Domingo III de adviento

Primera Lectura: Is 61, 1-2.10-11: El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a dar la Buena noticia a los que sufren.

Esta lectura primera la componen un par de fragmentos del capítulo 61 de Isaías. Estamos, pues, en el tercer Isaías. Para tener una idea más com­pleta del mensaje profético es menester leer todo el capítulo. El tema funda­mental es un anuncio solemne de la salvación.

El tema profeta siente en sí, vigoroso, el espíritu de Dios que lo mueve e impulsa a proclamar abiertamente, a los cuatro vientos, el plan divino de salvación. Esta, la salvación, en manifiesto crescendo va extendiéndose desde la liberación de los males, que aquejan al pueblo, hasta la promesa de posesión segura de todos los bienes. Termina con una explosión de júbilo ante el estupendo plan de bendición que Dios promete poner por obra.

Los dos fragmentos que se leen en la Santa Misa son el principio y el fin del poema. He ahí los puntos más importantes:

1) Se trata de un profeta -«el Espíritu del Señor Yavé sobre mí»- que se siente movido por Dios. La unción de que se habla, es su consagración como profeta. Es un enviado cualificado, un profeta auténtico.

2) Su misión va dirigida a los pobres, desamparados, abatidos, esclavos, injustamente oprimidos. Les anuncia la liberación, el consuelo, la bendición de Dios. Esa es la Buena Nueva: gracia de Dios para los pobres, día de ven­ganza del Señor. Nótese: Jesús se aplicó a sí mismo este pasaje. Identificó su misión con la misión del profeta en Isaías61. Léanse los vv. 16- 20 del capí­tulo 4 de Lucas. Nótese por otra parte también la presencia de este texto en al formulación de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-10). A ellos dirigió Jesús su mensaje, su Buena Nueva.

3) Conocido el plan de Dios, el gozo invade el alma del profeta. ¡Dios va a hacer justicia, Dios va a darnos la salvación! Con unas palabras semejantes comienza María el Magníficat.

Salmo responsorial: Lc 1, 46-50.53-54: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.

Un cántico; acción de gracias. Aire jubiloso con tendencia a la alabanza. Incontenible en al persona se extiende a la comuni­dad. El mundo entero da gracias y alaba al Señor. El cántico es de la Madre de Dios.

Dios ha obrado una maravilla. Sabemos a qué se refiere el canto: el Mis­terio de la encarnación. La Virgen María ha sido «elegida» madre de Dios: «Ha hecho obras grandes en mí (por mí)». La obra, en lo personal, encumbra al humilde: «Ha mirado la humillación de su esclava». Pero se desborda y al­canza a todas las generaciones: «De generación en generación».

Dios es grande porque es bueno. Bueno en todos los tiempos y en todas las circunstancias. Se acuerda siempre de su misericordia. Y su misericordia es salvar. Salvar al humilde, al hambriento, al pobre. Dios, bueno y poderoso, invierte los esquemas del mundo. Una verdadera maravilla.

La Virgen explota de alegría. Le ha envuelto la gloria de Dios y la ha en­cumbrado: «Me felicitarán todas las generaciones». La nueva y excelsa «Abraham». Y la bendición se alarga y alarga hasta tocarnos a todos. Si nos asemejamos a ella, naturalmente. Hemos de recoger la Palabra de Dios con devoción y dedicación. ¿No dijo Jesús que seríamos «madre» y «hermanos» suyos si cumplimos la voluntad de Dios? La Iglesia es la «virgen» de Cristo. Y la Virgen María la mejor expresión de la Iglesia. La veneramos en el canto y la acompañamos en la acción de gracias. El misterio de la encarna­ción nos llega a todos: «Bendito sea el Señor».

Segunda Lectura: 1 Ts 5, 16-24: Que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la parusía del Señor.

