Domingo III de adviento

Primera lectura: Is 35, 1-6a. 10.

Los estudiosos van coincidiendo en atribuir este bello canto a un autor del tiempo del destierro. en concreto, al autor de la segunda parte del libro de Isaías. El vocabulario, las imágenes, el tema… favorecen este sentir.

No podemos decir con todo, que el contexto actual le sea molesto o fortuito. Tras la destrucción de Edom, convertida en desierto, viene la salvación del Israel, con la animación del desierto. Fuerte contraste en la acción de Dios. Su presencia trae la vida. Su ausencia siembra la muerte. Sin embargo, Dios no ama la muerte; Dios vigila por la vida.

La abundancia (en el texto) de futuros, con variación breve breve en imperativos (fortaleced las manos. Mirad a vuestro Dios), revela una postura orientada enteramente al porvenir. La esperanza lo anima todo; la imaginación lo embellece y salta de gozo el corazón.

Volverán los rescatados del Señor; vendrán con cánticos a Sión. Esa es la noticia consoladora, la buena nueva. Un nuevo Exodo; un caminar envuelto en maravillas. Los ojos atónitos de los desterrados que vuelven, van a contemplar los portentos que brotan de la mano de Dios cuando ellos salieron de Egipto: (salvación, liberación de la esclavitud, país propio, casa propia, nación independiente con el Señor en medio).

También el desierto está por medio esta vez. Pero no les va a ser hosco y duro. Brotarán aguas abundantes, florecerá la estepa. Será como un prolongado Oasis. Algo así como el Carmelo, el Sarión o el Líbano. Sus labios no sentirán la sed, la fronda cobijará sus cabezas; una mullida alfombra de flores acariciará sus pies. La tierra entera sonríe generosa a los desterrados que vuelven.

Dios ha perdonado a su pueblo; Están limpios. Nada que recuerde su anterior estado de postración permanece en ellos. El ciego comienza a ver, el cojo brinca sueltamente; el falto de lengua cantará al Señor. Las consecuencias del pecado no tienen por qué existir, si Dios ha borrado la culpa de su pueblo. Dios ha eliminado las limitaciones humanas. Así parece expresar el autor la seguridad y profundidad del perdón de pecado: eliminando de hombre todo aquello que -según el pensamiento de entonces- tiene que ver con el pecado. Este texto la traen los evangelistas. ¡Animo! a cambiar, cabeza alta, corazón erguido, manos en la acción: la salvación está cerca. Con Dios la alegría, el gozo, la paz.

¿Qué hay aquí de real y de poético o imagen? El futuro lo decidirá. La visión del profeta se alarga hasta los últimos tiempos. Certera es la afirmación de que Dios curará las limitaciones dolorosas del hombre que proceden de su pecado. Una vez caído el pecado, no tienen por qué existir. Sin embargo, la pena, la aflicción, la muerte, serán radicalmente exterminadas, cuando el hombre sea plenamente transformado en Cristo resucitado. El profeta lo ha visto de Lejos, o por lo menos lo ha intuido. sin dar plena razón del acontecimiento. La promesa del profeta está todavía en pie.

Salmo Responsorial: Sal 145. Ven, Señor a salvarnos.

La alabanza a Dios surge espontáneamente de la contemplación de sus obras o del recuerdo de sus maravilla. Unas veces es la creación la que motiva la loa; otras, las intervenciones de Dios señaladas en la historia. A este grupo se acerca el motivo desarrollado en este salmo. Es una anunciación de la maravillosa y condescendiente postura de Dios para con los hombres, en especial para los más necesitados: da pan a los hambrientos, sustenta al huérfano y a la viuda, protege al peregrino, abre los ojos al ciego. Su misericordia es eterna, así como su fidelidad en practicarla. Como ellas su reino.

El estribillo es una súplica: Ven, Señor a salvarnos. Esa es la tónica que reciben aquí los versillos en medio del adviento. El espíritu humano, consciente de su debilidad e impotencia, cortado por límites en todas direcciones, clama a Dios confiado: Ven a salvarnos. Insistamos en ello, Dios es Salvador; Lo afirma n el salmo, la experiencia secular de Israel.

Segunda lectura: St 5, 7-10.

La carta de Santiago es notable por las exhortaciones de tipo ascético. La ascesis cristiana no es una ascesis de evasión ni es fruto de una postura meramente pasiva. El asceta cristiano no es estoico. En el fondo de toda exhortación se perfila con mayor o menor claridad la figura de Dios, la figura de Cristo. En el texto de hoy perfectamente.

