Domingo II después de Navidad

Primera Lectura: Si 24, 1-4.12-16: La Sabiduría habita en medio del pueblo elegido.

Libro sapiencial. Obra de sabios. Los sabios de Israel han llegado muy le­jos en sus especulaciones. No era para menos: sentían tras sí la poderosa mano de Dios. Han llegado a personificar la «sabiduría». Han agruesado los brazos y han alargado los rasgos. La «sabiduría ha crecido a Sabiduría. La han relacionado, e identificado, con la ley y la Palabra de Dios. La han sepa­rado de Dios y le han dado consistencia propia, una como existencia aparte. Es una concepción admirable. La Sabiduría, sin embargo, como la ley, es obra de Dios, procede de Dios. Con todo, está por encima de los siglos. Los sabios han preparado así, movidos por el Espíritu Santo, un camino, un len­guaje para acercarse, cuando llegue el tiempo, al Misterio del Hijo de Dios: Palabra y Sabiduría de Dios.

En cuanto al género es, el texto, un elogio: «La Sabiduría se elogia a sí misma». Y su elogio es, en el sentir de los sabios, auténtico. La Sabiduría ha hecho su aparición en la Asamblea. Está al frente, en medio y por encima de ella. Los santos, los sabios, los rectos de corazón, los que poseen todavía vivo el sentido de «gustar», la alabarán y apreciarán. Es todo un tesoro. La Sabi­duría, por encima de los siglos, por encima de la creación, ha elegido para su morada un lugar, un pueblo: ha elegido a Sión, al pueblo heredad del Señor. Ha sido una predilección de Dios. La sabiduría de Dios se encuentra en Is­rael. «De Sión vendrá la Ley«, había cantado Isaías. Efectivamente, la luz del Señor destella en Israel. Y no de paso. La Sabiduría ha echado raíces, ha plantado su tienda, ha puesto su morada en el pueblo de Dios. Y mientras el pueblo, como pueblo de Dios, exista, allí la Sabiduría del Señor. Es su perte­nencia y su orgullo.

Miremos a Cristo y entenderemos a la perfección las palabras del sabio.

Salmo responsorial: Sal 147, 14-15.19-20: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Salmo de alabanza. La liturgia del día propone, en el estribillo, un mo­tivo, y es el Motivo inefable: «La palabra se hizo carne y habitó entre noso­tros». Es la Buena Nueva. Es el gran Acontecimiento de los siglos. Es la gran bendición de Dios, la Hazaña magnífica de su brazo. El acontecimiento con­tiene la «paz» y la hartura: el hombre calmará su sed y saciará su hambre. Es el «mensaje» de Dios a la tierra: Dios hecho hombre para salvar al hom­bre. Es su Palabra que corre de un extremo al otro, «dejándolo todo lleno de hermosura». Su morada y sus raíces en Jacob, en Israel, el pueblo predi­lecto. A ellos entregó Dios su palabra: su Ley, sus mandatos; su Hijo y las promesas. Con nadie obró así. Maravilla de Dios. Alabanza de Dios.

Pensemos en la encarnación del Verbo, en su nacimiento en el tiempo. Es el gran don a la humanidad en su pueblo elegido, la Iglesia, la nueva Sión. ¿Quién ha obrado así con nosotros? Surja la alabanza, venga el júbilo. Canta, Iglesia, canta, hombre, a tu Dios: «Ha bendecido a tus hijos dentro de ti». Con él la Paz y la Hartura. Está siempre con nosotros. Somos su raíz y su cuerpo; él el tronco y la cabeza. Lo ha hecho el Señor.

Segunda Lectura: Ef 1, 3-6: Nos predestinó a ser hijos adoptivos por Jesucristo.

Distingamos dos partes: parte de un himno, la primera; acción de gra­cias, la segunda.

El himno, primera parte se extiende hasta el versillo 14. Como himno, alabanza, canto. Canto a la obra de Dios en Cristo. Aire trinitario. Obra maravillosa de amor. Nosotros, en ella, los beneficiarios. Es una obra de «bendición». Dios nos ha bendecido -nos ha regalado- con toda clase de bendi­ciones. Bendiciones de orden espiritual, cuyo contenido nos arrastra a la es­fera divina, al cielo. Porque la bendición es fuerza y paz. Es una elección. Y como elección, obra de amor gratuito, sincero, cordial. El amor venía desde muy atrás: desde antes de todos los siglos. Cristo culmina los siglos, y en él, también nosotros. Somos en Cristo el sentido de los siglos. Para él y para nosotros en él han sido creados los tiempos. Y este amor, esta amistad, nos constituye «santos» e «irreprochables» en su presencia. Semejantes a Dios, con Dios, en Dios. Hasta tal punto que nos ha hecho hijos suyos. Todo ello en Cristo Jesús, para gloria de Dios. Y la gloria de Dios -su poder, su amor, su acción- se muestra en nosotros «glorificándonos», haciéndonos glorioso, par­tícipes de su gloria>: hijos suyos, partícipes de su naturaleza divina. Y ésta es la gloria a Dios y de Dios. Quien se deja arrebatar por ella, glorificado ya, da gloria a Dios y la gloria de Dios se da en él. Por eso la bendición de Dios que desciende a nosotros, aceptada, tórnase hacia él con un vital y sincero «Bendito sea Dios», con que comienza el texto. Contemplemos y saboreemos el misterio. El Padre con el Hijo en el Espíritu Santo. ¡Bendito y alabado sea Dios!

La acción de gracias, segunda parte, se desprende de la primera. Los destinatarios, los fieles, han acogido la gloria de Dios: la gloria de Dios les envuelve. ¿No es para dar gracias a Dios? La acción de gracias desemboca en una súplica: que el don del Espíritu nos haga comprender y saborear tan magnífico don. Esperanza, gloria, herencia. Términos todos ellos, densos y saturados de sentido divino. Así la vida, la elección del cristiano. Bendeci­dos, nos convertimos en bendición; amados, nos tornamos mensajeros del amor; glorificados, damos gloria a Dios; herederos, repartimos generosos la herencia de Dios. El Espíritu del Padre ilumine nuestros ojos y haga sentir a nuestro corazón.

Tercera Lectura: Jn 1, 1-18: Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre.

Es el mismo evangelio que el de la Navidad, Misa del Día. A ese día me remito.

Consideraciones:

Basten de momento los pensamientos expuestos a propósito de las lectu­ras y consideraciones del día de Navidad.