Domingo III de Cuaresma

Primera lectura: Ex 17, 3-7.

El libro del Exodo canta la gran epopeya nacional del pueblo de Israel: la salida de Egipto, la Liberación de la servidumbre al Faraón. Israel es ya un pueblo libre, un pueblo autónomo; ya puede responder por sí mismo de sus actos. El Exodo recuerda a la par también los andares vacilantes, los primeros balbuceos de este niño inquieto, rezongón y terco, que Dios determino llamar «su pueblo». El Exodo, los acontecimientos que recoge, serán siempre para Israel punto de confrontación, argumento de provechosa enseñanza y material de severa amonestación.

El pueblo de Israel acaba de presenciar las maravillas del Señor en las manos de Moisés. Ni siquiera el gran Faraón, poderoso señor de aquel ángulo floreciente de la tierra, ha podido resistírsele. Los hebreos, pueblo insignificante, se le han escapado portentosamente de entre las manos. Un poderoso ejército, enviado contra ellos, no había podido retenerlos en su huida al desierto. Más aún, las aguas salobres de los pequeños mares que lindaban con el reino, lo habían engullido totalmente. El Dios de Israel era en verdad un Dios temible. El los lleva, él los guía, él los defiende de todo peligro. En sus brazos se siente el pueblo de Israel seguro.

El pueblo de Israel tiene que aprender a andar, tiene que comenzar a pronunciar sus primeras palabras, como pueblo libre y autónomo. El infante debe hacerse activo joven. El desierto, lugar espacioso y amplio, silencioso y quedo, arena y cielo estrellado, es el mejor sitio para estrenar los primeros pasos, sin prisas y empujes, sin el ritmo dictado por otros soberanos, y para balbucir las primeras palabras inteligibles, distintas y claras, sin el temor de ser confundidas por otras extrañas. Así lo encontramos al pueblo: en el desierto, lugar de enamoramiento, conducido por Dios a la posesión de una tierra propia. El pueblo no es capaz todavía de poseer: es muy niño. ¿aprenderá, bajo la tutela de Dios, a ser responsable?. Los acontecimientos darán la respuesta.

El pueblo tiene sed. El desierto es en verdad una tierra inhóspita. Son muy raras las charcas y muy contados los pozos de agua. El pueblo y sus rebaños se encuentran en necesidad. El pueblo no aguanta la incomodidad. El pueblo protesta; el pueblo se querella con Dios, se queja, se resiste, pierde la fe en su Dios. Realmente era muy cómodo ser llevado en brazos, sin reces ni contratiempos, sin la más pequeña fatiga. Pero Dios quiere que ande, que camine, que le siga. El pueblo protesta y duda de la bondad de su Dios. Aquel Dios que les hace sentir la sed, aquel Dios que les hace vivir las esperanzas del desierto no es un Dios, al parecer, que se interese mucho por ellos; probablemente ni los ama. No les agrada aquel Dios; ese Dios no es bueno. ¿No será, llegan a pensar en último término, que traidoramente, prometiéndoles la salvación, los ha llevado al desierto para exterminarlos a todos impunemente?. El pueblo ha pecado. He ahí el pecado.

El pueblo ha ensayado sus primeros pasos y los ha dado hacia atrás; ha pronunciado sus primeras sílabas y han sido de protesta, de desconfianza, de desafío. En cuanto se alejaron un poco las manos protectoras de Dios y se hizo, sin apartarse, invisible su rostro, todo amenaza ruina y desconcierto. Es un pueblo que no tiene fe. Dios los vuelve a tomar de la mano. Pero la mano que salva es también la mano que cura, corta y sana; vendrá la corrección y el castigo. Es la pedagogía divina. El lugar se llamará Meribá: altercado, discusión, y no amigable por cierto; Masá, tentación y desconfianza desafiante. El pueblo tentó osadamente a su Dios, después de haber visto sus maravillas. Dios atiende a las quejas de su pueblo, pero el pecado no quedará impune.(El Exodo no habla explícitamente del castigo a este pecado; sí a otros).

El texto es transparente. Dios exige fe y confianza; el hombre la rehusa. Dios no lo aplasta, lo cura. Por un capricho del hombre no va Dios a anular su plan de salvación. No se puede tentar a Dios. Es menester dejarse llevar de la mano amorosa de Dios que quiere salvarnos. El justo, es decir el amigo de Dios, tendrá pruebas. Es menester superarlas. Así, y sólo así, se hace uno responsable, así responde el hombre al amor de Dios.

Salmo responsorial: Sal 94.

