris­tiano, hombre de esperanza, rebosante de gozo, pero en lucha con el pecado. Dios resucitando a su Hijo ha resucitado a los hombres. Esperamos el mo­mento. Nos alegramos y gozamos. Señor, haz que brille tu rostro sobre noso­tros.