Domingo II de Cuaresma

Primera Lectura: Gn 15, 5-12. 17-18: Aquel día el Señor hizo alianza con Abraham.

Una de las figuras más relevantes, que encuen­tra uno al leer el Antiguo Testamento, es, sin duda alguna, la de Abraham. Con Moisés es Abraham el personaje más importante de la historia de Israel antes de la venida de Cristo. En él comenzó, pro­piamente hablando, la vocación del pueblo de Is­rael. Abraham, llamado por Dios, vino a ser no sólo el padre del pueblo elegido, en sentido de raza, sino también, en un sentido más profundo y real, el padre de todos los creyentes. Pablo acudirá frecuentemente a los relatos bíblicos de ese pa­triarca, para afinar el sentido de vocación, de fe, de justificación, de gracia. Abraham es el proto­tipo del llamado por Dios a una amistad con Él. Por eso la historia de Abraham, con sus mil anéc­dotas curiosas, es siempre intere­sante y alecciona­dora; revela al Dios que llama y al hombre que responde. En una palabra, la vocación en sus dos vertientes: divina Y humana.

Abraham, patriarca, jefecillo familiar de un reducido grupo de personas y propietario de algu­nos ganados, sintió un día la voz del Señor que lo llamaba: Sal de tu tierra y sígueme... Abraham, siguiendo la voz de lo alto, dejó su tie­rra y sus pa­rientes y se echó a caminar por el mundo sin direc­ción ni punto fijo. Una bendición particular, había dicho el Señor, lo acompañaría por siem­pre. La bendición se ampliaría, con el tiempo, a todas las gentes. La dádiva de un hijo fue el primer paso; Dios le concedió a él y a su mujer, entrados en años, la gracia de una descendencia. Más aún, la descen­dencia había de ser numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar. También una tie­rra propia y rica le había prometido el Señor. Parte de la promesa se cumplió en su vida; parte quedó para el futuro, como objeto de esperanza. Por este te­rreno caminan los versillos leídos. Conviene leer el pasaje completo; tiene su atractivo y su gracia.

La promesa del Señor es de algo futuro: una des­cendencia numerosa y la posesión de la tierra que ahora habita como extranjero. Abraham desea, hom­bre al fin y al cabo, desconocedor del compor­tamiento del Señor que le habla, una señal que le garantice la seriedad de lo prometido. Nadie se mueve por algo que no existe, ni da un paso ade­lante por algo que no se espera conseguir. Abraham exige seguridad, la necesita. Dios condesciende y sella su promesa con un pacto. En el fondo no es otra cosa que su palabra.

El pacto entra dentro del ambiente cultural y religioso de aquella época. Hoy hubiéramos pe­dido un documento fehaciente, un escrito ante nota­rio fir­mado por testigos. Entonces existía el pacto, con un ceremonial que hoy nos resulta extraño y hasta desagradable. Pero Dios habla a los hom­bres en su propio lenguaje. Ni podemos impedirlo ni podemos criticarlo. Ese es el sentido que tiene la ceremonia singular de descuartizar la ternera, la cabra, el car­nero, la tórtola y el pichón. Todos ellos animales domésticos. Están al alcance de la mano del hombre. Dividir en dos partes los anima­les y pasar entre ellos era invocar sobre sí la suerte de los mismos, caso de no cumplir lo pactado. Dios se comprometió así, a los ojos de Abraham, a cum­plir lo prometido. La palabra fue sellada con un pacto.

En este relato de sabor arcaico resplandece:

1. La condescendencia divina: Dios llama gra­tuitamente a Abraham. Nada ha hecho Abraham para merecerla.

2. La promesa: El tema de la promesa será la espina dorsal de toda la his­toria sagrada. En vir­tud de la promesa actuará Dios de modo especial en favor del pueblo. La promesa se irá alargando hasta Cristo. Pablo lo recordará constantemente en sus cartas. El pueblo vivió de la promesa; nosotros tam­bién. Es de notar que la promesa apunta al fu­turo. La descendencia, dirá Pa­blo, es Cristo. Con la idea de promesa está vinculada la idea de:

3. Pacto: Es otro de los temas más importantes del Antiguo Testamento. Dios se ha comprometido; Dios es fiel. Dios cumplirá lo prometido.