El texto forma parte de un grupo de exhortaciones que el Apóstol dirige a los cristianos de Tesalónica. Parte el Apóstol de una verdad fundamental cristiana, es a saber, de la presencia en los fieles del Espíritu Santo. El Es­píritu Santo habita en ellos. Es fuego, es vida, es un árbol cargado de copio­sos frutos. Los fieles deben procurar no poner trabas a su acción. El debe obrar con soltura. Que su fuego siga llameando, para que sus frutos sean copiosos.

El primero y muy característico por cierto, es la alegría, el gozo (v.16). El gozo nace de la posesión de un bien, o de la seguridad plena de la posesión de un bien en un tiempo futuro. ¿No es El, por ventura, el que nos hace sentir­nos hijos de Dios y llamarle afectuosamente Abba, Padre? ¿No es Él el Pará­clito, el Consolador? De El procede el gozo santo y la alegría sana.

El nos mantiene en unión con Dios. De ello hablan los vv.:17-18. Oración y acción de gracias constantes. «En El oramos y en El damos a Dios gracias de todo bien recibido». Es menester secundar sus inspiraciones. Dejémosle obrar. Evitemos el mal y movidos por El practiquemos el bien (21-22).

El deseo del Apóstol es que ese Espíritu llene y transforme completamente el ser humano; el espíritu, lo más alto y más agudo del alma humana; el alma entera con sus potencias; el cuerpo en sus debilidades (v. 23). Todo debe ser transformado. Debe, por ahora, conservarse sin mancha. La trans­formación perfecta tendrá lugar en la Venida del Señor. Nuestros cuerpos serán transformados, resucitarán; veremos a Dios tal cual El es. Todo es ob­jeto de la esperanza cristiana. Nuestra esperanza es firme; se apoya en la fidelidad de Dios (v.24).

Consideraciones:

A) Cristo se aplicó a sí mismo el pasaje de Isaías, según nos cuenta Lu­cas, en el discurso habido en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se cumple esto en Mí». El es el «Profeta» de que habla Juan. El está lleno del Espíritu Santo; El es el Ungido; El es el Enviado; El es el Prometido; El es el Esperado de las naciones.

B) Ahí están sus dones: para el encarcelado, para el esclavo, para el oprimido injustamente, para el sujeto a poderes despóticos, la liberación; para el agobiado, para el triste, para el angustiado, para el que sufre, para el que llora, Gozo y Consuelo; Fuerza y Salud para el enfermo, para el débil: Luz para el ciego, para el ignorante, para el que yerra; para el pusilánime, para el apocado, para el paralítico e inmóvil, Vida y Espíritu.

C) El tema del gozo invade este domingo. El gozo es un fruto del Espíritu. ¿Hasta dónde llega nuestro gozo? Debemos gozarnos en el Señor. El es nues­tro Padre; El habita en nosotros. Somos hermanos de Cristo; esperamos y nos gozamos de su Venida. Un gozo así se hace comunitario. ¿Dónde está nuestra alegría; dónde nuestro gozo de ser cristianos? ¿No damos la sensa­ción muchas veces de que caminamos agobiados por el peso de nuestra reli­gión? Probablemente el Espíritu de Dios no actúa considerablemente en no­sotros; no le damos facilidades.

La unión con Dios, la oración, la acción de gracias. Son también fruto del Espíritu. El trato afectuoso con Dios ¿dónde está? La oración será una buena preparación para la Venida del Mesías. Así mismo la práctica de las buenas obras.

D) Visión secundaria. ¿Somos luz, somos consuelo, somos alegría y fuerza para los demás? Nuestra conducta será la voz que clame, será la antorcha que ilumine, el dedo que indique: ¡Aquí está Cristo! Hay que hacer vivir al Espíritu. Pidamos al Señor nos llene de su Espíritu. Sería una buena peti­ción, al mismo tiempo que preparación para la Venida del Mesías.

La primera agraciada con la salvación es la Virgen. Llena de gracia y de alegría, es la primera en proclamar la grandeza de Dios y en comunicar la salvación divina, llena del Espíritu.