Domingo II del tiempo ordinario

Primera Lectura: Is 62, 1-5

Volvemos de nuevo a encontrarnos con el gran libro de Isaías. La lectura está tomada del capítulo 62, parte final del libro. La obra, esta última parte del libro, no tiene por autor al Isaías clásico, sino a un (o varios) profeta postexílico (tercer Isaías), que quizás por la fuerza y seguridad de su palabra, mereciera que los compiladores posteriores adosaran sus palabras a las páginas del Isaías clásico.

El profeta ha vivido seguramente el destierro. Conoce los horrores del exilio y la postración y humillación por las que ha pasado el pueblo de Dios, al ser dejado, por decirlo así, de las manos de su Señor. Sin tierra, sin caudillo, sin templo, sin libertad, el pueblo había aprendido amargamente cuán desventurado es desobedecer al Señor del cielo y de la tierra.

La vuelta del destierro a la tierra propia es reciente. Al profeta le ha tocado vivir el comienzo de la salvación. Sin embargo, aunque poseedores de una tierra que pueden llamar propia, tienen los desterrados ante sí una obra ingente. Las llagas del destierro son graves y profundas. Debe rehacerse el pueblo, tantos años disperso; debe comenzar a vivir como comunidad santa el pueblo que convivió largos años con los paganos. Hay mucho que corregir y mucho que imponer, mucho que curar y mucho que ordenar. Ha de ser reedificado el templo, empleando en una mano la espada y en otra la paleta. han de construir viviendas, plantar viñas... Todo va a costar esfuerzo y lucha. ¿Llegará la salvación definitiva? El profeta la anuncia alborozado. Ha visto en el plan de Dios un destino glorioso para Sión. Lo ha visto y no puede contenerse. Las palabras se le escapan de la boca llenas de gozo. Es menester animar a los pusilánimes. También nosotros nos llenamos de optimismo cuando las escuchamos. He aquí el mensaje:

A las tinieblas sigue la luz; a la noche, el día; a la obscuridad negra y densa, el claro amanecer. Así sucederá a Jerusalén. Ante los ojos del profeta surge luminosa, transparente, radiante, bella y gloriosa una nueva Jerusalén. Para Jerusalén va a comenzar una época nueva. Pasó el luto, viene la gloria. Los pueblos, con sus reyes a la cabeza, lo verán. La han conocido postrada, indefensa, humillada, abandonada, casi desaparecida. La conocerán ahora gloriosa y resplandeciente. El común nombre de Jerusalén, del que los gentiles hicieron mofa, no será suficiente para expresar el nuevo estado de la Ciudad de David. Dios mismo le pondrá un nombre nuevo, un nombre a la altura de su nueva gloria, pues él mismo la encumbrará. La encumbrará a una altura que los pueblos no pudieron sospechar. Todos verán el portento. No habrá quien ose llamarla abandonada (alusión al destierro). La imagen de la corona y de la diadema en la mano de Dios puede que nos indique la gloria de Dios revelándose en Sión. De todos modos, Dios va a bendecir a Jerusalén de un modo particular: la va a elevar al título de favorita. La palabra suscita una imagen bella y sugestiva, la imagen de la esposa. Jerusalén va a ser elevada al título de esposa.

La idea del desposorio no es nueva. La empleó por vez primera, al parecer, Oseas. El profeta entrevió, en el amor loco de un esposo a su esposa, el misterioso, inefable e incomprensible amor de Dios a los hombres. Se anuncia una nueva alianza. La alegría y el gozo no tendrán límite, como sucede en un desposorio, donde el enamoramiento es profundo y eterno.

El cambio de Jerusalén es radical: esposa del Señor, elegida, favorita, amada. Por eso exulta e invita al gozo el profeta anunciador de tan gran nueva.