4. Bendición: La bendición del individuo y la bendición colectiva a todas las naciones permean toda la Biblia.

5. Actitud obediencial: Abraham es dócil; Abraham tiene fe. El patriarca da fe a la promesa del Señor. La fe se le reputó justicia. Sobre ello di­sertará Pa­blo, largo y tendido, en sus cartas a los Romanos y a los Gálatas. Pablo ba­sará aquí su doc­trina de la justificación por la fe. El mismo acto de creer es ya para Abraham principio de salvación; es la justificación. Por la fe hace suya la amistad que Dios le ofrece en su palabra, y se hace poseedor ya de los bienes prometidos.

6. Fe y esperanza: Ya se ha indicado el papel de la fe. La esperanza man­tiene viva la tensión hacia el futuro; nos hace caminar y superar los obs­táculos que pudieran interponerse.

Este texto coloca frente a frente a Dios, que llama y promete, y al hombre, que escucha y es­pera.

Salmo Responsorial: Sal 26, 1. 7-9. 13-14: El Señor es mi luz y mi sal­vación.

Podríamos colocar este precioso salmo en el grupo de los salmos de súplica: Escúchame, Señor, que te llamo. Sin embargo, es tal la tensión y cobra tal im­portancia la confianza efusiva del salmista y la esperanza tan segura de su alma de poseer a Dios, que bien merece que lo coloquemos entre los salmos de confianza. El estribillo es bello sobre­manera: El Señor es mi luz y mi salva­ción. Tanto el presente como el futuro descansan seguros en las manos del Se­ñor. Él es la Luz que no se apaga y que ilumina en todas direcciones; Él es la salvación que no se agota y que dura siempre. Los versillos van de un punto a otro: de la confiada oración a la es­peranza de un futuro gozo completo. Noso­tros, cris­tianos, podemos rezar con verdadero afecto el salmo. La confianza ha de ser más efusiva; la es­peranza más viva y segura. Esperamos y pedimos go­zar de la dicha del Señor.

Segunda Lectura: Flp 3, 17 - 4, 1: Cristo nos transformará según el mo­delo de su condición glo­riosa.

Pablo viene animando a sus fieles de Filipos a lanzarse decididos por el camino de la perfección. Ésta no es otra que la mejor y mayor imitación po­sible de Cristo, pues en él está la salvación. Pablo ha elegido ya este camino y no piensa abandonarlo jamás. Se ha entregado fervorosamente a reco­rrerlo hasta el fin. Cristo es su única meta, para él no hay otra. Todo lo ha abandonado, todo lo ha olvidado; un solo propósito hay en su alma, correr siempre hacia adelante.

Pablo desea que sus fieles no tengan otra preo­cupación que la consecución de esa misma meta. Él mismo se propone como ejemplo. Y no porque haya adquirido ya la perfección deseada; pues todavía le falta mucho. Más bien quiere e inculca Pablo la entrega total y ardorosa a seguir adelante sin des­canso. Esa ha de ser la auténtica vocación del cris­tiano en este mundo.

Pablo confiesa y advierte amargamente que no todos, los que llevan el santo nombre de cristianos, obran en consecuencia con su vocación. Hay indivi­duos para los que este mundo con sus bienes, con sus placeres, con sus pom­pas y vanidades, sigue siendo la meta y el ideal supremos de su vida. Sus pensa­mientos y, por tanto, sus deseos no sobrepasan el ras de la tierra. Ahí está todo para ellos. La ado­rable y salvadora Cruz de Cristo les sirve de es­cándalo. Reniegan y huyen de todo aquello que el cristianismo les trae de ab­negación, renuncia y de sufrimiento. ¡Ay de ellos! dice Pablo El fin que les es­pera es desastroso. Su gloria se convertirá en vergüenza propia; su vientre -su Dios- será su per­dición. Aquel Dios -su vientre- no los salvará; aca­barán pu­driéndose para siempre, dentro de esa tie­rra que juzgaron su posesión y su gloria. Es una vida mundana con un fin mundano pernicioso.

