Domingo III de cuaresma

Primera Lectura: Ex 20, 1-17: Yo soy el Señor, tu dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud.

Libro del Exodo. Libro de la Salida. Salida de Egipto, salida al desierto. Salida de la esclavitud, salida a la libertad. Tono épico en su mayor parte. Nace un pueblo a la vida, sale un pueblo al escenario de la historia. Co­mienza un pueblo singular. Un pueblo con personalidad propia. Dios lo ha llamado a la existencia. Su mano poderosa lo ha plantado en el desierto como oasis dispuesto a crecer y vivir. Instituciones, tradiciones, experien­cias, leyes, culto… propios. Pueblo único en la historia antigua. Dios lo ha pronunciado y él ha respondido: «Aquí estoy».

Un pueblo sale y camina. Camina hacia Dios. Dios lo lleva «hacia sí». Era esclavo de un pueblo culto. Ahora es «amigo» del Dios Santo. Amigo, por parte de Dios, para siempre. Un pueblo que encuentra a Dios. Un pueblo que hará historia, en tanto se mantenga unido a Dios. Dios y el hombre (individuo-sociedad) que se encuentra a sí mismo en Dios. Escenario el de­sierto, lugar adecuado par comenzar a andar. Salida-maravilla. Salida digna de cantar. Libro del Exodo.

Península del Sinaí. Macizo montañoso y agreste. Monte santo. Lugar de peregrinación. Allí Dios, allí Moisés, allí, en la llanura, el pueblo de Israel. Dios desciende y toca la cumbre. Tremendo, imponente. Lo cubre la niebla, lo defienden los rayos, lo anuncian los truenos, que rodando barranco abajo, se estrellan en la llanura, dejando sin aliento a la naturaleza entera. Dios habla a Moisés. Dios habla al pueblo a través de Moisés. Moisés es su he­raldo y mensajero. Moisés, hombre de Dios, se hace respetar. El hombre sa­lido de la esclavitud debe aprender a vivir en libertad. Dios hace un«trato» con su pueblo. El pueblo debe dejarse atraer por Dios. El pueblo es desde ahora pueblo santo de Dios. Amistad para siempre. Convivencia. destino común. como expresa el hombre. No será «Dios» aquel que borre el Decálogo para expresarse. No será «hombre» quien lo derribe a voluntad. En él la vida. en él la libertad. En él Dios, en él la humanidad digna. Señala el marco elemental de amistad y convivencia con Dios. Quien lo salta, rompe con Dios, consigo mismo y con la sociedad. En el libro de la Salida, la Salida de sí mismo y un abrigo en Dios.

Estos preceptos son los pilares donde se asienta la humanidad si no quiere perecer. Quitemos tan solo uno de ellos, y la sociedad humana como tal, imagen de Dios, se verá en peligro de desaparición. Tienen valor univer­sal; valen para todos los hombres. La literatura posterior les rendirá un culto especial. La ley es la obra maestra de Dios. Ahí se encuentra plas­mada su sabiduría. El salmo responsorial es un ejemplo. Todo estudio y re­flexión es poca. Ponderemos y admiremos la ley, expresión de la voluntad y amabilidad de Dios. Jesús es la voluntad de Dios y es el monte santo.

Salmo responsorial: Sal 18, 8-11: Señor. tú tienes palabras de vida eterna.

Salmo de alabanza. Canto al Señor. Dios se revela, Dios se manifiesta. Y se manifiesta grande, magnífico, bueno. Gustemos su presencia. La primera parte del salmo -la naturaleza canta a Dios- está ausente del rezo. La litur­gia ha elegido la segunda: elogio de la ley. Así empalma, a modo de canto, con la lectura primera. Las estrofas son una «declaración» y una «invitación». Como declaración, una revelación: La Ley de Dios es como Dios mismo. Es su voluntad al alcance humano, es su mano tendida para salvar. Dios se muestra en la Ley bueno, gracioso, firme, dulce, descanso… Es tam­bién una «invitación», un reto: gustad y ved que bueno es el Señor. Gustadlo en su Ley, en su voluntad comunicada al hombre. Ley, Dios en ella, busca y es nuestra salvación y nuestra perfección: es dulce, es firme, es luz… Para nosotros la Ley, la voluntad de Dios, es Cristo. Gustémoslo, saboreémoslo, contemplémoslo. Pensemos en su Santo Espíritu. Cuaresma, tiempo de gus­tar a Dios.

