Domingo II del tiempo ordinario

Primera lectura: Is 49, 3.5-6.

Unos versillos, breves, del libro de Isaías. Están tomados del llamado segundo cántico del siervo. Para mejor comprensión, en profundidad, convendría leer, privadamente, los restantes cánticos: 42, 1-9; 50, 4-9; 52, 13-53, 12.

La voz del Señor en boca del profeta. Y la voz, por ser de quien es, se presenta constitutiva, creadora: Tú eres mi siervo… Vocación-elección. El título de siervo entraña honor, honra, gloria; pero, primero, la de Dios en el hombre, y, después, la del hombre en Dios: Dios se manifiesta en el hombre y el hombre se mueve en el poder de Dios. Dios llama, consagra y envía; el hombre escucha, recibe y desempeña la misión de lo alto, transformado por el poder de Dios. Algo divino-humano; así también, la misión y palabra del profeta. Quien le escucha a Dios y quien desprecia al siervo desprecia a Dios. El siervo es palabra viva de Dios.

Tras la vocación-consagración, la misión. Ha de ser salvífica: la restauración de Israel, como objetivo inmediato; tras ella y, quizás, a través de ella, la salvación-restauración de todas las gentes. Bella y expresiva la metáfora de la luz. El panorama es universal y la misión también. La misión del siervo se destaca abiertamente de la de todos los otros siervos, los profetas. El siervo se alinea con los profetas y, en su línea, los desborda.

¿Quién es este siervo? Los textos fluctúan, a veces, entre lo colectivo y lo personal. Lo colectivo, tangible, quizás, en la primera frase -versillo 3º-, se aprieta y personaliza inconfundiblemente en los versillos que siguen -5º y 6º-. Algo misterioso; pero no, por eso, irrealizable.

Nosotros sabemos, por la ulterior y definitiva intervención de Dios, quién llevó a cabo semejante misión: Jesús de Nazaret, Siervo-Hijo del Dios Altísimo. Su nombre significa salvador, y, en boca de Simeón, luz de las naciones, personificación viva y misteriosa del pueblo de Dios. Lo colectivo y lo personal se integran en él maravillosamente: él es el nuevo Israel y en él se aglutina y edifica el Israel auténtico, integrado por todas las naciones. La vocación y misión del siervo, eminente y causativa en Jesús, se hace extensiva, según la participación de su misterio, a cada uno de sus fieles, pues ellos forman con él un solo cuerpo. Siervos en el Siervo y luz en al Luz.

Salmo Responsorial: Sal 39.

Salmo de acción de gracias con elementos de súplica. Estos últimos, totalmente ausentes en la selección de versillos que ha realizado la liturgia.

Función esencial de la acción de gracias es agradecer a Dios el beneficio recibido: y expresión concreta de ello, su proclamación gozosa ante toda la asamblea. La asamblea comparte agradecida el gozo del salmista y aprende de su experiencia el camino de la dicha. El aspecto personal y colectivo se integran. El agraciado es un miembro de la comunidad, y la comunidad es un ser vivo que vive exultante en sus miembros.

La experiencia del beneficio le ha proporcionado al salmista una intuición válida del misterio de las relaciones del hombre con Dios en el marco del pacto. El aquí estoy para hacer tu voluntad supera todo sacrificio ritual; debe, además, informar toda ofrenda prescrita, y expresa, por último, el auténtico y único sacrificio agradable a Dios: compartir su voluntad y querer y confundirse con ella. Es el ideal.

Podemos, y debemos, recordar a Cristo en el cumplimiento de su misión salvífica recibida del Padre, como lo hace la carta a los Hebreos 10, 1-10: Aquí estoy para hacer tu voluntad. Junto a él y con él, nuestro sacrificio de acción de gracias: nuestra eucaristía en la suya. Somos otros cristos y debemos encarnar la voluntad paternal de Dios. Será la mejor oración: Enséñanos a hacer tu voluntad. La Eucaristía implica una real y vital participación en el misterio de Cristo que está aquí para hacer la voluntad del Padre.

Segunda lectura: 1 Co 1, 1-3.