Pablo opone, por contraste, la vida y el fin de aquellos que hacen de la Cruz de Cristo su más pre­ciada gloria y su tesoro más valioso. La Cruz de Cristo es todo para ellos: practican gozosos las re­nuncias, aguantan con alegría las pri­vaciones y sostienen con paciencia los sufrimientos que la Cruz de Cristo les dispensa. Ellos no son de este mundo. Son ciudadanos de una ciudad superior. Pertenecen a la ciudad celeste, donde reina Cristo glorioso. Allí está su des­tino. Allí no existe el dolor; allí brilla la luz eterna; allí es Dios mismo su vida; allí la muerte no posee fuerza alguna. Para ellos la Cruz de Cristo será su glo­ria. Cristo glorioso los transformará totalmente. Estarán a su altura. El pen­samiento de Pablo es claro: quien ama la tie­rra, y vive tan sólo de la tierra, se desmenuzará y será pisoteado como tierra que es; quien, en cambio, se abraza a la Cruz de Cristo, con todas sus fuerzas, será vivificado por ella. Pablo nos anima a elegir el segundo camino. Esperamos un fin glorioso.

Tercera Lectura: Lc 9, 28b-36: Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió.

He aquí otro singular misterio de la vida de Cristo: la Transfiguración. Los tres sinópticos la traen en contextos similares.

El Señor no había resucitado aún. No tenía de­recho, podríamos decir, de transparentar a los su­yos la gloria del Señor. Cristo es todavía el Siervo pa­ciente, el Hijo del hombre que debe subir a Jeru­salén a morir en manos de los jefes del pueblo. No es aún el Juez que viene a juzgar en poder y en glo­ria. Cristo hace una excepción; es un momento tan sólo; en un lugar apartado; nada más que a tres de los suyos, a los más adictos; la cosa no se divulgó. En realidad se trataba de los tres más allegados. El escándalo de la Cruz iba a revestir para ellos proporciones formidables. Necesitaban algo seme­jante. Pe­dro, por su parte, estaba destinado a ser roca de la Iglesia futura. Él habría de sustentar la fe de los fieles. Es un milagro, como excepción. El milagro es que no transparentara su gloria toda su vida.

Notemos algunos detalles:

1. Cristo se hallaba en oración. La indicación es propia de Lucas. A Lucas le impresionó el Cristo orante. Lucas es el evangelista de la oración. Cristo, según Lucas, ora intensamente, especial­mente en los momentos más impor­tantes de su vida: en el Jordán, después de haber sido bautizado (3, 21) y en estrecha relación con el cielo que se abre, con el Espíritu que desciende sobre él y con la voz que lo declara: Tú eres mi Hijo, el Amado; inme­diatamente antes de la elección de los Doce (6, 12); en conexión con la confesión de Pedro y el anuncio primero de la pasión (9, 18); aquí, en la Transfigu­ración; en Getse­maní, momentos antes del prendi­miento; en la Cruz... y, según algunos auto­res, du­rante toda la estancia en el desierto, tentado por el diablo, indicado en aquello de que era llevado por el Espíritu en el desierto durante cuarenta días, con tal dedicación a Dios que ni siquiera sen­tía la necesidad del alimento. ¿Por qué ese interés de Lucas de recordar así al Señor? Probablemente porque la unión con Dios es la más precisa y apro­piada caracterización del hombre de Dios, más, por supuesto, que el don de hacer milagros. De to­dos modos, como Hijo, Siervo y Profeta necesita es­tar en constante e íntima comunicación con Dios, Padre y Señor.

2. Moisés y Elías. Junto a Jesús, envueltos por su gloria, aparecen las figu­ras de Moisés y Elías: la Ley y los Profetas. Los profetas que testifican de Je­sús en el cumplimiento, profético y filial, de la misión que le encomendara el Padre de padecer y morir. De alguna forma, el testimonio global de ambos se orienta a los acontecimientos que van a tener lugar en Jerusalén: Pasión, Muerte, Resurrec­ción, Ascensión. Todo a modo de un solo y único aconteci­miento salvífico. La muerte no es el tér­mino; es, en la mente de Lucas, el paso obligado para la gloria. Jesús, una vez resucitado, recor­dará, a los discípulos de Emaús y en el Cenáculo, cómo todo ello estaba dicho en Moisés, los profetas y los salmos.

