Domingo II de Pascua

Primera Lectura: Hch 5, 12-16: Crecía el nú­mero de los creyentes que se adherían al Señor.

Si quisiéramos designar esta perícopa con un nombre más técnico, la de­nominaríamos sumario. Eso son, en efecto, los cinco versillos: un resumen. En breves trazos delinea Lucas la actividad de la co­munidad primitiva. No es la primera vez que Lu­cas intercala en el relato de los Hechos un resumen de este tipo. Ya lo hizo antes en 2, 42-47 y en 4, 32-35. Lucas consigue con ello el efecto de impresio­narnos: así era la primitiva Comunidad, eso ha­cía, así se comportaba. Son las notas más salientes, los rasgos que la caracterizan. Una comunidad ca­rismática. El Espíritu actúa visiblemente: unión de corazones, piedad sincera y comunitaria, activi­dad taumatúrgica.

Era también una comunidad organizada, jerár­quica. Al frente se encuen­tran los apóstoles. Son los testigos de la Resurrección. Ellos testimonian, con las maravillas que brotan de sus manos, la autenti­cidad de su doctrina. Los fieles reciben en la fe su testimonio.

La Iglesia continúa la obra de Cristo, el miste­rio de salvación. El Reino de Dios está allí: los demonios huyen, los males se alejan, los pobres son evange­lizados. La comunidad se ensancha constan­temente. Nos recuerda al grano de mostaza. El Es­píritu Santo, que dimana del Resucitado, la anima y conduce. La obra de salvación sigue adelante.

La Iglesia de hoy, como la de todos los tiempos, debe mirarse constante­mente en el espejo que le ofrece la comunidad primitiva. Es su ideal.

Salmo Responsorial: Sal 117, 2-4. 22-17: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Salmo de acción de gracias. El estribillo, con la primera estrofa, da la tó­nica: acción de gracias. Sonora, jubilosa, exultante. Comunitaria, univer­sal: toda la asamblea santa. Díganlo todos, cán­tenlo todos, divúlguenlo todos. Is­rael, Aarón, fie­les: ¡Dios ha intervenido! ¡Es eterna su misericor­dia!

La Iglesia se congrega, de fiesta, en el día del Señor. Del Señor que con su poder ha instituido la Fiesta. Porque la Fiesta es obra del Señor. Y la obra del Señor es el Señor obrando. Obrando mara­villas. Y maravilla de maravillas es su Resurrec­ción gloriosa. Gran actuación, soberbia manifesta­ción de poder. Cristo que, muerto, surge a la vida; que, sepultado, escapa a la tierra; que, desechado, se presenta Elegido; que, castigado, se levanta triunfante; que, mortal, resplandece inmortal para siempre. Elegidos en él, muertos con él, re­sucitados con él. Lo recordamos y celebramos en la Fiesta; lo cantamos, lo aplaudimos, lo vivimos en pregusta­ción. Alegría y alborozo. No hemos de morir ¡viviremos! La Diestra del Señor es poderosa; la Diestra del Señor es excelsa. Ha comenzado el Mi­lagro patente. Dad gracias a Dios, porque es bueno, por­que es eterna su misericordia.

Segunda Lectura: Ap 1, 9-11a. 12-13. 17-19: Es­taba muerto y ya ves, vivo por los siglos.

Podemos distinguir en esta lectura dos momen­tos: a) la presentación del vidente; b) la visión.

Estos dos momentos recuerdan sustancialmente la vocación de los grandes profetas del Antiguo Testamento. Pensemos, por ejemplo, en Isaías capí­tulo 6. El estilo se asemeja a Daniel sobre todo, en menor grado a Ezequiel. Litera­tura apocalíptica.