Primera carta de Pablo a los corintios. Exordio. Los primeros versillos. Y éstos, como saludo. Misiva enteramente cristiana: cuatro veces Jesucristo, precedida dos veces por el título Kyrios-Señor; tres veces el nombre de Dios, completado una de ellas por el de Padre; los nombres de Pablo y Sóstenes; la presencia subyacente de la Iglesia, santa y santificada por Cristo y un soberano gracia y paz que une al Padre y al Hijo con la Iglesia y sus apóstoles.

Pablo, apóstol por voluntad de Dios, es cristiano hasta lo más recóndito de sus entrañas; sus gestos, sus palabras, sus acciones lo rezuman enteramente. Inmerso en el misterio de Cristo, no puede menos de recordar al Padre, venerar al Hijo, servir a la Iglesia, santificada y santa, extendida por toda la tierra. La Iglesia de Pablo es católica, universal. Al fondo, sin mencionarlo, el Espíritu Santificador.

La gracia y la paz son el don supremo de Dios en Cristo. Con él se establecen y ahondan las relaciones filiales con el Padre, serviciales con el Hijo y fraternales con los miembros de la comunidad. Que Dios nos conceda su gracia y paz.

Tercera lectura: Jn 1, 29-34.

Hemos traspasado el pórtico, hemos escuchado las cadencias más salientes del preludio y nos disponemos a seguir, en cuerpo y alma, los pasos luminosos, aunque dramáticos, del Señor: hemos dejado atrás el prólogo y nos adentramos en el evangelio de Cristo Jesús. Y en este momento, tanto aquí como en los sinópticos, la llamativa figura de Juan: el Bautista como testimonio cualificado de la persona y obra de Jesús, Hijo de Dios y Salvador.

El evangelista ha desdoblado magistralmente en dos facetas complementarias este primer testimonio de Juan: una, más bien indirecta, sostenida por una resuelta serie de noes: yo no soy, yo no… el que viene detrás de mí; y otra, que apunta decidida al misterio de la persona de Jesús. Y es precisamente ésta última la que nos ofrece la liturgia de hoy: el testimonio sucinto, pero denso, del Bautista, coloreado, sin duda alguna, por la confesión cristiana de la comunidad del apóstol Juan. Notemos lo más saliente.

a) He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Suena a aclamación, aunque la orientación fundamental es de testimonio. De hecho ha entrado en la liturgia de la plegaria eucarística en el momento de la comunión. ¿Cuál es su alcance?

Los Padres griegos acuden al cuarto cántico del siervo -Is 52, 13-53, 12- para ilustrar el contenido de la confesión. Tendríamos, pues, que pensar que, de una forma o de otra, la frase, en la mente del evangelista, querría dirigir nuestra atención hacia el misterio de la obra redentora de Cristo mediante su sacrificio, en la cruz, por nuestros pecados: cordero sacrificado en expiación de los pecados de todos. Según esto, se nos descubre ya desde un principio, en forma un tanto misteriosa, el misterio y la obra de Jesús. En él coinciden persona y misión. Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Los Padres latinos, en cambio, se detienen gustosos en la consideración de Jesús como cordero pascual. Jesús murió, en efecto, como indica el evangelista, en el momento en que eran sacrificados los corderos para la celebración de la Pascua. Detalle éste que el mismo evangelista parece subrayar, al anotar, en el momento de la lanzada, como complemento escriturístico aquel texto del Éxodo, referente al cordero pascual, de no le quebrarán ningún hueso. El testimonio, pues, del Bautista, llevaría in nuce el misterio pascual de Jesús.

Otros autores recurren a tradiciones apocalípticas, donde el cordero aparece como caudillo al frente de su rebaño defendiéndolo de los enemigos. No tenemos por qué limitarnos a una interpretación; una implica a otra y revelan el profundo misterio de Jesús.

b) El bautismo de Jesús. Realmente Juan no nos relata el bautismo de Jesús, pero lo recuerda e interpreta. Naturalmente, a su estilo y manera. Nótese, por ejemplo, la repetición, muy del gusto del evangelista, en boca de Juan de la frase y yo no lo conocía, para manifestar, en pasos sucesivos y casi circulares, su misterio. Se hace hincapié, en la primera vez, en el contenido sustancial del episodio: la venida sobre Jesús del Espíritu, como paloma, desde el cielo y su permanencia sobre él para siempre, y secundariamente, aunque esté en primer lugar, del sentido del bautismo de agua administrado por él (Juan). Este último, por muy divino que sea, no tiene valor en sí, sino tan sólo en referencia a la persona de Jesús.

