Domingo II de Adviento

Primera Lectura: Ba 5, 1-9: Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia.

Baruc, que se interpreta "Bendecido", es el fiel compañero. el secretario, el asiduo confidente del gran profeta Jeremías. Su nombre ha pasado a la posteridad con cierta aureola de escritor sagrado. La Biblia conserva un librito, en la antigüedad siempre unido a Jeremías, de 6 capítulos, que lo encabeza su nombre. Los judíos no lo traen en su Biblia. Los cristianos católicos, ya desde muy antiguo, lo han conservado como canónico, es decir, sagrado. La literatura apócrifa le atribuye un par de libros apocalípticos. Quizás su posición de confidente de Jeremías fue la causa de ello.

El libro de Baruc consta de diversas unidades, diferenciadas entre sí por su origen y por el tiempo de composición. Pequeñas unidades que provienen de otros autores de época más reciente. Definitivamente han quedado conservadas en su libro.

El capítulo 5 forma unidad con el capítulo 4. Continúa, en una exhortación consolatoria, el tema desarrollado en el capítulo anterior. Se trata de una buena noticia dirigida a Jerusalén. Como fondo, ya en el capítulo 4, que sirve muy bien de contraste, el recuerdo del exilio. Sobre las tinieblas, ese es el mensaje, brilla de nuevo la luz. Sobre las ruinas se alza radiante la nueva casa de Israel. Al duelo, al dolor y al llanto, siguen ahora los perfumes, la alegría y el júbilo; a la humillación de Jerusalén, el esplendor y la exaltación de la nueva ciudad santa. Es un cambio tal que ni los sueños más atrevidos habrían podido jamás representarlo. Hasta la misma naturaleza se asocia a este maravilloso renacer de Jerusalén: los valles se elevan, los barrancos cierran sus gargantas, los montes deponen su altivez. Nada debe lastimar los pies de los que vuelven; ni una piedra, ni una pendiente, ni una senda tortuosa deben ofrecer obstáculo a los bendecidos del Señor; nada debe fatigarlos, pues la gloria del Señor los acompaña. Ni siquiera el sol, implacable en el desierto, debe molestarlos. A su paso brotan árboles que los defienden del calor y los recrean con sus aromas, pues el Señor camina con ellos. El Señor los guía, el Señor los conduce a la salvación. La justicia de Dios, la misericordia, lloverá abundantemente sobre ellos hasta tal punto que hará cambiar de nombre a la ciudad santa. Se llamará "Paz de la justicia". La voz del Espíritu los ha reunido de nuevo y sobre ellos se posa la gloria del Señor. La columna de los desterrados camina, protegida por la gloria de Dios, hacia la salvación perfecta.

Ese es el mensaje. Las palabras de Baruc nos recuerdan a Is 40-56. Puede que tengan que ver algo con él. Apuntan al futuro. Presentan un carácter marcadamente mesiánico. Hablan de los tiempos mesiánicos

Los profetas vieron, a lo lejos, en lontananza, venir la luz, la Gloria, la Bendición, la salvación del Señor. Sin embargo. no distinguían bien los momentos. Contemplaron desde lejos el monte santo, que se alzaba imponente; pero, a la distancia en que se encontraban, no pudieron distinguir la separación que mediaba entre una cumbre y otra. Vieron la salvación que se avecinaba, pero no pudieron distinguir su distensión en el tiempo. Estos pasajes, Isaías incluido, nos recuerdan en primer término la vuelta del destierro. Pero no se quedan ahí. Avanzan hacia el futuro, hacia una salvación más rotunda, a la salvación definitiva: a los tiempos mesiánicos. Apuntan a Cristo: Cristo ya vino; con él nos vino la salvación. La salvación definitiva está vinculada a él. Todavía no ha llegado. Por eso las palabras del profeta apuntan a la salvación traída por Cristo que se consumará cuando él vuelva. Se han cumplido, quedan por cumplir.

Salmo Responsorial: Sal 125, 1-6: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Nos recuerda la vuelta del destierro. Es una acción de gracias por aquel magno acontecimiento. Dios es grande: ĦDios ha estado grande con nosotros! ĦHa cambiado la suerte de su pueblo! El salmo canta así la alegría que produjo, y produce todavía en el recuerdo, el repentino cambio. Fue una maravilla del Señor. Nadie lo sospechaba. Las mismas naciones extrañas se sorprendieron.