Juan ha sido favorecido con extraordinarias re­velaciones. Más aún, ha sido elegido para trans­mitirlas al pueblo cristiano. Es un profeta. Es tam­bién un testimonio, un testigo. Profesa la misma fe que los destinatarios: Cristo, que fue crucificado, Hijo de Dios, Redentor de los hombres, sentado a la derecha de Dios, Juez del género humano en los últimos tiempos. Sufre juntamente con ellos los efectos de un mundo adverso: desterrado por haber predicado a Cristo Jesús. Discípulo de tal Maestro, no podía menos de compartir la pasión de su Señor. Una tradición antigua afirma ser el apóstol Juan. Su palabra es pala­bra de Dios, su voz es la voz de Dios. La Iglesia debe aceptar su mensaje. Es un pro­feta del Nuevo Testamento.

La Visión es imponente: Cristo, el Señor. Cristo se presenta como un prín­cipe celeste, majestuoso y potente. La voz, cuyos ecos se alargan por encima de las rocas de la isla en los espacios del mar, y la figura entre fuego, oro, nieve y luz cegadora, le ha­cen perder el equilibrio y lo abaten. Ni los oídos ni los ojos pueden soportarlo. Todo el edificio humano se derrumba ante la presencia del Señor. Así Isaías, Daniel, Ezequiel. La figura pertenece, sin duda, a un ser ce­leste, a un ser divino. Ese ser di­vino resulta ser Jesús. Jesús, Señor, Sacerdote eterno. La túnica y la faja de oro nos lo recuerdan. El Sacerdote glorificado.

Cristo ha sido constituido Señor del universo. Principio y fin. Él ha sido el principio de las cosas; hacia él se encaminan todas. En él reciben su ser y en él encuentran su sentido. Jesús, Señor de la histo­ria, centro de todo lo creado. Murió, pero está vivo, vive. Fue muerto y reina. En sus manos las llaves de la vida y de la muerte. Él es la clave del Miste­rio.

La Iglesia vive en torno a él; él es su esperanza. Con él forma una unidad. Para ella la revelación del Misterio. Es el Cristo glorificado que atiende, aun­que invisible, a todos los suyos. Su voz resuena en su Iglesia. Consuela, anima, amenaza, condena. El Señor vive, como Señor y Redentor del universo.

Tercera Lectura: Jn 20, 19-31: A los ocho días se les apareció Jesús.

Dos preciosas escenas, unidas entre sí por la fi­gura de Tomás. Interna­mente por la de Jesús, figura central. Cada una de ellas con un centro de inte­rés propio. Interés cristológico y eclesiológico. Jesús resucitado abre poderoso el futuro y la Iglesia co­rre hacia él para revelar al Redentor del Padre. Primera conclusión del evangelio.

Es el día primero. El día, que por el aconteci­miento, resulta ser el más grande, el Primero. El día del Señor, creador y redentor. El día de la Re­surrec­ción. La luz ha madrugado resplandeciente y creadora. Los discípulos, como grupo, "duermen" todavía. Han oído hablar a Magdalena; Pedro y el otro discí­pulo han visto la maravilla del sepul­cro vacío. Pero no han visto a nadie. El grupo no "ve" todavía. Y, como no ve, tiene miedo. Y, como sienten miedo, se cierran por dentro y permanecen juntos. Faltaba la fe robusta.

Jesús se puso en medio. En el centro. Jesús es el centro. De este y de todos los momentos. De este y de todos los grupos. De esta y de todas las iglesias. Jesús constituye el centro y vida de la Iglesia de todos los tiempos. Jesús, en el centro, disipa las du­das y ahuyenta los miedos. Jesús Resucitado, lleno de luz y de fuerza, infunde seguridad y firmeza. Je­sús irradia alegría. Sin Jesús en el centro no existe la Iglesia, ni la seguridad, ni la firmeza, ni la alegría.