Salmo Responsorial: Sal 95

El salmo 95 pertenece a un grupo de salmos que llevan por título Dios Rey. Ese es el tema: Dios reina. Dios creador, Dios Señor de la historia, Dios Juez del universo ha mostrado en sus obras su trascendencia, su poder absoluto y su dominio eterno sobre todas las criaturas. De ahí la alabanza, la aclamación, el santo temor, la obediencia. El salmo nos invita, contemplando las maravillas de Dios, a alabarle, a aclamarle, a respetarle y a someternos enteramente a él. Dios hace grandes maravillas.

Segunda Lectura: 1 Co 12, 4-11

Siempre se ha ocupado Pablo, a pesar de sus idas y venidas, de la marcha de las comunidades por él fundadas. Sus cartas no tienen otro motivo que éste: orientar, dirigir, aconsejar, corregir los defectos, a veces, de sus comunidades.

La primera Carta a los Corintios es un buen ejemplo de ello. Los corintios, de origen gentil en su mayoría, le han presentado una sugestiva lista de cuestiones.

Por otra parte, Pablo conoce bastante de la vida que lleva aquella comunidad. Las noticias llegadas a él le intranquilizan y le preocupan. Ha disminuido el fervor de la caridad hasta tal punto, que se cometen graves escándalos en las celebraciones eucarísticas. Han entrado la desunión y la división. En unos la arrogancia, en otros el desprecio. También la presencia de los carismáticos ha perturbado la paz de la comunidad. Ha surgido, con menoscabo de la caridad, la disensión entre ellos: unos carismáticos se tienen por más y desprecian a los otros. Por otra parte, no discurren ordenadamente las reuniones cristianas, con motivo de la desorganización de algunos de ellos. San Pablo les habla de los carismas. Este es el trasfondo del pasaje.

Los dones carismáticos muestran la presencia y la eficiencia del Espíritu Santo dentro de la comunidad cristiana. Es Espíritu viene de Cristo y anima la vida de la comunidad en forma múltiple. Múltiple es el don, múltiples son las funciones, como múltiples son las necesidades de la Iglesia y los miembros de la misma. La Iglesia es un organismo vivo; un ser que crece, un ser que camina, un ser que se alarga y se extiende, un ser que sin dejar la tierra, donde pisan sus pies, levanta la cabeza hasta las alturas. Uno y múltiple; así el Espíritu, uno y múltiple. Muchos los dones -profecía, don de lenguas, espíritu caritativo, don de interpretación, etc.-, uno, en cambio el principio, uno también el fin -la edificación del organismo de la Iglesia.

Las palabras de Pablo nos recuerdan una gran verdad. El Espíritu Santo anima a la Iglesia, continúa en la Iglesia. La mueve, la hace caminar, le da vida. Tanto entonces como hoy. Pero la dirección es siempre una y única: Cristo. Los carismas deben conducir a la edificación del Cuerpo Místico de Cristo. Es el gran don que Dios hace a su Iglesia, el Don del Espíritu Santo. Profetizar, hacer milagros, fe portentosa, don de lenguas... Todo viene de él. No está demás recordarlo.

Tercera Lectura: Jn: 2, 1-12

Nos toca leer hoy el simpático pasaje de las Bodas de Caná. Se encuentra en el evangelio de Juan. No es esto una indicación superflua. Juan se distancia de los tres primeros evangelistas en el lenguaje, en la teología y en el material que reporta en su evangelio. Es menester darse cuenta de ello para no errar en la interpretación.

Juan es un teólogo además de un evangelista; es un contemplativo y un místico además de un historiador; es un simbolista a la par que un profundo conocedor de la realidad. Estas facetas, a primera vista contradictorias, encuentran en Juan una concreción admirable. La mirada de Juan, iluminada por el Espíritu Santo, se alarga indefinidamente. Juan ve, porque existe, en lo humano y material lo divino y sobrenatural: aquel hombre que predica y obra maravillas es el Hijo de Dios; el pan que reparten sus manos multiplicadoras, es indicación del Pan por excelencia, Cristo; la luz, que reciben los ojos del ciego de nacimiento, es expresión concreta de la Luz admirable, que es Cristo, su propia virtud de iluminar.