La imagen agrícola embellece el canto. La siembra se realizó entre lágrimas, sin previsión de los frutos. Pero las lágrimas se tornaron en gozo. El Señor es quien lo hizo. A él la alabanza. La confianza impregna este bello canto de acción de gracias: el pasado anima el presente y abre las puertas del futuro. El Señor cambiará la suerte. Él nos salvó maravillosamente. Así es el Señor.

Segunda Lectura: Flp 1, 4-6. 8-11: Que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores.

La carta a los Filipenses pertenece al grupo de cartas que tradicionalmente vienen llamándose "Cartas de la cautividad". Las dirigidas a los Colosenses y a los Efesios guardan entre sí estrecha relación. Esta, la de los Filipenses, algo distanciada de aquellas, presenta, sin embargo, grandes semejanzas con ellas.

Pablo se halla encadenado (v. 7), está preso. Por el momento han cesado las correrías apostólicas. Sus pies no se fatigan, descansa. Su espíritu se concentra, su mente reflexiona, sus ojos contemplan el vasto mundo del espíritu. Pablo, preso, contempla atónito el gran Misterio de la salvación de Dios. Desea que todos gocen de su contemplación. Es fácil de entender, así, la importancia que tienen en estas cartas las palabras: conocimiento, conocer, sentir, iluminar, perfectos en el conocimiento, etc.. También se explica que en estas cartas la acción de gracias, normal en las anteriores epístolas, cobre aquí un cierto aire litúrgico -estamos en presencia del "Misterio"- y la oración de Pablo por los destinatarios tenga aquí por objeto un mayor conocimiento del Misterio.

Ese es el contexto de los versillos leídos: acción de gracias, oración. Estamos en la introducción de la carta.

El Misterio de Dios: Dios ha manifestado su plan de salvación. Lo ha revelado y lo ha realizado en Cristo. Cristo es el plan de salvación de Dios. Es una realidad y es un misterio. Ha estado escondido en Dios durante siglos. Las mismas potencias celestes lo ignoraban completamente. Ahora se ha revelado y se ha manifestado en Cristo a los hombres. El misterio de Dios es algo dinámico: se ha abierto a los ojos de los hombres y ha penetrado en la vida de los hombres. Los hombres lo reciben en Cristo y el "Misterio" los recibe a ellos. Los envuelve, los penetra y los hace a ellos mismos, en cierto modo, misterio. La realidad divina que desciende a los hombres es algo vital. Crece, aumenta; camina, se extiende; progresa y apunta a una consumación perfecta. Por la fe llega el hombre a su conocimiento; por el conocimiento y caridad lo penetra vitalmente, lo vive, lo saborea. Como el misterio es inabarcable, el conocimiento progresa indefinidamente. Dios ha puesto, sin embargo, un día para la posesión perfecta. Es el día de Cristo. Hasta entonces vivamos cada vez más perfectamente el "Misterio" de Dios en Cristo. No es otra cosa que vivir la vida divina con profundidad. Puede que así entendamos mejor el texto.

Nótese la tensión del pasaje. Las proposiciones finales se amontonan, se empujan unas a otras. Una fuerza interna las impulsa a correr hacia una meta determinada. Pensemos en el río. A un primer período de corriente impetuosa, incontenible, tumultuosa y rápida, sucede otro de languidez y calma. Ha perdido mucho de vistosidad, pero ha ganado en profundidad. Más amplio el lecho, más hondo el cauce, más abundante el agua, más reposada la corriente, más segura la dirección. En este período la caridad aumenta, el sentido se afina, el conocimiento se hace más profundo, el corazón se aclara, los frutos se multiplican, la alegría se disfruta, la vida cristiana es más segura. Pero todo se dirige a un fin. El río no puede volver hacia atrás. La vida cristiana tiene como desenlace la posesión de Dios, como el río la afluencia en el mar. Es el Día del Señor. La vida cristiana lo busca por instinto. El Misterio de Dios comenzado en nosotros se completa allí. En tanto, caminamos en dirección y en posesión hacia ese término. Dios ha puesto el impulso, no puede fallar. El la llevará adelante hasta el Día del Señor.

San Pablo pide para nosotros un aumento de "conocimiento", una penetración intelectual-afectiva más profunda. Que el amor de Dios transformante se haga más intenso en nosotros, que el Espíritu Santo nos haga saborear más y más las maravillas del Dios que habita en nosotros. De ello hablan los místicos.

Tercera Lectura: Lc 3, 1-6: Todos verán la salvación de Dios.