Jesús saluda con la paz. Jesús trae la paz. Es un saludo cordial. Por ser de Jesús Resucitado, un sa­ludo doblemente significativo y eficaz. Es la Paz del Resucitado. Paz de Dios que se alarga hasta la vida eterna. ¡Jesús ha resuci­tado! Allí sus manos, allí su costado: las cicatrices sagradas que testi­monian la obra redentora. No es solamente el Jesús vivo, sino el Jesús vivificante. El Cordero que mu­rió por los pecados, el hijo que se entregó a la muerte por amor. Seguridad y alegría que se le­vantan, por encima del Jesús vivo, al Je­sús, Señor y Dios de la confesión de Tomás. La Iglesia recoge tan precioso sa­ludo. Muestra su alegría y satisfac­ción. Nadie se las podrá arrebatar, como nada ni nadie podrá impedir ni arrebatar a Jesús su estado de Resucitado.

Vuelve a sonar la paz. Más honda, más trans­cendente, más divina. Apunta a una comunicación misteriosa e indecible de Jesús. Jesús, la Paz, se en­trega como paz a los suyos para todos los tiempos. Jesús, Enviado del Padre, envía. Jesús, redención de Dios, confiere el poder de perdonar. Sospechamos lo que encierra el título de Enviado. Por una parte, indica la unión íntima e inefable con Dios en la propia naturaleza: relaciones trinitarias. Por otra, respecto al mundo, señala la misión de reve­lar al Padre. La misión cumplida -Jesús Exal­tado- implica el poder de cumplir la misión a través de todos los tiempos. El Verbo, que nace del Padre, y Encarnado asume la misión salvadora en este mundo, se alarga, en virtud de su resurrección, en la misión que confía a los suyos, hasta el fin del mundo. Los discípulos reciben la misión de Jesús y go­zan de ella: en su nombre y en su poder, que es en el nombre y poder del Pa­dre, pueden y deben conti­nuar la obra de Jesús. Jesús resucitado ha sido transformado; Jesús, enviado, ha sido investido de todo poder. Los discípulos reciben el poder de Jesús que los transforma y capacita para dar la Paz, para revelar al Padre, para, en Jesús, continuar su obra. He ahí la fuerza transfor­mante que exhala la boca del Resucitado: el Espíritu Santo. El Aliento de Je­sús, el Amor del Padre. Como Aliento, fuerza creadora; como Amor, perdón y paz. Es la fuerza para creer, es la fuerza para perdonar, es la fuerza para re­velar al Padre que ama. Es la obra de Jesús, es la obra de la Iglesia.

Tomás no se encontraba allí. Tomás no acepta el testimonio de sus compa­ñeros. Tomás no cree. To­más exige, para creer, ver personalmente a Jesús. Y no de cualquier manera. Tomás tiene que tocar pos sí mismo al Jesús muerto en la cruz: palpar las lla­gas de sus manos y de su costado. Y Jesús le da la oportunidad. Y le recrimina su falta de fe. Jesús bendice la fe. La Iglesia vi­virá de la fe. He ahí su bendición y bienaventuranza. La Iglesia vive de la pa­labra de Jesús y del testimonio de los apóstoles. Ahí descansa todo el edificio. Edificio sostenido vitalmente por la acción del Espíritu Santo. La Iglesia que vive de la fe delata la presencia de Dios salvador.

Tomás ve a Jesús. Ve y cree. Y como creyente, confiesa confundido: Señor mío y Dios mío. Señor y Dios. Intuición profunda y certera del carácter di­vino de Jesús. La Resurrección lo ha manifestado. A Jesús Resucitado. se llega por la fe. La Iglesia debe predicarla y en su acción facilitarla. Dios opera por den­tro. Jesús es Señor y Dios nuestro.

Consideraciones

1.- Jesús resucitado: Este es el hecho. No es una invención. Es una reali­dad. Ahí el testimonio de Juan, de Pedro, de la Magdalena, de Tomás, de los discípulos... Ahí el testimonio de toda la Iglesia hasta nuestros días. Testimo­nio rubricado en san­gre.