Hay un simbolismo en San Juan que no está reñido con la realidad. Por eso, hay que atender cuidadosamente a los detalles más insignificantes que rodean a los acontecimientos, pues son reveladores de una realidad más profunda, que es Cristo.

Notemos, para la mejor comprensión de este pasaje:

Estamos al comienzo del evangelio. Es la primera parte, después de la introducción. En esta primera parte, Cristo se revela instaurador e inaugurador de una Nueva Economía. La Economía que él viene a fundar es superior a la Antigua. Veamos sus características.

A) Es una fiesta de bodas.- Jesús bendice con su presencia las bodas de unos jóvenes, su alegría y la de los invitados. Es todo un hombre. Pero además de esto, nótese en el fondo una gran realidad que lo define en el orden salvífico. Cristo nos recuerda su papel de Esposo en la Nueva Economía. Se trata de unas bodas, y el maestresala lo confunde con el esposo. San Juan Bautista lo declarará explícitamente: es el Esposo.

B) El agua convertida en vino.- El vino es excelente y superior, como lo atestigua el maestresala. Es también abundante; son muchos litros. Así es la Nueva Economía: superior, excelente, abundante en gracia. Es para siempre, no faltará jamás. El agua simboliza la Antigua. Nótese que el agua de las tinajas servía para la purificación de los judíos. La Nueva la supera en naturaleza. Se agotaba la Antigua. La Nueva viene en el momento último. Tiempo escatológico; de última hora: lo has guardado para el final, dice el maestresala.

C) La presencia de María.- Parece ser que las mujeres no estaban invitadas a la fiesta, es decir, a participar con los hombres en el banquete. A ellas, sin embargo, les pertenecía cuidarse de la buena marcha de la fiesta. Ahí está María, dirigiendo la fiesta. María nota la falta de vino. María interviene, intercediendo. Su actitud libra a los novios del bochorno de encontrarse sin vino. Este es el hecho. Veamos la verdad profunda que esto nos recuerda.

María aparece, en San Juan, en el primer signo y en el último, en la muerte de Cruz. Aparece intercediendo. He ahí el papel de María en la Nueva Economía. María está presente en el plan salvífico de Dios. Intercede por los hombres. Contribuye con su intercesión a la manifestación de la Gloria de Dios en Cristo. La Hora de la revelación no había llegado; pero, cuando llegue -Pasión, Muerte, Resurrección-, allí estará María. No es casual la presencia de María en las bodas de Caná junto a su hijo. Más bien, en manos de Juan, es ejemplar. El no tienen vino puede aludir a la ausencia del gran don que trae Cristo: el don del Espíritu Santo. ¿No es él, en realidad, el que anima la fiesta? ¿Y qué otra fiesta es ésta que la del Mesías, Señor y Esposo de la comunidad?

D) Fe de los discípulos.- Es el núcleo de la primitiva iglesia. Cristo es la gloria de Dios. María interviene en su manifestación, los discípulos la aceptan. Así será siempre. Cristo Esposo. -¿No eran simbolizados los tiempos mesiánicos bajo la imagen de un banquete de bodas?- María intercediendo, la fe apostólica.

Juan ha visto en los detalles reales de las bodas de Caná la gloria de Cristo y el papel de María.

Consideraciones

Casi se han apagado ya por completo las luces multicolores y el gozo alborozado de las fiestas de Navidad. La preparación -ascesis, reflexión- de Adviento recibió en la alegría de Navidad su más preciado galardón. Las fiestas de Navidad han sido como un paréntesis en la vida cotidiana. Parte de los trabajos diarios se habían suspendido. Pero el tiempo de Navidad ya ha pasado. No podemos detenernos indefinidamente en la infancia. Es agradable, pero no es de hombres. Cristo camina hacia Jerusalén. También nosotros debemos seguir adelante. Urge caminar. Hay un fin que alcanzar y una meta que conseguir. No siempre nos deleita seguir adelante. Con frecuencia se levanta ante nosotros la cuesta de enero. Pero no hay más remedio. Vivimos en las realidades de este mundo, suspirando por otras mejores. El Señor nos las ha prometido. Ese fue el anuncio de Navidad: Os ha nacido un Salvador. Cristo nos acompaña y nos revela, a la par que nos empuja con su fuerza -Espíritu Santo-, la naturaleza de su reino y la grandiosidad de su promesa. ¡Caminemos!