La paciencia es una virtud;es una virtud cristiana. Y lo es en resumidas cuentas porque el cristiano se hace solidario de la paciencia del Señor. Dios es paciente. El Señor, Cristo, es paciente; los profetas del Señor han dado también muestras de paciencia. Cristo hubo de superar la prueba; los profetas, las calamidades de su tiempo. Muchos murieron sin haber visto el cumplimiento de sus palabras. Arrojaron la semilla; a otros les tocó cosechar. La imagen del labrador que espera y aguarda paciente el fruto de sus sudores ilumina perfectamente la actitud que debe tomar el cristiano. En el fondo la paciencia nos une con la pasión del Señor.

El Señor tarda; tened paciencia. El Señor viene, ya está cerca, a la puerta. Ante la perspectiva de la venida del señor, Juez de todo, no cabe otra actitud: paciencia, aguante, firmeza, serenidad y dominio de sí mismo. No hay quejas para no ser condenados; El Señor viene. la venida del Señor da base a toda la exhortación.

Tercera lectura: Mt 11, 2-11.

Para una mejor comprensión distingamos dos partes en esta lectura; ambas bien trabadas: a) Cristo responde a la pregunta de Juan; b) Cristo encomia a Juan. Todo ello muy interesante.

a) Cristo responde a la pregunta de Juan.

1) Situación de Juan el Bautista.

Hasta la lóbrega cárcel de Maqueronte, allá al otro lado del Jordán, junto al Mar Muerto, llega el revuelo que ha suscitado por toda palestina el profeta de Nazaret, Jesús, e hijo de José. Allí yace aherrojado, preso entre barrotes, Juan el Bautista, gran profeta en opinión de muchos. Las iras de una mujer lo han cerrado dentro de los muros de aquel lugar.

El país entero habla del nuevo profeta. Unos le siguen, otros le admiran en secreto; algunos lo critican ásperamente; Todos lo discuten con pasión. Hasta Juan han llegado las noticias de sus andanzas, de sus idas y venidas, de sus máximas, de sus milagros. Juan sigue atento el desarrollo de los acontecimientos. Su misión, prevee él, está por acabar. Y ahora, cuando su hora al parecer se acerca, le asaltan e inquietan serios pensamientos. El profeta de Nazaret no responde del todo a la figura que él había descrito, ni a la idea, de Mesías que él se había forjado. El hijo de José habla, enseña, predica, camina de un lugar a otro, curando, sanando enfermos, con la misma frase en la boca: El Reino de los cielos, la Buena Nueva. Juan lo había visto de otra forma: El que troncha el árbol, el que avienta la parva, el que quema la paja, el que bautiza en fuego. El Mesías apocalíptico resulta ser un manso cordero. ¿Se ha equivocado él, Juan? ¿Ha sido falsa su predicación? ¿Es este en verdad el que él anunció? ¿Quién es este de quien se cuentan maravillas y a quien El señaló con la mano como Mesías? ¿Qué sucede aquí? Dramática situación la de Juan. Juan profeta, pasa por una dura prueba. Juan no duda; Juan, más bien, no ve las cosa claras; Juan no entiende. Juan sufre, se inquieta, busca una aclaración.

La verdad es que Juan está todavía en el Antiguo Testamento y no ha visto separadas las dos facetas de Mesías: Salvador paciente y Juez soberano. Ha visto esta última y así lo ha descrito. Su sorpresa ahora y su maravilla al recibir noticias de un Mesías que se comporta de forma diversa le desconciertan y envía a dos de sus discípulos para preguntarle abiertamente: Con la frase El que ha de venir alude a su propio vocabulario. Así anunció él antes al Mesías.

2) Jesús responde a Juan.

Nótese cómo Jesús mantiene, en esta ocasión, su táctica de ocultamiento: Ni siquiera a Juan le contesta abiertamente. Sin embargo le da una pista valiosa: Juan debe consultar la palabra de Dios, el cumplimiento de la escritura. Jesús le señala el texto de Isaías. Los enviados acaban seguramente de verlo con sus propios ojos. Las palabras de Isaías se cumplen en Jesús de Nazaret; y además de forma maravillosa. Lo que en el primero tenía un sentido metafórico, adquiere ahora sentido real: realmente los ciegos ven y los cojos andan. La acomodación es perfecta y sorprendente. A eso llamará Cristo el «cumplir la Escritura».

El cumplimiento de la Escritura, tan a lo real, debe convencer y orientar a Juan. Las palabras de Isaías reflejan el tenor en parte, del mesianismo de Jesús. La bienaventuranza formulada a continuación es digna de comentario.

