Domingo III de Adviento

Primera Lectura: So 3, 14-18a: El Señor se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.

Parece que a Sofonías le tocó desempeñar su misión de profeta un poco antes que a Jeremías. Sería por los años que van del 640 al 630 más o menos.

El mensaje de Sofonías, breve, circunscrito a Palestina en su mayor parte, presenta, con todo, un cuadro un tanto variado. Menudean las amenazas sobre Jerusalén y su gente. La negra sombra de Asur se proyecta espantosa sobre la ciudad prevaricadora, que ha puesto en sí misma, no en Dios, su confianza y su orgullo. El día de Yavé se avecina duro y exigente. La Vara de Dios está ya alzada para castigar.

Pero no todo en este libro es luto, destrucción, castigo y muerte. La mano purificadora de Dios los va a sacudir, es cierto. Un resto, sin embargo, sobrevivirá a la catástrofe. En este punto los ojos del profeta se iluminan y avanzan hacia el futuro, más claro y prometedor. Son las promesas de Dios. La última parte del libro habla de ello. Puede que en este lugar hayan encontrado cobijo y hospedaje algunos pequeños párrafos oriundos de algún desconocido profeta del tiempo del exilio o poco después. Es, con todo, problemático.

Es esta la última parte, donde las promesas se suceden jubilosas unas tras otras, donde en el horizonte ya ensanchado se vislumbra la luz y el calor del nuevo sol que posará sobre Jerusalén. El firmamento se ha despejado; han huido los negros nubarrones; la bendición de Dios desciende para siempre.

Los versillos leídos constituyen un pequeño, pero hermoso salmo. Va dirigido a Sión, a Jerusalén. Es una invitación al canto, a la danza, a la alegría, al gozo. Son buenas noticias. No se especifican mucho las nuevas. Pero con visión certera, señala Sofonías la fuente y raíz de todo bien: Dios, tu salvador, está en medio de ti.

El mensaje se reduce en conceptos elementales a lo siguiente: ¡Alégrate! (v. 14); ¡No temas! (vv. 15-16); ¡Dios -tu Rey y Salvador- está en medio de ti! (vv. 15-18).

La invitación a la alegría es insistente. La razón es doble:

1.- No temas. El profeta insiste en la necesidad de arrojar lejos de sí todo temor y todo miedo. No temas: el enemigo ha desaparecido; las sentencias del Señor contra ti (la primera parte del libro nos recuerda el destierro) han sido revocadas. El Señor ya no te castiga; no hay ya enemigo alguno. El Señor te ha perdonado.

2.- Dios en medio de ti. Yavé, tu Dios, tu Rey y Salvador ¡en medio de ti! Dios, tu salvador, ha hecho las paces contigo. Vuelve a la amistad primera. En el versillo 17 late la imagen del novio que visita de nuevo a la novia. Efectivamente, el amor va a comenzar de nuevo; un amor creativo, un amor que renueva. Por eso exulta, canta, danza, alégrate, lanza gritos de júbilo... Las promesas de Dios siguen en pie. Hay esperanza. El futuro tiene un sentido, un aliciente, una vida por llenar y disfrutar. Dios en medio de ti.

Salmo Responsorial: Is: 12, 2-6: Gritad jubilosos: ¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!

Es un breve salmo de alabanza y de acción de gracias. En los versillos leídos -falta el primero- predomina el aire hímnico sobre la acción de gracias. En el contexto de las lecturas adquieren relieve, como estribillo, sus últimas palabras, todo el pensamiento gira en torno a ello. Dios salvador ha hecho proezas -recordemos el exilio o la serie de intervenciones divinas en favor de su pueblo-. Ante tales maravillas, el espíritu humano, siempre en peligro, siempre inseguro y sediento, corre anhelante a sostenerse en él y a beber las aguas abundantes y limpias que surgen de tan profunda fuente. Aumenta la confianza, huye el temor; el futuro se proyecta seguro, los ojos ven la luz. El hombre puede caminar. Sin embargo, es la alabanza lo que predomina. La invitación al gozo invade el salmo.

Segunda Lectura: Flp 4, 4-7. Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.

Pablo va a terminar su carta a los de Filipos. No está de más, más aún, es de buen gusto despedirse de sus fieles con unos, los últimos, buenos consejos. Ese es el contexto de los versillos leídos. Podríamos alargarlos hasta el 9 inclusive. Completan el pensamiento y encienden el deseo del bien obrar.