Segunda Lectura: 1 Co1, 22-25;: Predicamos a Cristo crucificado. fuerza de dios y sabiduría de Dios.

Estos versillos están tomados de un contexto más amplio. Se trata del famoso discurso llamado de la Cruz: 1, 17 al 2, 16. Conviene leerlo por en­tero.

Pablo acaba de experimentar un fracaso en Atenas. El Apóstol ha osado pronunciar un discurso ante los sabios de aquella civilización, en el Areó­pago: Hch 17, 16-34. Los sabios no han aceptado sus palabras. El discurso les ha parecido inadmisible. Pablo les ha hablado de un «hombre» resucitado de entre los muertos, constituido por Dios para juzgar a todos los hombres, quienes, por tanto, llama a penitencia. Todo esto les ha hecho sonreír iróni­camente. «Te oiremos otra vez», le han dicho. Esa «vez» no llegó jamás. Los sabios, en definitiva, no han aceptado el Evangelio.

La predicación de la Buena Nueva ha deparado a Pablo amargas expe­riencias. Por una parte, los judíos, su gente, los herederos de la promesas divinas, se resisten a admitir a Jesús como el Cristo de Dios. No pasan por aquello de la muerte en «cruz». No es posible que éste, que ha muerto en la cruz, sea el Mesías. ¿El «hijo» de Dios, el Ungido, muerto en la cruz? ¡Imposible! La cruz los aparta de él, cuando, en realidad, la cruz debiera acercarlos a su persona: ha sido el instrumento precioso de Dios para acer­carse a los hombres (Hb 5, 8). Los judíos tropiezan en la cruz. La cruz les sirve de escándalo. Piden signos, maravillas que no dejen lugar a dudas, signos a su talante, a su gusto. Y Dios, por encima de todo deseo y pensa­miento humanos, ha hecho otra cosa. El gran signo lo ha dado Dios con Cristo muerto en la cruz. He ahí la dificultad. Y continúan, después de ha­berle dado muerte, persiguiéndolo en sus discípulos, en Jerusalén, en Pales­tina y a lo ancho del imperio Romano.

Los gentiles, por otra parte, mundo greco-romano, buscan la sabiduría. Sabiduría, alta y preciosa, por cierto. Pero humana. La sabiduría que pre­dica Pablo en nombre de Dios no les satisface. Es una sabiduría que no com­prenden. Y, como no la comprenden, la desprecian, la desechan, la juzgan estupidez. Prácticamente la sabiduría de este mundo se ha cerrado a la Sa­biduría de Dios. Los hombres siguen sus caprichos y quieren desenvolverse al margen de los planes de Dios. Pablo observa, por último, la ausencia de sus comunidades de ricos, poderosos y sabios según este siglo. Los fieles han venido de las capas menos afortunadas de la sociedad.

Pero Dios ha establecido un plan maravilloso por cierto, escondido du­rante siglos, manifestado ahora en Cristo: Cristo ha muerto por nosotros en la cruz (contra los judíos), resucitado de entre los muertos por la fuerza del Espíritu y constituido Señor y Juez de todos los pueblos (contra los «sabios»),. ¡La sabiduría de Dios! ¡la sabiduría de la cruz! Cristo es la sabi­duría de Dios. La obra está llena de sorprendentes paradojas y de magnífi­cas realidades: muerte-resurrección, debilidad-fuerza, sabiduría-estupidez, estupidez-sabiduría, Dios-hombre… La razón humana no puede por sí sola llegar al conocimiento de este maravilloso misterio. Sólo llegamos a El con la fe. Y la fe se otorga a los humildes, no a los soberbios. Por eso los que acep­tan el mensaje son «fieles humildes siervos del Señor».