3. Palabras de Pedro. Siempre son interesantes las palabras de Pedro. Pe­dro representa al hombre espontáneo, humano, sin prejuicios, ante la revela­ción de Dios, con sus grandezas y debilidades. Pe­dro no comprende el misterio que presencian sus ojos. Pedro quiere hacer definitiva la felicidad que Dios le concede en aquel momento. Ese es su error. No ha caído en la cuenta de que Cristo está todavía en camino, y en camino nada menos que hacia Jerusalén. La Transfiguración es un alto en el camino, no la meta; es un alivio, una ayuda, no la coronación definitiva. Hay que seguir caminando. Lo que va a su­ceder en Jerusalén va a ser terrible. Hay que estar preparado. No recordaba Pedro -el Señor lo había indicado varias veces- que a la glo­ria había que ir a través de la Cruz. Verdadera­mente Pedro no sabía lo que decía. El sueño sim­bo­liza la poca comprensión del misterio.

4. Voz de lo alto. La voz explica el aconteci­miento: Este es mi Hijo; escu­chadle. Suceda lo que suceda: Este es mi Hijo. La palabra y la transfigu­ración declaran incontestablemente el misterio de Cristo como Hijo de Dios. Todo lo que él diga y todo lo que él haga es para nosotros Palabra firme de Dios. Cristo es el Revelador del Padre. El man­dato es explícito y claro: Escuchadle.

Así en todo lugar y en todo tiempo. Si la voz de lo alto es una evocación del texto de Isaías sobre el Siervo de Yavé, tendríamos aquí una alusión a la Pa­sión del Señor. El misterio de Cristo, como hijo de Dios, no está separado del misterio de su misión como Siervo.

Consideraciones:

No debemos perder de vista el tiempo litúr­gico en que nos hallamos. Esta­mos dentro de la santa Cuaresma. Tiempo de preparación para la celebración digna y fructuosa de los grandes mis­terios de nuestra fe: Pasión, Muerte y Re­surrección de Cristo. La gran Fiesta de Pascua se perfila al fondo de ella. La Resurrección de Cristo es el preludio de nuestra propia resurrección; y la Pas­cua anuncia la gran Pascua de la vida eterna. De esa forma, la Cuaresma viene a significar o a recordar­nos, por lo menos, el caminar del hombre hacia la Pascua eterna con Cristo en Dios. En torno a estas verdades-misterios surgen particulares temas inte­resantes que las redondean y completan. He aquí al­gunos: promesa de Dios, confianza del hombre, esperanza, fe, peregrinar hacia Cristo en su gloria, caminar con él durante la vida, etc. El evangelio nos relata un misterio de la vida de Cristo, que orienta nuestra atención hacia otros mo­mentos más impor­tantes de su vida de Salvador y de Redentor. Se entrelazan vigorosamente el presente y el futuro. Veamos por partes los puntos más sa­lientes:

1. La esperanza cristiana. La esperanza de­fine la actitud del hombre y, a través de ella, su doctrina. El cristiano tiene una esperanza que lo define como tal. Nos es necesario recordar el fin, para no olvidar los medios. Comencemos la diser­tación con el salmo responsorial.

El salmo responsorial es un grito de afectuosa confianza (presente) y una serena confesión de segura y gozosa esperanza (futuro). La primera da vida al presente; la segunda asegura el futuro. Para la primera el estribillo: El Señor es mi luz y mi sal­vación; Dios es todo para mí. Para la segunda: Es­pero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Así es la auténtica actitud del cris­tiano.

La primera lectura, con el ejemplo de Abraham a la cabeza, nos hace pen­sar en la promesa de Dios. Ahí se apoya nuestra esperanza. La larga descen­dencia y la posesión de la tierra tendrán lu­gar en el tiempo. Dios la ha prome­tido. Estas rea­lidades concretas, sin embargo, revelan y anuncian otras pre­ciosas. La descendencia es Cristo y los fieles. La tierra poseída es la vida eterna. Hasta ahí llega la promesa divina. Pablo nos asegura, en la segunda lectura, la realización de lo prometido: Cristo transformará nuestros cuerpos mortales. Ese es nuestro destino. No somos de aquí. Nuestra ciudad está allá arriba, en Dios con Cristo. Allí ha­bita la descendencia de los santos; allí no hay pena, ni dolor, ni muerte. Un destello de la gloria vieron los discípulos en la Transfiguración del Se­ñor. Pedro pregustó algo de aquello. Nuestro ta­berná­culo está arriba, en la montaña, donde Dios habita. Será nuestra plena felici­dad.