Todo el mundo, aun el más eximio profeta, debe dejar a un lado su opinión personal respecto al Mesías, si no concuerda con la manifestación que el mismo Mesías hace de sí mismo. Ni la Ley ni los profetas pueden nada en este sentido. Así es en efecto. Tanto la una como los otros preparan al Mesías, no lo definen plenamente. Su voz, voz de Dios, es definitiva. Es la piedra fundamental; y quien no edifica sobre ella, tropieza y se estrella. Importante advertencia para los oyentes. Muchos tenían una idea del Mesías un tanto errada; debían deshacerse de ella. Ante todo la voz de Cristo, sostenida por la Escritura.

b) Jesús alaba a Juan.

Jesús define la posición y persona de Juan. Juan es un profeta; el mayor de los profetas. Le cupo como a tal señalar con el dedo al hijo de Dios, y tocar con la mano el comienzo del Reino Nuevo del Señor. La palabra de Malaquías encuentra en Juan apropiado cumplimiento: Juan es el precursor de Señor. Su gozo debió ser grande, aunque grande fue también su inquietud (van paralelas). Hombre de temple, de voz autorizada y convincente; asceta, decidor de verdades y cumplidor exacto de la misión de precursor.

Juan, sin embargo, cae dentro de la Antigua Economía, pertenece al Antiguo Testamento. De ahí la falta de perspectiva en el anuncio del Mesías. Con ser su posición privilegiada, dista con mucho de la «gracia» de los que pertenecen al Reino que ahora comienza. El más pequeño en el Reino de los Cielos, es mayor que él. Y es que la Nueva Economía supera en naturaleza a la Antigua. Se habla de posiciones y planos, no de méritos personales. Dichoso, pues, aquel que llegue a formar parte del Reino de los Cielos. La efusión de gracias y beneficios a los hombres en la persona de Cristo dentro de su Reino deja muy atrás el Antiguo Testamento.

La visión Juanina de Cristo es «judicial» se ve corregida por la de un Cristo «Salvador». Lo «judicial» se retiene para un segundo momento. El cuarto evangelio dará a éste elemento más cohesión.

Consideraciones:

El estribillo del salmo responsorial clama por la venida del Salvador: Ven Señor a salvarnos. Las circunstancias críticas por las que en el momento actual pasan la iglesia y la humanidad entera obligan a la oración. Odios raciales, odios de clases, odios colectivos y personales; opresiones injustas, abusos de la persona humana, menosprecio de su dignidad, abuso personal de las propias facultades; Ignorancia y desinterés por lo religioso, afán de lucro… La súplica se hace angustiosa y urgente. El tiempo de adviento nos invita a orar: Ven, señor a Salvarnos. Lo necesitamos con urgencia.

Es curioso notar cómo un salmo de alabanza, jubiloso por naturaleza, desplaza el entusiasmo y subraya la confianza como punto de apoyo para la súplica. Dios es eternamente fiel; esto os anima. El Señor se cuida del desvalido, atiende al necesitado. Así lo afirma el salmo; así lo canta el profeta; así lo ejecuta Cristo.

Cristo realiza la fidelidad de Dios: atiende al desvalido, cura al enfermo, da vista al ciego… pero de forma tal que supera toda imaginación nuestra. Los milagros que brotan de su mano, son realidades anunciadoras, a su vez, de la gran realidad de la salvación; la salvación eterna. (El es el salvador a quien no había visto enteramente Juan). El nos curará radicalmente de todas nuestras dolencias. Las maravillas de ahora son un anticipo de las venideras. Ven Señor a Salvarnos. Caminamos a través del adviento, valle de lágrimas; un día llegaremos al la patria (1ª lectura y 2ª).

Cristo Salvador, realizó la obra maravillosa de la redención; la sigue realizando a través de los suyos, a través de su Iglesia. No podemos olvidarlo: Somos salvadores al mismo tiempo que salvados, y en la misma relación. La pregunta es hasta qué punto nos convertimos nosotros en salvadores del mundo. ¿Damos vista al ciego, salud al enfermo, vida al moribundo? ¿Anunciamos la Buena Nueva con verdadero entusiasmo cristiano? ¿Evangelizamos de palabra y de obra? ¿Tratamos en realidad de liberar al hombre, con nuestro amor y caridad, de las lacras que padece y de los males que le aquejan? ¿Son entre nosotros «bienaventurados» los pobres? Sólo con una actitud así podemos decir que el reino de Dios espera al hombre natural; sólo así que Dios reina. Entre súplicas, buenas obras, suspiros y trabajos, viene el reino de dios. Las oraciones nos hacen pedir entre lágrimas y alegría la venida del señor.

La carta de Santiago nos recuerda la segunda venida. Cristo está cerca, viene como juez. Es menester esperar. Un cristianismo sin paciencia no existe. Esperemos y aprendamos de Cristo y de los profetas. Sumemos nuestras penas a las de Cristo redentor.

La figura de Juan puede ser también un punto de consideración. Me remito al comentario. La vocación cristiana exige una actitud valiente y asceta.