El segundo y no lo conocía nos adentra más profundamente en Jesús poseedor y comunicador del Espíritu mediante el bautismo: Jesús bautiza en el Espíritu Santo, llenando de su Espíritu al bautizado.

c) Personalidad de Jesús.Éste que posee al Espíritu y bautiza en su poder ha de ser, por fuerza, mayor que Juan: existe antes que él, está sobre él y es nada más y nada menos que el Hijo de Dios. El testimonio de Juan ha tocado el meollo del misterio de la persona y obra de Jesús, Hijo de Dios, Salvador, desentrañando algunos elementos: cordero de Dios, poseedor del Espíritu y verdadero Hijo de Dios.

Excuso decir que estos apartados, así dispuestos para mejor inteligencia del mensaje, forman todos ellos un mismo y único misterio de Jesús. No se entiende el uno sin los otros. Jesús es el Cordero de Dios, Siervo que se entrega en sacrificio expiatorio por nuestros pecados y realiza la redención como acontecimiento pascual. No podemos desvincular de su misión la presencia desbordante en él del Espíritu Santo. El Espíritu lo conduce a la cruz y el sacrificio en ella lo desata sobre todos los hombres, con el efecto particular, verdadero acontecimiento pascual, de perdonar los pecados y levantar un pueblo nuevo. No puede ser otro que Dios. El bautismo nos introducirá en su misterio sin quebrar ninguna de sus facetas.

Consideraciones:

Podríamos considerar este domingo, a tenor de las lecturas, como puente que enlaza las últimas escenas del tiempo de Navidad -ecos de la Epifanía- con el comienzo del tiempo ordinario -Bautismo de Jesús-. Y, aunque ya se le dedicó una fiesta especial en el domingo pasado, sus resonancias, con todo, se alargan a la vida de Jesús, que culmina con su triunfo glorioso en la cruz y en la resurrección, como Hijo de Dios y Salvador. Por una parte, pues, miramos hacia atrás y, por otra, hacia adelante. Como iniciamos el tiempo ordinario, insistamos más en esta última faceta, sin perder, naturalmente, la vista de la otra. Según esto señalemos:

a) La figura central es Jesús: Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; antes y por encima de Juan; poseedor y dador del Espíritu; Hijo de Dios. Al fondo, como anuncio implícito, su muerte redentora y su paso -Pascua- hacia el Padre en una acción salvadora para toda la humanidad. La lectura primera lo presenta como promesa: Siervo, querido de Dios -¡es su predilecto!-, con la misión de restaurar en un nuevo abrazo de Dios a todo Israel, constituido Luz de las gentes y Salvador universal. El salmo responsorial nos recuerda su actitud ante Dios y el modo y manera -sacrificio- de llevar a cabo su obra: He aquí que estoy para hacer tu voluntad.

b) Bautismo: de Jesús, primeramente, como inicio y compendio, en promesa, de su obra, y, participadamente, de todos nosotros. Cristo, bautizado, bautiza; Cristo, poseedor del Espíritu, espiritualiza; Cristo, Hijo predilecto de Dios, nos hace, en el Espíritu, hijos predilectos de Dios; Cristo, Siervo, nos enrola en su servicio salvador. El bautismo nos incardina en él, y en él, Salvador, seremos salvados y cumpliremos, salvadores, la misión de poseer y compartir el don precioso del Espíritu de Dios, su gracia y su paz.

c) La Iglesia. En torno a Cristo se aglutinan los fieles; en Cristo son santos; en Cristo Dios y en Cristo Siervo, somos siervos predilectos. La Iglesia participa, por gracia, del misterio salvífico del Señor. El comienzo y la caracterización es el bautismo en el Señor. Conviene, pues, hablar del bautismo; de su realidad misteriosa y de su impacto vital en nosotros.