2. Actitud del cristiano. La gloria, la salvación definitiva, es objeto de espe­ranza. Hacia allí cami­namos ¿Cuál es nuestro caminar?

• Fe y confianza. La fe de Abraham es ejem­plar. Por algo es el padre de los creyentes. Abra­ham agradó a Dios, al aceptar y creer en sus pro­mesas. La misma fe lo hizo grato a sus ojos; la fe lo abrió a la salvación -promesas- que venía de Dios. El salmo es un acto de confianza y de fe. Pablo nos indica vivir según la fe. El evangelio nos amonesta a seguir al Maestro: Escuchadle. Hay que colocar la fe y la confianza en primer lugar.

• Constancia-trabajo. Estamos en camino. Abra­ham fue el eterno pere­grino. Así el cristiano. La carta a los Hebreos comenta la actitud de los pa­triarcas (11, 13-16): Se confesaron extraños y foras­teros sobre la tierra; aspi­raban en realidad a una mucho mejor, la eterna. Abraham abandonó su pro­pia tierra como cosa de poco valor en compa­ración con la que esperaba poseer. Abraham lo dejó todo para seguir al Señor. El aspecto de re­nuncia es evidente. Lo indica el evangelio: hay que ir a Jerusalén, hay que padecer, hay que morir para resucitar. No puede uno detenerse aquí, como quería Pedro. A Cristo hay que seguirlo hasta el Calvario. De ello hablaban Moisés y Elías. A la gloria se va por la Cruz. Pedro no debía dete­nerse en un consuelo momentáneo. El con­suelo definitivo está en y más allá de la Cruz. Pablo de­duce la consecuencia práctica correspondiente. El cristiano es, por definición, un amigo de la Cruz de Cristo. La esperanza del cristiano está más allá de este mundo. No vale la pena detenerse en los bienes mezquinos de este mundo. Hay que de­jarlo todo por Cristo. Para los que le siguen, pro­mete Pablo, en nombre de Dios, la sal­vación glo­riosa; para los enemigos de la Cruz la perdición eterna. Renuncia, desprendimiento, mortificación, constancia en el seguimiento, veloz carrera para al­canzar a Cristo.

3. Cristo. Cristo es el centro. Pablo dirá que la descendencia prometida a Abraham es Cristo. De Cristo nos vendrá la glorificación de nuestros cuer­pos (Pablo); así como también para alcanzar la glorificación es menester llevar la Cruz de Cristo. Cristo es el Siervo que debe padecer por noso­tros. De él pode­mos decir, como el salmo, El Se­ñor es mi luz y mi salvación. De su dicha espe­ra­mos gozar en el país de la vida. Su persona y su voz han de ser siempre norma: Escuchadle. En él y por él se cumplen las promesas de Dios; él es la Promesa del Dios Salvador. De él dan testimonio Moisés y Elías. Toda la reve­lación apunta hacia él. De él la luz y la salvación. Su Transformación es anun­cio de la nuestra. El misterio de Cristo que muere y resucita nos invita a pen­sar en nuestra acti­tud cristiana. Contemplemos reposadamente el marco que nos ofrece el evangelio: es vivificante.

4. Oración. Cristo oraba. El salmo es una con­fiada oración. Debemos pedir además de trabajar. Pidamos la imitación de Cristo. Pidamos la conse­cución de la vida eterna. Pidamos el perdón de los pecados. Pidamos por la Iglesia penitente.

La oración Colecta pide gozo interior. Esto nos hace pensar en Pedro. Nece­sitamos el gozo como preanuncio del cielo. Él nos ayudará a seguir ade­lante. El gozo ha de ser necesariamente transitorio. La oración Ofertorio pide perdón para nuestros pecados y una disposición digna para la celebra­ción de los mis­terios. De la gloria y del necesario camino de la Cruz para llegar a la gloria, nos habla el Prefacio. La oración última pide, en el fondo, la participación completa de la gloria de Dios.