Pablo ha llegado, contemplándolo, a las profundidades del "Misterio" de Cristo, lo ha penetrado; lo vive intensamente, lo goza, lo saborea. También los cristianos, sus fieles, saben algo de la grandeza de Dios, que se derrama sobre el espíritu humano. También ellos llevan a Dios dentro de sí; lo siente con frecuencia de forma inefable. Pablo, de todos modos, lo disfruta jovialmente. Quizás sea éste el contexto sicológico más apropiado para entender los versillos de la lectura.

Nótese: a) La invitación porfiada a la alegría; b) la bondad desbordante (que se impone por su transparencia y nitidez a la mente y al corazón de los paganos); c) la serenidad y confianza filial que se funde en oraciones de súplica, de alabanza y de acción de gracias; d) la paz (que sobrepasa todo conocimiento y experiencia de bien en este mundo); e) la proximidad del Señor (como fondo del cuadro). Todas estas actitudes tienen una estrecha unión entre sí.

La alegría: Toda la carta a los filipenses rezuma alegría (3, 1; 4, 4...). Pablo nos invita repetidas veces a ella. Alegría significa gozo, significa disfrute holgado del bien poseído. Nuestra alegría, nos recuerda Pablo, ha de ser en el Señor. El Señor es la fuente del gozo. Disfrutad del Señor a quien pertenecéis, del Señor a quien lleváis dentro; disfrutad del Señor que se os comunica. Él es el gozo eterno y, como gozo, se derrama en nuestros corazones. Alegraos con esa alegría que surge, alborozada, de la presencia del Señor. Presencia realmente misteriosa, mística, pero real y palpable. La alegría que debe invadir nuestro espíritu recibe también su motivación de la proximidad del Señor que ya está cerca. El Señor, que se nos comunica en el "Misterio", se aproxima a comunicársenos en plena entrega. Por eso:

La bondad: La bondad del cristiano es una participación de la bondad divina. El Señor crea en nosotros una actitud nueva, una forma de ser tal que nos hace buenos y nos hace al mismo tiempo difundir, como la luna los rayos del sol, la bondad a los otros. Dejemos obrar a Dios en nosotros. La bondad que Él difunda a través de nosotros, caminará en todas direcciones. Todos la percibirán. Será como la lluvia que desciende sobre buenos y malos. La vida cristiana tiene efectos saludables para todos. Pablo nos invita, como portadores del bien, a difundir la bondad. Practiquemos el bien. El Señor está cerca. Es una buena preparación a su venida. El bien sumo se acerca; como preámbulo a la gran transformación y a la definitiva adquisición del Bien. Ejercitémonos en el bien obrar; dejemos que la bondad opere en nosotros.

Confianza serena: El gozo, la bondad delatan un fondo de calma y serenidad profunda en el alma y en el sentimiento del hombre guiado por Dios. Dios no se inquieta. De la serenidad de Dios participa y goza el hombre. No tenemos por qué inquietarnos. Dios está con nosotros. La presencia de Dios en lo más íntimo de nuestro corazón nos hace dirigirnos a Él con afecto filial. Es la oración en sus múltiples formas. Petición confiada e intensa en la necesidad urgente; canto de alabanza en la contemplación de sus maravillas; gozosa acción de gracias en los beneficios recibidos.

El cristiano se sabe, se siente -hasta ahí debe llegar- hijo de Dios. ¿ No habita en nosotros el Espíritu que nos hace clamar: Abba, Padre? El Espíritu es prenda, es garantía, es comienzo de una posesión más perfecta. Los bienes definitivos no los hemos recibido definitivamente. Estamos a la espera. Pero ya aquí, en estado de transición, saboreamos la afectuosidad del trato del hijo con el Padre, del amigo con el Amigo. Esperamos la Paz. Esa paz será plena, rebosante, colmada, desbordante, inefable. Aquí nos es dado gustarla a modo de anticipo. Es una paz que desciende directamente de Dios, es un don del Espíritu. El mundo no la conoce, ni puede darla tampoco. Esa paz se eleva sobre todo conocimiento y sentimiento humanos. Es algo nuevo divino. Esa paz procede de la unión con Cristo y tiende a mantenernos unidos a él De esa paz habla Pablo.

He aquí un punto de la vida cristiana que desgraciadamente olvidamos con frecuencia. Se trata del disfrute de ser cristiano, del gozo y alegría de vivir cristianamente en sentido vital. Con suma frecuencia presentamos la vida cristiana bajo un aspecto meramente moral o moralizante con exceso; como carga, como yugo, como norma a cumplir. ¿Disfrutamos del ser cristianos? No podemos gozar y saborear esta realidad soberana, si no vivimos real y profundamente el cristianismo. En otras palabras, si nuestro corazón no descansa en Dios, si nuestros sentimientos no son sino los de Dios. Cuando Dios sea todo para nosotros y nosotros todo para Dios, sabremos qué es disfrutar de Dios en la tierra. Por eso hay que dar rienda suelta a la acción del Espíritu en nosotros. Por ahí han caminado los santos. Por ahí el pensamiento de Pablo.