Jesús vive. Coronado de honor y de gloria. Poderoso, sentado a la diestra de Dios omnipo­tente. Su gloria es la divina, su poder el de Dios. Es el Enviado del Padre para todas las gentes y para todos los tiempos. Es el centro de las eda­des. Irradia, como precioso abanico, prerrogativas divinas y sublimes rea­lidades. Es la Paz y trae la Paz. Paz que se alarga hasta la vida eterna. En él encontramos la paz con Dios, la paz de Dios, en­contramos a Dios. En él se comunica el Padre y en él nos comunicamos con Dios, Fuente de gozo, causa de alegría. Jesús resucitado es el Jesús que murió por nosotros. Con su muerte alcanzó el per­dón; con su entrega, el don del Espíritu Santo. La Iglesia se reúne en torno a él y lo celebra y con­fiesa: Señor mío y Dios mío. Gritemos, cantemos, alabemos, demos gracias a Dios. El salmo nos in­vita incontenible. Es nuestra Fiesta, la Fiesta del Señor. Se hace imprescindible la contempla­ción del misterio. Las palabras se declaran impotentes de expresarlo.

La visión que nos ofrece la segunda lectura abunda en estos pensamientos. Cristo majes­tuoso, soberano y Señor; muerto y resucitado, que vive para siem­pre; dueño de la muerte y de la vida, presente siempre en su Iglesia, con la fuerza de transformarlo todo y de llevarla hacia sí, a través de los tiempos, a un encuentro que dura por los siglos.

2.- El Espíritu Santo: Es el Don de Jesús Re­sucitado. La Paz y el perdón, los frutos más pre­ciados. Recordemos la caridad y la fe con su mul­tiplicidad de matices. La lectura segunda se ex­tiende en ello. La presencia del Espíritu de­muestra la verdad de la Resurrección de Jesús. Y testimo­nia la presencia de Jesús en su Iglesia. Tanto el individuo como la comunidad cristianos viven en vir­tud de su fuerza.

3.- La Iglesia: La Iglesia es obra de Dios. La Iglesia continúa la obra sal­vadora de Jesús. De él recibe el poder y la fuerza, de él la misión de reve­lar al Padre. Expande la paz y procura el perdón. Paz que el mundo no puede dar y perdón que los hombres no pueden por sí mismos conseguir. Esa es su misión y no otra. Para ello el Don de lo alto. El Espíritu Santo la dirige y gobierna, la vivifica y sostiene. Dispuesta a correr la historia hasta el fin, Dios le ha conce­dido, en Cristo, su propio Espí­ritu.

No separemos, pues, la misión, misterio y rea­lidad, misterio y misión de Cristo, glorificado (evangelio) y presente en ella como Señor de la historia (Apocalipsis), y de la acción perenne del Espíritu Santo. La primera lectura in­siste en su ca­rácter carismático: lanzar demonios y curar enfer­mos. Así la vida de Jesús en este mundo; así también, la obra de la Iglesia en su poder y nom­bre. La Iglesia debe ser la Encarnación gozosa de la lucha sin cuartel contra todo lo que huela a pe­cado; en todo lugar, dimensión y contexto. Hay que arro­jar al diablo sin miramiento alguno. Odios, envidias, disensiones fratricidas, marginaciones de todo tipo, opresión, injusticia... Ha de comenzar por sí misma, como comunidad y en sus miem­bros. La obra ha de extenderse a toda deficiencia superable que padece el hombre de este mundo de limitación y pe­cado: enfermedad, dolor, tra­bajo... He ahí las obras de misericordia de todo tipo y color: enseñar al que no sabe, dar de comer al hambriento, sostener al débil, consolar al triste. No olvidemos que el Cristo resucitado mostró las cica­trices de sus heridas a los discípulos. La Iglesia no ha de quedar del todo incó­lume en el ejercicio de su misión y ministerio. Han de ser cicatrices glo­riosas, expresión de un trabajo en el amor a Dios y al prójimo. La Iglesia ha de ser, por último, la expresión viva de la fe en Jesús, Señor y Rey. La confesión de Tomás ha de ser su lema. Y el grupo de los doce, la representación más viva de su uni­dad más entrañable.