A Lucas se le viene llamando con cierta frecuencia el historiador de la salvación. Y con razón. Lucas, más que los otros evangelistas, ha sabido presentar la salvación de Dios en sus distintas etapas; o, si se quiere, ha sabido dividir en etapas, bien diferenciadas, la obra salvífica de Dios: a) Juan, el precursor de la salvación, b) Cristo el revelador, el Salvador, c) la Iglesia, lugar de salvación. A esta intención responde también la preocupación del evangelista de encuadrar la obra salvadora de Dios en el contexto de la historia profana. La obra de Dios no se realiza al margen de la historia, sino dentro de ella. El mundo de Dios incide en la vida del hombre. Y, aunque la acción de Dios no sigue paralela a la acción y forma de actuar el hombre, no obstante, la alcanza y penetra; de esa forma toca Dios la historia humana. La Encarnación del Verbo, su muerte, su resurrección, además de haber tenido lugar en la historia -dentro de la humanidad- han influido poderosamente en el curso de los acontecimientos humanos. La vida de Cristo es parte integrante de la historia del hombre. Más aún, la acción salvífica de Dios, revelada en Cristo, va a convulsionar la historia humana y la va a orientar y a empujar por caminos no pensados ni sospechados por mente humana. Dios es el Señor de la historia. Todo lo ha ordenado hacia su Hijo. Cristo es el centro. Hacia él camina la humanidad. Por este camino podríamos entender el sincronismo con la historia profana que nos ofrece Lucas en esta lectura.

Lucas nos habla de la salvación. Efectivamente, ese es el mensaje del pasaje leído. Lucas ha alargado la cita de Isaías con el fin de topar con la frase que está al final: Y todos verán la salvación de Dios. Mateo y Marcos traen una cita más breve. Es muy importante en Lucas el tema de la salvación. Precisamente uno de los títulos aplicados a Cristo en este evangelio es el de Salvador. Cristo es el salvador de todos. El salvador se anuncia; la salvación, decretada por Dios desde tantos siglos atrás, se avecina. De ahí el pórtico solemne histórico que precede a la descripción de los acontecimientos que realizan nuestra salvación.

Juan hace suyas las palabras de Isaías. En el contexto original -en Isaías- el término inmediato del mensaje -la salvación de Dios- apuntaba a la vuelta del destierro. Era el primer paso para la gran salvación. Todo acude a agasajar al pueblo que vuelve del destierro. Los montes se allanan, los valles se igualan; lo escabroso se torna suave, lo tortuoso, recto. La misma naturaleza suaviza sus aristas y modifica la contextura de su relieve. El pueblo que vuelve no debe encontrar a su paso obstáculo alguno que le lastime, pues Dios en medio de él lo conduce a la salvación. Todos lo verán.

En boca de Juan adquiere el texto un sentido más profundo. La salvación es la vuelta, sí, del gran destierro del hombre a la amistad inefable con Dios. La naturaleza pierde significado físico para ganar en significado humano. El hombre debe rebajar su altivez, elevar su moral, enderezar sus caminos, practicar la justicia. La salvación viene, ya está a la puerta; no debe topar con obstáculo alguno. Es el gran momento de la historia humana. Toda advertencia es poca. Sin embargo, no podemos separarnos mucho del texto de Isaías. En Isaías la salvación está por venir. En Juan la salvación está cerca, por venir. En nosotros, la salvación ya ha llegado, pero está también por venir. Cristo viene en medio de nosotros. Nosotros caminamos con él, ya salvos, en dirección de la salvación perfecta. Sigue en pie el grito a la naturaleza de Isaías, y la advertencia de Juan a la humanidad. Llegará un día en que, ya poseedores de la salvación definitiva, desaparezca todo obstáculo de tipo físico y de tipo moral. Por ahora caminamos; por ahora la salvación viene a y con nosotros.

Consideraciones:

Estamos todavía al comienzo del año litúrgico. No podemos perder de vista el fin al cual dirigimos nuestros pasos. Nuestro fin no es otro que Cristo; Cristo que informa nuestra vida, Cristo que viene a nuestro encuentro. Hacia él caminamos. Por otra parte, el tiempo de Adviento nos recuerda la necesidad de prepararnos diligentemente para tal acontecimiento. El caminar siempre adelante exige de nosotros una tensión continua; una fe firme en las promesas de Dios, una saludable esperanza en su cumplimiento y un amor entrañable a lo que Dios ha puesto como meta de nuestras andanzas. De él nos viene el impulso y de él la salvación. Dentro de este marco, consideremos las lecturas.