Tercera Lectura: Lc 3, 10-18: ¿Qué hemos de hacer? El que tenga que reparta con el que no tiene.

Con Juan, decíamos el último domingo, sonaba de nuevo la voz potente de Dios, callada por tanto tiempo. Era un magno acontecimiento. El pensamiento de la venida próxima del Mesías o de una portentosa intervención de Dios agitaba las mentes y los corazones de los hombres de aquel tiempo. Se palpaba en el ambiente la proximidad de algo grande. Las circunstancias político-religiosas, por las que atravesaba el pueblo, favorecían la ansiosa expectativa. Juan fue el signo y la señal de la inminencia del acontecimiento esperado. Realmente Dios no había olvidado a su pueblo. Volvía a hablar de nuevo. Y la voz que sonaba hablaba de salvación. Ahí terminaba la lectura del domingo anterior.

El movimiento de preparación y de expectativa surgido a la sombra del Bautista, fue considerable, y rebasó, con el tiempo, los límites de Palestina. Hasta el siglo III puede uno rastrear la existencia de seguidores de Juan. Los evangelios han guardado de él un recuerdo profundo y grato. Los cuatro evangelistas hablan de él. Era la voz que anunciaba la gran Palabra de Dios. Lucas, el evangelista de la ascesis y de la parenesis cristiana, nos lo presenta predicando. Ha olvidado la descripción de su persona, tema presente en Mateo, y ha abordado directamente el tema de su predicación. La lectura de hoy ha elegido unos versillos muy importantes.

1.- Aspecto moral: El evangelio de Lucas muestra un especial interés por las exigencias ascético-morales del cristianismo. Es el evangelio de la pobreza, de la renuncia, de la oración, de la misericordia. Interesado como está en este aspecto, alarga y amplía la predicación del Bautista más que los otros evangelistas. Son los versillos 10 al 14.

La salvación de Dios va dirigida a todos los hombres. De forma especial a los pobres, a los humildes, a los pecadores, que sienten en propia carne su necesidad. Los autosuficientes se cierran voluntariamente a ella. Juan ha pronunciado palabras recias y duras contra los fariseos, en los versillos precedentes: Raza de víboras.... Para los que reconocen su pecado, Juan anuncia la salvación, un bautismo de penitencia. A él acude la gente sencilla y común, los publicanos, tenidos por pecadores públicos, y, por tanto vitandos, y los militares, que, según se desprende de las palabras de Juan, parece que acompañaban a los anteriores en su labor de recaudadores. Para todos tiene un consejo saludable. Nótese que la moral propuesta por Juan va encaminada a corregir los abusos de las riquezas. El que tenga dos túnicas, tenga a bien dar una al que no tiene. Es la comunicación amigable y caritativa de lo poseído con los desposeídos. A los publicanos se les urge la justicia. Fuera injusticias, en el cobro de los tributos. Parece que en este punto se daban abusos. A los militares se les exige una conducta semejante. Fuera la extorsión y la violencia. Como se ve, para alcanzar la salvación, se exige una moral, una actitud nueva, una conducta adecuada a la nueva disposición de Dios. Juan urge la preparación en este aspecto.

2.- Aspecto escatológico: Está próximo el más fuerte. El Mesías está cerca. El Mesías que no sólo es superior en rango, sino también en virtud y fuerza. Tiene el poder de bautizar en Espíritu Santo y fuego. Cristo comunica fuerza, vigor, impulso; Cristo nos comunica el Espíritu Santo. El evangelio de Lucas es también el evangelio del Espíritu. La efusión del Espíritu es un acontecimiento escatológico. Dios lo había anunciado desde tiempos atrás. Cristo bautiza también en fuego. La virtud del fuego es múltiple: purifica, destruye, calienta, quema, abrasa. El fuego nos recuerda el juicio de Dios. Dios va a juzgar al mundo en su Hijo. Por ahí va la imagen del bieldo, del trigo y de la paja. A Cristo se le ha concedido ese poder. El evangelio determinará en qué modo irá ejercitándolo. Juan urge una determinación en los oyentes antes de que sea tarde. Hay que dejar la paja y convertirse en grano: dignos frutos de penitencia.