Salmo demasiado complejo para una de nominación sencilla y precisa. Salmo de alabanza, salmo litúrgico, salmo profético. En realidad el salmo contiene elementos varios. Fundamentalmente este salmo es un salmo de alabanza. Claro ejemplo de ello es la primera parte: invitación, motivos… La alabanza parece encuadrada en un acto litúrgico solemne. El salmo transparenta una función litúrgica, un momento cultual importante, donde el pueblo, como tal, es parte integrante. La «postración» delante de Dios, creador nuestro, nos recuerda el recinto sagrado del templo. Quizás se trate de una celebración litúrgica que se repite todos los años. Algunos piensan en una fiesta de la «renovación de la Alianza». Notable es también el tenor, el «carácter».profético, sobre todo en la segunda parte: estilo directo conminatorio-admonitorio, oracular.

Por tanto una alabanza a nuestro Dios salvador, dentro de una celebración litúrgica importante; una adoración al Dios creador nuestro, al Dios que nos guía; una amonestación a la obediencia y a la docilidad, con el recuerdo de los acontecimientos relatados en el Exodo. Dios es el creador y el salvador del pueblo; Dios continúa creándonos y salvándonos. El «Hoy» de la salvación se alarga hasta el fin de los tiempos. Dios nos conduce al «Descanso» El descanso no se encuentra en la tierra; el «Descanso» es la morada de Dios. Cristo nos ha precedido abriéndonos el camino (carta a los Hebreos). Aquella es nuestra morada. Dios sigue ofreciéndola en Cristo. Los ejemplos del Exodo deben aleccionarnos: es necesaria la docilidad. No podemos disputar desabridamente con Dios, creador nuestro, ni poner a prueba su amor. Debemos dejarnos llevar por él. La gran maravilla de Cristo Resucitado es la garantía de su interés por nosotros.

Segunda lectura: Rm 5, 1-2.5-8.

Pablo acaba de establecer por diversas vías la necesidad que tiene todo hombre de ser justificado por Dios. El hombre no puede justificarse a sí mismo; Dios tiene que hacerlo. La justificación de Dios llega al hombre, cuando éste se abre a la acción de Dios por la fe. Pablo lo ha discutido ampliamente; la vocación de Abrahán lo manifiesta a las claras. La gran verdad, sin embargo, se la ha revelado al hecho fundamental de la Muerte y Resurrección de Cristo, Hijo de Dios.

Pablo habla ahora de la «justificación» y de su contenido, que llega a nosotros pro la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro. Jesucristo es el Hijo de Dios. A través de él nos llega la «justificación» de Dios. Justificación que es «amistad», «acceso» a la divinidad, «participación» de la naturaleza divina (gracia), «filiación» admirable. Es un «don» que se nos comunica en lo más profundo de nuestro ser, haciéndonos criaturas nuevas, destinados, como Cristo, a una plena comunicación de Dios, y a una total y completa transformación en él. Seremos como él es. La verdad y realidad del hecho están garantizadas por el amor que Dios nos tiene. Expresión de ese amor, de forma extrínseca, es el envío de su Hijo por nosotros pecadores. Siendo, como éramos, enemigos, nos dio a su Hijo, para hacernos amigos e hijos suyos. Amor formidable. De forma intrínseca, expresión de ese amor a nosotros es el «don»transformante del Espíritu Santo. Dios nos da su propio Espíritu, como prenda y expresión de su amor. La aceptación de ese Espíritu nos capacita para responder a su amor con un amor semejante.

Por eso es firme nuestra esperanza, auténtica, base de toda actividad y fuente de toda consolación. Somos inmortales; veremos a Dios cara a cara y le podemos, ya desde ahora, llamar Padre. Esos son los hechos maravillosos que nos dispensa la fe en Cristo. Nótese: dos veces aparece la palabra AMOR. Conviene relacionarlas.

Tercera lectura: Jn 4,5-42.

Podríamos señalar con algunos autores que estamos en la primera sección de la primera parte del evangelio de San Juan. Los pasajes apuntan todos ellos a Cristo como «fundador» de una nueva Economía superior a la antigua. Bástenos recordar para ello el «Nuevo Templo», el «Nuevo Nacimiento», el «Nuevo Bautismo» en Espíritu. También aparece esa nota en este precioso pasaje: Cristo ofrece un «Agua Nueva» superior a la que pueda ofrecer todo otro ser humano, incluida la antigua Revelación (pozo de Jacob). Este «don» divino, el Agua, llámesele gracia o Espíritu Santo, crea o reclama unas relaciones «Verdad». El Espíritu no es otro que el Espíritu Santo y la verdad no es otra que Cristo. Cristo es más que Jacob y más que todos los patriarcas juntos. Cristo es el ´«Salvador» del mundo, confiesan los samaritanos. No tiene otro interés que salvar a los hombres, es decir darles el Agua para que nunca tengan ya más sed.