Sean estos los puntos principales:

A) Cristo Instaurador de una Nueva Economía. Baste recordar lo dicho en el comentario a San Juan.

Cristo es el Esposo. Nos lo sugiere el episodio de las bodas de Caná. Isaías lo anunció para el futuro, concretizándolo en la comunidad elegida. El don multiforme del Espíritu es, según canta un antiguo himno, el regalo de bodas.

La imagen del desposorio nos recuerda múltiples verdades. La humanidad está llamada a ser salva, a ser esposa de Dios en Cristo. Dios llega a los hombres humanizándose, para arrastrar consigo a la humanidad divinizándola. La Iglesia es el lugar concreto, donde se realiza la misteriosa fusión y desposorio. Los bienes con que Cristo dota a su Esposa, son múltiples y óptimos (el vino de las bodas es excelente y abundante). Pablo se detiene a describirlos. La acción de Dios nos hace cambiar de estado. De abandonados pasamos a elegidos. Es como la imposición de una nueva forma de ser. Poseemos un nuevo nombre: Esposa, hijos de Dios. Estamos destinados a ser coronados y a reinar con Dios. Su mano nos coronará. Unidad con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, de quien proceden los dones. Isaías nos anima a caminar. Pablo nos declara la realidad nueva del Espíritu. Juan nos advierte de que las bodas ya han comenzado. Se consumarán más tarde. ¡Caminemos!

La fe viva de los apóstoles es la respuesta adecuada a la invitación. Sin fe no se puede caminar. Es la fe apostólica, fundamento de la Iglesia. Es la fe que nos une en un cuerpo (unión de las Iglesias) y nos hace confesar a Cristo Esposo, Hijo de Dios y Salvador eterno.

B) El Espíritu Santo opera en la Iglesia. Las palabras de Pablo nos invitan a reflexionar. El Espíritu está en la Iglesia. El nos guía vitalmente hacia la meta. De él todas las operaciones que conducen a la unidad y a la edificación de la Iglesia.

1.- Pidamos su intervención: unidad de las Iglesias. Sin él nada podemos. El nos reúne, él nos mueve.

2.- Los carismas construyen. La Jerarquía, carisma superior, no debe ignorar los carismas inferiores. Debe, sí, orientarlos, pues son obra de Dios. Los carismas inferiores no deben operar la desunión y la división, deben ser dóciles a los superiores.

3.- Servicios. A ello nos mueve el Espíritu. Las necesidades materiales de los hermanos entran dentro del campo de operaciones de los dones que hemos recibido del Señor. La imagen de Cristo convirtiendo el agua en vino y la de María intercediendo son un buen ejemplo de ello.

C) María. Sería un punto interesante recordar, según la teología católica, el papel que desempeña la Virgen María en el plan divino de la salvación. La escena de las bodas la dibuja delicadamente. Pidamos su intercesión Ella puede hacer a Cristo manifestar su gloria a todos (Unión de las Iglesias por María).

D) El salmo nos invita a alabar a Dios. ¿No es magnífica la obra de Dios? ¿Nos ejercitamos en alabarlo? Este punto podría constituir toda la materia de una predicación.

E) Pensamiento eucarístico. Ahí está el Auténtico Banquete. Ahí el Esposo, bajo las especies de pan y vino. Ahí el don del Espíritu. Ahí la comunidad de los fieles, profesando su fe y ejercitando la caridad. Ahí la gracia abundante que nos prepare -es prenda- para la vida eterna.