1.- La salvación viene: El canto de entrada lo proclama jubiloso: Mira al Señor que viene a salvar a los pueblos. No tienen otro sentido las palabras de Baruc, cuando nos invita a una alegría desbordante. En él, la vuelta del destierro es ya un momento de la salvación. El salmo proclama la grandeza de Dios salvador. La salvación realizada anuncia otra más cabal y perfecta. Y, por último, el evangelio publica a los cuatro vientos la proximidad de la gran salvación de todos los pueblos.

Dios anuncia por boca de Juan, su próxima intervención saludable. Comienza una nueva época en la historia. Los antiguos suspiraron ardientemente por verla. Los contemporáneos la gozan. Cristo es en verdad el centro de la historia. Su venida divide la historia en dos partes bien diferenciadas. Su venida convulsiona al mundo, su venida encarna a la divinidad en la tierra. De Cristo viene la salvación, de él la luz. Él hace presente de forma inefable a Dios en el mundo. Él nos asocia a la divinidad. Ese momento histórico cumbre lo recordamos, nosotros cristianos, piadosamente. Ya ha comenzado en nosotros, dice Pablo. Continuará hasta el fin.

A propósito de la salvación conviene recordar la misericordia divina para con nosotros. Aparece en las lecturas y en las oraciones.

La idea de trueque, de cambio, aparece principalmente en el salmo. La salvación es un cambio a mejor; de la esclavitud a la libertad, de la enemistad a la amistad, del pecado al perdón, de la muerte a la vida, de la impiedad a la justicia.

2.- Salimos al encuentro: Lo recuerda la oración colecta. La primera y la tercera lecturas hablan de una mutación profunda. Al encuentro del Señor, que viene salvando, debe desaparecer todo obstáculo. Podríamos pensar en las dificultades que el hombre, sumergido en los cuidados de este mundo, suele ofrecer a la salvación que nos viene de arriba. Las lecturas nos invitan, por una parte, a eliminar todo aquello que puede ofrecer resistencia a la acción de Dios. Los montes deben rebajarse, enderezarse los caminos tortuosos, alzarse los valles. ĦDios viene! Las oraciones, por otra, nos invitan pedir a Dios su gracia. Que los afanes de este mundo no nos impidan salir al encuentro de su Hijo. Que sepamos sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo. Debemos, por tanto, pedir y rogar intensamente: guíanos, prepáranos, llévanos.

3.- Caminamos: Todas las lecturas indican un movimiento: Ħhacia adelante! Caminamos hacia la salvación definitiva. La vuelta del destierro es un paso y un símbolo. Todo camina a la consumación final. La obra de Dios no se detiene, asegura Pablo. El Día de Cristo se vislumbra ya en lontananza. Dios mismo, Cristo, camina con nosotros hacia la gloria perfecta, hacia la vida eterna. La oración colecta pide que participemos plenamente de su gloria. Año tras año venimos celebrando tan fausto acontecimiento. Son pasos hacia la consumación. El caminar debe movernos a fructificar. Debemos permanecer intachables para participar de la gloria y alabanza de Dios. El "Misterio" ya opera en nosotros. Trabajemos para que nos posea plenamente para el Día del Señor.

4.- Sabiduría: Es un tema importante. Guíanos con sabiduría divina reza la oración colecta. Danos sabiduría pide la postcomunión. Y Pablo pide para sus fieles sensibilidad y penetración juntamente con caridad mútua. El mundo y Cristo aparecen con frecuencia antagónicos. No sabemos a veces cómo comportarnos. Los bienes de este mundo nos atraen con fuerza. Necesitamos luz y valor. La sabiduría, el conocimiento de Dios por connatural, nos llevará suavemente hacia Dios sin tropiezo alguno. Es un don: pidámoslo.

5.- Gozo, alegría: El gozo y la alegría invaden las lecturas. Demos rienda suelta al júbilo. La salvación está cerca. Dios camina con nosotros. Esperanza firme. Él lo ha prometido. El bien que se nos ha prometido, y que en parte poseemos, es algo inefable. Alabanza y gloria a Dios. Somos un pueblo que camina confiado y rebosante de gozo en espera de alcanzar el bien perfecto. El salvador que viene es garantía de ello. Alegrémonos. Somos canto vivo de esperanza en el Señor.