Ese es su «alimento» : cumplir la voluntad del Padre: hacer beber a todos el agua que salta hasta la vida eterna. Ha llegado el momento de sembrar la semilla «nueva». La siembra y la siega coexisten; se siembra y se cosecha al mismo tiempo. Ha comenzado el tiempo de dar frutos de vida eterna.

El agua que Cristo ofrece calma la sed. Todo hombre tiene sed de Dios, sed de felicidad, sed de ver cumplidas y saciadas todas sus apetencias nobles humanas. Solo Dios puede calmarla satisfactoriamente. Cristo nos ofrece esa agua ; y la ofrece abundantemente. El hombre ha nacido con sed y busca saciarla en todas direcciones. Una sólo nos garantiza la saciedad: Cristo. La oferta va para todos. La samaritana nos representa a todos. Es una pobre mujer, entregada a cinco maridos, alejada del orden querido por Dios. Cristo no se avergüenza de hablar con ella, como tampoco se avergüenza de hacernos a todos hermanos. Cristo se ha quedado con nosotros para siempre; se ha hecho uno de nosotros. El nos conoce y sabe cómo somos y cuáles son nuestras más profundas necesidades. El sabe lo que es hambre y sed; las ha vivido personalmente. El diálogo es precioso. Juan lo ha adornado con todo detalle. Magnífico.

Consideraciones:

Cristo Salvador del mundo.- Así lo llaman explícitamente los samaritanos, después de haber disfrutado unos días de su compañía. La salvación en la concesión de un «don» maravilloso: agua de la vida que calma toda sed. Es el «don» del Espíritu Santo, capaz de fecundar hasta las tierras más áridas. El Espíritu Santo calma nuestra sed para siempre. Es agua que dio Moisés al pueblo sediento, el agua que dio Jacob a sus hijos y descendientes, no son el agua auténtica, la verdadera. Todo el que bebe de ellas volverá a tener sed. El agua que Cristo no ofrece nos lleva a la divinidad, salta hasta la vida eterna; ésta sí puede calmar la sed.(Sería interesante hablar de la «sed» de todo hombre de ver y de poseer a Dios, como aspiración suprema impuesta a su naturaleza; hoy se habla mucho de ello en el pensamiento actual). Es el amor de Dios, dice S. Pablo, que se ha derramado en vosotros por el Espíritu Santo. El nos hace vivir una vida nueva; somos una nueva creación, un nuevo pueblo; somos hijos de Dios. Nuestras relaciones con Dios son filiales; somos adoradores en espíritu y en verdad. De pecadores que éramos, himnos pasado a ser amigos. Como prenda el Espíritu Santo que se nos da en Cristo. Esperamos al glorificación eterna, a si se prefiere la invasión plena de la gloria de Dios en nosotros. El principio ya lo tenemos.

Esta maravillosa obra es fruto del amor que Dios nos tiene. Dios nos ama. No podemos dudar de ello. El envío de su Hijo y el «don» del Espíritu son pruebas inconmovibles. Por eso es nuestra esperanza firme y segura; no puede fallar, se apoya en Dios mismo. Para alcanzar la realidad de lo prometido sólo hay una condición que cumplir: dejarnos llevar por él. La primera lectura y el salmo nos advierten seriamente: El «Hoy» de la salvación está vigente todavía; el «Descanso» abierto por Cristo. Debemos ser obedientes y dóciles a la palabra de Dios. Hay que superar toda prueba. Las pruebas son expresión del amor de Dios. Dios nos quiere hacer responsables, mayores, adultos. No es un abandono, es una caricia. Toda su ley, que se nos antoja a veces dificultad y prueba, está dictada por el amor. Lo duro, lo molesto no deben apartarnos de Dios. Dios cura, Dios sana, Dios corrige lo defectuoso, Dios salva en su Hijo, Señor nuestro. Necesitamos del agua que él nos ofrece. Pidamos como la samaritana:«Danos de beber de esa Agua». Así de imperfectos somos, como la samaritana. Ante la magnitud del «don» debe surgir espontanea la alabanza (salmo) colectiva, unánime, perenne.

Cristo nos ofrece el Agua especialmente en la Eucaristía. Vayamos a beberla. Las virtudes teologales juegan un papel importante en la vida cristiana. No las olvidemos.