Consideraciones

El evangelio nos asegura que el más fuerte, el que bautiza en Espíritu Santo y fuego, viene a nosotros. No podemos perder de vista el carácter escatológico del pasaje. El Señor trae en la mano el bieldo; el grano será separado de la paja. Antes ya había anunciado que el hacha ya estaba tocando la raíz del árbol. En otras palabras, urge una determinación drástica. Conviene dar frutos dignos de penitencia. Necesitamos cambiar de vida; aplicar nuestra mente y actuar de modo más religioso y cristiano. El Señor está cerca. El juicio del Señor es definitivo. Con él la salvación y en él la condena.

Pablo nos recuerda también la proximidad del Señor. De esta proximidad y de su presencia en nosotros, deduce Pablo una actitud característica en el cristiano: alegría, bondad, oración, etc.

La lectura primera es un anuncio jubiloso: El Señor en medio de ti. Lo mismo podemos decir del salmo responsorial: ¡Qué grande el Señor en medio de ti! Dios rey, Dios salvador viene a convivir para siempre con el pueblo elegido. Han precedido tiempos amargos: destierro, hambres, esclavitud, guerras, abandono. Se terminó para siempre. Para el pueblo sediento de salvación el anuncio de la presencia de Dios salvador, no podía menos de producir alegría, júbilo y entusiasmo.

Veamos las aplicaciones que nacen de este elemento común:

1.- Ascesis: Partamos del evangelio:

Juan nos invita a una amigable y caritativa comunicación de bienes con aquellos que los necesitan, o mejor dicho, con aquellos que se hallan en necesidad. Es la mejor preparación para la venida del Señor. Sería un precioso fruto de penitencia. Si queremos alcanzar misericordia, procuremos ser misericordiosos.

Pablo nos recuerda el ejercicio de la bondad cristiana. El cristiano debe obrar el bien. El Señor está cerca. El bien debe ser universal, en todas direcciones y en todo momento. Debemos hacer nuestra la bondad divina. Dejemos de lado la codicia, la sensualidad.

El consejo de Juan a los publicanos y a los militares nos hace pensar en la justicia y honradez de que debemos dar ejemplo. La injusticia, la extorsión, el "aprovechamiento" del débil nacen de la codicia, del apego a las riquezas. Contra ellas Lucas se muestra enérgico. Se impone un delicado e intransigente examen de conciencia personal sobre nuestra implicación en los poderes de este mundo.

La campaña de Navidad -anuncios, programas, exposiciones, etc.- tienen mucho, por no decir todo, de profano: bebidas de lujo, cosméticos, fiestas de sociedad, derroche en comidas, en regalos... Por ninguna parte ni el más ligero paralelo con las palabras de Juan. Una fiesta escandalosa no puede ser cristiana. Puede que el pobre esté esperando nuestra invitación. Al fin y al cabo es el Salvador común el que nace.

2.- Alegría: Las dos lecturas primeras y el salmo nos invitan a ella. El motivo no es otro que la presencia de Dios en nosotros. ¿No es el nombre de Cristo Enmanuel, Dios con nosotros? Es necesario explotar este motivo. No hay otro que pueda mantenernos en perpetua y auténtica alegría y paz. Todos los bienes de este mundo no producen un efecto semejante. Sólo el que pone en Dios su alegría y su paz encontrará la auténtica alegría y paz. Es un círculo precioso, no vicioso. A Dios acudimos en busca de paz. La unión con él nos hace gustarla, buscarla de nuevo. Viene a salvarnos. Para apreciar la salvación, necesitamos saborear antes nuestra miseria y poquedad. Sólo de esta forma sabremos apreciar qué es la amistad con Dios y el afecto filial que surge en nuestras relaciones con él. De él la paz; a él nuestros cuidados. Él está en medio de nosotros. Esperamos, con todo, la definitiva posesión de él.

Debemos alegrarnos. La alegría debe ser cristiana. Sólo el pobre, el mísero, el acongojado, el que conoce la miseria del hombre en propia carne puede disfrutar de ella. Recordemos los personajes que recorren la Infancia de Cristo en Lucas: María, la Sierva del Señor; Simeón, el que suspiraba por la salvación de Israel; Ana, la profetisa; José, el justo; Zacarías, el orante; Isabel; los pastores. Ni una palabra de Herodes, de los fariseos, de los potentados.

No estaría de más recordar aquí a la Virgen Santísima. La primera lectura evoca las palabras del ángel en el anuncio, son la base para su alabanza a la Virgen: Alégrate, María, el Señor está contigo; no temas... Ella es la hija de Sión.

Pidamos a Dios que realice en nosotros, después de recibirle en el sacramento como Rey y Salvador, la purificación de nuestros pecados, como preparación a las fiestas de Navidad (oración postcomunión).