Tercera Lectura: n 2, 13-25: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único

Evangelio de Juan. Primera parte. expulsión de los vendedores del tem­plo. aquí, al comienzo; en lo sinópticos al final. ¿Han aplazado éstos la es­cena, obligados por la estructura del evangelio? ¿La ha adelantado Juan por motivos teológicos? Los autores siguen discutiendo. En Juan, de todos mo­dos, cumple una precisa función: Jesús comienza una obra reveladora en Je­rusalén con una acción de tipo «profético».

Jesús tiene poder, Jesús tiene autoridad. Y lo manifiesta abiertamente, con energía. Jesús expulsa del recinto santo a los vendedores de animales y a los cambistas. La intervención suena a atrevimiento: sorprende e indigna. Confrontación con las autoridades. Surge inevitable la pregunta: ¿Quién eres tú? ¿Con qué autoridad haces esto? Para las autoridades religiosas de aquel tiempo la presencia de mercaderes en el ámbito del templo -atrio ex­terno- no ofrecía dificultad religiosa alguna. Más aún, podría decirse que aquel mercado era conveniente y hasta necesario. Piénsese en las multitudes que afluían a Jerusalén, en Pascua por ejemplo, y precisaban d animales y dinero para satisfacer su legítima devoción. La acción de Jesús, por tanto, sorprende. Encierra, con toda seguridad algún misterio. Nótese además la motivación: «La casa de Dios no es un mercado, no es una cueva de ladro­nes». Por dónde va la intención de Jesús? La purificación externa anuncia otra, interna y total. Han llegado los tiempos nuevos. Sobran animales y monedas. Jesús realiza, a modo de signo, la gran purificación de Dios. Su muerte y resurrección serán el momento, la misma acción. No en vano nos encontramos en Jerusalén, en el templo, en confrontación con las autorida­des y en Pascua. Se perfila ya en el horizonte la nueva pascua, como templo nuevo en confrontación con las autoridades de Jerusalén.

Los judíos incrédulos piden signos. Y Jesús presenta, además del gesto actual de autoridad un acontecimiento maravilloso futuro: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Ese es el signo. Apunta al futuro. Y como futuro y «signo», algo enigmático. Los oyentes, como es costumbre en este evangelio, malentienden las palabras de Jesús, tomándolas en sentido mate­rial. Los acontecimientos con todo, «recordaron a los discípulos», dieron ra­zón al maestro. Los judíos destruyeron su cuerpo: lo condenaron a muerte. Y él lo levantó glorioso del sepulcro. Y lo levantó como templo del Dios vivo. Como lugar santo de la divinidad. Como santuario auténtico donde se en­cuentra verdaderamente el hombre con Dios. Donde se realiza el culto de­bido a Dios. Donde la gloria de Dios se posa y expande con virtud y eficacia santificadoras para todos los siglos. Donde los hombres, en Espíritu y Ver­dad, unidos unos con otros, abrazan la divinidad. Jesús habla de su muerte y de su resurrección gloriosa. El texto del salmo -en futuro- lo anuncia miste­riosamente: «el celo de tu casa me consumirá». Jesús murió por y para cum­plir la voluntad de Dios. Y en esa voluntad surgió el templo nuevo de su cuerpo glorioso, maravilla de todos los siglos y expresión del poder de Dios.

¿Alude también Jesús a la destrucción del templo de Jerusalén? sería una terrible ironía. El templo fue destruido ciertamente. Su conducta los llevó hasta ese extremo. se levantaron contra César. Nótese que la salvación del templo y la amistad con el César entran en los motivos oficiales que dieron con Cristo en la cruz. «Conviene que uno muera en lugar del pueblo», había profetizado Caifás. Jesús murió. Y en su muerte nos libró -he ahí la maravi­lla- de la destrucción y de la ruina. En lugar de aquel templo surgió otro más perfecto, santo por excelencia, indestructible y eterno a quien ellos creyeron haber eliminado, matándolo. De aquel pueblo viejo ya, que quisieron salvar entregando al justo, se levantó el pueblo nuevo, el pueblo santo, el pueblo in­destructible. ¡Grandiosa sabiduría de Dios!

