Domingo III de pascua

Primera lectura: Hch 2, 14.22.32.

Tema.- Primer sermón de Pedro.

Los discursos que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles, presenta el mismo esquema fundamental.

A) Proclamación de los Hechos que son objeto de la fe cristiana: Cristo padeció, Cristo murió, Cristo resucitó. Este es el contenido de la predicación apostólica.

B) «Según las Escrituras». Recurso al A. Testamento. Era el pueblo judío a quien se trataba de convencer. Para él las Escrituras son la Palabra de Dios. La muerte, y más aun la muerte de cruz, era, y sigue siendo, un grave obstáculo para la aceptación de Cristo como Mesías. Los Apóstoles, iluminados por la acción del E. Santo, vieron en el A. T.la indicación de estos sucesos: «murió según las Escrituras», rezan todos los credos antiguos.(Vd.1 Co 15, 1- 3).- He aquí los textos clave: los Cánticos del Siervo de Jahvé, Is 42, 1-10; 49, 1-6; 50, 1-9; 52, 13- 53, 12.- También la resurrección estaba anunciada; de forma obscura, sin embargo. Al hablar de la resurrección hay que pensar en la Exaltación de Cristo. Cristo ha sido elevado a la diestra de Dios Padre (Salmos 2 y 110). En la Resurrección Cristo ha sido constituído Señor y Juez del mundo entero. El es el Mesías. Este es el valor de la Resurrección. Los Apóstoles son testigos de ello.

C) El tercer elemento de la predicación primitiva es la «Invitación a la penitencia». Es necesario aceptar los hechos - Pasión, muerte, resurrección - y cambiar de vida, llevar vida santa.

Cabe a todo esto una pregunta: ¿Cuál es hoy día la predicación de la Iglesia? ¿Predicamos la pasión, muerte y resurrección de Cristo y la necesidad de la penitencia?.

Los Apóstoles no creyeron en la Resurrección, porque la vieron indicada en el A. T; todo lo contrario, después de ver los hechos, la hallaron ya dicha en la Escritura.

Segunda lectura: 1 Pe: 1, 17 - 21.

Contexto inmediato.- Los Cristianos deben llevar vida santa. Hay que dejar a un lado todo aquello que en un tiempo constituyó nuestra vida alejada de Dios: La ignorancia de Dios y de sus planes, y la vida según nuestros deseos. Hay que cambiar de vida. Estos son los motivos:

a) Dios es nuestro Padre; debemos ser santos, porque El es Santo.

b) Dios juzga según las obras. Debemos tener un santo temor.

c) Hemos sido adquiridos - no solamente llamados por Dios, quien ha pagado por nosotros un gran precio: su Hijo, Cristo Jesús. Pertenecemos a Cristo por derecho, El nos ha rescatado del pecado y de la muerte.

Cristo es el Cordero de Dios. Así lo definió S. Juan: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Cordero inmaculado, como el cordero pascual.«Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado», dice S. Pablo. La muerte y la sangre de Cristo han expiado nuestros pecados. La imagen del cordero nos recuerda el valor sacrificial de la muerte de Cristo. Cristo se ofreció en sacrificio por nosotros. Por eso Dios lo resucitó y posee actualmente la gloria de Dios. Este Hecho fundamenta nuestra fe y esperanza. A esa misma gloria estamos llamados nosotros. Tan cierta es nuestra esperanza como cierta es la Resurrección del Señor.

Tercera lectura: Lc 24, 13-35.

El texto evangélico es transparente y no ofrece mayor dificultad. Es de notar, sin embargo, la belleza de la exposición. El relato es sugestivo, ameno y diestramente trazado. A parte de esto convendría llamar la atención sobre algún punto suelto.a) La idea, que todavía tienen los discípulos del reino mesiánico; es un reino político. Son reacios a creer en la resurrección. Esto prueba más la historicidad del pasaje.b) Cristo recurre a las Escrituras para probar la Resurrección. Hasta entonces los discípulos no las habían entendido en ese sentido. Hace falta que Cristo las explique. En la aparición siguiente, aquella misma noche, a los Apóstoles, uso del mismo método (24, 44ss). Les dio el poder y el sentido para entender las Escrituras. El entender las Escrituras en el sentido cristiano es un don de Dios; es un carisma. S. Pablo habla del carisma de interpretar las Escrituras. En el fondo: nadie puede llenarnos a Cristo sino la gracia de Dios.