Los judíos tomaron a Jesús por extravagante. No le hicieron caso. El tono autoritario, con todo, de sus palabras y el gesto misterioso-profético de su in­tervención daba pie para una prosecución en las demandas y pesquisas. Se contentaron con señalar el lado ridículo: «¡cuarenta y seis años ha costado levantar el templo, y tú…!» Piden señales. La señal está dada. Jesús resu­citó. ¡Jesús vive, sentado a la derecha del Dios! No fueron testigos directos de la resurrección. Pero si fueron testigos, después de la resurrección, del nacimiento de la Iglesia. Ahí está el nuevo templo. Cristo Jesús resucitado.

Consideraciones:

Cristo sigue siendo, en su misterio, centro de consideración y de contem­plación. En él brilla, majestuosa y bondadosa al mismo tiempo la sabiduría divina.

A) Cristo muere, Cristo resucita. En este contexto se anuncia un gran misterio: Cristo es el nuevo templo.. De su costado abierto, que manó agua y sangre -alusión a los sacramentos vivificantes del bautismo y de la eucaris­tía- nació la Iglesia, dirán los Padres. Una vez elevado, atrajo hacia sí todas las miradas.

Piénsese, pues, en la doble dimensión del concepto. La antigua Economía se derrumba con las instituciones, especialmente las culturales. Para el nuevo Espíritu que invade ahora a la humanidad procedente de Dios a tra­vés de Cristo, no valen los moldes antiguos. Surge un nuevo Templo, un Nuevo Culto. Ni Garizín ni Jerusalén son ya suficientes. Desde ahora la ado­ración se hará en el Espíritu (Santo) y en Verdad (Cristo). El Nuevo Templo es Cristo mismo. Cayó el viejo templo; surgió el Nuevo. Cristo murió en la carne, para resucitar en el Espíritu. Nadie podrá destruirlo. No es obra hu­mana, es obra de Dios. Esta es la gran señal de todos los tiempos: La Resu­rrección de Cristo y la Institución de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

Esta es la obra maestra de Dios: Cristo en toda su dimensión. Morir para resucitar; destruir para levantar; matar para vivificar. Es, pues, El miste­rio de Cristo, de su muerte y de su resurrección, visto bajo un nuevo aspecto: de la muerte de Cristo surgió la Iglesia. Así es la Sabiduría de Dios.

B) Pablo se extiende en la contemplación de esta Sabiduría divina. El misterio de la Cruz del Señor. Pablo ha vivido el misterio de la Cruz. La vida cristiana no puede existir sin la Cruz del Señor. Los caminos de Dios son sorprendentes; la vida cristiana es asimismo sorprendente. Hay que contar con ello. La filosofía de este mundo no podrá comprenderla. Lo humilde, lo pobre, lo despreciable, lo más indigno a los ojos de los hombres viene a ser elegido por Dios para hacer brillar su fuerza, su grandeza, su Salvación.

Cristo, pues, no solo es objeto de contemplación, sino modelo a imitar. Cristo es la Sabiduría que debe practicarse, vivirse, gustarse. Cristo es nuestra Ley. Cumpliéndola encontraremos la Vida. (Salmo responsorial).

C) El decálogo es la expresión de la Sabiduría divina. Cristo es el camino. Debemos explicitar el contenido. Ahí está el Decálogo. Buen tiempo ahora, en Cuaresma, para repasar nuestra actitud respecto a la Ley -Cristo/Decálogo. La Salvación nos viene de Cristo. Vivir a Cristo es cumplir sus mandamien­tos. Ahí están. Repasémoslos.